Estoy con una empaniditis aguda. Con mis cófrades del Círculo de Cronistas Gastronómicos catamos 41 empanadas el fin de semana y, a pesar de haberme tragado un puñado de omeprazol antes y después de la hazaña, aún siento los vapores existenciales de las empanadas.
Ganó una empanada que no estaba en mis libros: Dolce y Salato, El Matico 3899, Vitacura ($1.000). Jugosa, tradicional, con todas sus cositas bien puestas (trocitos de buena carne, cebolla de guarda, aceituna sin cuesco y precisos toques de ají de color y comino.
Pero también hubo grandes decepciones.
Las empanadas de Las Hermanas (Río Tajo, Las Condes), mis favoritas durante los últimos años, estuvieron a la altura del unto. La separación (una hermana se fue a Chicureo), y el progresivo aumento de la demanda, han empeorado la calidad. Con decirles que me tocó una empanada con un trozo de carne de 4 cm. Y con grasa.¡Una falta de respeto!
Parece que la hermana que picaba la carne se fue para otro lado.
También estaban para no creerlo las famosas empanadas de la Rosa Chica (Vitacura y Brasil). Estas empanadas, que son las favoritas de mi querida hermana, supieron como si hubieran estado congeladas del dieciocho pasado.
La verdad es que hay que pensarlo dos veces antes de premiar a la mejor empanada. Las fábricas artesanales no están preparadas para el aumento de la demanda que genera la distinción o sencillamente se quedan durmiendo en los laureles.
Llegué a casa con un aroma de cebolla que Dios me libre. Mi señora me saludó desde la distancia y me mandó derechito a dormir a la otra pieza.
-¿Y con quién voy a hacer cucharita esta noche?
-Me importa un comino.
lunes, 7 de septiembre de 2009
sábado, 29 de agosto de 2009
Perro muerto
Ayer comenzó el tradicional Cata & Vino, pero una vez más no fui invitado. En un salón del hotel W Santiago se están presentando los vinos de una cuarentena de viñas. Es la instancia perfecta para degustar los primeros Sauvignon Blanc 2009.
Sin embargo, no estaba dispuesto a pagar los $ 25 mil de la entrada. Prefiero catar después los vinos uno a uno, y no juntos y revueltos.
No sé por qué, quizás por deformación profesional, igual llegué al famoso hotel. Con mi mujer nos sentamos junto al bar, echados en un mullido tapizado a rayas que combinaba con mi camisa.
Mi amigo Pato me dijo que este hotel no es para venir con la señora, sino con la amante. Pero la Anto estaba fascinada con la decoración posmoderna y la música ambient que resonaba hasta en los ascensores (¿acaso, además de mi esposa, se creerá mi amante?).
Pasaron largos 20 minutos y nadie nos atendía. Pasaban las garzonas por nuestro lado como si fuéramos invisibles. Molesto, me acerqué a la barra y pedí dos martini seco con aceituna: uno en base a gin y otro en vodka. Los trajeron a la mesa en la coctelera y los sirvieron en una copa estilizada y profunda.
Como siempre, a mi mujer no le gustó su trago y lo cambió por el mío.
Unos gringos apostados en la barra comenzaron a mirar insistentemente a nuestra mesa. Le pedí a la Anto que se cubriera su precioso escote.
Fue una velada extraña. El martini tiene esa capacidad de pasearnos por todos los estados. Hubo besos, gritos, lágrimas, risas y nuevamente besos.
También hubo molestia. Pasó casi media hora sin que nos trajeran la cuenta. Este hotel puede ser muy cool, contar con una de las mejores cartas de vinos y licores de Chile, pero la atención es funesta (parece que la W es de George Bush).
Nos levantamos y nos dirigimos lentamente al ascensor. Pensaba que no debimos haber dejado las copas en la mesa, pues la PDI podía identificarnos por nuestros ADN. El portero nos despidió con un gentil "buenas noches, muchas gracias por venir".
Caminamos a casa abrazados y muertos de la risa, como si recién nos estuviéramos conociendo. Sí, definitivamente. Fue mi mejor Cata & Vino.
PS. Estimado Sr. W, ruego enviar su N° de cuenta para hacerle una transferencia.
Sin embargo, no estaba dispuesto a pagar los $ 25 mil de la entrada. Prefiero catar después los vinos uno a uno, y no juntos y revueltos.
No sé por qué, quizás por deformación profesional, igual llegué al famoso hotel. Con mi mujer nos sentamos junto al bar, echados en un mullido tapizado a rayas que combinaba con mi camisa.
Mi amigo Pato me dijo que este hotel no es para venir con la señora, sino con la amante. Pero la Anto estaba fascinada con la decoración posmoderna y la música ambient que resonaba hasta en los ascensores (¿acaso, además de mi esposa, se creerá mi amante?).
Pasaron largos 20 minutos y nadie nos atendía. Pasaban las garzonas por nuestro lado como si fuéramos invisibles. Molesto, me acerqué a la barra y pedí dos martini seco con aceituna: uno en base a gin y otro en vodka. Los trajeron a la mesa en la coctelera y los sirvieron en una copa estilizada y profunda.
Como siempre, a mi mujer no le gustó su trago y lo cambió por el mío.
Unos gringos apostados en la barra comenzaron a mirar insistentemente a nuestra mesa. Le pedí a la Anto que se cubriera su precioso escote.
Fue una velada extraña. El martini tiene esa capacidad de pasearnos por todos los estados. Hubo besos, gritos, lágrimas, risas y nuevamente besos.
También hubo molestia. Pasó casi media hora sin que nos trajeran la cuenta. Este hotel puede ser muy cool, contar con una de las mejores cartas de vinos y licores de Chile, pero la atención es funesta (parece que la W es de George Bush).
Nos levantamos y nos dirigimos lentamente al ascensor. Pensaba que no debimos haber dejado las copas en la mesa, pues la PDI podía identificarnos por nuestros ADN. El portero nos despidió con un gentil "buenas noches, muchas gracias por venir".
Caminamos a casa abrazados y muertos de la risa, como si recién nos estuviéramos conociendo. Sí, definitivamente. Fue mi mejor Cata & Vino.
PS. Estimado Sr. W, ruego enviar su N° de cuenta para hacerle una transferencia.
viernes, 28 de agosto de 2009
Gracias Gracias Gracias
Gracias a todos por los miles de correos que enviaron. Realmente me emocionaron hasta las lágrimas sus muestras de preocupación y cariño.
Quiero comunicarles que mi nariz está mucho mejor. Ya comienza a oler algo. Pude oler, por ejemplo, los primeros brotes primaverales, las prístinas aguas del Mapocho y algunos interesantes vinos, entre ellos la nueva línea de Concha y Toro Gran Reserva Serie Riberas y el Sauvignon Blanc de Casa Silva de la novel zona de Paredones: Cool Coast.
De la serie Riberas sentí el murmullo de los ríos del sur de Chile, esas brisas costeras y cordilleranas que se cuelan por lo cajones para refrescar las uvas que sudan la gota gorda durante el verano. ¿El resultado? Vinos frutosos y frescos que mejorarían mucho con una madera más moderada.
De Cool Coast sentí la fuerza arrolladora del Pacífico. El viñedo, ubicado a menos de 10 Km de la playa, recibe casi sin barreras la intensa y salina brisa marina. La acidez cítrica de este Sauvignon Blanc es notable, como una ola que revienta en el paladar, haciéndonos revolcar en la arena.
Fuimos a Paredones en una avioneta. El viaje estuvo tranquilo pero el piloto descendió muy rápido. Mi nariz mejora pero mis oídos me duelen como el diablo.
Quiero comunicarles que mi nariz está mucho mejor. Ya comienza a oler algo. Pude oler, por ejemplo, los primeros brotes primaverales, las prístinas aguas del Mapocho y algunos interesantes vinos, entre ellos la nueva línea de Concha y Toro Gran Reserva Serie Riberas y el Sauvignon Blanc de Casa Silva de la novel zona de Paredones: Cool Coast.
De la serie Riberas sentí el murmullo de los ríos del sur de Chile, esas brisas costeras y cordilleranas que se cuelan por lo cajones para refrescar las uvas que sudan la gota gorda durante el verano. ¿El resultado? Vinos frutosos y frescos que mejorarían mucho con una madera más moderada.
De Cool Coast sentí la fuerza arrolladora del Pacífico. El viñedo, ubicado a menos de 10 Km de la playa, recibe casi sin barreras la intensa y salina brisa marina. La acidez cítrica de este Sauvignon Blanc es notable, como una ola que revienta en el paladar, haciéndonos revolcar en la arena.
Fuimos a Paredones en una avioneta. El viaje estuvo tranquilo pero el piloto descendió muy rápido. Mi nariz mejora pero mis oídos me duelen como el diablo.
martes, 28 de julio de 2009
Snif
viernes, 24 de julio de 2009
El famoso navegado
Existen muchas maneras de capear el frío, algunas más complejas que otras, pero una de mis preferidas es el vino navegado: ese elíxir sureño en el cual se calienta el vino en una olla con cáscaras de naranja (las que navegan), y a veces algunos toques de canela y azúcar, no sólo calienta el cuerpo, sino que levanta el espíritu (y otras cosas, también).
Recuerdo que un día de invierno como estos, llego entumido a la casa y me encuentro con una preciosa sorpresa: mi mujer estaba preparando un navegado con un Santa Rita Cabernet Sauvignon Reserva Especial.
-¿Sabes cuánto cuesta ese vino? -le espeto.
-No tengo idea ni me interesa... ¿Quieres un vasito? Si no, me lo toma sola.
Hacer un navegado con una botella que supera los $ 40 mil sin duda es un despropósito. Una locura o una excentricidad. Es como encender un cigarrillo con un billete. Con un Arturo Prat.
Tampoco es recomendable prepararlo con un vino en caja. En general esos vinos están ultra tratados-filtrados-azucarados. En otras palabras, no aportan sabor. Tampoco cuerpo. Tan sólo un alto nivel de azúcar que se puede agregar en el vino de una cucharada.
Un nivel alto de alcohol tampoco es importante, pues en el proceso de preparación gran parte de éste se evapora y vuela por la ventana.
Para mí el mejor vino para un navegado es el pipeño que tradicionalmente se vende en garrafa. Ese vino rústico, sabroso, raspabuche. Natural y bajo en alcohol. Ese que nace del Maule al sur. Que aporta sabor, estructura y cuento. Y, claro, ese que cuesta $ 40 mil los 50 litros.
Recuerdo que un día de invierno como estos, llego entumido a la casa y me encuentro con una preciosa sorpresa: mi mujer estaba preparando un navegado con un Santa Rita Cabernet Sauvignon Reserva Especial.
-¿Sabes cuánto cuesta ese vino? -le espeto.
-No tengo idea ni me interesa... ¿Quieres un vasito? Si no, me lo toma sola.
Hacer un navegado con una botella que supera los $ 40 mil sin duda es un despropósito. Una locura o una excentricidad. Es como encender un cigarrillo con un billete. Con un Arturo Prat.
Tampoco es recomendable prepararlo con un vino en caja. En general esos vinos están ultra tratados-filtrados-azucarados. En otras palabras, no aportan sabor. Tampoco cuerpo. Tan sólo un alto nivel de azúcar que se puede agregar en el vino de una cucharada.
Un nivel alto de alcohol tampoco es importante, pues en el proceso de preparación gran parte de éste se evapora y vuela por la ventana.
Para mí el mejor vino para un navegado es el pipeño que tradicionalmente se vende en garrafa. Ese vino rústico, sabroso, raspabuche. Natural y bajo en alcohol. Ese que nace del Maule al sur. Que aporta sabor, estructura y cuento. Y, claro, ese que cuesta $ 40 mil los 50 litros.
martes, 21 de julio de 2009
Guillermo Tell
El fin de semana terminó mal. Encendimos las velas, nos despojamos de lo accesorio y nos sumergimos en las tibias aguas de nuestra gran bañera. Las burbujas cubrían su peligroso cuerpo como un vestido de novia. Me estiro y cojo la botella de champaña y dos tulipas de cristal. Haciendo gala de mi envidiable destreza, introduzco sensualmente tres dedos en las profundidades de la picada y comienzo a girar la botella.
De golpe el corcho sale volando por los aires para estrellarse en uno de sus bellos ojos. La velada terminó con un ojo en tinta, profundo y oscuro, como los colores de esos furiosos Syrah cordilleranos.
La velada fue pura pasión!!!
De golpe el corcho sale volando por los aires para estrellarse en uno de sus bellos ojos. La velada terminó con un ojo en tinta, profundo y oscuro, como los colores de esos furiosos Syrah cordilleranos.
La velada fue pura pasión!!!
viernes, 17 de julio de 2009
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