Después de una larga siesta, donde costaba distinguir un vino de otro, una nueva generación de Chardonnay chilenos despierta nuestro entusiasmo, profundizando en la cepa y en las particularidades de sus distintos terruños. El presente de la cepa es promisorio, pero lo mejor aún está por venir.
Estuvo descuidado. Perdido. Travestido. El Chardonnay, una de las cuatro cepajes fundamentales de la vitivinicultura posmoderna, no encontraba su justo medio. Jugaba en los extremos, con un ritmo cansino, predecible, empujado por las modas imperantes, sin desarrollar una personalidad propia ni menos profundizar en sus distintos orígenes. Cuando se plantó en Casablanca, a principios de la década del 80, pensábamos que su fortuna cambiaría. Incluso, intuíamos, que sería la principal cepa del primer valle costero de Chile y la bandera de los blancos chilenos.
Sin embargo, se cometieron muchos errores. Algunos de ellos por omisión, pero otros derechamente fueron un impúdico atentado contra su naturaleza.
Alentados por el estilo californiano que dominó a partir de la década del 90, vinos gorditos y dulzones, maquillados con una madera con desvaríos hollywoodenses, los Chardonnay chilenos se convirtieron en un commodity, en una pachanga tropical, en un homenaje a la vainillina, en unos fisiculturistas con músculos decorativos, incapaces de correr 50 metros planos sin presentar síntomas de ahogo. La receta se fotocopiaba y pasaba de mano en mano en las bodegas. Cosechar bien entrado el otoño, fermentaciones reductivas en estanques y luego un upper cut de barrica nueva que nos dejaba en la lona.
Otro problema fue el material vegetativo. Como el Chardonnay estaba de moda, se propagaron indiscriminadamente las plantas que estaban más a la mano. Se trataba del tristemente célebre clon Mendoza, una selección masal que atravesó la cordillera sin dar nunca pruebas de blancura. Con aromas demasiado estridentes, y una mezquina acidez, no era el clon para estrenar la nueva generación de Chardonnay chilenos. Hoy se pagan los platos rotos. Muchas de aquellas plantaciones, luego de superar la adolescencia, muestran signos de una vejez prematura, obligando a los viticultores a labores de replantes y a un desesperado juego de ensayo y error con la importación de nuevos clones franceses.
El Chardonnay ya no goza de la incontrarrestable popularidad de antaño -el Sauvignon Blanc lo ha eclipsado incluso en Casablanca-, pero este cepaje vuelve a resurgir con mucha fuerza en los últimos diez o quizás cinco años. La introducción de plantas clonales y patrones, que se han adaptado a las distintas condiciones de suelo y tolerantes a plagas como los nemátodos, sumado a la búsqueda de nuevos conceptos enológicos, han provocado un vuelco cualitativo que se deja sentir en nariz, pero sobre todo en boca.
Aunque aún no logra su consolidación definitiva, y aún encontramos una masa uniforme que baila al ritmo de las cambiantes preferencias de los mercados, cada vez son más los enólogos que han decidido tomarse el Chardonnay en serio, buscando su propio camino, su propia identidad. La vuelta de los fudres y tinajas, de fermentaciones más lentas y oxidativas, y en general el objetivo enológico de construir bocas más firmes y profundas, no sólo permiten alcanzar nuevos umbrales de calidad, sino vinos que pueden crecer con el tiempo, alcanzando otros sabores, otros matices, otras complejidades.
El descubrimiento y consolidación de nuevas zonas vitícolas, como los valles de Limarí, en el norte, y Malleco, en el sur, también han abierto el abanico de posibilidades para esta cepa que hoy se reinventa para mostrar la mejor de sus caras. El respeto al tiempo durante el proceso, la pérdida del miedo al oxígeno, el uso más razonable de la madera, y un genuina búsqueda por resaltar las particularidades únicas de los distintos orígenes, han dado vida a una nueva camada de Chardonnay que despierta entusiasmo y, en ciertos casos, incluso logra emocionar.
TABALÍ TALINAY CHARDONNAY 2011
Es el vino que más me gusta de esta joven bodega del Limarí. Es el más radical y jugado de la dupla conformada por Felipe Müller y Héctor Rojas. Intenso y fresco, como pocos, quizás como ninguno. Cítrico y con un retrogusto salino que hace salivar, invitándonos a beber una nueva, una nueva, una nueva copa. Proveniente de la zona de Fray Jorge, a sólo 12 kilómetros del océano, este vino es hijo de la tiza, la camanchaca y el viento.
DE MARTINO SINGLE VINEYARD QUEBRADA SECA CHARDONNAY 2010
A 19 kilómetros del mar, al norte del río Limarí, Quebrada Seca se ha convertido en un barrio de lujo para los Chardonnay chilenos. Y De Martino y su enólogo Marcelo Retamal han sabido resaltar las características de este paisaje desértico, donde las parras son manchones verdes en un suelo de tonos anaranjados y blancos. En un año de mucha concentración, este vino muestra su lado más potente y mineral.
MAYCAS DEL LIMARÍ QUEBRADA SECA CHARDONNAY 2010
Es el vino que lidera el portafolio de Maycas. Y con todos los merecimientos. Es un Chardonnay intenso y concentrado. Mientras su nariz es elegante, llena de sutilezas, su boca muestra todo su poder y profundidad de sabores. Sin duda el enólogo Marcelo Papa ha consolidado su relación amorosa con el valle y la cepa. Es un vino bien trabajado, que abre el apetito, que invita a esperar… a disfrutar de su gran potencial de guarda.
CONCHA Y TORO AMELIA CHARDONNAY 2011
Proveniente del viñedo Las Petras, a sólo 10 kilómetros del mar, este Chardonnay es todo un referente del valle. No sólo reafirma la vocación de Casablanca por la cepa, sino que muestra una nueva dimensión en términos de fineza y profundidad. La mano de Ignacio Recabarren se hace notar. Es un vino de mucha complejidad aromática, pero por sobre todo con una exquisita textura.
VILLARD GRAND VIN CHARDONNAY 2011
Este vino es un tributo a la paciencia. Al respeto por la cepa y sus tiempos. Charly Villard no tiene prisas y lo demuestra con este Chardonnay que demoró casi un año su proceso de fermentación en barricas de roble francés. Con uvas de Tapihue y Ovalle, en el corazón de Casablanca, seduce por su cremosidad, por su complejidad de sabores, por su consecuencia.
ERRÁZURIZ WILD FERMENT CHARDONNAY 2011
Este vino de domicilio. Casablanca por Manzanar (Aconcagua Costa). Y ganó en complejidad, pero sobre todo en frescura y profundidad de sabores. Fermentado con levaduras nativas, el enólogo Francisco Baettig revela otros aromas, explora otros registros. Con sus tonos lácteos y notas de flores y miel, sumado a una potente acidez, juega con nuestros sentidos, mostrándose a veces goloso, a veces profundamente fresco.
WILLIAM FÈVRE CHACAI CHARDONNAY 2009
Proveniente del viñedo San Juan, ubicado a 900 metros de altura, este vino es el buque insignia de la nueva generación de blancos del llamado Muy Alto Maipo. Es un vino austero en aromas, pero con una tremenda estructura. Vinificado por el enólogo Felipe Uribe, este Chardonnay profundiza su relación con la precordillera, encajonando sus vientos para emprender una larga travesía por nuestro paladar.
CALYPTRA GRAN RESERVA CHARDONNAY 2009
En el sector de Coya, entre las montañas del Alto Cachapoal, donde los días son más cortos y la relación con la naturaleza es más íntima, nace este Chardonnay que vuelve a los orígenes de la enología. Fermentado en barricas de roble francés, este vino coquetea con el oxígeno para entregar aromas y sabores voluptuosos, dulces, pero apoyados por una firme acidez. Es un vino hecho a la antigua, como le gusta decir a su enólogo Francois Massoc.
PANDOLFI PRICE LOS PATRICIOS CHARDONNAY 2010
En Itata se fundó la vitivinicultura chilena y hoy se reinventa, estiliza, reencuentra con sus raíces para demostrar su tremendo potencial. Este Chardonnay de la zona de Larqui, cuyas plantaciones se remontan a 1992 y se manejan a la antigua, sin irrigación, cautivan por un carácter único, original, moldeado por sabores maduros y un tono mineral que se funde armoniosamente con las elocuentes notas de la madera.
AQUITANIA SOL DE SOL CHARDONNAY 2009
Con sólo 5 hectáreas plantadas en 1995, el enólogo Felipe de Solminihac inauguró la denominación de Traiguén (Malleco), mostrando una nueva dimensión para el Chardonnay chileno. En un viñedo rodeado de trigales, despeinado por un constante e intenso viento, sus uvas maduran con mucha parsimonia, atrapando notas de frutos blancos, cítricos y una acidez que impresiona por su frescura y redondez. Firmeza y elegancia, son difíciles de conseguir, pero aquí está la mejor de las pruebas.
viernes, 31 de mayo de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
10 Merlot que devuelven el alma al cuerpo
En Chile los viticultores hacen lo imposible porque la cepa recobre el fulgor y la prestancia de antaño, incluso algunos han decidido partir de cero con la introducción de materiales clonales y programas de replante en zonas más adecuadas. El Merlot no ha muerto. A continuación, 10 vinos que muestran el camino para volver a posicionar esta cepa en el sitial que le corresponde.
Desde que se divorció de la Carmenère en los viñedos -un trámite largo y doloroso, como cualquier separación-, el Merlot chileno perdió su seguridad, ese halo de misterio, esa mirada ganadora que conquistó a los paladares durante la década del noventa. Este cepaje delicado y lleno de matices, que alcanza grandes alturas en Saint Emilion, Pomerol y Bolgheri, de repente se volvió unidimensional, tímido y nostálgico. Hosco e impredecible. La relación con los enólogos rápidamente pasó del amor al odio. Muchos de ellos se cansaron de entregar y recibir poco y nada a cambio. Otros continuaron lidiando con su extrema sensibilidad, esperando que el Merlot despertara y volviera a seducirnos con su fruta roja, fresca y jugosa.
Por largas décadas sus problemas se disimularon por el aporte de la Carmenère. Aunque hubo enólogos que identificaron dos clones distintos en sus selecciones masales -uno mucho más tardío que el otro, claro está-, la mayoría cosechaba la fruta al mismo tiempo. El resultado era una mezcla de un Merlot más bien sobremaduro con un muy especiado Carmenère. Ambos cepajes pulían sus deficiencias y conformaban un vino amable en boca y con un carácter atractivo y muy particular, por lo menos para la gran masa de consumidores.
Una vez que la industria chilena tomó la decisión de sincerar los viñedos, el Merlot mostró su verdadera y vulnerable personalidad. Es un cepaje que sufre de sobremanera durante las temporadas cálidas. Su flojo sistema radicular, y esa tendencia a expresarse principalmente a través de sus grandes hojas, optando por oír en vez de comunicar, obliga a los viticultores a estar muy atentos. No sólo deben mantener a raya su follaje, sino además ser muy cuidadosos con el riego. No es una cepa que conviva de buena gana con el estrés. Cuando pide un vaso de agua, hay que abrir la llave y dejarla correr. Sus raíces, que tienden a crecer en forma horizontal, necesitan profundizar en los suelos para que la planta se asiente y trabaje bien.
Los problemas se agudizaron por el empeño de muchos enólogos en acercar –estilísticamente, hablando- el Merlot al Cabernet Sauvignon. En lugar de aceptar su cuerpo delicado, y profundizar en su carácter fresco, priorizaron su concentración de color y potencia en boca. Y con esta cepa no hay margen de error. Un par de días pueden ser suficientes para pasar de un grano maduro a una pasa. El punto de cosecha es crucial. Había que aprender a leer sus necesidades, a interpretar su lenguaje, a cortarlo antes, mucho antes que la Carmenère.
¿EL FIN DE LA ESPERA?
Junto con aprender a interpretar las añadas y encontrar el punto exacto de cosecha, muchos enólogos salieron a buscar zonas más frescas para la variedad. Pero tampoco ha sido fácil. En los distintos mesoclimas de Casablanca, por ejemplo, el Merlot no se ha querido adaptar, como muchos intuíamos o anhelábamos. En las zonas más altas, donde las temperaturas se elevan hasta 2º C sobre el promedio del valle, igual sufre sus acostumbrados signos de deshidratación. Mientras en las zonas más bajas y frescas, muchas veces no logra un adecuado nivel de madurez fenólica y sus taninos se sienten algo rústicos, mordedores, traicionando la propia esencia de la cepa.
En los últimos años, sin embargo, se ha importado una serie de nuevos clones que pretenden cambiar esta historia. Materiales franceses, como 348, 181, 343 y 347, están en evaluación y seguramente tendrán mucho que decir en el futuro. Si bien algunos clones tienen una mejor adaptación a nuestros suelos gracias a sus sistemas radiculares más robustos, hay que tomarse las cosas con calma y evitar las celebraciones anticipadas. Además de encontrar el material más adecuado para los valles chilenos -la realidad francesa es muy diferente-, es necesario ensayar con patrones resistentes a la sequía y a plagas como margarodes y nemátodos.
Pero, por sobre todo, es necesario encontrar los lugares y manejos más adecuados. Parece no funcionar en los suelos de las terrazas aluviales, donde precisamente el Cabernet Sauvignon se siente a sus anchas. Tampoco en esas laderas graníticas donde el Syrah controla sus vigores para entregar su fruta dulce y concentrada. Todo indica que el Merlot necesita suelos más fríos, pesados y profundos, con un mayor porcentaje de arcilla, donde sus raíces no encuentren obstáculos para absorber la humedad y los nutrientes.
Sin duda es un cepaje desafiante, complejo, que exige a los viticultores sudar la gota gorda para lograr resultados satisfactorios. Riegos más prolongados, programas de nutrición en los suelos, aplicaciones foliares y, sobre todo, precisión en su punto de cosecha, son sólo algunas de las tareas que demanda durante la temporada.
El Merlot, aunque ha perdido su protagonismo mediático, mantiene y mantendrá su vigencia en los mercados. Sólo hay que esperar, con mucho ensayo y error, que recupere su confianza para mostrar todas sus bondades: esa fruta roja, vibrante, que convive en un cuerpo delicado, grácil y cautivador, y que en gran medida proyectan estos 10 vinos que nos invitan a volver a creer, que nos devuelven el alma al cuerpo.
TRES PALACIOS FAMILY VINTAGE MERLOT 2010
Escondido en el valle secreto de Cholqui, en el sector más costero del Maipo, el Merlot ha encontrado quizás su mejor forma en esos suelos profundos y arcillosos. Proveniente de dos cuarteles plantados en 1998, equivalentes a sólo 8 hectáreas, el enólogo Camilo Rhamer ha sido capaz de entregar un vino colmado de moras y arándanos, envuelto en una fina túnica de especias y tonos tostados de la madera. Elegante, concentrado y con una acidez que logra levantar una mole de fruta.
COUSIÑO MACUL ANTIGUAS RESERVAS MERLOT 2010
Cousiño Macul es una viña que ha bregado por el Merlot con tenacidad y porfía. Tanto así, que el primer Carmenère de la bodega sólo data de 2009. Este Merlot de la dupla enológica conformada por Pascal Marty y Gabriel Mustakis, que se incorpora a la línea Antiguas Reservas en 2005, es un excelente ejemplo de esos vinos maduros y voluptuosos, colmados de moras y arándanos, que seducen por su potencia frutal, pero también por esa acidez firme que regala el Maipo Alto.
MORANDÉ GRAN RESERVA MERLOT 2010
Esta línea de Morandé se reinventó. De la mano del enólogo Ricardo Baettig, sus vinos ya no buscan tanta concentración, sino más fineza y profundidad en boca. Este estilo ha favorecido principalmente al Merlot. Fermentado en fudres de roble francés, este Gran Reserva seduce por sus notas de guindas licorosas, herbales y carácter salpimentado. Es un Merlot proveniente de los suelos aluviales de Chena, en el corazón del Maipo. Seco, elegante y jugoso.
CONO SUR 20 BARRELS MERLOT 2010
Proveniente de Peralillo, Valle de Colchagua, es un Merlot con mucha estructura y sedosidad, pero al mismo tiempo con una tensión que hace vibrar la fruta en el paladar. Dependiendo de la temporada, recibe pequeños aportes de cepas como Cabernet Sauvignon, Syrah y Alicante Bouschet para ganar en firmeza y complejidad. Sin embargo, los enólogos Adolfo Hurtado y Matías Ríos han logrado mantener un estilo definido y muy consistente.
VIÑEDOS PUERTAS MERLOT 2010
No cualquier viña se atreve a lanzar un ícono en base a Merlot. Sin embargo, José Puertas y su enólogo Carlos Torres tenían algo muy especial en esos preciosos lomajes en Palquibudi, en la más costera zona de Curicó. Con un 7% de Petit Verdot, este Merlot es un festín de frutos rojos ácidos, arándanos, higos y chocolate amargo. Un vino portentoso y que aún tiene mucho que dar.
CARMEN GRAN RESERVA MERLOT 2010
El clima fresco y los suelos profundos son vitales. Y el enólogo Sebastián Labbé encontró la combinación precisa en los arenosos campos de Lo Ovalle, en el Valle de Casablanca. Con pequeños porcentajes de Malbec y Syrah, este Merlot encuentra un muy buen equilibro entre su fruta dulce y sedosa, y una personalidad herbal y compleja. Nos recuerda el lado goloso de la cepa, pero con una acidez que aporta nervio y vivacidad.
CATRALA GRAND RESERVE LIMITED EDITION MERLOT 2009
La enóloga Ana María Pacheco, silenciosa pero con mucha convicción, ha venido trabajando la cepa con mucha consistencia en su campo en Lo Orozco, en el Valle de Casablanca. Con 10 meses en barrica, este Merlot transita por el lado austero y jugoso de la cepa, sin caer en malabarismos ni disfraces. Un Merlot honesto y extremadamente fácil de beber.
EMILIANA NOVAS MERLOT 2010
En La Vinilla, en una de las zonas más altas del Valle de Casablanca, el enólogo biodinámico César Morales ha encontrado el perfecto balance para crear un vino jugoso y evocador. Con sus elocuentes notas de moras, bien casadas con sus 12 meses en barricas, este Novas profundiza en la sicología de la cepa, quizás en su cara más dulce y amable.
VENTISQUERO GREY MERLOT 2010
Grey Merlot nació en el campo Trinidad, en el Valle del Maipo. Hoy, proveniente del fundo Roblería en Apalta, no sólo convence por su potencia en boca, fruta firme y golosa, sino además gana en fineza y profundidad en boca. Con aportes de Syrah y Carmenère, este vino del equipo liderado por Felipe Tosso reivindica el lado más oscuro de la cepa.
TORREÓN DE PAREDES RESERVA PRIVADA MERLOT 2009
Siempre con un perfil muy bajo, mientras sus vecinos renegaban de la cepa, la enóloga Eugenia Díaz y el equipo de Torreón han sabido mantener en alto la bandera del Merlot. En la zona de Rengo, en el Alto Cachapoal, nace este vino suave y armonioso. Con notas de guindas y ciruelas, y un fresco acento herbal, profundiza en el paladar con mucha gracia y encanto.
Desde que se divorció de la Carmenère en los viñedos -un trámite largo y doloroso, como cualquier separación-, el Merlot chileno perdió su seguridad, ese halo de misterio, esa mirada ganadora que conquistó a los paladares durante la década del noventa. Este cepaje delicado y lleno de matices, que alcanza grandes alturas en Saint Emilion, Pomerol y Bolgheri, de repente se volvió unidimensional, tímido y nostálgico. Hosco e impredecible. La relación con los enólogos rápidamente pasó del amor al odio. Muchos de ellos se cansaron de entregar y recibir poco y nada a cambio. Otros continuaron lidiando con su extrema sensibilidad, esperando que el Merlot despertara y volviera a seducirnos con su fruta roja, fresca y jugosa.
Por largas décadas sus problemas se disimularon por el aporte de la Carmenère. Aunque hubo enólogos que identificaron dos clones distintos en sus selecciones masales -uno mucho más tardío que el otro, claro está-, la mayoría cosechaba la fruta al mismo tiempo. El resultado era una mezcla de un Merlot más bien sobremaduro con un muy especiado Carmenère. Ambos cepajes pulían sus deficiencias y conformaban un vino amable en boca y con un carácter atractivo y muy particular, por lo menos para la gran masa de consumidores.
Una vez que la industria chilena tomó la decisión de sincerar los viñedos, el Merlot mostró su verdadera y vulnerable personalidad. Es un cepaje que sufre de sobremanera durante las temporadas cálidas. Su flojo sistema radicular, y esa tendencia a expresarse principalmente a través de sus grandes hojas, optando por oír en vez de comunicar, obliga a los viticultores a estar muy atentos. No sólo deben mantener a raya su follaje, sino además ser muy cuidadosos con el riego. No es una cepa que conviva de buena gana con el estrés. Cuando pide un vaso de agua, hay que abrir la llave y dejarla correr. Sus raíces, que tienden a crecer en forma horizontal, necesitan profundizar en los suelos para que la planta se asiente y trabaje bien.
Los problemas se agudizaron por el empeño de muchos enólogos en acercar –estilísticamente, hablando- el Merlot al Cabernet Sauvignon. En lugar de aceptar su cuerpo delicado, y profundizar en su carácter fresco, priorizaron su concentración de color y potencia en boca. Y con esta cepa no hay margen de error. Un par de días pueden ser suficientes para pasar de un grano maduro a una pasa. El punto de cosecha es crucial. Había que aprender a leer sus necesidades, a interpretar su lenguaje, a cortarlo antes, mucho antes que la Carmenère.
¿EL FIN DE LA ESPERA?
Junto con aprender a interpretar las añadas y encontrar el punto exacto de cosecha, muchos enólogos salieron a buscar zonas más frescas para la variedad. Pero tampoco ha sido fácil. En los distintos mesoclimas de Casablanca, por ejemplo, el Merlot no se ha querido adaptar, como muchos intuíamos o anhelábamos. En las zonas más altas, donde las temperaturas se elevan hasta 2º C sobre el promedio del valle, igual sufre sus acostumbrados signos de deshidratación. Mientras en las zonas más bajas y frescas, muchas veces no logra un adecuado nivel de madurez fenólica y sus taninos se sienten algo rústicos, mordedores, traicionando la propia esencia de la cepa.
En los últimos años, sin embargo, se ha importado una serie de nuevos clones que pretenden cambiar esta historia. Materiales franceses, como 348, 181, 343 y 347, están en evaluación y seguramente tendrán mucho que decir en el futuro. Si bien algunos clones tienen una mejor adaptación a nuestros suelos gracias a sus sistemas radiculares más robustos, hay que tomarse las cosas con calma y evitar las celebraciones anticipadas. Además de encontrar el material más adecuado para los valles chilenos -la realidad francesa es muy diferente-, es necesario ensayar con patrones resistentes a la sequía y a plagas como margarodes y nemátodos.
Pero, por sobre todo, es necesario encontrar los lugares y manejos más adecuados. Parece no funcionar en los suelos de las terrazas aluviales, donde precisamente el Cabernet Sauvignon se siente a sus anchas. Tampoco en esas laderas graníticas donde el Syrah controla sus vigores para entregar su fruta dulce y concentrada. Todo indica que el Merlot necesita suelos más fríos, pesados y profundos, con un mayor porcentaje de arcilla, donde sus raíces no encuentren obstáculos para absorber la humedad y los nutrientes.
Sin duda es un cepaje desafiante, complejo, que exige a los viticultores sudar la gota gorda para lograr resultados satisfactorios. Riegos más prolongados, programas de nutrición en los suelos, aplicaciones foliares y, sobre todo, precisión en su punto de cosecha, son sólo algunas de las tareas que demanda durante la temporada.
El Merlot, aunque ha perdido su protagonismo mediático, mantiene y mantendrá su vigencia en los mercados. Sólo hay que esperar, con mucho ensayo y error, que recupere su confianza para mostrar todas sus bondades: esa fruta roja, vibrante, que convive en un cuerpo delicado, grácil y cautivador, y que en gran medida proyectan estos 10 vinos que nos invitan a volver a creer, que nos devuelven el alma al cuerpo.
TRES PALACIOS FAMILY VINTAGE MERLOT 2010
Escondido en el valle secreto de Cholqui, en el sector más costero del Maipo, el Merlot ha encontrado quizás su mejor forma en esos suelos profundos y arcillosos. Proveniente de dos cuarteles plantados en 1998, equivalentes a sólo 8 hectáreas, el enólogo Camilo Rhamer ha sido capaz de entregar un vino colmado de moras y arándanos, envuelto en una fina túnica de especias y tonos tostados de la madera. Elegante, concentrado y con una acidez que logra levantar una mole de fruta.
COUSIÑO MACUL ANTIGUAS RESERVAS MERLOT 2010
Cousiño Macul es una viña que ha bregado por el Merlot con tenacidad y porfía. Tanto así, que el primer Carmenère de la bodega sólo data de 2009. Este Merlot de la dupla enológica conformada por Pascal Marty y Gabriel Mustakis, que se incorpora a la línea Antiguas Reservas en 2005, es un excelente ejemplo de esos vinos maduros y voluptuosos, colmados de moras y arándanos, que seducen por su potencia frutal, pero también por esa acidez firme que regala el Maipo Alto.
MORANDÉ GRAN RESERVA MERLOT 2010
Esta línea de Morandé se reinventó. De la mano del enólogo Ricardo Baettig, sus vinos ya no buscan tanta concentración, sino más fineza y profundidad en boca. Este estilo ha favorecido principalmente al Merlot. Fermentado en fudres de roble francés, este Gran Reserva seduce por sus notas de guindas licorosas, herbales y carácter salpimentado. Es un Merlot proveniente de los suelos aluviales de Chena, en el corazón del Maipo. Seco, elegante y jugoso.
CONO SUR 20 BARRELS MERLOT 2010
Proveniente de Peralillo, Valle de Colchagua, es un Merlot con mucha estructura y sedosidad, pero al mismo tiempo con una tensión que hace vibrar la fruta en el paladar. Dependiendo de la temporada, recibe pequeños aportes de cepas como Cabernet Sauvignon, Syrah y Alicante Bouschet para ganar en firmeza y complejidad. Sin embargo, los enólogos Adolfo Hurtado y Matías Ríos han logrado mantener un estilo definido y muy consistente.
VIÑEDOS PUERTAS MERLOT 2010
No cualquier viña se atreve a lanzar un ícono en base a Merlot. Sin embargo, José Puertas y su enólogo Carlos Torres tenían algo muy especial en esos preciosos lomajes en Palquibudi, en la más costera zona de Curicó. Con un 7% de Petit Verdot, este Merlot es un festín de frutos rojos ácidos, arándanos, higos y chocolate amargo. Un vino portentoso y que aún tiene mucho que dar.
CARMEN GRAN RESERVA MERLOT 2010
El clima fresco y los suelos profundos son vitales. Y el enólogo Sebastián Labbé encontró la combinación precisa en los arenosos campos de Lo Ovalle, en el Valle de Casablanca. Con pequeños porcentajes de Malbec y Syrah, este Merlot encuentra un muy buen equilibro entre su fruta dulce y sedosa, y una personalidad herbal y compleja. Nos recuerda el lado goloso de la cepa, pero con una acidez que aporta nervio y vivacidad.
CATRALA GRAND RESERVE LIMITED EDITION MERLOT 2009
La enóloga Ana María Pacheco, silenciosa pero con mucha convicción, ha venido trabajando la cepa con mucha consistencia en su campo en Lo Orozco, en el Valle de Casablanca. Con 10 meses en barrica, este Merlot transita por el lado austero y jugoso de la cepa, sin caer en malabarismos ni disfraces. Un Merlot honesto y extremadamente fácil de beber.
EMILIANA NOVAS MERLOT 2010
En La Vinilla, en una de las zonas más altas del Valle de Casablanca, el enólogo biodinámico César Morales ha encontrado el perfecto balance para crear un vino jugoso y evocador. Con sus elocuentes notas de moras, bien casadas con sus 12 meses en barricas, este Novas profundiza en la sicología de la cepa, quizás en su cara más dulce y amable.
VENTISQUERO GREY MERLOT 2010
Grey Merlot nació en el campo Trinidad, en el Valle del Maipo. Hoy, proveniente del fundo Roblería en Apalta, no sólo convence por su potencia en boca, fruta firme y golosa, sino además gana en fineza y profundidad en boca. Con aportes de Syrah y Carmenère, este vino del equipo liderado por Felipe Tosso reivindica el lado más oscuro de la cepa.
TORREÓN DE PAREDES RESERVA PRIVADA MERLOT 2009
Siempre con un perfil muy bajo, mientras sus vecinos renegaban de la cepa, la enóloga Eugenia Díaz y el equipo de Torreón han sabido mantener en alto la bandera del Merlot. En la zona de Rengo, en el Alto Cachapoal, nace este vino suave y armonioso. Con notas de guindas y ciruelas, y un fresco acento herbal, profundiza en el paladar con mucha gracia y encanto.
martes, 19 de febrero de 2013
10 vinos que no quieren (ni pueden) esconder su identidad
Los críticos escriben, casi majaderamente, que Chile es un proveedor confiable, pero que no logra emocionar. Piden más pasión, diversidad y carácter. ¡Piden identidad! Este concepto esencial, camuflado entre miles de millones de litros, hoy no sólo se escucha, sino también se bebe y disfruta en muchos rincones de nuestro país, enseñando un camino, una vuelta a los orígenes, una visión, una declaración de principios, un futuro más luminoso para nuestra vitivinicultura. ¿Quieren identidad? Aquí tienen.
“A la proporción, semejanza, unión e identidad del infinito no te acercas más siendo hombre que siendo hormiga” (Giordano Bruno)
No recuerdo dónde, pero probablemente no era Chile. Tenía otro colorido, otro aroma, otro ritmo. En el antejardín de un castillo que se caía a pedazos –las enredaderas parecían afirmar sus antiquísimas paredes-, sorteábamos el calor del verano bajo la sombra de un frondoso roble, descorchando lánguidamente una docena de vinos de distintos orígenes. Las botellas chapoteaban en una gran cubeta. Y el agua, sin preámbulo amoroso alguno, fueron desnudando las botellas, dejándolas totalmente expuestas, sin sus etiquetas, sin sus “identidades”.
-¿Cuánto pagarías por este Sauvignon Blanc? –le pregunté al dueño de casa, quien intentaba, tan sólo con sus sentidos, descifrar el origen y estirpe del vino.
No se atrevió a darme una respuesta categórica, quizás temiendo mandar al infierno –léase el primer nivel de una góndola de supermercado- su propio vino. Queda claro –más claro que el agua- que las etiquetas no sólo grafican un país, una región o un productor, sino además predisponen las opiniones de los consumidores e, incluso, de los más conspicuos wine writers. Son pocos los que se atreven a ariscar la nariz frente a Grand Cru Classé. O por el contrario: son aún menos los que elevan hasta las nubes un vinito simple, villano, sin denominación alguna.
Las marcas pesan, y mucho. Demasiado. No lo sabrán los visionarios franceses, quienes hace más de 250 años crearon sus aristocráticas menciones de calidad, inaugurando la lucrativa especialidad del marketing de vinos. No lo sabrán algunos productores chilenos, quienes hoy invierten millones en organizar catas por el mundo, enfrentando a ciegas sus más emperifollados vinos con los grandes clásicos de Francia e Italia.
Estas botellas, que se deshicieron de sus etiquetas en esta especie de pila bautismal, encierran una gran paradoja. Perdieron sus pelos y señales, es cierto, pero en modo alguno sus identidades. A través de sus aromas, de sus estructuras, de sus personalidades, nos transportaron hacia el pasado, nos hablaron de diferentes historias, nos transmitieron, con menor o mayor certeza, sobre sus variados e (in)dignos orígenes.
(Imagínense a un flying winemaker buscando infructuosamente su pasaporte frente al counter. Probablemente lo olvidó sobre su cama. Quizás en el asiento trasero de su limosina. Mon Dieu, seguramente no podrá abordar el vuelo programado, pero en ningún caso dejará de ser Michel Rolland. Con o sin documento de identificación, con o sin su currículo a cuestas, plasmará en el aeropuerto los rasgos que lo constituyen como persona y profesional).
Vivimos una época donde la gente está obsesionada por el origen, la trazabilidad, la autenticidad. Ya no basta con un pesado y elegante packaging. Tampoco con ensayar una oda nerudiana en la contraetiqueta. Ni –me atrevo a decir-con un producto bueno, bonito y barato. Los consumidores, cada vez más exigentes, cada vez más empoderados, cada vez con más opciones en las estanterías, exigen saber lo que están comprando: de dónde viene, cómo fue hecho, quiénes son sus productores, cuál es su huella de carbono, cuál es su historia, cuál es la filosofía que subyace, constituye e identifica a un vino como tal.
JUEGO DE CONTRARIOS
No hay duda: la identidad está ligada a la historia y al patrimonio cultural, por lo tanto no existe sin la memoria, sin la capacidad de reconocer el pasado, sin esos elementos simbólicos que la constituyen y marcan su futuro. Identidad es la expresión de un origen, de un estilo de vida, de una memoria histórica, de una forma singular de hacer las cosas. Es una palabra latina hermosa, enigmática, que nos impone un notable juego de contrarios: por un lado, nos habla de semejanza, de igualdad, de rasgos comunes. Pero, por el otro lado, también nos habla de singularidad, de exclusividad, de todos aquellos elementos que nos diferencian del otro y nos convierten en únicos.
En las últimas décadas, las oficinas estatales y los gremios enfocados hacia las exportaciones, se han rebanado los sesos intentando descifrar una identidad chilena para conferirle valor agregado a sus envíos. La tarea parece titánica, pues los estudios señalan una casi total ausencia de una imagen-país en las mentes –y corazones, me temo- de los consumidores del mundo. En otros países, como Italia, Francia o Argentina, todo parece más sencillo. Es la imagen-país, con todos sus simbolismos y asociaciones, la que se traspasa a sus diferentes productos culturales, como música, arquitectura, gastronomía, vinos, etc. En Chile, en cambio, frente a esta imagen imprecisa, el flujo funciona al revés. Los vinos, uno de los pocos productos chilenos que llega a la mesa del consumidor, tienen la gran oportunidad, quizás la responsabilidad, de dotar o esbozar un sello identitario.
Pero, lamentablemente, muchos influyentes críticos del mundo asocian los vinos chilenos a grandes producciones, a volúmenes, a vinos estandarizados, provenientes de una industria –sí, de una industria- que cometió el error de posicionarse como un excelente proveedor de best values. Aprovechando las aptitudes vitícolas de sus valles, concentró sus esfuerzos en elaborar productos correctos y, en ciertos casos, potenciados por marcas potentes y globales (son los menos, incluso caben en un casillero). Esta estrategia hizo ganar en market share, de eso no hay duda, pero el país perdió algo de su esencia, de su tradición, de su historia, de su carácter distintivo.
Actualmente, cuando las nuevas tendencias de consumo reclaman por identidad, por productos con un claro y marcado sentido de origen, la industria chilena debe hacer un alto y replantearse algunos conceptos. Primero, que la vitivinicultura chilena no nació en los años noventa, sino tiene una historia de casi 500 años. Segundo, no avergonzarse de esa historia –aún no me explico cómo no hay un moderno e interactivo museo del vino en Santiago- y mostrarla al mundo con orgullo. Y tercero, atreverse a ser diferente, díscola, atrevida, innovadora, auténtica, escuchando más sus propias convicciones que las fanfarronas sentencias de los gurúes de moda.
El concepto de identidad diferenciadora no va por hacer vinos raros, como una mezcla de uvas de distintos valles, desde Huasco hasta Malleco, y rotularla como Chilenísimo (sorry, si alguien ya la está desarrollando). No va con plantar en lugares imposibles sólo para mostrarse radicales, revolucionarios o temerarios. Tampoco con hacer una selección de una selección de una selección de un viñedo y llamarla atomic-terroir. Ni menos replicar a la pata los vinos del siglo XVI y sus históricos efectos en los hígados coloniales.
Identidad tiene que ver con proyectar la esencia de un lugar determinado, esa mágica conjunción entre cepa, suelo y hombre. Identidad tiene que ver con autenticidad. Identidad tiene que ver con diversidad. Identidad tiene que ver con cultura. Identidad tiene que ver con innovación. Identidad tiene que ver con humildad (anteponer la naturaleza sobre el ego del hombre… y de la mujer). Identidad tiene que ver con futuro. Identidad tiene que ver con dejarse llevar y no rebanarse la cabeza intentando descifrarla.
Antiyal Viñedo Escorial Carmenère 2010
Con su primera cosecha en 1998, Antiyal dio un golpe al status quo. No sólo optó por el Carmenère en tierra de Cabernet Sauvignon, sino fue la primera viña en asumir la filosofía biodinámica y la moral garajista. La viña, el proyecto de vida del enólogo Álvaro Espinoza y su compañera Marina Ashton en el Maipo, sin duda abrió el camino para otros emprendimientos personales y familiares, demostrando que los vinos a escala humana son un proyecto posible y, con paciencia y convicción, también puede ser rentable. Sin embargo, hay algo que no me cuadraba totalmente. Me hacía falta un vino que no recibiera fruta de otros campos, que profundizara en este ecosistema de estrellas, piedras redondas, compost, animales y preparaciones homeopáticas. Con Viñedo El Escorial Carmenère, fermentado en huevos de cemento, la deuda está más que saldada. Es un vino con mucha tipicidad, jugoso, que no esconde su carácter especiado, sino que lo exulta y celebra.
Sol de Sol Chardonnay 2009
Fue intuición, pero también disciplina. Felipe de Solminihac constató que el campo de sus suegros en Traiguén, a 650 kilómetros al sur de Santiago, se encontraba a una latitud similar a la neozelandesa. ¿Y por qué no? En 1996 plantó 5 hectáreas de Chardonnay, introduciendo un punto verde en un infinito amarillo de trigales. Sol de Sol es hoy un vino que exuda carácter y fineza. Con una madera en retirada, que hace resaltar aún más sus frutos blancos y tropicales, sostenidos por una acidez rica y cristalina, con un altísimo porcentaje de málico, abrió el horizonte para una nueva generación de Chardonnay y otros blancos que hoy exploran el sur profundo con entusiasmo y decisión. ¿Qué tiene de identitario producir un vino en una región donde no hay vino?, se preguntará más de alguien. La identidad es dinámica y está entrelazada, firmemente, con la innovación.
RE Cabergnan 2009
Pablo Morandé es un pionero con todas sus letras: participó en la génesis de Don Melchor -el clásico de los clásicos chilenos-, descubrió el valle de Casablanca, empujó la viticultura orgánica, los vinos de cosecha tardía, el regreso de las plantaciones en alta densidad. Y ahora vuelve a sus orígenes familiares, a los suaves lomajes del secano de Loncomilla, no para replicar el vino que hacían sus abuelos, sino para reinventarlo. Con sus hijos Pablo, Macarena y Piedad, y una bodega subterránea en Casablanca donde fermentan sus uvas en tinajas de greda y concreto, remece la crítica con RE Cabergnan, una mezcla de secano con un 80% de Cabernet Sauvignon y 20% de Carignan, colmada de frutos negros y flores silvestres, que reactualiza y profundiza el carácter de esos vinos de antaño, que olían a paisaje agreste, barro, historia y emoción. RE es un referente donde se funden armoniosamente identidad e innovación.
Casa Marín Cipreses Vineyard Sauvignon Blanc 2011
Cuando María Luz Marín concibió su viña en Lo Abarca, a sólo 4 kilómetros del mar, muchos esbozaron una sonrisa de escepticismo, la que se transformó rápidamente en incredulidad al constatar el alto precio de sus vinos. Pero la enóloga perseveró. Y Cipreses Vineyard Sauvignon Blanc, proveniente de un viñedo plantado en 2000 que encara directamente la costa del Pacífico, no sólo se ha transformado en un referente de la categoría, sino ha empujado a otras viñas a escalar nuevos peldaños cualitativos en esta cepa y a descubrir nuevas zonas a lo largo de toda la franja costera de Chile, como Elqui, Fray Jorge, Chilhué, Zapallar y Paredones. Con sus notas profundamente minerales, y una personalidad vertical y filosa, es un vino que grita su origen, que cuenta la historia de una pequeña y empobrecida localidad del secano costero, que asoma con orgullo entre sus áridos lomajes y las olas, que ruega por el viento y la lluvia.
Clos de Fous Cauquenina 2011
Son cuatro locos (Paco Leyton, Francois Massoc, Pedro Parra y Albert Cussen) que decidieron remar contra el mainstream, sin más pretensiones que dejar que la uva se exprese libremente, sin mayores intervenciones enológicas, exaltando el espíritu de sus distintos orígenes. Cauquenina es una mezcla de Malbec, Carmenère, Carignan, País y Syrah. Un vino simple y complejo a la vez. Rústico, alegre y perfumado. Vinificado en el INIA de Cauquenes, el epicentro de la cepa País y la más tradicional cultura de secano, reúne en un mismo vino la porfía de una forma de vida que se niega a morir, que lucha contra la tiranía del mercado, que intenta conectarse con una nueva generación de consumidores, que busca, aunque sin mucha suerte, un vino que simplemente les haga sonreír.
De Martino Viejas Tinajas Cinsault 2012
Con su modesto slogan “Reinventando Chile”, De Martino ha liderado el cada vez más numeroso movimiento que busca (y encuentra) olvidados rincones para elaborar vinos con un marcado sentido de origen. Renegando de los estandarizados gustos impuestos por algunos gurúes de la crítica, incluso del uso de las barricas nuevas, Viejas Tinajas Cinsault es un vino que resume y profundiza su filosofía vitícola y enológica. Rescata una cepa y un valle como Itata, menospreciados por la posmodernidad, y los sitúa en un nuevo escenario, con mucho más luces que sombras. Con sus notas terrosas, fruta roja, alegre y vibrante, este vino elaborado por Marcelo Ratamal hace justicia a nuestra tradición vitivinícola fundacional y amplifica las voces de productores locales como De Neira, Piedras del Encanto y Casa Nova, que han cultivado estas cepas tradicionales desde que se inventó la memoria.
Gillmore Vigno Carignan 2009
Fue la viña que continuó el camino emprendido por la Cooperativa Vitivinícola de Cauquenes, etiquetando con orgullo el primer Carignan moderno en 1995. Gillmore fue fundamental para rescatar la cepa del anonimato –antes permanecía diluida en dudosas mezclas graneleras- y mostró sus mejores atributos: expresivas notas de guindas sureñas y flores silvestres, siempre bien apoyadas por una conmovedora acidez. Su enólogo Andrés Sánchez es uno de los principales motores y presidente de Vignadores de Carignan, una agrupación de 12 productores que se han unido para rescatar y dar a conocer al mundo el patrimonio vitícola que representan esas viejas parras de Carignan y la tradición del secano maulino. Vigno Carignan 2009 es un símbolo de carácter, tradición y espíritu colaborativo.
La Fortuna Sans Soufre Malbec 2012
Lontué, hasta bien entrado el siglo XX, era una de las denominaciones más prestigiosas de Chile. Pero se fue quedando. Cediendo espacio ante Maipo y Colchagua. Perdiendo su protagonismo. La Fortuna, pionero en la producción de Malbec en Chile y viticultura orgánica, quiso reactualizar el mito. ¿Cómo? Volviendo a los orígenes, produciendo un vino sin anhídrido sulfuroso, sin levaduras comerciales, prácticamente sin intervención humana. Según su enólogo Claudio Barría, el objetivo es que el vino exprese fielmente el terroir microbiológico del viñedo. ¿Y el resultado? Un vino de cautivadora simpleza, ligero, jugoso y refrescante, que se desmarca, escabulle y saca la lengua a los corpulentos Malbec del otro lado de la cordillera.
Miguel Torres Estelado Rosé
Lo confieso: tenía mis dudas. Pensaba que era un despropósito hacer burbujear una cepa tan tánica, tan rústica como la País. Tampoco ayudaron los exagerados reconocimientos oficiales (y oficiosos) cuando el proyecto aún estaba en ciernes. Fue como celebrar un gol cuando la pelota aún no estaba en movimiento. Sin embargo, el gran trabajo del enólogo Fernando Almeda terminó por convencerme. Su Estelado País tiene mucha identidad, fineza y carácter, que expresa y lleva a nuevos bares el potencial de esta cepa canaria y fundacional, dándole valor agregado, haciéndonos que, definitivamente, se nos suban las burbujas a la cabeza.
Zaranda Moscatel 2012
El mercado lo pide: hoy todos están ensayando vinos blancos aromáticos para satisfacer una creciente demanda, comprando kilos de Gewürztraminer y de otras cepas con impronunciables nombres. Pero en Itata, sin duda una de las zonas más hermosas del Chile vitivinícola, ha subsistido durante siglos la tradición del Moscatel (o Uva Italia, como la llaman) seco, fragrante y fresco. Juan Ignacio Acuña, un chef con formación de sommelier, colgó los sartenes para rescatar el patrimonio vitícola familiar en Guarilihue, representado por viñedos de más de 100 años, plantados en cabeza en esos suaves lomajes que suben y bajan ante un boscoso horizonte. Zaranda es un Moscatel muy cítrico y floral, que muestra un camino, que invita a beber hasta la última gota, que reactualiza y lleva a una nueva dimensión esta antigua tradición campesina.
“A la proporción, semejanza, unión e identidad del infinito no te acercas más siendo hombre que siendo hormiga” (Giordano Bruno)
No recuerdo dónde, pero probablemente no era Chile. Tenía otro colorido, otro aroma, otro ritmo. En el antejardín de un castillo que se caía a pedazos –las enredaderas parecían afirmar sus antiquísimas paredes-, sorteábamos el calor del verano bajo la sombra de un frondoso roble, descorchando lánguidamente una docena de vinos de distintos orígenes. Las botellas chapoteaban en una gran cubeta. Y el agua, sin preámbulo amoroso alguno, fueron desnudando las botellas, dejándolas totalmente expuestas, sin sus etiquetas, sin sus “identidades”.
-¿Cuánto pagarías por este Sauvignon Blanc? –le pregunté al dueño de casa, quien intentaba, tan sólo con sus sentidos, descifrar el origen y estirpe del vino.
No se atrevió a darme una respuesta categórica, quizás temiendo mandar al infierno –léase el primer nivel de una góndola de supermercado- su propio vino. Queda claro –más claro que el agua- que las etiquetas no sólo grafican un país, una región o un productor, sino además predisponen las opiniones de los consumidores e, incluso, de los más conspicuos wine writers. Son pocos los que se atreven a ariscar la nariz frente a Grand Cru Classé. O por el contrario: son aún menos los que elevan hasta las nubes un vinito simple, villano, sin denominación alguna.
Las marcas pesan, y mucho. Demasiado. No lo sabrán los visionarios franceses, quienes hace más de 250 años crearon sus aristocráticas menciones de calidad, inaugurando la lucrativa especialidad del marketing de vinos. No lo sabrán algunos productores chilenos, quienes hoy invierten millones en organizar catas por el mundo, enfrentando a ciegas sus más emperifollados vinos con los grandes clásicos de Francia e Italia.
Estas botellas, que se deshicieron de sus etiquetas en esta especie de pila bautismal, encierran una gran paradoja. Perdieron sus pelos y señales, es cierto, pero en modo alguno sus identidades. A través de sus aromas, de sus estructuras, de sus personalidades, nos transportaron hacia el pasado, nos hablaron de diferentes historias, nos transmitieron, con menor o mayor certeza, sobre sus variados e (in)dignos orígenes.
(Imagínense a un flying winemaker buscando infructuosamente su pasaporte frente al counter. Probablemente lo olvidó sobre su cama. Quizás en el asiento trasero de su limosina. Mon Dieu, seguramente no podrá abordar el vuelo programado, pero en ningún caso dejará de ser Michel Rolland. Con o sin documento de identificación, con o sin su currículo a cuestas, plasmará en el aeropuerto los rasgos que lo constituyen como persona y profesional).
Vivimos una época donde la gente está obsesionada por el origen, la trazabilidad, la autenticidad. Ya no basta con un pesado y elegante packaging. Tampoco con ensayar una oda nerudiana en la contraetiqueta. Ni –me atrevo a decir-con un producto bueno, bonito y barato. Los consumidores, cada vez más exigentes, cada vez más empoderados, cada vez con más opciones en las estanterías, exigen saber lo que están comprando: de dónde viene, cómo fue hecho, quiénes son sus productores, cuál es su huella de carbono, cuál es su historia, cuál es la filosofía que subyace, constituye e identifica a un vino como tal.
JUEGO DE CONTRARIOS
No hay duda: la identidad está ligada a la historia y al patrimonio cultural, por lo tanto no existe sin la memoria, sin la capacidad de reconocer el pasado, sin esos elementos simbólicos que la constituyen y marcan su futuro. Identidad es la expresión de un origen, de un estilo de vida, de una memoria histórica, de una forma singular de hacer las cosas. Es una palabra latina hermosa, enigmática, que nos impone un notable juego de contrarios: por un lado, nos habla de semejanza, de igualdad, de rasgos comunes. Pero, por el otro lado, también nos habla de singularidad, de exclusividad, de todos aquellos elementos que nos diferencian del otro y nos convierten en únicos.
En las últimas décadas, las oficinas estatales y los gremios enfocados hacia las exportaciones, se han rebanado los sesos intentando descifrar una identidad chilena para conferirle valor agregado a sus envíos. La tarea parece titánica, pues los estudios señalan una casi total ausencia de una imagen-país en las mentes –y corazones, me temo- de los consumidores del mundo. En otros países, como Italia, Francia o Argentina, todo parece más sencillo. Es la imagen-país, con todos sus simbolismos y asociaciones, la que se traspasa a sus diferentes productos culturales, como música, arquitectura, gastronomía, vinos, etc. En Chile, en cambio, frente a esta imagen imprecisa, el flujo funciona al revés. Los vinos, uno de los pocos productos chilenos que llega a la mesa del consumidor, tienen la gran oportunidad, quizás la responsabilidad, de dotar o esbozar un sello identitario.
Pero, lamentablemente, muchos influyentes críticos del mundo asocian los vinos chilenos a grandes producciones, a volúmenes, a vinos estandarizados, provenientes de una industria –sí, de una industria- que cometió el error de posicionarse como un excelente proveedor de best values. Aprovechando las aptitudes vitícolas de sus valles, concentró sus esfuerzos en elaborar productos correctos y, en ciertos casos, potenciados por marcas potentes y globales (son los menos, incluso caben en un casillero). Esta estrategia hizo ganar en market share, de eso no hay duda, pero el país perdió algo de su esencia, de su tradición, de su historia, de su carácter distintivo.
Actualmente, cuando las nuevas tendencias de consumo reclaman por identidad, por productos con un claro y marcado sentido de origen, la industria chilena debe hacer un alto y replantearse algunos conceptos. Primero, que la vitivinicultura chilena no nació en los años noventa, sino tiene una historia de casi 500 años. Segundo, no avergonzarse de esa historia –aún no me explico cómo no hay un moderno e interactivo museo del vino en Santiago- y mostrarla al mundo con orgullo. Y tercero, atreverse a ser diferente, díscola, atrevida, innovadora, auténtica, escuchando más sus propias convicciones que las fanfarronas sentencias de los gurúes de moda.
El concepto de identidad diferenciadora no va por hacer vinos raros, como una mezcla de uvas de distintos valles, desde Huasco hasta Malleco, y rotularla como Chilenísimo (sorry, si alguien ya la está desarrollando). No va con plantar en lugares imposibles sólo para mostrarse radicales, revolucionarios o temerarios. Tampoco con hacer una selección de una selección de una selección de un viñedo y llamarla atomic-terroir. Ni menos replicar a la pata los vinos del siglo XVI y sus históricos efectos en los hígados coloniales.
Identidad tiene que ver con proyectar la esencia de un lugar determinado, esa mágica conjunción entre cepa, suelo y hombre. Identidad tiene que ver con autenticidad. Identidad tiene que ver con diversidad. Identidad tiene que ver con cultura. Identidad tiene que ver con innovación. Identidad tiene que ver con humildad (anteponer la naturaleza sobre el ego del hombre… y de la mujer). Identidad tiene que ver con futuro. Identidad tiene que ver con dejarse llevar y no rebanarse la cabeza intentando descifrarla.
Antiyal Viñedo Escorial Carmenère 2010
Con su primera cosecha en 1998, Antiyal dio un golpe al status quo. No sólo optó por el Carmenère en tierra de Cabernet Sauvignon, sino fue la primera viña en asumir la filosofía biodinámica y la moral garajista. La viña, el proyecto de vida del enólogo Álvaro Espinoza y su compañera Marina Ashton en el Maipo, sin duda abrió el camino para otros emprendimientos personales y familiares, demostrando que los vinos a escala humana son un proyecto posible y, con paciencia y convicción, también puede ser rentable. Sin embargo, hay algo que no me cuadraba totalmente. Me hacía falta un vino que no recibiera fruta de otros campos, que profundizara en este ecosistema de estrellas, piedras redondas, compost, animales y preparaciones homeopáticas. Con Viñedo El Escorial Carmenère, fermentado en huevos de cemento, la deuda está más que saldada. Es un vino con mucha tipicidad, jugoso, que no esconde su carácter especiado, sino que lo exulta y celebra.
Sol de Sol Chardonnay 2009
Fue intuición, pero también disciplina. Felipe de Solminihac constató que el campo de sus suegros en Traiguén, a 650 kilómetros al sur de Santiago, se encontraba a una latitud similar a la neozelandesa. ¿Y por qué no? En 1996 plantó 5 hectáreas de Chardonnay, introduciendo un punto verde en un infinito amarillo de trigales. Sol de Sol es hoy un vino que exuda carácter y fineza. Con una madera en retirada, que hace resaltar aún más sus frutos blancos y tropicales, sostenidos por una acidez rica y cristalina, con un altísimo porcentaje de málico, abrió el horizonte para una nueva generación de Chardonnay y otros blancos que hoy exploran el sur profundo con entusiasmo y decisión. ¿Qué tiene de identitario producir un vino en una región donde no hay vino?, se preguntará más de alguien. La identidad es dinámica y está entrelazada, firmemente, con la innovación.
RE Cabergnan 2009
Pablo Morandé es un pionero con todas sus letras: participó en la génesis de Don Melchor -el clásico de los clásicos chilenos-, descubrió el valle de Casablanca, empujó la viticultura orgánica, los vinos de cosecha tardía, el regreso de las plantaciones en alta densidad. Y ahora vuelve a sus orígenes familiares, a los suaves lomajes del secano de Loncomilla, no para replicar el vino que hacían sus abuelos, sino para reinventarlo. Con sus hijos Pablo, Macarena y Piedad, y una bodega subterránea en Casablanca donde fermentan sus uvas en tinajas de greda y concreto, remece la crítica con RE Cabergnan, una mezcla de secano con un 80% de Cabernet Sauvignon y 20% de Carignan, colmada de frutos negros y flores silvestres, que reactualiza y profundiza el carácter de esos vinos de antaño, que olían a paisaje agreste, barro, historia y emoción. RE es un referente donde se funden armoniosamente identidad e innovación.
Casa Marín Cipreses Vineyard Sauvignon Blanc 2011
Cuando María Luz Marín concibió su viña en Lo Abarca, a sólo 4 kilómetros del mar, muchos esbozaron una sonrisa de escepticismo, la que se transformó rápidamente en incredulidad al constatar el alto precio de sus vinos. Pero la enóloga perseveró. Y Cipreses Vineyard Sauvignon Blanc, proveniente de un viñedo plantado en 2000 que encara directamente la costa del Pacífico, no sólo se ha transformado en un referente de la categoría, sino ha empujado a otras viñas a escalar nuevos peldaños cualitativos en esta cepa y a descubrir nuevas zonas a lo largo de toda la franja costera de Chile, como Elqui, Fray Jorge, Chilhué, Zapallar y Paredones. Con sus notas profundamente minerales, y una personalidad vertical y filosa, es un vino que grita su origen, que cuenta la historia de una pequeña y empobrecida localidad del secano costero, que asoma con orgullo entre sus áridos lomajes y las olas, que ruega por el viento y la lluvia.
Clos de Fous Cauquenina 2011
Son cuatro locos (Paco Leyton, Francois Massoc, Pedro Parra y Albert Cussen) que decidieron remar contra el mainstream, sin más pretensiones que dejar que la uva se exprese libremente, sin mayores intervenciones enológicas, exaltando el espíritu de sus distintos orígenes. Cauquenina es una mezcla de Malbec, Carmenère, Carignan, País y Syrah. Un vino simple y complejo a la vez. Rústico, alegre y perfumado. Vinificado en el INIA de Cauquenes, el epicentro de la cepa País y la más tradicional cultura de secano, reúne en un mismo vino la porfía de una forma de vida que se niega a morir, que lucha contra la tiranía del mercado, que intenta conectarse con una nueva generación de consumidores, que busca, aunque sin mucha suerte, un vino que simplemente les haga sonreír.
De Martino Viejas Tinajas Cinsault 2012
Con su modesto slogan “Reinventando Chile”, De Martino ha liderado el cada vez más numeroso movimiento que busca (y encuentra) olvidados rincones para elaborar vinos con un marcado sentido de origen. Renegando de los estandarizados gustos impuestos por algunos gurúes de la crítica, incluso del uso de las barricas nuevas, Viejas Tinajas Cinsault es un vino que resume y profundiza su filosofía vitícola y enológica. Rescata una cepa y un valle como Itata, menospreciados por la posmodernidad, y los sitúa en un nuevo escenario, con mucho más luces que sombras. Con sus notas terrosas, fruta roja, alegre y vibrante, este vino elaborado por Marcelo Ratamal hace justicia a nuestra tradición vitivinícola fundacional y amplifica las voces de productores locales como De Neira, Piedras del Encanto y Casa Nova, que han cultivado estas cepas tradicionales desde que se inventó la memoria.
Gillmore Vigno Carignan 2009
Fue la viña que continuó el camino emprendido por la Cooperativa Vitivinícola de Cauquenes, etiquetando con orgullo el primer Carignan moderno en 1995. Gillmore fue fundamental para rescatar la cepa del anonimato –antes permanecía diluida en dudosas mezclas graneleras- y mostró sus mejores atributos: expresivas notas de guindas sureñas y flores silvestres, siempre bien apoyadas por una conmovedora acidez. Su enólogo Andrés Sánchez es uno de los principales motores y presidente de Vignadores de Carignan, una agrupación de 12 productores que se han unido para rescatar y dar a conocer al mundo el patrimonio vitícola que representan esas viejas parras de Carignan y la tradición del secano maulino. Vigno Carignan 2009 es un símbolo de carácter, tradición y espíritu colaborativo.
La Fortuna Sans Soufre Malbec 2012
Lontué, hasta bien entrado el siglo XX, era una de las denominaciones más prestigiosas de Chile. Pero se fue quedando. Cediendo espacio ante Maipo y Colchagua. Perdiendo su protagonismo. La Fortuna, pionero en la producción de Malbec en Chile y viticultura orgánica, quiso reactualizar el mito. ¿Cómo? Volviendo a los orígenes, produciendo un vino sin anhídrido sulfuroso, sin levaduras comerciales, prácticamente sin intervención humana. Según su enólogo Claudio Barría, el objetivo es que el vino exprese fielmente el terroir microbiológico del viñedo. ¿Y el resultado? Un vino de cautivadora simpleza, ligero, jugoso y refrescante, que se desmarca, escabulle y saca la lengua a los corpulentos Malbec del otro lado de la cordillera.
Miguel Torres Estelado Rosé
Lo confieso: tenía mis dudas. Pensaba que era un despropósito hacer burbujear una cepa tan tánica, tan rústica como la País. Tampoco ayudaron los exagerados reconocimientos oficiales (y oficiosos) cuando el proyecto aún estaba en ciernes. Fue como celebrar un gol cuando la pelota aún no estaba en movimiento. Sin embargo, el gran trabajo del enólogo Fernando Almeda terminó por convencerme. Su Estelado País tiene mucha identidad, fineza y carácter, que expresa y lleva a nuevos bares el potencial de esta cepa canaria y fundacional, dándole valor agregado, haciéndonos que, definitivamente, se nos suban las burbujas a la cabeza.
Zaranda Moscatel 2012
El mercado lo pide: hoy todos están ensayando vinos blancos aromáticos para satisfacer una creciente demanda, comprando kilos de Gewürztraminer y de otras cepas con impronunciables nombres. Pero en Itata, sin duda una de las zonas más hermosas del Chile vitivinícola, ha subsistido durante siglos la tradición del Moscatel (o Uva Italia, como la llaman) seco, fragrante y fresco. Juan Ignacio Acuña, un chef con formación de sommelier, colgó los sartenes para rescatar el patrimonio vitícola familiar en Guarilihue, representado por viñedos de más de 100 años, plantados en cabeza en esos suaves lomajes que suben y bajan ante un boscoso horizonte. Zaranda es un Moscatel muy cítrico y floral, que muestra un camino, que invita a beber hasta la última gota, que reactualiza y lleva a una nueva dimensión esta antigua tradición campesina.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
La primavera del Itata
Vivió una época estelar con sus tintos aguerridos y blancos secos y florales, pero a partir de la segunda mitad del siglo XX los vinos del Itata quedaron atrapados en la oscuridad de los bares de mala muerte. El bajo precio de sus uvas, los fallidos proyectos de reconversión y el violento avance de las madereras, pusieron en jaque una tradición vitivinícola de cinco siglos. Hoy vuelve a salir el sol en el valle y sus vinos tradicionales reflejan un renovado fulgor.
Datos y citas históricas arrancados de “Viñas del Itata: Una historia de cinco siglos” de Armando Cartes y Fernando Arriagada
Tierra de paisajes sinuosos, de subidas y bajadas, de cruentas batallas entre españoles y mapuches, realistas y patriotas, entre héroes y gañanes, siempre a medio filo, a medio morir saltando, entre el júbilo y la desazón. Aquí empezó todo. En Itata se propagaron las primeras parras hace 500 años, descendientes de las canarias vitis destivalis y rotondifolia, cuando el conquistador Pedro de Valdivia le concede a Diego de Oro, su compañero de armas, cuatro cuadras para plantar viñas en los alrededores de Concepción.
Según Alonso de Ovalle, en su “Histórica relación del reino de Chile”, “por el fin del otoño, se coge el aceite y comienzan las vendimias, las cuales se hacen por el mes de abril, mayo y junio, de que se hacen generosos vinos muy celebrados (…). Entre todos, son mejores y de más estima los Moscateles; he visto algunos que, al parecer, son como el agua, tan claros y cristalinos como ella, pero el efecto es muy diferente en el estómago, porque lo calientan como si fuera aguardiente”.
Aquí también estuvo a punto de irse todo al carajo. Después de una gran época de esplendor, que convirtieron al puerto de Tomé en el principal exportador de vinos hasta la primera mitad del siglo XX, provenientes, en su mayoría, de productores de Ñipas, Quillón y Coelemu, comenzó un lento, pero progresivo período de decadencia, gatillado, en gran parte, por una lógica de mercado que no perdona, que no tiene contemplaciones, con la falta de innovación.
En un viaje organizado por la Asociación de Enólogos y Profesionales del Vino del Valle del Itata y la Asociación de Ingenieros Agrónomos-Enólogos de Chile, pudimos revisitar estos viñedos que agachan sus cabezas para esquivar el viento, que profundizan sus raíces en los lomajes del secano, fieros como el cacique Maulén, inclaudicables ante el paso del tiempo, que no se rinden ante la tiranía de los cepajes franceses ni ante el violento avance de los gigantes madereros.
“Todas estas viñas son tan bajas que los racimos tocan la tierra. Ellas están colocadas sobre colinas altas y no tienen otro riego que el de la lluvia”, escribe el jesuita Felipe Gómez de Vidaurre, allá por el siglo XVIII, cuando la orden religiosa contaba con numerosas haciendas de gran extensión, como Cucha-Cucha, Perales y La Ñipa, donde se trabajaba la tierra con fe ciega para celebrar lo divino y, sobre todo, lo mundano.
En ciertos rincones del valle podemos sentir que el tiempo se ha detenido. El Itata es una especie de museo viviente. Aún conserva intacta la identidad, la tradición más profunda de la vitivinicultura chilena, esa misma que hoy se busca con tanto ahínco, incluso desesperación, para subir el valor de nuestras cajas exportadas. En algunos bodegas de adobe, desparramadas por su accidentada topografía, se hacen los vinos en forma muy similar a como los hacían los adelantados españoles y los primeros ciudadanos de la república.
“Los caldos se guardaban en inmensos capachos de cuero de animal de vacuno, cocidos y amarrados con siguillas, a cuatro palos redondos, unidos por el exterior. Estos odres estaban sostenidos por cuatro horcones de 3 a 4 pies de alto, plantados en el piso de la bodega, en cada esquina del lagar. Algunos de estos aparatos tenían, en el cuero que formaba su fondo, un cañoncito hecho del mismo cuero que servía de llave para vaciarlo; otras veces, la llave era la cola de un animal”, relata Eugenio Pereira Salas en sus “Apuntes para la historia de la cocina chilena”.
Y alguien dejó la llave corriendo…
VINOS INCENDIADOS
En la bodega Batuco, que aún se mantiene en pie a pesar de los terremotos y los vaivenes del mercado, se respira humedad, tradición e historia. Entre sus grandes lagares y estanques de concreto, descorchamos muchos vinos de los alrededores, provenientes de pequeños agricultores que conservan y cultivan sus paños generación tras generación, como El Ciprés, Entre Valles, Paso Lento y Valle Oculto.
Sus Cinsault y País están marcados por el fuego. El incendio, que arrasó con miles de hectáreas en Itata y Bío Bío durante los inicios de la temporada 2012, cubrió de humo y ceniza sus notas de guindas ácidas. Fue una cosecha inusual, claro está. Aunque la nariz de un gastrónomo podría definir esas notas como merkén, confiriéndoles a los vinos una exportable personalidad, también tienden a uniformizar sus aromas y cubrir el carácter fresco y jovial de su fruta.
También probamos un sabroso vino de la casa, hecho a la que te crié en esas imponentes cubas de 2.300 litros. “Es lo que toman los bodegueros: una mezcla de País, Cinsault y Cabernet Sauvignon”, explica Edgardo Candia, un incansable enólogo de la zona, quien protagoniza un verdadero apostolado, brindando asesoría técnica a decenas de pequeños productores que quieren y necesitan rentabilizar sus producciones.
“Nosotros somos productores chicos, sin capacitación. Cuando vienen las empresas grandes, compran la uva y se la llevan; uvas para hacer vinos corriente, en garrafa, en tetra, en botellas de litro y medio. Parte de esa producción sale de los sectores de Coelemu y Guarilihue. Pero son las viñas grandes las que manejan los precios. Los que no queremos vender a esos valores hacemos vinos, pero el vino no tengo a quién vendérselo. Ése es mi problema. En este momento, los poderes compradores son las empresas grandes, y como nuestro vino es antiguo, arcaico, producido sin modernidad alguna, a la gente no le interesa comprarlo”, se queja amargamente Fabián Mora, productor de Guarilihue, entre las páginas de “Viñas del Itata”.
Subimos por un ensortijado y polvoriento camino hasta la cumbre de Cerro Verde, desde donde se puede observar esos sublimes viñedos que se arrastran y conviven con rosas mosqueta, moras y quillayes, intentando contener, a duras penas, la implacable e insigne invasión de los bosques de pinos. La pendiente es pronunciada. Nos imaginamos cargando esos orejones canastos de mimbre colmados de uvas durante la cosecha. “Aquí hasta las lagartijas se van de espalda”, comenta Candia.
En las alturas del Itata se cosechan las uvas más frescas del valle, ideales para elaborar esos exuberantes y secos Moscateles, esos vinos rozagantes en aromas y capaces de conservar graciosamente su acidez natural. Ya lo decía el viajero alemán Poepigg, quien recorrió la zona en 1828. “Por diversas razones, las provincias australes son mucho más aptas para la vitivinicultura que las del norte; el vino de Concepción supera en calidad a los de otras partes, y es muy solicitado en la capital. Por lo general, los vinos de Chile contienen una ley tan alta de alcohol, que se les pueden inflamar después de calentarlos un poco en un anafe…”.
QUÉ CONSERVAR
El río Itata fue el límite entre los mundos español y mapuche. Entre la visión conservadora y liberal. Hoy continúa con su vocación fronteriza, debatiéndose entre tradición e innovación. A lo largo de los últimos decenios, se han implementado muchas iniciativas para poder rentabilizar sus viñedos, como la creación de las cooperativas de Coelemu y Quillón. Esta última llegó a contar con 200 asociados de Ránquil, Quillón y Portezuelo, y bastante éxito con sus vinos de volumen y bajo precio, como las recordadas garrafas Don Francisco. Sin embargo, los complicados manejos administrativos y la creciente sobreproducción de vinos que hacía imposible competir con las grandes viñas del norte, hicieron que finalmente cerrara sus puertas en 2003 ya convertida en sociedad anónima.
Por otro lado, a través de incentivos estatales como el Programa de Cooperación a las Comunas Pobres, se intentó reconvertir y darle un mayor agregado a los vinos regionales. Con este objetivo fueron plantadas 200 hectáreas de Merlot, Cabernet Sauvignon y Carmenère. En Tropezón, en la salida sur de Coelemu, se construyó una gran bodega con cubas de acero inoxidable y sistema de frío. Pero nada de eso resultó. El valle, al parecer, se niega a torcer su tradición. Las llamadas cepas finas no se hallan. No se acostumbran del todo a los alambres y espalderas. Prefieren estar libres, ofreciendo, echando sus frutos sobre la tierra.
Otros productores como Renato Zenteno, propietario del fundo Coimaco, quizás la viña de tradición familiar más antigua de Chile, que se conserva en las mismas manos desde el siglo XVIII, ha logrado resultados comerciales satisfactorios con sus 40 hectáreas de Cabernet Sauvignon, Merlot, Carmenère y Chardonnay, distribuyendo sus marcas Valle Hermoso, Los Vargas y Los Encomenderos. Sin embargo, este descendiente del portugués Antonio Vargas no rehúye su historia. Todavía conserva 1,5 hectáreas de País que crecen en forma salvaje, abrazando árboles nativos y frutales.
Los Países de Zenteno, que deben sumar más de un siglo de antigüedad, sin duda son unos sobrevivientes. Guiados por la mano del hombre, han sabido adaptarse a las distintas condiciones y hacer frente al paso del tiempo, como tan bien lo describe Barros Arana: “(En Itata) rodeaban sus viñas de higueras, cuyo segundo fruto, el higo, casi no tenía valor alguno, y servía para atraer las aves, a fin de que éstas no hicieran mal a la uva”.
Otros esfuerzos para proyectar el patrimonio vitícola del Itata son los emprendidos por Claudio Barría. El enólogo, quien ha vinificado inspirados vinos de las zonas de Huara y Portezuelo, ahora se propuso convocar a un grupo de productores para intentar valorizar sus uvas de Moscatel y Cinsault, produciendo chispeantes vinos espumosos fermentados en botella.
“No había tradición de espumosos en la zona. Las uvas se cortaron prácticamente verdes. Es complicado. Anda a obligar a un antiguo que coseche sus viñedos el 29 de febrero. ¡Ni cantando! Pero aquí están los vinos y la idea es que haya un desarrollo sustentable para los pequeños productores. Ojalá algún empresario se anime a invertir en tecnología para montar un bodega y seguir haciendo estos vinos diferentes, con mucha historia y personalidad”, explica.
Las viñas tradicionales del Itata, como los nuevos emprendimientos como Errázuriz Domínguez, Chillán y Casanueva, sin duda conforman un paisaje único y muchas veces contradictorio, marcado por las imperecederas expectativas de volver colocar los vinos del valle en el sitial que les corresponde.
Bajo el puente de Ñipas, que atraviesa el caudaloso Itata, participamos como jueces del XVI Concurso del Vino y Muestras Tradicionales de Ránquil. Si bien compitieron las llamadas cepas finas, como Cabernet Sauvignon y Carmenère, fueron sus vinos tranquilos y secos en base a Moscatel y Cinsault los que se llevaron la mayoría de los aplausos. Productores como Piedras del Encanto, De Neira, Casa Nova y Adriana Torres, sin duda enseñan un camino, empinado y pedregoso, pero que puede arrojar luces sobre el futuro de esta denominación.
Como afirma el biólogo Humberto Maturana, antes de introducir cualquier innovación, debemos preguntarnos qué queremos conservar. En el caso del Itata, todo indica que la idea más innovadora no es otra cosa que ir al rescate de estos vinos tradicionales y darlos a conocer al mundo con toda confianza y orgullo.
Datos y citas históricas arrancados de “Viñas del Itata: Una historia de cinco siglos” de Armando Cartes y Fernando Arriagada
Tierra de paisajes sinuosos, de subidas y bajadas, de cruentas batallas entre españoles y mapuches, realistas y patriotas, entre héroes y gañanes, siempre a medio filo, a medio morir saltando, entre el júbilo y la desazón. Aquí empezó todo. En Itata se propagaron las primeras parras hace 500 años, descendientes de las canarias vitis destivalis y rotondifolia, cuando el conquistador Pedro de Valdivia le concede a Diego de Oro, su compañero de armas, cuatro cuadras para plantar viñas en los alrededores de Concepción.
Según Alonso de Ovalle, en su “Histórica relación del reino de Chile”, “por el fin del otoño, se coge el aceite y comienzan las vendimias, las cuales se hacen por el mes de abril, mayo y junio, de que se hacen generosos vinos muy celebrados (…). Entre todos, son mejores y de más estima los Moscateles; he visto algunos que, al parecer, son como el agua, tan claros y cristalinos como ella, pero el efecto es muy diferente en el estómago, porque lo calientan como si fuera aguardiente”.
Aquí también estuvo a punto de irse todo al carajo. Después de una gran época de esplendor, que convirtieron al puerto de Tomé en el principal exportador de vinos hasta la primera mitad del siglo XX, provenientes, en su mayoría, de productores de Ñipas, Quillón y Coelemu, comenzó un lento, pero progresivo período de decadencia, gatillado, en gran parte, por una lógica de mercado que no perdona, que no tiene contemplaciones, con la falta de innovación.
En un viaje organizado por la Asociación de Enólogos y Profesionales del Vino del Valle del Itata y la Asociación de Ingenieros Agrónomos-Enólogos de Chile, pudimos revisitar estos viñedos que agachan sus cabezas para esquivar el viento, que profundizan sus raíces en los lomajes del secano, fieros como el cacique Maulén, inclaudicables ante el paso del tiempo, que no se rinden ante la tiranía de los cepajes franceses ni ante el violento avance de los gigantes madereros.
“Todas estas viñas son tan bajas que los racimos tocan la tierra. Ellas están colocadas sobre colinas altas y no tienen otro riego que el de la lluvia”, escribe el jesuita Felipe Gómez de Vidaurre, allá por el siglo XVIII, cuando la orden religiosa contaba con numerosas haciendas de gran extensión, como Cucha-Cucha, Perales y La Ñipa, donde se trabajaba la tierra con fe ciega para celebrar lo divino y, sobre todo, lo mundano.
En ciertos rincones del valle podemos sentir que el tiempo se ha detenido. El Itata es una especie de museo viviente. Aún conserva intacta la identidad, la tradición más profunda de la vitivinicultura chilena, esa misma que hoy se busca con tanto ahínco, incluso desesperación, para subir el valor de nuestras cajas exportadas. En algunos bodegas de adobe, desparramadas por su accidentada topografía, se hacen los vinos en forma muy similar a como los hacían los adelantados españoles y los primeros ciudadanos de la república.
“Los caldos se guardaban en inmensos capachos de cuero de animal de vacuno, cocidos y amarrados con siguillas, a cuatro palos redondos, unidos por el exterior. Estos odres estaban sostenidos por cuatro horcones de 3 a 4 pies de alto, plantados en el piso de la bodega, en cada esquina del lagar. Algunos de estos aparatos tenían, en el cuero que formaba su fondo, un cañoncito hecho del mismo cuero que servía de llave para vaciarlo; otras veces, la llave era la cola de un animal”, relata Eugenio Pereira Salas en sus “Apuntes para la historia de la cocina chilena”.
Y alguien dejó la llave corriendo…
VINOS INCENDIADOS
En la bodega Batuco, que aún se mantiene en pie a pesar de los terremotos y los vaivenes del mercado, se respira humedad, tradición e historia. Entre sus grandes lagares y estanques de concreto, descorchamos muchos vinos de los alrededores, provenientes de pequeños agricultores que conservan y cultivan sus paños generación tras generación, como El Ciprés, Entre Valles, Paso Lento y Valle Oculto.
Sus Cinsault y País están marcados por el fuego. El incendio, que arrasó con miles de hectáreas en Itata y Bío Bío durante los inicios de la temporada 2012, cubrió de humo y ceniza sus notas de guindas ácidas. Fue una cosecha inusual, claro está. Aunque la nariz de un gastrónomo podría definir esas notas como merkén, confiriéndoles a los vinos una exportable personalidad, también tienden a uniformizar sus aromas y cubrir el carácter fresco y jovial de su fruta.
También probamos un sabroso vino de la casa, hecho a la que te crié en esas imponentes cubas de 2.300 litros. “Es lo que toman los bodegueros: una mezcla de País, Cinsault y Cabernet Sauvignon”, explica Edgardo Candia, un incansable enólogo de la zona, quien protagoniza un verdadero apostolado, brindando asesoría técnica a decenas de pequeños productores que quieren y necesitan rentabilizar sus producciones.
“Nosotros somos productores chicos, sin capacitación. Cuando vienen las empresas grandes, compran la uva y se la llevan; uvas para hacer vinos corriente, en garrafa, en tetra, en botellas de litro y medio. Parte de esa producción sale de los sectores de Coelemu y Guarilihue. Pero son las viñas grandes las que manejan los precios. Los que no queremos vender a esos valores hacemos vinos, pero el vino no tengo a quién vendérselo. Ése es mi problema. En este momento, los poderes compradores son las empresas grandes, y como nuestro vino es antiguo, arcaico, producido sin modernidad alguna, a la gente no le interesa comprarlo”, se queja amargamente Fabián Mora, productor de Guarilihue, entre las páginas de “Viñas del Itata”.
Subimos por un ensortijado y polvoriento camino hasta la cumbre de Cerro Verde, desde donde se puede observar esos sublimes viñedos que se arrastran y conviven con rosas mosqueta, moras y quillayes, intentando contener, a duras penas, la implacable e insigne invasión de los bosques de pinos. La pendiente es pronunciada. Nos imaginamos cargando esos orejones canastos de mimbre colmados de uvas durante la cosecha. “Aquí hasta las lagartijas se van de espalda”, comenta Candia.
En las alturas del Itata se cosechan las uvas más frescas del valle, ideales para elaborar esos exuberantes y secos Moscateles, esos vinos rozagantes en aromas y capaces de conservar graciosamente su acidez natural. Ya lo decía el viajero alemán Poepigg, quien recorrió la zona en 1828. “Por diversas razones, las provincias australes son mucho más aptas para la vitivinicultura que las del norte; el vino de Concepción supera en calidad a los de otras partes, y es muy solicitado en la capital. Por lo general, los vinos de Chile contienen una ley tan alta de alcohol, que se les pueden inflamar después de calentarlos un poco en un anafe…”.
QUÉ CONSERVAR
El río Itata fue el límite entre los mundos español y mapuche. Entre la visión conservadora y liberal. Hoy continúa con su vocación fronteriza, debatiéndose entre tradición e innovación. A lo largo de los últimos decenios, se han implementado muchas iniciativas para poder rentabilizar sus viñedos, como la creación de las cooperativas de Coelemu y Quillón. Esta última llegó a contar con 200 asociados de Ránquil, Quillón y Portezuelo, y bastante éxito con sus vinos de volumen y bajo precio, como las recordadas garrafas Don Francisco. Sin embargo, los complicados manejos administrativos y la creciente sobreproducción de vinos que hacía imposible competir con las grandes viñas del norte, hicieron que finalmente cerrara sus puertas en 2003 ya convertida en sociedad anónima.
Por otro lado, a través de incentivos estatales como el Programa de Cooperación a las Comunas Pobres, se intentó reconvertir y darle un mayor agregado a los vinos regionales. Con este objetivo fueron plantadas 200 hectáreas de Merlot, Cabernet Sauvignon y Carmenère. En Tropezón, en la salida sur de Coelemu, se construyó una gran bodega con cubas de acero inoxidable y sistema de frío. Pero nada de eso resultó. El valle, al parecer, se niega a torcer su tradición. Las llamadas cepas finas no se hallan. No se acostumbran del todo a los alambres y espalderas. Prefieren estar libres, ofreciendo, echando sus frutos sobre la tierra.
Otros productores como Renato Zenteno, propietario del fundo Coimaco, quizás la viña de tradición familiar más antigua de Chile, que se conserva en las mismas manos desde el siglo XVIII, ha logrado resultados comerciales satisfactorios con sus 40 hectáreas de Cabernet Sauvignon, Merlot, Carmenère y Chardonnay, distribuyendo sus marcas Valle Hermoso, Los Vargas y Los Encomenderos. Sin embargo, este descendiente del portugués Antonio Vargas no rehúye su historia. Todavía conserva 1,5 hectáreas de País que crecen en forma salvaje, abrazando árboles nativos y frutales.
Los Países de Zenteno, que deben sumar más de un siglo de antigüedad, sin duda son unos sobrevivientes. Guiados por la mano del hombre, han sabido adaptarse a las distintas condiciones y hacer frente al paso del tiempo, como tan bien lo describe Barros Arana: “(En Itata) rodeaban sus viñas de higueras, cuyo segundo fruto, el higo, casi no tenía valor alguno, y servía para atraer las aves, a fin de que éstas no hicieran mal a la uva”.
Otros esfuerzos para proyectar el patrimonio vitícola del Itata son los emprendidos por Claudio Barría. El enólogo, quien ha vinificado inspirados vinos de las zonas de Huara y Portezuelo, ahora se propuso convocar a un grupo de productores para intentar valorizar sus uvas de Moscatel y Cinsault, produciendo chispeantes vinos espumosos fermentados en botella.
“No había tradición de espumosos en la zona. Las uvas se cortaron prácticamente verdes. Es complicado. Anda a obligar a un antiguo que coseche sus viñedos el 29 de febrero. ¡Ni cantando! Pero aquí están los vinos y la idea es que haya un desarrollo sustentable para los pequeños productores. Ojalá algún empresario se anime a invertir en tecnología para montar un bodega y seguir haciendo estos vinos diferentes, con mucha historia y personalidad”, explica.
Las viñas tradicionales del Itata, como los nuevos emprendimientos como Errázuriz Domínguez, Chillán y Casanueva, sin duda conforman un paisaje único y muchas veces contradictorio, marcado por las imperecederas expectativas de volver colocar los vinos del valle en el sitial que les corresponde.
Bajo el puente de Ñipas, que atraviesa el caudaloso Itata, participamos como jueces del XVI Concurso del Vino y Muestras Tradicionales de Ránquil. Si bien compitieron las llamadas cepas finas, como Cabernet Sauvignon y Carmenère, fueron sus vinos tranquilos y secos en base a Moscatel y Cinsault los que se llevaron la mayoría de los aplausos. Productores como Piedras del Encanto, De Neira, Casa Nova y Adriana Torres, sin duda enseñan un camino, empinado y pedregoso, pero que puede arrojar luces sobre el futuro de esta denominación.
Como afirma el biólogo Humberto Maturana, antes de introducir cualquier innovación, debemos preguntarnos qué queremos conservar. En el caso del Itata, todo indica que la idea más innovadora no es otra cosa que ir al rescate de estos vinos tradicionales y darlos a conocer al mundo con toda confianza y orgullo.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Los otros tintos del Maipo
El Cabernet Sauvignon es la cepa emblemática del Maipo y de Chile, pero en los últimos años el Syrah ha irrumpido con mucha fuerza. ¿Qué pasa con el resto de los tintos del valle? Muy buena pregunta.
Qué duda cabe. El Maipo es la cuna de nuestra aristocracia vitivinícola. Aquí se produjo el quiebre. El antes y el después con la importación de las primeras cepas bordelesas en la segunda mitad del siglo XIX. Aquí se forjan algunas de las marcas más potentes de nuestra industria, toda una iconografía que se plasma en portentosos nombres como Don Melchor, Viñedo Chadwick, Almaviva, Domus Aurea, Lota, Carmen Gold, Santa Rita Medalla Real Reserva Especial, Intriga y House of Morandé. Aquí sueltan amarras esos verdaderos trasatlánticos de lujo que, empujados por los aires cordilleranos, han llevado el prestigio del Cabernet Sauvignon chileno a límites insospechados.
En Quebrada de Macul, pese a la irrefrenable presión inmobiliaria, aún se conservan los vestigios de esas primeras plantas que llegaron a nuestros país en los baúles de los empresarios mineros. A través de la línea Antiguas Reservas, creada en 1927 por Arturo Cousiño, incluso se puede paladear la travesía del Cabernet Sauvignon a lo largo de su historia. Precisamente Cousiño Macul, una de las viñas que mejor representa la reencarnación chilena del espíritu bordelés, hoy se abre a otras tradiciones vitivinícolas con el Syrah como protagonista. Esta cepa, que ha logrado su más fina expresión en el Ródano, ya es parte importante de la mezcla de Finis Terrae y muestra un atractivo potencial como varietal en los pies de Los Andes.
“Con el Syrah hemos obtenido grandes resultados en nuestro campo de Buin. Plantado en alta densidad sobre suelos no muy profundos, próximos a los faldeos cordilleranos, la cepa logra una gran concentración frutal. El resultado es un vino cárnico, elegante, muy distintivo”, afirma el enólogo Gabriel Mustakis.
El Syrah, sin lugar a dudas, ha encontrado su lugar en los distintos rincones del Maipo. Pero no sólo eso. También ha sido capaz de desarrollar diferentes matices muy reconocibles. En Quebrada de Macul, por ejemplo, Viña Aquitania sorprendió en 2010 con un vino de sinigual pureza y elegancia. Especiado y fresco, sin un minuto de guarda en barrica, este vino desterró al Carmenère que, a pesar de los esfuerzos de Felipe de Solminihac, no logró nunca madurar con propiedad en esta propiedad ubicada sobre los 600 metros de altura.
Aún más arriba, sobre los 800 metros, Haras de Pirque también ha demostrado que tiene mucho que decir con la cepa. En el extremo superior de estos viñedos en forma herradura, la enóloga Cecilia Guzmán logra en la línea Character un Syrah que equilibra muy bien una golosa personalidad con una acidez firme que denota un profundo sentido de origen. Más hacia el interior, sobre la terraza sur del río Maipo, el enólogo Enrique Tirado lleva la cepa a una dimensión hasta entonces desconocida. Su Gravas del Maipo, el más joven de los íconos de Concha y Toro, representa una maciza escultura de frutos rojos: un referente de concentración, fineza y profundidad en boca.
En el límite sur del Maipo Alto, en la zona de Huelquén, Pérez Cruz ha tomado la bandera del Syrah con mucha convicción, incluso izándola sobre el Cabernet Sauvignon en Liguai, la mezcla tinta que comanda el portafolio de la viña. En suelos de transición aluvio-coluviales, y en un viñedo expuesto al sol del poniente, el enólogo Germán Lyon embotella un vino colmado de frutos negros, con mucha pimienta y unos taninos firmes que evolucionan con desparpajo a lo largo de los años.
BUIN-SYRAH
Pero si hay una bodega del valle que se ha tomado muy en serio el Syrah es Viña Maipo. Con plantaciones de 1996, las más antiguas del valle y probablemente de Chile, esta cepa ha encontrado un lugar privilegiado a unas pocas cuadras del pueblo de Buin. Su enólogo Max Weinlaub no tiene duda alguna. Afirma que el Syrah, en términos cualitativos, es la segunda variedad del valle después del Cabernet Sauvignon.
“Equidistante entre la cordillera y el mar, con el paso del viento que se cuela por la cuenca del río Maipo y refresca las temperaturas, cosechamos las uvas para elaborar un Syrah muy complejo y completo. Su boca es sedosa y tiene mucho potencial de guarda. No es un vino que te deje botado a medio camino”, sostiene.
Los mejores cuarteles se emplazan en una terraza superior, conformada principalmente por depósitos de cenizas volcánicas. Las primeras plantaciones corresponden a los productivos clones 99 y 100. Si embargo, gracias a un puntilloso manejo vitícola, y a la implacable acción de los margarodes, el vigor de las plantas se mantiene a raya para embotellar un Limited Edition que se posiciona en el justo medio, entre los especiados vinos costeros y los voluptuosos representantes de Aconcagua o Apalta.
El Syrah es la cepa distintiva de Viña Maipo y una bocanada de aire fresco para un valle que se identifica poderosamente con el Cabernet Sauvignon. Con la incorporación de los cualitativos clones 300 y 174, plantados esta vez sobre patrones, la apuesta de Weinlaub es potenciar aún más esta cepa en Buin. “Cada zona tiene que ir mostrando lo mejor de sí. No tiene sentido tener Carmenère en todas partes. No podemos hacer de todo porque seremos buenos en nada. El Syrah, más que ninguna otra cepa tinta en el valle, se ha ganado un espacio importante”, afirma el enólogo.
CARMENÈRE Y OTRAS HIERBAS
Pese a que el Carmenère reveló su cara en Alto Jahuel, cuando el ampelógrafo Jean-Michel Boursiquot la identificó en los viñedos de Carmen, la cepa ha tenido una suerte dispar en el valle. En las zonas más cordilleranas cuesta apaciguar el excesivo protagonismo de sus pirazinas. Es una cepa añera. En las temporadas más cálidas, puede regalar vinos notables, pero no resulta fácil encontrar el balance entre los niveles de azúcar y la madurez de sus taninos. En la mezcla de Antiyal, por ejemplo, Álvaro Espinoza ha privilegiado siempre la fruta más sedosa del Carmenère de Isla de Maipo. Pero, poco a poco, el enólogo biodinámico le toma la mano a sus viñedos de Huelquén, donde aún dominan los Syrah y Cabernet Sauvignon, las dos cepas que conforman el ensamblaje de su segundo vino Kuyen.
Si bien hay pocos Carmenère que brillen en el valle, precisamente en Isla de Maipo encontramos la gran excepción a la regla. Aquí nace el primer vino etiquetado como Carmenère, correspondiente a la cosecha 1996, y a lo largo de los años ha sabido mantener un tremendo nivel de calidad. Hoy ese Carmenère se rotula como De Martino Alto de Piedras. Un vino que despierta los sentidos con su potente carga frutal, que recuerda guindas y ciruelas, pimienta fresca y tonos florales. En esos suelos profundos de origen aluvial, de arcillas rojas y piedras redondas, el enólogo Marcelo Retamal ha sabido mantener muy en alto esta solitaria estrella en el valle.
Fiel a su tradición bordelesa, el Maipo ha preferido insistir con el Merlot. “Recordemos, sin embargo, que en Burdeos el Merlot era una cepa de segunda categoría hasta la filoxera. Sólo dio calidad hasta que se injertó sobre patrones americanos y se puso en suelos arcillosos como en Saint-Émilion y Pomerol. Aquí tiene mucho potencial si se planta en zonas más frescas. Nosotros, para mí gusto, tenemos el mejor Merlot de Chile a partir de un material que importó Santa Carolina hace muchísimos años. Es el único Merlot que conozco que huele a Merlot”, afirma Alejandro Hernández, profesor, enólogo y propietario de Portal del Alto.
Y, ciertamente, en algunos rincones del Maipo, el Merlot se ha desarrollado con mucha prestancia y dignidad. Cousiño Macul, una de las pocas viñas chilenas que reniega del Carmenère, vinifica un excelente Antiguas Reservas y utiliza esta cepa como un importante complemento de su ícono Lota. Sin embargo, es en el llamado Maipo Medio donde ha experimentado un aire renovado. En el pequeño valle escondido de Cholqui, la joven viña Tres Palacios elabora uno de los mejores Merlot de Chile. En suelos de arcillas oscuras, muy compactos, pero con excelente drenaje, esta cepa hace gala de una gran concentración y balance entre azúcar y acidez.
Si bien el Cabernet Sauvignon, y en el último tiempo el Syrah, dominan la escena maipucina, este gran valle que se extiende de cordillera a mar deja espacio para que se desarrollen otras variedades con un alto potencial cualitativo. Aunque son escasas las hectáreas, el Cabernet Franc es una cepa que hay que tomar en cuenta y que logra grandes resultados en los campos de San Bernardo de Morandé y en Alto Jahuel de Santa Rita. También se extienden las plantaciones de Petit Verdot, no sólo para utilizarlo como un componente de mezcla, sino también para etiquetar un vino de alta gama, como es el caso de Chasqui de Pérez Cruz. Y en la franja más costera, como en el precioso fundo Trinidad de Ventisquero, cepajes como el Cabernet Sauvignon y Carmenère se reinventan para ofrecer una nueva y extravertida personalidad.
El Cabernet Sauvignon ya no gobierna solo en el Maipo. Ya puede contar con un puñado de nobles caballeros que templan su juicio y velan por el futuro de su reino.
Qué duda cabe. El Maipo es la cuna de nuestra aristocracia vitivinícola. Aquí se produjo el quiebre. El antes y el después con la importación de las primeras cepas bordelesas en la segunda mitad del siglo XIX. Aquí se forjan algunas de las marcas más potentes de nuestra industria, toda una iconografía que se plasma en portentosos nombres como Don Melchor, Viñedo Chadwick, Almaviva, Domus Aurea, Lota, Carmen Gold, Santa Rita Medalla Real Reserva Especial, Intriga y House of Morandé. Aquí sueltan amarras esos verdaderos trasatlánticos de lujo que, empujados por los aires cordilleranos, han llevado el prestigio del Cabernet Sauvignon chileno a límites insospechados.
En Quebrada de Macul, pese a la irrefrenable presión inmobiliaria, aún se conservan los vestigios de esas primeras plantas que llegaron a nuestros país en los baúles de los empresarios mineros. A través de la línea Antiguas Reservas, creada en 1927 por Arturo Cousiño, incluso se puede paladear la travesía del Cabernet Sauvignon a lo largo de su historia. Precisamente Cousiño Macul, una de las viñas que mejor representa la reencarnación chilena del espíritu bordelés, hoy se abre a otras tradiciones vitivinícolas con el Syrah como protagonista. Esta cepa, que ha logrado su más fina expresión en el Ródano, ya es parte importante de la mezcla de Finis Terrae y muestra un atractivo potencial como varietal en los pies de Los Andes.
“Con el Syrah hemos obtenido grandes resultados en nuestro campo de Buin. Plantado en alta densidad sobre suelos no muy profundos, próximos a los faldeos cordilleranos, la cepa logra una gran concentración frutal. El resultado es un vino cárnico, elegante, muy distintivo”, afirma el enólogo Gabriel Mustakis.
El Syrah, sin lugar a dudas, ha encontrado su lugar en los distintos rincones del Maipo. Pero no sólo eso. También ha sido capaz de desarrollar diferentes matices muy reconocibles. En Quebrada de Macul, por ejemplo, Viña Aquitania sorprendió en 2010 con un vino de sinigual pureza y elegancia. Especiado y fresco, sin un minuto de guarda en barrica, este vino desterró al Carmenère que, a pesar de los esfuerzos de Felipe de Solminihac, no logró nunca madurar con propiedad en esta propiedad ubicada sobre los 600 metros de altura.
Aún más arriba, sobre los 800 metros, Haras de Pirque también ha demostrado que tiene mucho que decir con la cepa. En el extremo superior de estos viñedos en forma herradura, la enóloga Cecilia Guzmán logra en la línea Character un Syrah que equilibra muy bien una golosa personalidad con una acidez firme que denota un profundo sentido de origen. Más hacia el interior, sobre la terraza sur del río Maipo, el enólogo Enrique Tirado lleva la cepa a una dimensión hasta entonces desconocida. Su Gravas del Maipo, el más joven de los íconos de Concha y Toro, representa una maciza escultura de frutos rojos: un referente de concentración, fineza y profundidad en boca.
En el límite sur del Maipo Alto, en la zona de Huelquén, Pérez Cruz ha tomado la bandera del Syrah con mucha convicción, incluso izándola sobre el Cabernet Sauvignon en Liguai, la mezcla tinta que comanda el portafolio de la viña. En suelos de transición aluvio-coluviales, y en un viñedo expuesto al sol del poniente, el enólogo Germán Lyon embotella un vino colmado de frutos negros, con mucha pimienta y unos taninos firmes que evolucionan con desparpajo a lo largo de los años.
BUIN-SYRAH
Pero si hay una bodega del valle que se ha tomado muy en serio el Syrah es Viña Maipo. Con plantaciones de 1996, las más antiguas del valle y probablemente de Chile, esta cepa ha encontrado un lugar privilegiado a unas pocas cuadras del pueblo de Buin. Su enólogo Max Weinlaub no tiene duda alguna. Afirma que el Syrah, en términos cualitativos, es la segunda variedad del valle después del Cabernet Sauvignon.
“Equidistante entre la cordillera y el mar, con el paso del viento que se cuela por la cuenca del río Maipo y refresca las temperaturas, cosechamos las uvas para elaborar un Syrah muy complejo y completo. Su boca es sedosa y tiene mucho potencial de guarda. No es un vino que te deje botado a medio camino”, sostiene.
Los mejores cuarteles se emplazan en una terraza superior, conformada principalmente por depósitos de cenizas volcánicas. Las primeras plantaciones corresponden a los productivos clones 99 y 100. Si embargo, gracias a un puntilloso manejo vitícola, y a la implacable acción de los margarodes, el vigor de las plantas se mantiene a raya para embotellar un Limited Edition que se posiciona en el justo medio, entre los especiados vinos costeros y los voluptuosos representantes de Aconcagua o Apalta.
El Syrah es la cepa distintiva de Viña Maipo y una bocanada de aire fresco para un valle que se identifica poderosamente con el Cabernet Sauvignon. Con la incorporación de los cualitativos clones 300 y 174, plantados esta vez sobre patrones, la apuesta de Weinlaub es potenciar aún más esta cepa en Buin. “Cada zona tiene que ir mostrando lo mejor de sí. No tiene sentido tener Carmenère en todas partes. No podemos hacer de todo porque seremos buenos en nada. El Syrah, más que ninguna otra cepa tinta en el valle, se ha ganado un espacio importante”, afirma el enólogo.
CARMENÈRE Y OTRAS HIERBAS
Pese a que el Carmenère reveló su cara en Alto Jahuel, cuando el ampelógrafo Jean-Michel Boursiquot la identificó en los viñedos de Carmen, la cepa ha tenido una suerte dispar en el valle. En las zonas más cordilleranas cuesta apaciguar el excesivo protagonismo de sus pirazinas. Es una cepa añera. En las temporadas más cálidas, puede regalar vinos notables, pero no resulta fácil encontrar el balance entre los niveles de azúcar y la madurez de sus taninos. En la mezcla de Antiyal, por ejemplo, Álvaro Espinoza ha privilegiado siempre la fruta más sedosa del Carmenère de Isla de Maipo. Pero, poco a poco, el enólogo biodinámico le toma la mano a sus viñedos de Huelquén, donde aún dominan los Syrah y Cabernet Sauvignon, las dos cepas que conforman el ensamblaje de su segundo vino Kuyen.
Si bien hay pocos Carmenère que brillen en el valle, precisamente en Isla de Maipo encontramos la gran excepción a la regla. Aquí nace el primer vino etiquetado como Carmenère, correspondiente a la cosecha 1996, y a lo largo de los años ha sabido mantener un tremendo nivel de calidad. Hoy ese Carmenère se rotula como De Martino Alto de Piedras. Un vino que despierta los sentidos con su potente carga frutal, que recuerda guindas y ciruelas, pimienta fresca y tonos florales. En esos suelos profundos de origen aluvial, de arcillas rojas y piedras redondas, el enólogo Marcelo Retamal ha sabido mantener muy en alto esta solitaria estrella en el valle.
Fiel a su tradición bordelesa, el Maipo ha preferido insistir con el Merlot. “Recordemos, sin embargo, que en Burdeos el Merlot era una cepa de segunda categoría hasta la filoxera. Sólo dio calidad hasta que se injertó sobre patrones americanos y se puso en suelos arcillosos como en Saint-Émilion y Pomerol. Aquí tiene mucho potencial si se planta en zonas más frescas. Nosotros, para mí gusto, tenemos el mejor Merlot de Chile a partir de un material que importó Santa Carolina hace muchísimos años. Es el único Merlot que conozco que huele a Merlot”, afirma Alejandro Hernández, profesor, enólogo y propietario de Portal del Alto.
Y, ciertamente, en algunos rincones del Maipo, el Merlot se ha desarrollado con mucha prestancia y dignidad. Cousiño Macul, una de las pocas viñas chilenas que reniega del Carmenère, vinifica un excelente Antiguas Reservas y utiliza esta cepa como un importante complemento de su ícono Lota. Sin embargo, es en el llamado Maipo Medio donde ha experimentado un aire renovado. En el pequeño valle escondido de Cholqui, la joven viña Tres Palacios elabora uno de los mejores Merlot de Chile. En suelos de arcillas oscuras, muy compactos, pero con excelente drenaje, esta cepa hace gala de una gran concentración y balance entre azúcar y acidez.
Si bien el Cabernet Sauvignon, y en el último tiempo el Syrah, dominan la escena maipucina, este gran valle que se extiende de cordillera a mar deja espacio para que se desarrollen otras variedades con un alto potencial cualitativo. Aunque son escasas las hectáreas, el Cabernet Franc es una cepa que hay que tomar en cuenta y que logra grandes resultados en los campos de San Bernardo de Morandé y en Alto Jahuel de Santa Rita. También se extienden las plantaciones de Petit Verdot, no sólo para utilizarlo como un componente de mezcla, sino también para etiquetar un vino de alta gama, como es el caso de Chasqui de Pérez Cruz. Y en la franja más costera, como en el precioso fundo Trinidad de Ventisquero, cepajes como el Cabernet Sauvignon y Carmenère se reinventan para ofrecer una nueva y extravertida personalidad.
El Cabernet Sauvignon ya no gobierna solo en el Maipo. Ya puede contar con un puñado de nobles caballeros que templan su juicio y velan por el futuro de su reino.
martes, 5 de junio de 2012
Los próximos 30 años de Casablanca
Aunque aún está pagando algunos pecados de juventud, el futuro de Casablanca, este valle curtido por la brisa marina, es ciertamente luminoso: con la consolidación de sus plantas clonales, el desarrollo de tintos de ciclo corto de madurez y el nuevo sueño de Morandé: la creación de una nueva apelación autorregulada para vinos espumosos.
“¿Cómo va a helar aquí si estamos a 18 kilómetros en línea recta del mar?”, respondía con incredulidad Pablo Morandé a un lugareño que le advertía sobre los peligros de plantar vides en Casablanca. No tuvo que esperar demasiado. Esas primeras hectáreas de Chardonnay y Sauvignon Blanc se quemaron hasta la raíces. El valle, una vez más, parecía confirmar un destino con más oscuros que claros, donde el progreso pasaba, burlonamente, siempre por el costado, dejando en ascuas a sus habitantes que vivían, principalmente, de los cereales y la ganadería.
Este agreste y sinuoso valle, que conecta Santiago con el puerto de Valparaíso, no podía desprenderse de su vocación de lugar de paso. De acuerdo al cronista británico George Vancouver, a finales del siglo XVIII Casablanca era “una pequeña aldea donde hay una bonita iglesia, cerca de cincuenta casas y algunas tierras cultivadas y cerradas que hacen contraste con la estéril región que habíamos atravesado”.
La ciudad fue bautizada en 1753 como Santa Bárbara de Casablanca, en honor a la esposa de Fernando VII, quien enviudó sólo cuatro años después de haberse firmado el acta fundacional, y una casona blanca que los historiadores nunca han podido establecer fehacientemente su ubicación y propiedad. Con sus calles de ángulos rectos, y casas de un piso de adobe blanqueado, techos de tejas coloradas o sencillamente paja, era un poblado sin grandes esperanzas, donde los birlochos levantaban polvo y rompían una quietud que amenazaba con eternizarse.
La escasez de agua, que hasta nuestros días representa un dolor de cabeza para los viticultores, impedía que Casablanca floreciera. Pero no sólo eso. Las violentas heladas, que tanto sorprendieron a Morandé, también frenaban el desarrollo agronómico. Así lo registra el Archivo de la Real Audiencia a finales del siglo XVIII: en la llamada Hacienda Lo Ovalle existe un viñedo donde “nunca se vio coger cosechas de vino porque siempre hiela y no llegan a madurar….”.
Sin embargo, esta surrealista calma que persistía encajonada entre sus cerros, también sedujo a familias aristocráticas, políticos, revolucionarios y artistas. No es casualidad que en estas tierras haya pasado sus últimos días el venezolano Luis López Méndez, considerado por el mismísimo Simón Bolívar como el verdadero libertador de América. Tampoco que haya sido la cuna de los presidentes de Chile Manuel y Jorge Montt, cuyos herederos aún continúan cultivando estas tierras. Que haya inspirado a poetas y pintores como Arturo Gordon. Ni que haya forjado el espíritu de San Alberto Hurtado en los campos de Tapihue, donde aún persisten las paredes de barro de su casa de infancia y una cruz de madera que plantó con sus propias manos en una de sus tantas misiones.
Por eso tampoco me extraña que Pablo Morandé haya insistido en su sueño de convertir a Casablanca en un valle vitivinícola, intentando doblarle la mano a un clima veleidoso que poco y nada ayudó a trascender a pioneras bodegas como Viña de Zapata, La Vinilla y La Merced que, en los albores del siglo XX, con más patas que buche, pretendían irrigar las gargantas de los parroquianos con sus astringentes vinos de País.
Hasta que llegó el momento: en 1985 los miembros de la Asociación de Ingenieros Agrónomos-Enólogos quedaron boquiabiertos cuando fueron presentados los primeros vinos casablanquinos en Cousiño Macul. “Parecen vinos de otro país”, comentaron los asistentes, habituados a los blancos cansinos y oxidados del Valle Central. Ignacio Recabarren, entonces enólogo de Santa Rita, asumió el desafío de fermentar estas uvas que desafiaban el sentido común. A los pocos años se instalaron Emiliana, Veramonte, Concha y Toro, Santa Rita y Casablanca. “El valle se convirtió en un fenómeno aspiracional. Ahora todos querían estar aquí. De soñador pasé a triunfador, de loco a consagrado”, me diría más tarde Morandé.
EN SÓLO 5 SEGUNDOS
Ahora, cuando celebra sus 30 años de existencia, el Valle de Casablanca cuenta con 5.680 hectáreas plantadas, principalmente Chardonnay (2.269), Sauvignon Blanc (1.931), Pinot Noir (710) y Syrah (107). Todo ha pasado muy rápido, como en un abrir y cerrar de ojos, recordando, de alguna manera, la primera transmisión telegráfica en 1852, cuando la prensa porteña titulaba: “Casablanca se ha puesto a 5 segundos de Valparaíso”. Entonces, como si fuera hoy, como si fuera un periodista entrevistando a un enólogo, el operario del cable preguntaba: “¿Cómo está el tiempo allá?”. “Está nublado…”, respondían de Casablanca.
Todo ha pasado tan rápido que Casablanca ya sufre los primeros achaques de la madurez. Los vaivenes del precio de sus uvas, el aumento de los costos energéticos y de mano de obra, las millonarias inversiones en instrumentos para prevenir o paliar las consecuencias de las heladas, la sostenida ineficiencia de sus pozos de agua y la pérdida de productividad de sus plantaciones más añosas, afectadas de cuadros virales y nematodos, sin duda son los convidados de piedra de esta gran fiesta de aniversario.
Esta nueva sensación de pesimismo se acrecienta por la irrupción de nuevos valles costeros que le han quitado cierto protagonismo, como su vecino San Antonio, Limarí y Elqui en el extremo norte, y recientemente la costa de Colchagua en la zona central. “En años de rendimientos altos, como fue la cosecha 2009, los precios se fueron al suelo y tuvimos, prácticamente, que rematar la fruta”, me cuenta un productor de la zona.
Sin embargo, la Asociación de Empresarios Vitivinícolas del Valle de Casablanca no se ha quedado de brazos cruzados. A diferencia de otros gremios en Chile, donde los conflictos de intereses diluyen las grandes ideas, las viñas han invertido en investigación y desarrollo. No sólo han empujado con fuerza los cambios legislativos para contar con denominaciones de origen basadas en criterios estrictamente técnicos, sino que han sido pioneros en el establecimiento de una red de modernas estaciones meteorológicas que ha permitido distinguir climáticamente sus subzonas: La Vinilla (818 grados-día en la escala de Winkler), Tapihue Bajo (893), Tapihue Alto (890), Mundo Nuevo (893), Casablanca Centro (821), Lo Ovalle (852), Lo Orozco (823), Las Dichas (751) y Lo Orrego (769).
Estos datos climatológicos, que en otros valles preferirían mantener en estricta reserva, nos ayudan a entender mejor las características de las uvas, pero además abren la posibilidad de que en el futuro se puedan profundizar las apelaciones, yendo más allá, mucho más allá de las recién promulgadas y aún insuficientes menciones de Andes, Entre Cordilleras y Costa en las etiquetas.
Asimismo han contratado estudios para caracterizar aromáticamente sus cepajes más emblemáticos, como Sauvignon Blanc y Pinot Noir, aportando información sistematizada para los asociados y la prensa especializada. “Viene un segundo Casablanca. Esta vez no está sustentado en el olfato, sino por experiencias científicas. Cuando se terminen los estudios de suelo y clima, y comiencen a producir las nuevas plantaciones clonales que se han establecido en los últimos años, Casablanca tendrá un espectacular redescubrimiento. Acuérdense de mí”, anuncia Morandé.
EL FUTURO ESPLENDOR
El redescubrimiento de Casablanca coincidió con el boom de las exportaciones de Chardonnay. Es por eso que continúa siendo la cepa más plantada en el valle. Sin embargo, la selección de sus plantas no fue la más acertada y hoy se están pagando las consecuencias. La mayoría de los viñedos está conformado por el llamado clon Mendoza, una variedad de origen más bien misterioso, y que hoy acusa serios problemas de fatiga de material debido a las virosis y voracidad de los nematodos, que tienen una fiesta aparte en los arenosos suelos de los llanos.
En los últimos años se han replantado muchas hectáreas con clones franceses, y patrones tolerantes a los nematodos, abriendo un nuevo potencial para esta cepa que se ha visto más bien eclipsada por la mineralidad de los exponentes del Limarí, pero, sobre todo, por la irrupción del Sauvignon Blanc. Poco a poco el Chardonnay casablanquino recupera su norte. Con una mejor interpretación de la añadas y de los puntos de cosecha, sumado a una vinificación más respetuosa con la fruta, una nueva generación de vinos más frescos y chispeantes pretende recuperar los amores perdidos.
Sin embargo, es el Sauvignon Blanc la cepa que se ha transformado en la estrella indiscutida del valle. Combinando distintos clones, jugando con las exposiciones, alturas y momentos de cosecha, los enólogos no sólo han sido capaces de mantener una gran consistencia en el rango de los varietales, sino además sorprender con vinos más ambiciosos, algunos de ellos con un paso por barricas o fudres, que buscan y han logrado conquistar nuevos y asombrosos, en algunos casos, umbrales cualitativos.
Junto con la introducción de nuevas cepas blancas, como Viognier, Gewürztraminer y Riesling, que permiten ampliar aún más la paleta de sabores, los tintos todavía tienen mucho que decir en el valle. El Pinot Noir, paso a paso, no exento de dificultades, empieza a reencontrase con su naturaleza, alejándose de los tonos confitados para desplegar los aromas puros, frescos y complejos de la variedad. En este sentido ha sido vital la importación de clones franceses, superando al tradicional clon Valdivieso que monopolizaba los campos, sumado a un necesario cambio de mentalidad enológica que ya no rehúye de la fruta ácida, sino la busca y atrapa en la botella.
Por otro lado, el Syrah de clima frío, tan distinto a los fisiculturistas de Barossa, comienza a sentirse muy a gusto en las lomas graníticas de la cordillera de la Costa. Allí ha desplegado un carácter muy propio y seductor. Con notas de flores y especias, y cuerpos estilizados pero firmes, se ha hecho un lugar a pesar del difícil momento de popularidad de la cepa en el mundo. Cada vez son más las viñas que se atreven con mezclas tintas de Casablanca, buscando nuevos registros aromáticos, profundizando su relación con el terroir, en lugar de optar por el camino más fácil: presionar el acelerador por la Panamericana persiguiendo la madurez de otros valles.
No hay duda: los productores de Casablanca no quieren quedarse atrás y han tomado la decisión de mostrarse al mundo con una personalidad fresca, inquieta e innovadora. ¿Por qué no dar nuevos pasos? ¿Por qué no hacer un espumoso que distinga al valle en su conjunto, con normas que regulen su producción y velen por la calidad de sus vinos, como tan bien hizo el colectivo Vignadores de Carignan en el secano maulino?, se pregunta ahora Morandé.
¿Y por qué no? Hace 30 años Casablanca marcó un antes y después en la historia vitivinícola chilena. Hoy el valle se reinventa para proyectarse con renovadas fuerzas hacia un mejor futuro, pasando, como dice su descubridor, de la juventud a la sabiduría… A un remanso de felicidad.
“¿Cómo va a helar aquí si estamos a 18 kilómetros en línea recta del mar?”, respondía con incredulidad Pablo Morandé a un lugareño que le advertía sobre los peligros de plantar vides en Casablanca. No tuvo que esperar demasiado. Esas primeras hectáreas de Chardonnay y Sauvignon Blanc se quemaron hasta la raíces. El valle, una vez más, parecía confirmar un destino con más oscuros que claros, donde el progreso pasaba, burlonamente, siempre por el costado, dejando en ascuas a sus habitantes que vivían, principalmente, de los cereales y la ganadería.
Este agreste y sinuoso valle, que conecta Santiago con el puerto de Valparaíso, no podía desprenderse de su vocación de lugar de paso. De acuerdo al cronista británico George Vancouver, a finales del siglo XVIII Casablanca era “una pequeña aldea donde hay una bonita iglesia, cerca de cincuenta casas y algunas tierras cultivadas y cerradas que hacen contraste con la estéril región que habíamos atravesado”.
La ciudad fue bautizada en 1753 como Santa Bárbara de Casablanca, en honor a la esposa de Fernando VII, quien enviudó sólo cuatro años después de haberse firmado el acta fundacional, y una casona blanca que los historiadores nunca han podido establecer fehacientemente su ubicación y propiedad. Con sus calles de ángulos rectos, y casas de un piso de adobe blanqueado, techos de tejas coloradas o sencillamente paja, era un poblado sin grandes esperanzas, donde los birlochos levantaban polvo y rompían una quietud que amenazaba con eternizarse.
La escasez de agua, que hasta nuestros días representa un dolor de cabeza para los viticultores, impedía que Casablanca floreciera. Pero no sólo eso. Las violentas heladas, que tanto sorprendieron a Morandé, también frenaban el desarrollo agronómico. Así lo registra el Archivo de la Real Audiencia a finales del siglo XVIII: en la llamada Hacienda Lo Ovalle existe un viñedo donde “nunca se vio coger cosechas de vino porque siempre hiela y no llegan a madurar….”.
Sin embargo, esta surrealista calma que persistía encajonada entre sus cerros, también sedujo a familias aristocráticas, políticos, revolucionarios y artistas. No es casualidad que en estas tierras haya pasado sus últimos días el venezolano Luis López Méndez, considerado por el mismísimo Simón Bolívar como el verdadero libertador de América. Tampoco que haya sido la cuna de los presidentes de Chile Manuel y Jorge Montt, cuyos herederos aún continúan cultivando estas tierras. Que haya inspirado a poetas y pintores como Arturo Gordon. Ni que haya forjado el espíritu de San Alberto Hurtado en los campos de Tapihue, donde aún persisten las paredes de barro de su casa de infancia y una cruz de madera que plantó con sus propias manos en una de sus tantas misiones.
Por eso tampoco me extraña que Pablo Morandé haya insistido en su sueño de convertir a Casablanca en un valle vitivinícola, intentando doblarle la mano a un clima veleidoso que poco y nada ayudó a trascender a pioneras bodegas como Viña de Zapata, La Vinilla y La Merced que, en los albores del siglo XX, con más patas que buche, pretendían irrigar las gargantas de los parroquianos con sus astringentes vinos de País.
Hasta que llegó el momento: en 1985 los miembros de la Asociación de Ingenieros Agrónomos-Enólogos quedaron boquiabiertos cuando fueron presentados los primeros vinos casablanquinos en Cousiño Macul. “Parecen vinos de otro país”, comentaron los asistentes, habituados a los blancos cansinos y oxidados del Valle Central. Ignacio Recabarren, entonces enólogo de Santa Rita, asumió el desafío de fermentar estas uvas que desafiaban el sentido común. A los pocos años se instalaron Emiliana, Veramonte, Concha y Toro, Santa Rita y Casablanca. “El valle se convirtió en un fenómeno aspiracional. Ahora todos querían estar aquí. De soñador pasé a triunfador, de loco a consagrado”, me diría más tarde Morandé.
EN SÓLO 5 SEGUNDOS
Ahora, cuando celebra sus 30 años de existencia, el Valle de Casablanca cuenta con 5.680 hectáreas plantadas, principalmente Chardonnay (2.269), Sauvignon Blanc (1.931), Pinot Noir (710) y Syrah (107). Todo ha pasado muy rápido, como en un abrir y cerrar de ojos, recordando, de alguna manera, la primera transmisión telegráfica en 1852, cuando la prensa porteña titulaba: “Casablanca se ha puesto a 5 segundos de Valparaíso”. Entonces, como si fuera hoy, como si fuera un periodista entrevistando a un enólogo, el operario del cable preguntaba: “¿Cómo está el tiempo allá?”. “Está nublado…”, respondían de Casablanca.
Todo ha pasado tan rápido que Casablanca ya sufre los primeros achaques de la madurez. Los vaivenes del precio de sus uvas, el aumento de los costos energéticos y de mano de obra, las millonarias inversiones en instrumentos para prevenir o paliar las consecuencias de las heladas, la sostenida ineficiencia de sus pozos de agua y la pérdida de productividad de sus plantaciones más añosas, afectadas de cuadros virales y nematodos, sin duda son los convidados de piedra de esta gran fiesta de aniversario.
Esta nueva sensación de pesimismo se acrecienta por la irrupción de nuevos valles costeros que le han quitado cierto protagonismo, como su vecino San Antonio, Limarí y Elqui en el extremo norte, y recientemente la costa de Colchagua en la zona central. “En años de rendimientos altos, como fue la cosecha 2009, los precios se fueron al suelo y tuvimos, prácticamente, que rematar la fruta”, me cuenta un productor de la zona.
Sin embargo, la Asociación de Empresarios Vitivinícolas del Valle de Casablanca no se ha quedado de brazos cruzados. A diferencia de otros gremios en Chile, donde los conflictos de intereses diluyen las grandes ideas, las viñas han invertido en investigación y desarrollo. No sólo han empujado con fuerza los cambios legislativos para contar con denominaciones de origen basadas en criterios estrictamente técnicos, sino que han sido pioneros en el establecimiento de una red de modernas estaciones meteorológicas que ha permitido distinguir climáticamente sus subzonas: La Vinilla (818 grados-día en la escala de Winkler), Tapihue Bajo (893), Tapihue Alto (890), Mundo Nuevo (893), Casablanca Centro (821), Lo Ovalle (852), Lo Orozco (823), Las Dichas (751) y Lo Orrego (769).
Estos datos climatológicos, que en otros valles preferirían mantener en estricta reserva, nos ayudan a entender mejor las características de las uvas, pero además abren la posibilidad de que en el futuro se puedan profundizar las apelaciones, yendo más allá, mucho más allá de las recién promulgadas y aún insuficientes menciones de Andes, Entre Cordilleras y Costa en las etiquetas.
Asimismo han contratado estudios para caracterizar aromáticamente sus cepajes más emblemáticos, como Sauvignon Blanc y Pinot Noir, aportando información sistematizada para los asociados y la prensa especializada. “Viene un segundo Casablanca. Esta vez no está sustentado en el olfato, sino por experiencias científicas. Cuando se terminen los estudios de suelo y clima, y comiencen a producir las nuevas plantaciones clonales que se han establecido en los últimos años, Casablanca tendrá un espectacular redescubrimiento. Acuérdense de mí”, anuncia Morandé.
EL FUTURO ESPLENDOR
El redescubrimiento de Casablanca coincidió con el boom de las exportaciones de Chardonnay. Es por eso que continúa siendo la cepa más plantada en el valle. Sin embargo, la selección de sus plantas no fue la más acertada y hoy se están pagando las consecuencias. La mayoría de los viñedos está conformado por el llamado clon Mendoza, una variedad de origen más bien misterioso, y que hoy acusa serios problemas de fatiga de material debido a las virosis y voracidad de los nematodos, que tienen una fiesta aparte en los arenosos suelos de los llanos.
En los últimos años se han replantado muchas hectáreas con clones franceses, y patrones tolerantes a los nematodos, abriendo un nuevo potencial para esta cepa que se ha visto más bien eclipsada por la mineralidad de los exponentes del Limarí, pero, sobre todo, por la irrupción del Sauvignon Blanc. Poco a poco el Chardonnay casablanquino recupera su norte. Con una mejor interpretación de la añadas y de los puntos de cosecha, sumado a una vinificación más respetuosa con la fruta, una nueva generación de vinos más frescos y chispeantes pretende recuperar los amores perdidos.
Sin embargo, es el Sauvignon Blanc la cepa que se ha transformado en la estrella indiscutida del valle. Combinando distintos clones, jugando con las exposiciones, alturas y momentos de cosecha, los enólogos no sólo han sido capaces de mantener una gran consistencia en el rango de los varietales, sino además sorprender con vinos más ambiciosos, algunos de ellos con un paso por barricas o fudres, que buscan y han logrado conquistar nuevos y asombrosos, en algunos casos, umbrales cualitativos.
Junto con la introducción de nuevas cepas blancas, como Viognier, Gewürztraminer y Riesling, que permiten ampliar aún más la paleta de sabores, los tintos todavía tienen mucho que decir en el valle. El Pinot Noir, paso a paso, no exento de dificultades, empieza a reencontrase con su naturaleza, alejándose de los tonos confitados para desplegar los aromas puros, frescos y complejos de la variedad. En este sentido ha sido vital la importación de clones franceses, superando al tradicional clon Valdivieso que monopolizaba los campos, sumado a un necesario cambio de mentalidad enológica que ya no rehúye de la fruta ácida, sino la busca y atrapa en la botella.
Por otro lado, el Syrah de clima frío, tan distinto a los fisiculturistas de Barossa, comienza a sentirse muy a gusto en las lomas graníticas de la cordillera de la Costa. Allí ha desplegado un carácter muy propio y seductor. Con notas de flores y especias, y cuerpos estilizados pero firmes, se ha hecho un lugar a pesar del difícil momento de popularidad de la cepa en el mundo. Cada vez son más las viñas que se atreven con mezclas tintas de Casablanca, buscando nuevos registros aromáticos, profundizando su relación con el terroir, en lugar de optar por el camino más fácil: presionar el acelerador por la Panamericana persiguiendo la madurez de otros valles.
No hay duda: los productores de Casablanca no quieren quedarse atrás y han tomado la decisión de mostrarse al mundo con una personalidad fresca, inquieta e innovadora. ¿Por qué no dar nuevos pasos? ¿Por qué no hacer un espumoso que distinga al valle en su conjunto, con normas que regulen su producción y velen por la calidad de sus vinos, como tan bien hizo el colectivo Vignadores de Carignan en el secano maulino?, se pregunta ahora Morandé.
¿Y por qué no? Hace 30 años Casablanca marcó un antes y después en la historia vitivinícola chilena. Hoy el valle se reinventa para proyectarse con renovadas fuerzas hacia un mejor futuro, pasando, como dice su descubridor, de la juventud a la sabiduría… A un remanso de felicidad.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Guarili-way
En el secano interior del Valle del Itata nada es lo que parece. Sus viñas plantadas en cabeza, irrigadas sólo con el sudor de sus productores, mantienen viva una tradición que hoy se revaloriza en los mercados que piden a gritos vinos con identidad y carácter. Guarilihue vive un nuevo amanecer.
José Miguel Neira, mejor conocido como el Bandido Neira, luce el uniforme del ejército patriota con grado de coronel. Negro, barbudo, fiero. Salteador de los Cerrillos de Lontué –o pelacaras, por su habilidad con el corvo para desollar el rostro de sus víctimas-, es reclutado por Manuel Rodríguez y José de San Martín para luchar por la partida independista. El Bandido se convierte en la peor de las pesadillas del gobernador español Marcó del Pont. En un heroico e implacable bandolero que, después de la decisiva batalla de Maipú en 1817, vuelve a sus andanzas y a saltear, sin distingos de razas ni credos, los fundos y diligencias maulinas. El Bandido es fusilado en Talca por órdenes del general Ramón Freire. Los familiares de este personaje novelesco, inmortalizado en la obra de Blest Gana, emigran a los valles del Itata y Bío Bío, desandando un camino de ruegos, pólvora y sangre.
-¿Y te gusta mi vino? –me pregunta Yamil Neira, descendiente directo del Bandido, quien empuña una polvorienta botella de Cinsault o Cargadora, como la llaman en el secano del Itata.
-Tiene carácter –respondo turbado.
Sin embargo, aquí, en Guarilihue, nada es lo que parece. Yamil es académico de la Universidad de Concepción, doctor en química en Chile y Alemania. Frente a su notebook, en una humilde casa ferozmente agrietada por el terremoto, afirma que los suelos de estas lomas endemoniadas esconden grandes cantidades de litio, manganeso y zinc. ¡Y también de uranio! Lo miro incrédulo mientras descorchamos otra botella. Y otra. Y otra. Los ojos oscuros del Bandido, dibujados con crudeza en sus etiquetas, vigilan mis movimientos y estudian cada uno de mis gestos.
-No te preocupes. El uranio no es radioactivo –me explica.
Aquí se respira la prehistoria de la vitivinicultura chilena. Una tradición de pisoneos, rezos y resacas. Ya en 1548 el fraile jesuita Francisco de Carabantes introdujo las primeras vides a través de Talcahuano para celebrar la misa, las que, con milagrosa naturalidad, se propagaron por los valles del Itata y Bío Bío. Hasta muy entrado el siglo XX, las cuatro quintas partes del vino producido en Chile provenían de estos lares. Los caldos, principalmente Moscatel de Alejandría y País, se transportaban en carreta por sus ensortijados y polvorientos caminos. Sólo en el puerto de Tomé existían más de cinco tonelerías. Los vinos eran envasados y distribuidos en barcazas al resto del país. La actividad vitivinícola era chispeante y despreocupada.
Pero en 1938 debutaron las prohibiciones. ¡Una cuba de sinsabores y sinrazones! El gobierno de la época, como una curiosa forma de frenar el alcoholismo, incentivó una política de arranque de viñedos. Itata fue perdiendo relevancia. La vitivinicultura se trasladó al norte. Los pequeños productores, dueños de cepas rústicas y devaluadas, perdieron su estatus frente a las estiradas cepas bordalesas de Maipo y Colchagua. El Valle del Itata, incluso gran parte del Maule, se convirtió en el patio trasero de la vitivinicultura chilena. Las grandes bodegas capitalinas compraban, y aún compran sus uvas, pero con sigilo, pudor, casi arriscando la nariz. La tradición del secano sobrevivió a duras penas.
Hoy la vitivinicultura de secano está amenazada por el implacable avance de las madereras. La resistida instalación de Celulosa Nueva Aldea ha cambiado el paisaje. Hoy los viñedos están en retirada. Las lomas se pueblan de pinos y eucaliptus. Muchos productores han debido vender sus propiedades. Familias enteras han emigrado. Otras más obstinadas siguen cultivando sus vides, tal cual lo hacían sus ancestros hace más de 400 años, sufriendo con los vaivenes del mercado, haciendo frente a estos nuevos tiempos que no respetan tradiciones y canas.
-¿Es la celulosa un polisacárido?- dispara Yamil a pito de nada-. Claudio Barría, enólogo de Viña Casanueva, lo mira algo confundido.
-Sí, la celulosa es un polisacárido compuesto de moléculas de glucosa. ¿Saben por qué lo sé?
-Porque eres químico –respondemos al unísono.
-No, porque soy bandido. Soy el Bandido Neira.
CAMPO DE EXPERIMENTACIÓN
La vitivinicultura del Itata se basa en el cultivar Moscatel de Alejandría. O uva Italia, como simplemente la llaman. Sus viñas suben y bajan las colinas, desparramadas como una partida de bandoleros. Apenas levantan su cabeza y esconden sus frutos bajo un follaje que enfrenta el viento y la intensa radiación solar. Sus vinos son rústicos. Florales y voluptuosos. Como este Piedras del Encanto Moscatel 2010 de Guarilihue vinificado por Danilo Neira, sobrino de Yamil, que descorchamos bajo el inclemente sol de mediodía. El vino sabe terroso, contundente, sabroso. Es un vino que, a diferencia de los tradicionales pipeños, no fue fermentado con sus orujos, sino con técnicas modernas.
Es que el Itata vive una vez más en su historia un proceso de reconversión. Hace ya unos años se hizo un gran esfuerzo estatal por cambiar la cara productiva de la zona y elevar el precio de sus uvas. Se introdujeron cepas nobles, como Merlot, Cabernet sauvignon y Carmenère, pero los resultados no fueron los esperados. La fruta, en la mayoría de sus subzonas, no alcanza a madurar con propiedad. Si bien se producen episodios de altas temperaturas, el promedio de las máximas es más bajo que en la zona central. Los blancos y los tintos de ciclo más corto de madurez, como el Pinot noir o el mismo Cinsault, se adaptan mejor a las condiciones del valle.
-El problema no sólo fue poner las cepas equivocadas, sino importar la tecnología de afuera. Fue un error plantar todas estas cepas en espaldera. El viento que corre hacía imposible su manejo. Por algo aquí el cultivo tradicional es en cabeza. No se trata de copiar recetas. Hay que adaptarse a las condiciones particulares del valle -explica el enólogo Edgardo Candia, quien trabaja desde hace años con los pequeños productores del Itata.
Yamil Neira, aconsejado por el enólogo Claudio Barría, injertó Pinot noir sobre viejas parras de Italia. Y la cosa prendió. Prendió más o menos. La mitad de las plantas lograron lignificar, pero el hombre está contento. No quiso contratar a un experto en injertación. Prefirió hacerlo él mismo, a su manera.
-Al Bandido Neira no le van a venir a decir cómo se hacen las cosas –exclama.
Degustamos Bandido Neira Pinot Noir 2009. Un vino cálido y voluptuoso. Con notas de frambuesas y guindas secas. Tonos de vainilla y chocolate de una barrica aún muy presente. Un Pinot de mucho volumen en boca, pero que necesita temperar su carácter explosivo. Ganar en profundidad y frescura. También vuela el corcho de un Pinot Noir 2010 de Claudio Barría. Un vino hecho con maceración carbónica y cuatro meses en barrica, muy frutoso y aterciopelado. Un claro ejemplo del potencial de Guarilihue para este cepaje noble a veces tratado como bruto.
ENTRE DOS MUNDOS
En el Itata conviven dos realidades: por un lado, viñas como Casanueva, en Bulnes, y la novel Errázuriz Domínguez, a orillas del río Chillán, que optan por variedades nobles y cuentan con tecnologías modernas de vinificación. Y, por el otro lado, pequeños productores que se aferran a sus cepajes tradicionales y venden sus uvas o hacen sus vinos en forma muy artesanal.
Casanueva, por ejemplo, se ha especializado en Sauvignon blanc y Pinot noir. Según Ariel Muñoz, sommelier y gerente de ventas de la viña, los cepajes de ciclos de maduración más prolongados, como el Cabernet sauvignon y Carmenère, simplemente no dan resultado, sobre todo en los suelos profundos de Bulnes, donde hay que tirar con fuerza las riendas para que no se subleven las plantas.
Sus vinos tienen buena estructura y una acidez muy natural. Los Sauvignon son muy equilibrados entre sus aromas cítricos y tropicales, y con una enigmática nota de ortiga que refresca el paladar. Casanueva Pinot Noir 2010, la primera cosecha de viñas injertadas sobre Cabernet sauvignon, entrega frescura y gentileza, pero transitando, al menos por el momento, por el lado más maduro de la cepa.
-Hay algo transversal en todos los vinos del Itata. Es esa nota de piedra. Esa cosa mineral- sostiene Claudio Barría.
En suelos más pobres, sobre todo en lomajes graníticos de sectores como Larqui y Quillón, es posible trabajar con cultivares tintos más tardíos, como es el caso del Carignan. Portezuelo, en los pies del cerro Cayumanqui, se insinúa como el terroir ideal para la producción de vinos dulces. Degustamos Tranque Viejo Cinsault 2009. Un tinto goloso, con notas de confitura de guinda, pasas y manjar, elaborado por Edgardo Candia. Y un experimento de Claudio Barría y del productor local Marcelino Llanos que promete mucho. Un vino dulce tipo Tokaji en base a Moscatel. Exuberante, oleoso y con una muy buena acidez. Vinificado sólo con pasas, cosechadas una por una, y que debería permanecer, según Barría, por lo menos otros cuatro años en barrica.
EN BUSCA DEL TESORO
En los lomajes de Guarilihue, con sus piedras de cuarzo que forman verdaderas constelaciones sobre las arcillas rojas, predomina la Italia y Cargadora, pero también esconde un sinnúmero de secretos, como Piedras del Alto Riesling 2009. Un vino cálido, generoso, con notas de flores blancas y albahaca. Cítrico, mineral y voluminoso. Sus uvas provienen de un viñedo de más de 80 años, un tesoro escondido que salimos, presurosos, a encontrar.
Pasamos por el pueblo de Guarilihue y su imponente templo evangélico, subimos y bajamos estrechas y polvorientas cuestas, preguntamos y buscamos hasta dar con Leonel Ruiz, un productor local sencillo y apasionado, curtido por el sol del secano, quien nos pasea por uno de los viñedos más hermosos y originales que he visto en mi vida.
En una prominente loma plantada con una antigua y variopinta mezcla varietal, donde comparten cabezas de Moscatel, Cinsault, País y otros cultivares no identificados, se para el Riesling con asombrosa prestancia. Según Leonel Ruiz, el viñedo, que no se extiende en más de una hectárea, formaba parte del antiguo fundo Las Viñas y fue plantado por un enólogo llamado Ediberto Fuentealba, quien mantenía en el campo un verdadero centro de experimentación.
A Ruiz le gusta el Riesling. Es una cepa que le regala kilos y una fruta muy rica y equilibrada en su relación azúcar-acidez. Le gusta tanto -afirma- que está propagándola mediante mugrones.
-¿Ven? Ésta es la madre, y estos son sus cuatro hijitos –se detiene frente a una planta. Una vez que los hijos están crecidos y sanos, el productor corta el cordón umbilical y los separa de la madre. Así se van reproduciendo y renovando esas cabezas enterradas y despeinadas por el viento.
La viticultura de secano es orgánica sin necesidad de certificación. El manejo es muy simple y, en el caso de Ruiz, prácticamente personalizado, planta por planta. La poda es el ritual más importante. Una o dos vez por año un poco de azufre, generalmente antes de primavera, cuando se pasa la pica para oxigenar el suelo y remover algunas otras especies que compiten por el agua que brindan las lluvias.
La mano de obra para la cosecha es escasa. Muchos campesinos se han empleado en las madereras y otros han emigrado al norte a trabajar en la minería. Es que el precio de la uva durante las últimas décadas ha sido vil, incluso muchas veces ni siquiera ha alcanzado para pagar los costos de producción.
Estas dos últimas cosechas, sin embargo, el sol ha vuelto a brillar para los productores del secano. Los bajos rendimientos nacionales han disparado los precios. De acuerdo a Esther Hinojosa, tía de Yamil y dueña de un precioso complejo turístico en Guarilihue, este año ya están ofreciendo hasta $ 170 por kilo de uva. Pero esperarán. No soltarán sus uvas por menos $ 200. Ahora –dice- les toca a ellos.
Esther está casada con Omar Sandoval y juntos manejan una empresa familiar dedicada a la viticultura, madera y transporte. Su casa, rodeada de caseríos y ranchos, perfectamente podría estar en la portada de una revista de decoración. Mármol, antigüedades, alógenos. Tradición, mucho cariño, religiosidad. Todo lo han hecho a pulso, cuidando hasta el más mínimo detalle, incluido el pipeño que nos sirve al desayuno, junto a pan crujiente, queso fresco y arándanos. Aquí, en Guarilihue, nada es lo que parece.
Seguimos la camioneta de Yamil y nos internamos en un sinuoso sendero. Atravesamos alambrados, despertamos a las vacas de su siesta, nos internamos a través de oscuros bosques de pinos, hasta llegar a un extenso viñedo de Italia que pertenece a Candelario Hinojosa, hermano de Ester. Entre las cabezas se yergue un enorme quillay que regala sombra y una linda historia de amor.
-Aquí le pedí pololeo a mi mujer Elizabeth –afirma Yamil.
Caminamos por el viñedo, tropezando con las parras que se cubren del sol de la tarde, y hacemos un alto frente a un tranque: un oasis escondido entre viñedos y bosques.
-¿Sabes lo que siento aquí? Libertad. Eso, libertad –agrega.
Me acerco al tranque e intento tocar el agua con la punta de los dedos, pero resbalo y me voy de cabeza. Yamil rápidamente me toma del brazo y me sostiene con firmeza. Sí, soy uno de los pocos que puede decir esto: le debo la vida al Bandido Neira.
OTROS VALLES, OTROS VINOS DE SECANO
La Reserva de Caliboro. El conde Marone Cinzano, propietario de Col D’Orcia en Montalcino, produce en el secano maulino algunos de los vinos más atractivos de la escena vitivinícola chilena: la mezcla tinta Erasmo y un cosecha tardía en base a Torontel que está para hacerle reverencias.
Lomas de Cauquenes. La cooperativa maulina, que agrupa a cientos de productores, tiene una línea llamada Selección de Secano que resume de la mejor forma la tradición vitícola sureña. No dejen de probar Las Lomas Gran Reserva Carignan 2007.
Gillmore Estate. Francisco Gillmore, el fundador de la viña, cometió la “locura” de injertar variedades nobles sobre antiquísimos pies de País. Hoy su hija Daniella y su marido, el enólogo Andrés Sánchez, producen en Loncomilla vinos con sinigual carácter y consistencia. Altamente recomendables son su Hacedor de Mundos Old Vines Carignan y Cabernet Franc 2007.
Club del Carignan. Esta asociación de productores, que reúne desde viñas garaje hasta grandes compañías, se ha juramentado para producir el primer vino de apelación de Chile: una mezcla en base a viejas parras de Carignan maulino. Ya hay disponible 15 vinos con etiquetas propias, pero pronto debutarán con una marca que identifique al club y a la larga y rica tradición del secano maulino.
Louis Antoine Luyt. Este francés loco y apasionado se propuso rescatar del olvido a la subestimada cepa País. Y lo ha conseguido. Sus vinos naturales de parras que en algunos casos sobrepasan los 150 años de edad han dado mucho que hablar. Y lo seguirán haciendo. Atrévanse con Quenehuao País 2009 y Huasa de Coronel del Maule País 2010. Una cara fresca y renovada para la cepa fundacional.
Villalobos. La familia Villalobos descubrió un tesoro en Lolol: un viñedo de Carignan silvestre que regala frescura y originalidad. Villalobos Reserva Carignan 2009 es un vino salvaje y artesanal. Liviano y frugal. Lleno de maravillosos defectos.
José Miguel Neira, mejor conocido como el Bandido Neira, luce el uniforme del ejército patriota con grado de coronel. Negro, barbudo, fiero. Salteador de los Cerrillos de Lontué –o pelacaras, por su habilidad con el corvo para desollar el rostro de sus víctimas-, es reclutado por Manuel Rodríguez y José de San Martín para luchar por la partida independista. El Bandido se convierte en la peor de las pesadillas del gobernador español Marcó del Pont. En un heroico e implacable bandolero que, después de la decisiva batalla de Maipú en 1817, vuelve a sus andanzas y a saltear, sin distingos de razas ni credos, los fundos y diligencias maulinas. El Bandido es fusilado en Talca por órdenes del general Ramón Freire. Los familiares de este personaje novelesco, inmortalizado en la obra de Blest Gana, emigran a los valles del Itata y Bío Bío, desandando un camino de ruegos, pólvora y sangre.
-¿Y te gusta mi vino? –me pregunta Yamil Neira, descendiente directo del Bandido, quien empuña una polvorienta botella de Cinsault o Cargadora, como la llaman en el secano del Itata.
-Tiene carácter –respondo turbado.
Sin embargo, aquí, en Guarilihue, nada es lo que parece. Yamil es académico de la Universidad de Concepción, doctor en química en Chile y Alemania. Frente a su notebook, en una humilde casa ferozmente agrietada por el terremoto, afirma que los suelos de estas lomas endemoniadas esconden grandes cantidades de litio, manganeso y zinc. ¡Y también de uranio! Lo miro incrédulo mientras descorchamos otra botella. Y otra. Y otra. Los ojos oscuros del Bandido, dibujados con crudeza en sus etiquetas, vigilan mis movimientos y estudian cada uno de mis gestos.
-No te preocupes. El uranio no es radioactivo –me explica.
Aquí se respira la prehistoria de la vitivinicultura chilena. Una tradición de pisoneos, rezos y resacas. Ya en 1548 el fraile jesuita Francisco de Carabantes introdujo las primeras vides a través de Talcahuano para celebrar la misa, las que, con milagrosa naturalidad, se propagaron por los valles del Itata y Bío Bío. Hasta muy entrado el siglo XX, las cuatro quintas partes del vino producido en Chile provenían de estos lares. Los caldos, principalmente Moscatel de Alejandría y País, se transportaban en carreta por sus ensortijados y polvorientos caminos. Sólo en el puerto de Tomé existían más de cinco tonelerías. Los vinos eran envasados y distribuidos en barcazas al resto del país. La actividad vitivinícola era chispeante y despreocupada.
Pero en 1938 debutaron las prohibiciones. ¡Una cuba de sinsabores y sinrazones! El gobierno de la época, como una curiosa forma de frenar el alcoholismo, incentivó una política de arranque de viñedos. Itata fue perdiendo relevancia. La vitivinicultura se trasladó al norte. Los pequeños productores, dueños de cepas rústicas y devaluadas, perdieron su estatus frente a las estiradas cepas bordalesas de Maipo y Colchagua. El Valle del Itata, incluso gran parte del Maule, se convirtió en el patio trasero de la vitivinicultura chilena. Las grandes bodegas capitalinas compraban, y aún compran sus uvas, pero con sigilo, pudor, casi arriscando la nariz. La tradición del secano sobrevivió a duras penas.
Hoy la vitivinicultura de secano está amenazada por el implacable avance de las madereras. La resistida instalación de Celulosa Nueva Aldea ha cambiado el paisaje. Hoy los viñedos están en retirada. Las lomas se pueblan de pinos y eucaliptus. Muchos productores han debido vender sus propiedades. Familias enteras han emigrado. Otras más obstinadas siguen cultivando sus vides, tal cual lo hacían sus ancestros hace más de 400 años, sufriendo con los vaivenes del mercado, haciendo frente a estos nuevos tiempos que no respetan tradiciones y canas.
-¿Es la celulosa un polisacárido?- dispara Yamil a pito de nada-. Claudio Barría, enólogo de Viña Casanueva, lo mira algo confundido.
-Sí, la celulosa es un polisacárido compuesto de moléculas de glucosa. ¿Saben por qué lo sé?
-Porque eres químico –respondemos al unísono.
-No, porque soy bandido. Soy el Bandido Neira.
CAMPO DE EXPERIMENTACIÓN
La vitivinicultura del Itata se basa en el cultivar Moscatel de Alejandría. O uva Italia, como simplemente la llaman. Sus viñas suben y bajan las colinas, desparramadas como una partida de bandoleros. Apenas levantan su cabeza y esconden sus frutos bajo un follaje que enfrenta el viento y la intensa radiación solar. Sus vinos son rústicos. Florales y voluptuosos. Como este Piedras del Encanto Moscatel 2010 de Guarilihue vinificado por Danilo Neira, sobrino de Yamil, que descorchamos bajo el inclemente sol de mediodía. El vino sabe terroso, contundente, sabroso. Es un vino que, a diferencia de los tradicionales pipeños, no fue fermentado con sus orujos, sino con técnicas modernas.
Es que el Itata vive una vez más en su historia un proceso de reconversión. Hace ya unos años se hizo un gran esfuerzo estatal por cambiar la cara productiva de la zona y elevar el precio de sus uvas. Se introdujeron cepas nobles, como Merlot, Cabernet sauvignon y Carmenère, pero los resultados no fueron los esperados. La fruta, en la mayoría de sus subzonas, no alcanza a madurar con propiedad. Si bien se producen episodios de altas temperaturas, el promedio de las máximas es más bajo que en la zona central. Los blancos y los tintos de ciclo más corto de madurez, como el Pinot noir o el mismo Cinsault, se adaptan mejor a las condiciones del valle.
-El problema no sólo fue poner las cepas equivocadas, sino importar la tecnología de afuera. Fue un error plantar todas estas cepas en espaldera. El viento que corre hacía imposible su manejo. Por algo aquí el cultivo tradicional es en cabeza. No se trata de copiar recetas. Hay que adaptarse a las condiciones particulares del valle -explica el enólogo Edgardo Candia, quien trabaja desde hace años con los pequeños productores del Itata.
Yamil Neira, aconsejado por el enólogo Claudio Barría, injertó Pinot noir sobre viejas parras de Italia. Y la cosa prendió. Prendió más o menos. La mitad de las plantas lograron lignificar, pero el hombre está contento. No quiso contratar a un experto en injertación. Prefirió hacerlo él mismo, a su manera.
-Al Bandido Neira no le van a venir a decir cómo se hacen las cosas –exclama.
Degustamos Bandido Neira Pinot Noir 2009. Un vino cálido y voluptuoso. Con notas de frambuesas y guindas secas. Tonos de vainilla y chocolate de una barrica aún muy presente. Un Pinot de mucho volumen en boca, pero que necesita temperar su carácter explosivo. Ganar en profundidad y frescura. También vuela el corcho de un Pinot Noir 2010 de Claudio Barría. Un vino hecho con maceración carbónica y cuatro meses en barrica, muy frutoso y aterciopelado. Un claro ejemplo del potencial de Guarilihue para este cepaje noble a veces tratado como bruto.
ENTRE DOS MUNDOS
En el Itata conviven dos realidades: por un lado, viñas como Casanueva, en Bulnes, y la novel Errázuriz Domínguez, a orillas del río Chillán, que optan por variedades nobles y cuentan con tecnologías modernas de vinificación. Y, por el otro lado, pequeños productores que se aferran a sus cepajes tradicionales y venden sus uvas o hacen sus vinos en forma muy artesanal.
Casanueva, por ejemplo, se ha especializado en Sauvignon blanc y Pinot noir. Según Ariel Muñoz, sommelier y gerente de ventas de la viña, los cepajes de ciclos de maduración más prolongados, como el Cabernet sauvignon y Carmenère, simplemente no dan resultado, sobre todo en los suelos profundos de Bulnes, donde hay que tirar con fuerza las riendas para que no se subleven las plantas.
Sus vinos tienen buena estructura y una acidez muy natural. Los Sauvignon son muy equilibrados entre sus aromas cítricos y tropicales, y con una enigmática nota de ortiga que refresca el paladar. Casanueva Pinot Noir 2010, la primera cosecha de viñas injertadas sobre Cabernet sauvignon, entrega frescura y gentileza, pero transitando, al menos por el momento, por el lado más maduro de la cepa.
-Hay algo transversal en todos los vinos del Itata. Es esa nota de piedra. Esa cosa mineral- sostiene Claudio Barría.
En suelos más pobres, sobre todo en lomajes graníticos de sectores como Larqui y Quillón, es posible trabajar con cultivares tintos más tardíos, como es el caso del Carignan. Portezuelo, en los pies del cerro Cayumanqui, se insinúa como el terroir ideal para la producción de vinos dulces. Degustamos Tranque Viejo Cinsault 2009. Un tinto goloso, con notas de confitura de guinda, pasas y manjar, elaborado por Edgardo Candia. Y un experimento de Claudio Barría y del productor local Marcelino Llanos que promete mucho. Un vino dulce tipo Tokaji en base a Moscatel. Exuberante, oleoso y con una muy buena acidez. Vinificado sólo con pasas, cosechadas una por una, y que debería permanecer, según Barría, por lo menos otros cuatro años en barrica.
EN BUSCA DEL TESORO
En los lomajes de Guarilihue, con sus piedras de cuarzo que forman verdaderas constelaciones sobre las arcillas rojas, predomina la Italia y Cargadora, pero también esconde un sinnúmero de secretos, como Piedras del Alto Riesling 2009. Un vino cálido, generoso, con notas de flores blancas y albahaca. Cítrico, mineral y voluminoso. Sus uvas provienen de un viñedo de más de 80 años, un tesoro escondido que salimos, presurosos, a encontrar.
Pasamos por el pueblo de Guarilihue y su imponente templo evangélico, subimos y bajamos estrechas y polvorientas cuestas, preguntamos y buscamos hasta dar con Leonel Ruiz, un productor local sencillo y apasionado, curtido por el sol del secano, quien nos pasea por uno de los viñedos más hermosos y originales que he visto en mi vida.
En una prominente loma plantada con una antigua y variopinta mezcla varietal, donde comparten cabezas de Moscatel, Cinsault, País y otros cultivares no identificados, se para el Riesling con asombrosa prestancia. Según Leonel Ruiz, el viñedo, que no se extiende en más de una hectárea, formaba parte del antiguo fundo Las Viñas y fue plantado por un enólogo llamado Ediberto Fuentealba, quien mantenía en el campo un verdadero centro de experimentación.
A Ruiz le gusta el Riesling. Es una cepa que le regala kilos y una fruta muy rica y equilibrada en su relación azúcar-acidez. Le gusta tanto -afirma- que está propagándola mediante mugrones.
-¿Ven? Ésta es la madre, y estos son sus cuatro hijitos –se detiene frente a una planta. Una vez que los hijos están crecidos y sanos, el productor corta el cordón umbilical y los separa de la madre. Así se van reproduciendo y renovando esas cabezas enterradas y despeinadas por el viento.
La viticultura de secano es orgánica sin necesidad de certificación. El manejo es muy simple y, en el caso de Ruiz, prácticamente personalizado, planta por planta. La poda es el ritual más importante. Una o dos vez por año un poco de azufre, generalmente antes de primavera, cuando se pasa la pica para oxigenar el suelo y remover algunas otras especies que compiten por el agua que brindan las lluvias.
La mano de obra para la cosecha es escasa. Muchos campesinos se han empleado en las madereras y otros han emigrado al norte a trabajar en la minería. Es que el precio de la uva durante las últimas décadas ha sido vil, incluso muchas veces ni siquiera ha alcanzado para pagar los costos de producción.
Estas dos últimas cosechas, sin embargo, el sol ha vuelto a brillar para los productores del secano. Los bajos rendimientos nacionales han disparado los precios. De acuerdo a Esther Hinojosa, tía de Yamil y dueña de un precioso complejo turístico en Guarilihue, este año ya están ofreciendo hasta $ 170 por kilo de uva. Pero esperarán. No soltarán sus uvas por menos $ 200. Ahora –dice- les toca a ellos.
Esther está casada con Omar Sandoval y juntos manejan una empresa familiar dedicada a la viticultura, madera y transporte. Su casa, rodeada de caseríos y ranchos, perfectamente podría estar en la portada de una revista de decoración. Mármol, antigüedades, alógenos. Tradición, mucho cariño, religiosidad. Todo lo han hecho a pulso, cuidando hasta el más mínimo detalle, incluido el pipeño que nos sirve al desayuno, junto a pan crujiente, queso fresco y arándanos. Aquí, en Guarilihue, nada es lo que parece.
Seguimos la camioneta de Yamil y nos internamos en un sinuoso sendero. Atravesamos alambrados, despertamos a las vacas de su siesta, nos internamos a través de oscuros bosques de pinos, hasta llegar a un extenso viñedo de Italia que pertenece a Candelario Hinojosa, hermano de Ester. Entre las cabezas se yergue un enorme quillay que regala sombra y una linda historia de amor.
-Aquí le pedí pololeo a mi mujer Elizabeth –afirma Yamil.
Caminamos por el viñedo, tropezando con las parras que se cubren del sol de la tarde, y hacemos un alto frente a un tranque: un oasis escondido entre viñedos y bosques.
-¿Sabes lo que siento aquí? Libertad. Eso, libertad –agrega.
Me acerco al tranque e intento tocar el agua con la punta de los dedos, pero resbalo y me voy de cabeza. Yamil rápidamente me toma del brazo y me sostiene con firmeza. Sí, soy uno de los pocos que puede decir esto: le debo la vida al Bandido Neira.
OTROS VALLES, OTROS VINOS DE SECANO
La Reserva de Caliboro. El conde Marone Cinzano, propietario de Col D’Orcia en Montalcino, produce en el secano maulino algunos de los vinos más atractivos de la escena vitivinícola chilena: la mezcla tinta Erasmo y un cosecha tardía en base a Torontel que está para hacerle reverencias.
Lomas de Cauquenes. La cooperativa maulina, que agrupa a cientos de productores, tiene una línea llamada Selección de Secano que resume de la mejor forma la tradición vitícola sureña. No dejen de probar Las Lomas Gran Reserva Carignan 2007.
Gillmore Estate. Francisco Gillmore, el fundador de la viña, cometió la “locura” de injertar variedades nobles sobre antiquísimos pies de País. Hoy su hija Daniella y su marido, el enólogo Andrés Sánchez, producen en Loncomilla vinos con sinigual carácter y consistencia. Altamente recomendables son su Hacedor de Mundos Old Vines Carignan y Cabernet Franc 2007.
Club del Carignan. Esta asociación de productores, que reúne desde viñas garaje hasta grandes compañías, se ha juramentado para producir el primer vino de apelación de Chile: una mezcla en base a viejas parras de Carignan maulino. Ya hay disponible 15 vinos con etiquetas propias, pero pronto debutarán con una marca que identifique al club y a la larga y rica tradición del secano maulino.
Louis Antoine Luyt. Este francés loco y apasionado se propuso rescatar del olvido a la subestimada cepa País. Y lo ha conseguido. Sus vinos naturales de parras que en algunos casos sobrepasan los 150 años de edad han dado mucho que hablar. Y lo seguirán haciendo. Atrévanse con Quenehuao País 2009 y Huasa de Coronel del Maule País 2010. Una cara fresca y renovada para la cepa fundacional.
Villalobos. La familia Villalobos descubrió un tesoro en Lolol: un viñedo de Carignan silvestre que regala frescura y originalidad. Villalobos Reserva Carignan 2009 es un vino salvaje y artesanal. Liviano y frugal. Lleno de maravillosos defectos.
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