viernes, 13 de junio de 2008

jueves, 12 de junio de 2008

Pirata soy yo

El oculista me confirmó lo que temía: sufro de un adelgazamiento crónico de la córnea de mi ojo izquierdo. "Es un caso entre 50 mil mil", me dice con una gracia única. "Quizás tengas que recurrir a un transplante". ¿Cómo será andar por la vida con una córnea ajena? ¿Seguiré encontrando rica a mi mujer? ¿Podré ver las cosas desde otro punto de vista? ¿Seguiré siendo tan huevón como siempre?

Si se logra afirmar la córnea, algo poco probable, por cierto, tendré que usar anteojos para corregir el astigmatismo. "¿Y si uso un monóculo?", le pregunto al doctor. "¿O si mejor nos olvidamos de ese ojo, de bonos y reembolsos, de operaciones y contraoperaciones, y optamos por un coqueto parche estilo pirata?

No hay para qué esperar: ya me siento un pirata y comienzo a bajar música compulsivamente: Yazoo, Erasure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Eurythmics... Discos power, de macho, ideales para afrontar este momento. "Sweet dreams (are made of this)", comienzo a tararear. Y también de lo otro.

miércoles, 11 de junio de 2008

Viudo por una noche

Mi mujer está en Temuco, y yo, en esta fría tarde en Providencia, en pijamas de franela, abrazado a una estufa, viendo un capítulo repetido de Los Simpsons. Se suponía que saldría a comer afuera. A pegarme por último un liguriazo. Algo corto pero efectivo, como un pisco sour a la vena, escuchar por enésima vez el inspirador (e inspirado) cedé de la Carmencita Corena del mítico Cinzano y ensayar caritas frente a un espejo junto a la manada de figurines de la tevé que visita el bar cada noche. Pero estoy hecho una vieja. Una vieja culiá, como diría un amigo. Terminé preparando una ensalada de hojas verdes con tiritas de jamón serrano y huevos de codorniz, y la hice acompañar por un sauvignon blanc 2007 de Quintay recién lanzado al mercado...

No me dan muchas ganas de beber sauvignon blanc en otoño, sobre todo al atardecer, a la hora de los bocinazos, pero abrí este vino pensando en mi ensalada de soltero, en esos sabores ácidos y agrios, en la soledad de una larga noche, perdido en la inmensidad de las dos plazas, haciéndole el amor al scaldasonno. Y me gustó el vino. Es tremendamente vegetal (partí disparado a oler mis hojitas de tomate que cuelgan del balcón), fresco, pero controlado. En el contexto de Casablanca, podríamos tacharlo de salvaje, pero un salvaje en un cautiverio feliz. Tiene buena estructura y profundidad en boca. Es alegre, muy alegre, tanto que me animé a apagar el televisor y poner un cedé de Nirvana. ¡Se armó la fiesta!