Vinos de distintos cepajes y valles, pero con algo en común: no pasaron inadvertidos y lograron la hazaña de sacudir nuestro paladar.
No fue mi intención mostrar nuevamente el famoso papelito de los mineros. Por lo demás es una exclusiva atribución presidencial. Tampoco quise aprovecharme del inminente estreno de la cinta “Los 33”. Fue sólo una graciosa jugarreta del destino. Al contar los vinos que marcaron (o me marcaron) durante 2014 esbocé una sonrisa nerviosa, intenté quitar uno, agregar otro, pero, a final de cuentas, decidí mantener este número con recuerdos de hazaña, drama y una pizca, más que una pizca, de reality show.
¿Por qué marcaron los vinos que marcaron? Parece una perogrullada, pero no lo es. En el rectangular universo futbolístico, la respuesta sería de manual: porque la esférica traspuso la línea de meta. Ahí se acaba la discusión. Sin embargo, en el ámbito vitivinícola, la pregunta (sobre todo la respuesta) es más difusa, inquietante y obedece a un sinnúmero de factores técnicos, pero también sicológicos y culturales.
Sin ánimo de explicar lo inexplicable, ni menos de explicarme, tenemos que decir que la confección de este listado ensambla criterios objetivos y subjetivos (vaya uno a saber los porcentajes). Es decir, es una mezcla muy humana. La elección de estos 33 héroes, como ya esbozamos, no obedece a un criterio único, incontrarrestable, sino los méritos de estos vinos (vinazos, en muchos casos) ocupan y atraviesan varias esferas de acción.
La primera de ellas es que los vinos elegidos cumplen con adecuados criterios técnicos. En otras palabras, son vinos bien hechos. Algunos de ellos son bastante funkies (cómo me gusta esa palabra), pero sin defectos que opaquen y desvirtúen su origen o concepto enológico. A quien le gusta los defectos, le recomendamos comprar un kit sensorial y no una botella de vino. Allí encontrará desde el fascinante acetato de tilo (olor a pegamento) hasta el muy pop sulfuro de dimetilo (verduras cocidas).
Otro criterio utilizado en esta selección tiene que ver con la innovación. Es saludable reconocer o premiar vinos que han ido un poco más allá, proponiendo nuevos cepajes o descubriendo prometedores e inexplotados terruños. Pero no se trata sólo de caprichos o aventuras con un alto componente marketero. En este caso estamos hablando de vinos que aportan, que abren insospechadas posibilidades, no sólo para la empresa en cuestión, sino para todo el sector vitivinícola.
Tampoco podemos olvidarnos de los clásicos o aquellos representantes de valles ya consolidados. A través de nuevas propuestas, up-grades de viejos conocidos o simplemente por el impacto enológico y comercial, algunos vinos seleccionados han descollado durante 2014. Un año extraño (del caballo, según el horóscopo chino), pero que supo mutar, quizás reencarnarse: de un cansado percherón, que tiraba a duras penas un carro demasiado pesado, hasta un potro salvaje, que parece galopar más libre, sin miedos ni prejuicios.
Por último, está el rescate de los vinos de aquellos valles fundacionales, que por décadas han sido menospreciados por un sector que ha mantenido (y mantiene) el precio de sus uvas a la altura del unto, profundizando una estrategia economicista y de corto plazo. Estos vinos, en base a cepas consideradas bastardas, como la País, Cinsault o Carignan, se han ganado un espacio por su enorme valor patrimonial, pero además han demostrado atributos cualitativos y diferenciadores. Ya sea de productores de la agricultura campesina o de viñas que han sabido reinterpretar la tradición del secano, estos vinos no huelen a pasado, sino marcan un nuevo camino.
Sin un orden lógico (el vino tiene razones que la razón no entiende), los invitamos emprender este recorrido por los valles chilenos a través de las 33 etiquetas que marcaron 2014. Sin juicios preconcebidos, puntajes ni recetas, pero sobre todo, sin papelitos.
Lomas de Cauquenes Terciopelo 2013
Es una leyenda. Y también una marca registrada. Creada por los enólogos del Centro Experimental de Cauquenes en la segunda mitad del siglo XX, esta mezcla de País y Malbec ensambla lo mejor de ambos mundos. Mientras el País aporta toda su fruta roja y estructura, el Malbec alegra, templa y lima las asperezas. El INIA cedió temporalmente la marca Terciopelo a la cooperativa para reactualizar el mito. Y el resultado es un vino floral y jugoso, con mucho carácter e historia.
De Martino Vigno Carignan 2012
Fue una sorpresa que este vino haya encabezado el ranking de The Wine Advocate durante 2014, pero la verdad… ¡Nunca tanto! Este reconocimiento es el broche de oro para una saga llamada Vigno – Vignadores de Carignan, esta agrupación de productores que nació para poner en valor la despreciada cepa Carignan y la cultura del secano maulino. Proveniente de Truquilemu, uno de los rincones más frescos de Sauzal, este vino es pura fuerza, intensidad y carácter.
Tabalí Roca Madre Malbec 2014
Cuando se habla del valle del Limarí, solemos referirnos a la camanchaca, a las terrazas con carbonato de calcio y a la elegancia de sus Chardonnay. Incluso muchos cometen la imprudencia de compararlo con Chablis. Sin embargo, poco y nada se sabía de su zona precordillerana. Proveniente de Río Hurtado, a 2 mil metros de altura, este floral y refrescante Malbec pone en el mapa una zona de enorme potencial para vinos tintos.
J. A. Jofré Vinos Fríos del Año Garnacha 2014
Después de su alejamiento de Viña Maquis, el enólogo Juan Alejandro Jofré no perdió tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, creó un concepto enológico, lo envolvió con gusto y coherencia, y debutó con dos vinos del año, simples, jugosos y frescos, que hoy representan una creciente categoría. Proveniente con mucho orgullo de Curicó, como afirma el enólogo, este rosado conquista con sus tonos florales, cítricos e impresionante acidez. Es un rosado que se las trae.
Santa Rita Casa Real Reserva Especial 2011
Es un clásico. Una leyenda que cumplió 25 años. Un vino que desde su primera cosecha nace de las mismas viejas parras de Alto Jahuel. Que nunca ha dejado de ser Cabernet Sauvignon. Que desde su primera versión cuenta con la mano jovial y elegante de la enóloga Cecilia Torres. Esta versión no es sólo conmemorativa, sino es una de las más logradas. Hija de un año fresco como 2011, este ícono de Santa Rita muestra todo el sedoso poderío de su fruta roja, pero muy bien apoyada por una acidez que le permite perdurar por al menos otros 25 años.
Concha y Toro Terrunyo Lot 1 Carmenère 2013
A partir de esta cosecha, Terrunyo Carmenère experimenta un cambio de estilo y reduce a sólo seis meses su paso por barricas. Quizás para alejarse de su hermano mayor Carmín de Peumo. Tal vez para refrescar su fruta y profundizar en una personalidad más ligera y refrescante. Según su enólogo Ignacio Recabarren, el objetivo es atrapar la esencia del Carmenère, esa fruta roja y vibrante en estado puro y esencial. Y lo consigue con creces. Con suma elegancia y distinción.
Montes Outer Limits Old Roots Cinsault 2014
No es fácil tomar la decisión de jugar fuera de los límites. De abandonar esa zona de confort que ha cimentado el prestigio de Montes. Tampoco es fácil llegar a una zona de rulo como Itata, con siglos de historia, y atreverse a reinterpretar la fruta de sus añosas parras en cabeza. Pero este Cinsault, proveniente de los altos de Guariligüe, regala borbotones de guindas ácidas, frambuesas y flores. Es un vino jugoso y refrescante. Una versión que captura la esencia del Cinsault.
Lapostolle Collection Petit Verdot 2013
La enóloga Andrea León ha refrescado la oferta de la casa francesa con vinos que reflejan pasión y atrevimiento. Desde Elqui hasta Itata, ha salido a buscar uvas que tengan una personalidad distintiva, que vayan más allá de los límites del portafolio, que logren transmitir emociones. En este caso, con una cepa que en raras ocasiones se embotella por sí sola, pero que aquí logra no sólo firmeza, sino mucha vivacidad y elegancia. Es un Petit Verdot como pocos. Que habla con desgarradora franqueza.
Coteaux de Trumao Cruchon Pinot Noir 2013
Los primeros años era como un cuchillo que atravesaba el paladar. Su ligereza y alta acidez eran su sello distintivo. Pero la madurez de sus parras, plantadas en la orilla sur del río Bueno, han permitido que este Pinot Noir de los hermanos Porte eche cuerpo, pero sin perder su acostumbrada electricidad. A diferencia de los representantes costeros, este tinto osornino tiene otra acidez –más málica, menos tartárica-, una rica mineralidad, pero por sobre todo unos huesos cada día más firmes, que logran sostener su fruta roja con asombrosa naturalidad.
Cousiño Macul Antiguas Reservas Cabernet Sauvignon 1981
No se encuentra en el mercado, claro está, pero sí ocupa un lugar de privilegio en una de las bibliotecas más completas de la historia reciente de nuestra vitivinicultura y en especial del Maipo Alto. Este Cabernet Sauvignon, que cuenta con 25 años de guarda, aún se siente frutal y asombrosamente fresco. Es un ejemplo vivo de la cuestionada aptitud para envejecer de los vinos chilenos y el antepasado directo del exuberante ícono Lota, proveniente de esas añosas y sabias parras de Quebrada de Macul.
Laberinto Cenizas de Laberinto Sauvignon Blanc 2011
Este Sauvignon Blanc laberíntico y de altura, proveniente de los rincones menos expuestos del hermoso viñedo de laguna Colbún, impresiona por su elegancia, mineralidad y frescura. A diferencia de los costeros, sus aromas son más sutiles, más delicados, pero su potencia y verticalidad en boca es avasalladora. Es hijo de una de las cosechas más frescas que se recuerden. Y de un lugar que hay que tener muy en cuenta para sopesar el incalculable potencial de la cepa en la precordillera maulina.
Santa Carolina Luis Pereira Cabernet Sauvignon 2012
Este vino nace de un proyecto del equipo de investigación de Santa Carolina que se propuso rescatar los antiguos materiales genéticos del Cabernet Sauvignon chileno, aquellas primeras cepas que desembarcaron en la segunda mitad del siglo XIX, y reactualizar algunos valiosos métodos de producción olvidados por la vitivinicultura moderna. El resultado: un Cabernet fresco y sedoso, marcado por sus acentos florales y de hierbas, y un cuerpo delicado y sinuoso, que conquista al primer sorbo.
Maquis Franco Cabernet Franc 2011
Es una cepa aún poco difundida en Chile, utilizada como un componente de la mezcla bordelesa, pero Maquis se propuso colocarla en un lugar inusual, protagónico, en lo más alto. Proveniente de un viñedo ubicado en el vértice del río Tinguiririca y el estero Chimbarongo, Franco es un vino especiado y fresco, seco y sabroso, que armoniza maravillosamente bien poderío y elegancia.
Aquitania Sol de Sol Sauvignon Blanc 2014
Costó un mundo establecer las plantas. El fuerte viento sur que sopla en Traiguén complicaba las cosas. Pero este despeinado Sauvignon Blanc sureño, que ahora acompaña a Sol de Sol Chardonnay y Pinot Noir, logró imponerse para proyectar un vino que huele a frutos cítricos, hierbas silvestres y lluvias de invierno. Es un vino con mucha estructura, pero con una personalidad fresca, chispeante y profunda.
Aresti Family Collection Cabernet Sauvignon 2001
No suele relanzarse un vino, pero cuando el equipo enológico descubrió estas 300 cajas que había reservado Vicente Aresti, el fundador de la viña curicana, no pudo aguantar la tentación. Este Cabernet Sauvignon impresiona por la juventud y profundidad de su color, por sus notas de frutos negros, flores y toques gourmand, por su gran estatura y alegre personalidad. Los años le hicieron bien. Y Aresti hizo más que bien en compartir nuevamente esta cosecha. Enhorabuena. En su mejor momento.
Bodegas RE Renoir Nature
Hoy vivimos una fiesta de las burbujas y nadie quiere quedar afuera. Irrumpe un contingente de espumantes elaborados bajo el método tradicional, pero son pocos los que tiene la capacidad para competir con los Champagne, Cava y espumantes del Nuevo Mundo con armas propias y diferenciadoras. Este Renoir no es un plagio. Es un cuadro original, colmado de frutos rojos y notas tostadas, pero con una boca inquietantemente seca, que perdura más allá de la categoría.
Caliterra Dstnto 2014
No es fácil para una bodega reencontrarse consigo misma. Después del fallido joint venture entre Errázuriz y Mondavi, Caliterra pareció haber quedado un poco a la deriva, sufriendo el síndrome del hijo de padres divorciados. Pero con un acucioso trabajo en el viñedo, y sin querer doblarle la mano al cálido terruño colchagüino, su equipo enológico ha sabido refrescar su portafolio con propuestas atractivas y honestas. En este caso, con un chascón y ligero ensamblaje de Malbec, Carignan, Petit Verdot y Carmenère.
Carmen 4 Lustros Carmenère 2012
Precisamente cuando se cumplen dos décadas del redescubrimiento del Carmenère en Chile, en aquel ya mítico cuartel de Alto Jahuel, Viña Carmen decide homenajear esta cepa con un vino de aniversario, maduro, voluptuoso, pero con la acidez justa para enaltecer un gran canastillo de fruta roja y especias dulces. Un Carmenère de una cosecha cálida. De libro. Para celebrar en grande.
Casa Silva Lago Ranco Sauvignon Blanc 2013
Es uno de los viñedos más hermosos y australes del mundo. Estas parras de Sauvignon Blanc, que caen mansamente sobre la orilla del lago Ranco, sorprendió a todos con un perfil aromático muy distintivo. “Huele a bosque nativo”, decían algunos. Un año después de su lanzamiento, ese ímpetu, esa juventud, esa ansiedad, se transformó en elegancia y profundidad de sabores. En un Sauvignon Blanc que nos transporta con sus aromas a la llamada Patagonia chilena. Un vino que invita viajar con los sentidos.
El Viejo Almacén de Sauzal Huaso de Sauzal País 2013
Acorralada, menospreciada, dejada a su suerte, para llenar garrafas y vender volumen, hoy la País recobra su orgullo gracias a productores como Renán Cancino. Oriundo de Sauzal, un pintoresco pueblo ubicado en el epicentro del secano maulino, el viticultor trabaja estas uvas fundacionales, a la antigua, a pura zaranda, sin más armas que la tradición y una vinificación limpia, sin los vicios del pasado, demostrando, sin equívocos, que esta cepa puede regalar vinos frutosos y vibrantes.
Errázuriz The Red Blend 2012
Hipnotizados por las llamadas cepas nobles, presos de nuestros locos afanes, no fuimos capaces de ver antes. De intuir el tremendo potencial de las cepas mediterráneas en nuestros terruños. Pero algunos productores ya comienzan a pagar la deuda ¡y con creces! Desde Aconcagua, nos llega esta mezcla de Grenache, Mourvèdre, Syrah y Carignan. Un vino frutal, voluptuoso, pero lleno de capas y matices. Frutos rojos a raudales y flores silvestres, abrazados por una exquisita y chispeante acidez.
Estampa Del Viento Sauvignon Blanc 2014
Visitamos el campo cuando no habían parras, cuando sólo era un proyecto, un sueño de granito y viento, pero hoy este Sauvignon Blanc de Paredones ya es toda una realidad. Un vino que estira los límites del valle colchagüino. Con una nariz herbal, colmada de frutos cítricos y ciertos tonos tropicales, y una boca firme y sabrosa, demuestra el potencial de una costa subexplotada, pero que poco a poco comienza a mostrar sus mejores frutos.
Valdivieso Single Vineyard Pinot Noir 2012
No aparece a la cabeza de los grandes puntajes nacionales, pero me conquistó desde su primera cosecha. Proveniente del lado más fresco de Cauquenes, es un vino que obsequia mucha fruta roja, como frutillas y frambuesas, pero con una estructura firme y sedosa que nos habla de una gran versatilidad gastronómica. Es un Pinot Noir de origen humilde, pero con una personalidad como pocos. Plantado en el secano interior, lejos de las olas y la farándula, puede y se codea con los grandes.
Garage Wine Co. Lot 37 Cabernet Sauvignon 2011
No sabemos a ciencia cierta qué significa Lot 37, pero sí que proviene de las terrazas más altas de Pirque. Es un vino que no pretende competir con los grandes íconos de Maipo Alto y de ahí su gran valor intrínseco. Fresco, sabroso y profundamente equilibrado. Es un Cabernet Sauvignon distinto, que se deja tomar con tranquilidad y alegría, sin grandes ceremonias, haciéndonos disfrutar hasta la última gota.
García y Schwaderer Marina Barrel Fermented Sauvignon Blanc 2014
Representa la nueva generación de Sauvignon Blanc chilenos, más ambiciosos, más atrevidos y completos. Ya no basta con impresionar en nariz, sino que ofrecer un vino estructurado, firme y sabroso. Este Sauvignon Blanc casablanquino transmite notas de lima y maracuyá, coquetea con la madurez, pero también tiene su lado herbal y una acidez que levanta sus múltiples capas gustativas. Es un vino de mantel largo.
House Casa del Vino Malmau Malbec 2013
Un huevo de cemento y toda la libertad del mundo. House Casa del Vino, este innovador proyecto del Grupo Belén, ya nos ha regalado vinos tremendamente interesantes y que sin duda chasconean y refrescan su portafolio. En este caso, un vino elaborado por Matías Michelini, el enólogo argentino de su filial mendocina Zorzal. Un Malbec de Pencahue, maduro y jugoso, que se aleja de sus pares de las alturas mendocinas, para entregar un vino de una carácter voluptuoso, tan campechano como único.
Leyda Lot 4 Sauvignon Blanc 2014
Este vino representa la consolidación del romance de Leyda con el Sauvignon Blanc. Un amor a primera vista. Una relación profunda que ha parido algunos de los mejores representantes chilenos de la cepa. En este caso, un vino que huele a viento y sal, perfumado con notas herbales, cítricas y especias dulces. Un Sauvignon Blanc de manual. Poderoso y delicado a la vez. Estilizado y profundo.
Los Vascos Grand Reserve Carmenère 2012
Los franceses no querían nada con el Carmenère. Por algo no volvieron a plantar la cepa en Burdeos después del desastre de la filoxera. Es demasiado caprichosa, mañosa, si se quiere, pero tan encantadora que terminó doblándoles la mano. Este primer Carmenère de la filial chilena de Barons de Rothschild (Lafite) no pudo ser más auspicioso. Es un vino locuaz, voluptuoso y aterciopelado, que regala frutos rojos a raudales, salpimentados con una precisión poética.
Miguel Torres Cordillera Sauvignon Blanc 2014
Miguel Torres hace rato que tomó la decisión de salir a buscar nuevos terruños. Y con muchísimo éxito. Su remozada línea Cordillera exuda carácter y consistencia. Y este Sauvignon Blanc, proveniente de la franja más costera del Elqui, representa en gloria y majestad estos nuevos aires. Es un vino con una gran expresión frutal, muy bien complementada con notas de ají verde y hierbas aromáticas. Un vino que agrega valor y emoción al tradicional portafolio de la viña.
MontGras Antu Limited Syrah 2012
No era una viña que se caracterizaba por asumir grandes riesgos, privilegiando en su portafolio la consistencia de sus Cabernet Sauvignon, Carmenère y Sauvignon Blanc. Pero los nuevos tiempos terminaron por refrescar la estrategia y Antu se convirtió en una línea más chascona, osada y experimental. Proveniente de sus campos en San Antonio, este Syrah es una sinfonía de frutos negros, especias dulces, tonos herbales.
Mirador del Valle Moscatel de Alejandría 2013
Es un vino que nace en el Itata Profundo, en la cima de cerro Verde, el sector más alto del valle, ubicado a casi 600 metros de altura, en plena cordillera de la Costa. Allí se desparraman estas antiguas cabezas de Moscatel de Alejandría, que la señorita Lucía Torres vinifica en su pequeña bodega de adobe. Un vino floral y sabroso, seco y valioso, que refleja todo el cariño y la sabiduría de la agricultura familiar campesina.
Odjfell Orzada Tres Esquinas Collection Mouvedre 2013
Fue una de las primeras bodegas en invertir en el secano maulino. En incorporar el el Carignan en sus líneas superiores. En profundizar en una viticultura biodinámica que resalta el potencial de sus campos. Este Mourvèdre de Tres Esquinas es parte de una nueva colección, de una decisión de ir siempre por más, de volver sobre los pasos para proyectar un vino sabroso, floral y con una tremenda personalidad.
Clos de Fous Dulcinea Chardonnay 2013
Clos de Fous no se detiene. Explora nuevos valles y cepas, muchas veces anteponiendo la enología a los números. Una locura, ¿verdad? Quizás de ahí provenga su nombre. Pero esa misma naturalidad, esa misma pasión, ese mismo respeto por el vino, han convertido el proyecto en una fiesta para los sentidos. Así lo demuestra Dulcinea, un vino de una profunda personalidad y fineza. Un Chardonnay libresco. De alabanzas y ensoñaciones.
martes, 31 de marzo de 2015
viernes, 27 de febrero de 2015
Sauvignon Blanc para masticar
Romper con el estilos neozelandés, ofreciendo vinos más ambiciosos y gastronómicos, es el principal desafío que hoy tienen los productores chilenos. Algunos ya lo están haciendo y los resultados son promisorios.
El concepto de vinos gastronómicos se ha instalado en nuestra mesa. Y la discusión se ha vuelto algo liviana y superficial. Como una moda, que siempre tiende a ser pasajera, hoy todos hablan de un estilo diferente, menos pesado y refrescante, pero muy pocos se han tomado en serio el desafío de elaborar vinos con una mayor complejidad y amplitud, especialmente cuando se trata de vinos blancos.
Elaborar un blanco que vaya más allá del aperitivo, y nos acompañe con propiedad hasta el plato de fondo, va más mucho más allá de proponer una mezcla con pH bajo y rica acidez. El vino debe tener estructura, cierto peso específico, que soporte y complemente las proteínas de nuestro menú. Eso se traduce en una tarea planificada, que va desde la viticultura hasta la crianza del vino.
Nadie discute el gran salto cualitativo que han logrado los blancos chilenos en las últimas décadas, sobre todo en el caso del Sauvignon Blanc. Sin embargo, como suele suceder en nuestro país, la oferta tiende a ser demasiado uniforme y, por qué no decirlo, con algunas incipientes notas de aburrimiento.
La mayoría de nuestros enólogos ha optado por vinificaciones muy reductivas, privilegiando el impacto aromático por sobre la boca. Este estilo impuesto por Nueva Zelanda, profundamente herbal y con impresionantes acideces (muchas veces camufladas con un alto porcentaje de azúcar residual), se ha convertido en un modelo a seguir, restando identidad y valor agregado a la oferta chilena.
Ha sido tan fuerte y marcada la tendencia que muchos Chardonnay se han “sauvignonizado”, rehuyendo de la madera como si fuera el más mortal de los pecados. El resultado algunas veces es positivo, sobre todo cuando aparecen esas notas minerales de terruños con componentes calcáreos como Limarí. Pero, en varios casos, muchos más de los que quisiera, representan vinos que quedan en la deriva, como a medio camino, sufriendo una profunda crisis de identidad.
¿Cuántos Sauvignon Blanc chilenos están diseñados para envejecer con dignidad y alcanzar más ricos y complejos umbrales gustativos? Muy pocos, en verdad. ¿O cuántos de ellos tienen algún tratamiento con madera, ya sea en el proceso de fermentación o crianza, persiguiendo estructuras más firmes y, por qué no, más gastronómicas?
Apenas se me vienen a la cabeza un puñado de nombres, como el recuerdo imborrable de Montes Sauvignon Blanc Fumé, que se podía encontrar a muy buen precio incluso en las cocinerías de los mercados. O la consecuencia de Amayna Sauvignon Blanc Barrel Fermented, un vino de la nueva generación de Leyda, que ofrece un estilo más bien maduro, pero muy interesante. O, por último, la reciente presentación de Lurton Reserva Sauvignon Blanc, un blanco que apuesta por sabores más tropicales y cálidos, y que no le tiembla la mano con la madera nueva en el proceso de vinificación.
De alguna manera todos estos vinos, al menos cuando debutaron ante las narices especializadas, han despertado más de alguna controversia. La flota de Sauvignon Blanc limpios y reductivos, que explotan en las copas con sus intensos aromas, ha calado muy hondo en los paladares, provocando una suerte de acostumbramiento. Sin embargo, hay un grupo de enólogos que quiere ir por más, escalando nuevos peldaños de calidad en la saga del Sauvignon Blanc, ofreciendo no sólo vinos para el placer de nuestras narices, sino vinos que se pueden masticar.
ESTRUCTURA SUREÑA
Para poder paladear la nueva generación de blancos chilenos, tenemos que viajar al sur, bien al sur, a la flamante denominación de Malleco, ubicada a 620 kilómetros de Santiago. A pesar de la juventud de su vitivinicultura, ya se puede hablar de cierta consolidación de la cepa Chardonnay, partiendo por la exitosa historia de Felipe de Solminihac y su elogiado Sol de Sol. Su vecino William Fèvre Chile, sin embargo, se la ha jugado en esta zona por otra variedad blanca: el Sauvignon Blanc.
De acuerdo con su enólogo Cristián Aliaga, es con esta cepa (y no con el Chardonnay) con la que han logrado los mejores resultados. “Al principio no se sabía cómo eran los vinos. Había muy poca experiencia con Sauvignon Blanc en Malleco. Todos estaban con Chardonnay. Dándole un poco la vuelta, nuestra idea fue más que hacer un Sauvignon Blanc, y formar parte de una categoría que está muy estigmatizada, fue embotellar un vino del sur”, explica.
El objetivo del enólogo fue desmarcarse completamente de su excelente Chardonnay precordillerano de San Juan, en el autodenominado Muy Alto Maipo. Sus vinos del sur, que se visten con la marca Quino, han sorprendido por su jugosidad y estructura, pero por sobre todo por un carácter único, que se diferencia de sus pares costinos para inaugurar, probablemente, una nueva y promisoria categoría.
Tanto su mezcla Quino Blanc, compuesto de Sauvignon Blanc y en menor medida de Riesling, como su Little Quino Sauvignon Blanc, son vinos fermentados en barricas. Mientras en 2012, debido a las altas temperaturas de la temporada, el Sauvignon Blanc desarrolló notas más tropicales, la más templada cosecha 2014 mostró todo su potencial: una nariz muy floral y emergentes notas cítricas, refrescantes, que se casan con la madera y profundizan en el paladar. Ambos vinos están en el límite de lo permitido. Sus uvas pueden alcanzar 11,5º de alcohol probable cosechadas en las últimas semanas de abril, pero aún así tienen la suficiente energía y estructura para llenar la boca de sabores.
El gran desafío de William Fèvre Chile en Malleco es sortear las heladas. En la temporada 2013 sufrieron nada menos que 18 eventos y prácticamente perdieron toda su fruta. A diferencia de Sol de Sol, que está emplazado en una zona de suaves lomajes, en estas partes más planas las heladas y el intenso viento sur representan una gran amenaza. Durante este otoño, que se ha caracterizado por las altas temperaturas en la zona central, en Malleco ya se han dejado caer tres heladas.
Sin embargo, Cristián Aliaga está muy entusiasmado con el enorme potencial de esta zona. La cosecha 2014 suma ocho barricas, muchas de ellas nuevas, y los resultados son más que alentadores. “Todo ha cuadrado súper bien. A pesar de su bajo alcohol, estos vinos, en especial los que provienen del clon 242, tienen la estructura para soportar muy bien la madera. Ya lo quiero envasar. No hoy, sino ayer”, se ríe el enólogo.
PODER DE LA PRENSA
El matrimonio enológico García & Schwaderer disfruta la comida y en su portafolio de vinos ese aspecto de sus vidas se nota y agradece. Sus vinos están diseñados para comer, preocupándose desde un inicio en el desarrollo de propuestas no sólo aromáticas, sino con bocas llenas y bien estructuradas. Es por eso que no rehúyen de la madera con el Sauvignon Blanc y en su línea Marina ofrecen una versión Barrel Fermented.
Al contrario de lo que muchos temen, que estos vinos son complicados de comercializar, el éxito de Marina Barrel Fermented ha sido inmediato. En 2013 vendieron 50 cajas a Brasil, mientras que en 2014 ya suman 200 cajas y han ampliado sus mercados, distribuyéndolas también en Bélgica y Chile.
Sus uvas provenientes de Casablanca son vinificadas en barricas de acero inoxidable con duelas en su interior. Las duelas cuentan con un tostado a muy baja temperatura y por largo tiempo, por lo tanto los tres meses de guarda del vino no se traducen en notas de madera en nariz, sino que permiten construir de gran forma su boca.
Según Felipe García, la elaboración de estos vinos más gastronómicos involucra varios aspectos, donde el uso de madera es sólo uno de ellos:
• La utilización de dos tipos de levadura en el proceso de inoculación (Torulaspora delbrueckii y la tradicional Saccharomyces cerevisiae). Cuando el mosto alcanza los 10º de alcohol, las Torulaspora mueren y las Saccharomyces terminan el trabajo. De esta forma, la fermentación es más prolongada y menos agresiva, facilitando el desarrollo de tioles, que puede ser 10 veces mayor que con las inoculaciones clásicas.
• En el proceso de fermentación es imprescindible una nutrición específica para el desarrollo de las levaduras.
• El uso de barricas permite mejorar la cantidad de borra (NTU-150). Si se fermenta demasiado turbio en una cuba de acero inoxidable se pueden generar reducciones. En las barricas no pasa eso porque su columna es mucho más ancha.
• El aporte de la madera, que en este caso no es en términos aromáticos, mejora la textura y amplitud de los vinos en boca.
• El trabajo de prensa es fundamental, pues confiere textura, peso y amargor. Muchos enólogos no lo entienden o rehúyen de él, pero, según García, el amargor es vital para darle largueza al vino.
Para el enólogo, la principal crítica que se le hace a los Sauvignon Blanc chilenos, especialmente en Inglaterra, es su falta de estructura. “Dicen que sólo son vinos para aperitivo. Limpios, con grandes narices, pero sin mucho peso. ¡Para mí lo fundamental es la boca! Desde que comenzamos con Marina en 2006 alcanzábamos vinos de 13,5º grados de alcohol. Hoy logramos graduaciones de 12,5º, pero al mismo tiempo con mucho más textura y cuerpo. Sin duda es un vino más técnico. Quizás para el experto, para el conocedor. Pero a nosotros nos tiene muy felices. Puedo decir que ha sido uno de nuestros mayores logros en estos años”, sostiene.
TREMENDA OPORTUNIDAD
Grant Phelps, el enólogo de Casas del Bosque, libra una muy personal batalla contra los vinos de su país de origen. “Los Sauvignon Blanc de Nueva Zelanda son un desastre (Nota de la redacción: el término utilizado por el enólogo ha sido cambiado para facilitar las labores de traducción). Algunos de ellos, unos pocos, son interesantes en nariz, pero no te puedes sentar con un plato. Rápidamente tenemos que cambiar el vino cuando estamos en la mesa. Los aromas de espárrago y pipí de gato dominan el vino y pelean con el plato”, afirma .
Phelps lleva ya seis años trabajando con esta cepa en barricas. Hoy cuenta con 400 barricas que atraviesan todas sus líneas de Sauvignon Blanc: Reserva (8%), Gran Reserva (78%) y Pequeñas Producciones (98%). Todas ellas son viejas, las más nuevas son de segundo uso, porque el objetivo es diferenciarse de la oferta neozelandesa, haciendo vinos más complejos, amplios y eminentemente gastronómicos.
Pero tampoco basta con el uso de barricas. El manejo es mucho más integral. Primero cosechan en la noche, cuando los granos alcanzan temperaturas de -1 a -3 grados, posibilitando maceraciones muy largas que pueden extenderse entre siete y once días. Después comienza el proceso de fermentación en un ambiente muy fresco, para terminar la transformación del azúcar en alcohol en barricas, donde la temperatura puede subir a 22 o 23 grados.
“Si quieres Sauvignon Blanc más frutosos, tienes que fermentar a bajas temperaturas. Nosotros llegamos hasta 6,5º C en las cubas. ¡Es una locura! El proceso dura como tres semanas y media. Así las levaduras se estresan y comienzan a producir esteres con esas notas a sudor que me fascinan. Los estados volátiles no se evaporan como en las fermentaciones tradicionales, sino llegan a la botella en estado líquido y luego explotan en las copas”, explica.
El enólogo recuerda una visita al valle de Loire en plena vendimia. Mientras paseaba por las bodegas sentía las intensas notas de Sauvignon Blanc que llenaban todos los rincones, pero luego en la botella los aromas eran más bien neutros. En Casas del Bosque vive el proceso contrario. En plena etapa de fermentación la nave prácticamente huele a nada. El objetivo es que el vino alcance su máxima expresión cuando realmente importa, cuando se descorcha la botella.
“Una fermentación en barrica es mala idea si quieres hacer vinos más afilados. La gracia de la barrica es que logras texturas exquisitas y aromas mucho más complejos. Puedes perder algo de esos aromas primarios de la fruta, pero aparecen la roca y la mineralidad de los suelos. Chile tiene una gran oportunidad para llenar el tremendo hoyo que deja Nueva Zelanda. Lamentablemente muchos están obsesionados con los aromas. Tratan de imitar ese estilo y no se la juegan por hacer algo diferente, algo mucho mejor”, concluye.
NOBLE CRIANZA
En la precordillera de Cachapoal, en la zona de Coya, nace uno de los Sauvignon Blanc más interesantes que he probado. Se trata de Calyptra Gran Reserva 2007. Un vino fermentado en barricas, a la antigua, que no sólo es capaz de conservar todo el frescor de sus uvas orgánicas, sino además desarrollar una asombrosa textura y una multiplicidad de capas aromáticas y gustativas. Según su enólogo Francois Massoc, hoy este vino es cuando mejor se degusta, pero lamentablemente sólo quedan unas pocas decenas de botellas.
Esta decisión enológica de producir Sauvignon Blanc fermentado en barricas también se ha traducido en un éxito comercial. Hoy sus vinos se exportan sobre los US$ 200 la caja y se agotan con mucha prontitud. “Pero existe el prejuicio. Las viñas chilenas piensan que no se puede vender caro. No se tienen fe. No saben vender sobre US$ 50 la caja. Prefieren seguir el estilo de Nueva Zelanda, que vende mucho, pero cada vez menos”, afirma el enólogo.
Massoc ya había realizado ensayos con uvas de Leyda con muy buenos resultados, pero sin duda la estructura frutal que logra en Coya le permite profundizar en su estilo, incluso ir subiendo año a año el porcentaje de barricas nuevas, llegando a un 20% en la cosecha 2011.
“Con la oxigenación de la barrica el vino se vuelve más resistente a la oxidación y, por lo tanto, mucho más longevo. Además los taninos y la crianza con las lías protegen los precursores aromáticos y lo vuelves un vino mucho más intelectual, más completo, más rico. Sacrificamos un poco la intensidad aromática, pero ganamos muchísimo en boca”, explica.
Pero, como bien dice Massoc, no se trata sólo de fermentar en barricas. Las viñas hay que cultivarlas pensando en vinos de guarda. Además hay trabajar las prensas y hacer toda una planificación en la bodega. Pero todos estos manejos valen más que la pena. Este nicho de vinos más ambiciosos, más multidimensionales, ofrece un montón de oportunidades de mercado. De una vez por todas hay que hacer los esfuerzos para vender más y sobre todo mejor. Los nuevos consumidores piden blancos con boca. Blancos para comer.
El concepto de vinos gastronómicos se ha instalado en nuestra mesa. Y la discusión se ha vuelto algo liviana y superficial. Como una moda, que siempre tiende a ser pasajera, hoy todos hablan de un estilo diferente, menos pesado y refrescante, pero muy pocos se han tomado en serio el desafío de elaborar vinos con una mayor complejidad y amplitud, especialmente cuando se trata de vinos blancos.
Elaborar un blanco que vaya más allá del aperitivo, y nos acompañe con propiedad hasta el plato de fondo, va más mucho más allá de proponer una mezcla con pH bajo y rica acidez. El vino debe tener estructura, cierto peso específico, que soporte y complemente las proteínas de nuestro menú. Eso se traduce en una tarea planificada, que va desde la viticultura hasta la crianza del vino.
Nadie discute el gran salto cualitativo que han logrado los blancos chilenos en las últimas décadas, sobre todo en el caso del Sauvignon Blanc. Sin embargo, como suele suceder en nuestro país, la oferta tiende a ser demasiado uniforme y, por qué no decirlo, con algunas incipientes notas de aburrimiento.
La mayoría de nuestros enólogos ha optado por vinificaciones muy reductivas, privilegiando el impacto aromático por sobre la boca. Este estilo impuesto por Nueva Zelanda, profundamente herbal y con impresionantes acideces (muchas veces camufladas con un alto porcentaje de azúcar residual), se ha convertido en un modelo a seguir, restando identidad y valor agregado a la oferta chilena.
Ha sido tan fuerte y marcada la tendencia que muchos Chardonnay se han “sauvignonizado”, rehuyendo de la madera como si fuera el más mortal de los pecados. El resultado algunas veces es positivo, sobre todo cuando aparecen esas notas minerales de terruños con componentes calcáreos como Limarí. Pero, en varios casos, muchos más de los que quisiera, representan vinos que quedan en la deriva, como a medio camino, sufriendo una profunda crisis de identidad.
¿Cuántos Sauvignon Blanc chilenos están diseñados para envejecer con dignidad y alcanzar más ricos y complejos umbrales gustativos? Muy pocos, en verdad. ¿O cuántos de ellos tienen algún tratamiento con madera, ya sea en el proceso de fermentación o crianza, persiguiendo estructuras más firmes y, por qué no, más gastronómicas?
Apenas se me vienen a la cabeza un puñado de nombres, como el recuerdo imborrable de Montes Sauvignon Blanc Fumé, que se podía encontrar a muy buen precio incluso en las cocinerías de los mercados. O la consecuencia de Amayna Sauvignon Blanc Barrel Fermented, un vino de la nueva generación de Leyda, que ofrece un estilo más bien maduro, pero muy interesante. O, por último, la reciente presentación de Lurton Reserva Sauvignon Blanc, un blanco que apuesta por sabores más tropicales y cálidos, y que no le tiembla la mano con la madera nueva en el proceso de vinificación.
De alguna manera todos estos vinos, al menos cuando debutaron ante las narices especializadas, han despertado más de alguna controversia. La flota de Sauvignon Blanc limpios y reductivos, que explotan en las copas con sus intensos aromas, ha calado muy hondo en los paladares, provocando una suerte de acostumbramiento. Sin embargo, hay un grupo de enólogos que quiere ir por más, escalando nuevos peldaños de calidad en la saga del Sauvignon Blanc, ofreciendo no sólo vinos para el placer de nuestras narices, sino vinos que se pueden masticar.
ESTRUCTURA SUREÑA
Para poder paladear la nueva generación de blancos chilenos, tenemos que viajar al sur, bien al sur, a la flamante denominación de Malleco, ubicada a 620 kilómetros de Santiago. A pesar de la juventud de su vitivinicultura, ya se puede hablar de cierta consolidación de la cepa Chardonnay, partiendo por la exitosa historia de Felipe de Solminihac y su elogiado Sol de Sol. Su vecino William Fèvre Chile, sin embargo, se la ha jugado en esta zona por otra variedad blanca: el Sauvignon Blanc.
De acuerdo con su enólogo Cristián Aliaga, es con esta cepa (y no con el Chardonnay) con la que han logrado los mejores resultados. “Al principio no se sabía cómo eran los vinos. Había muy poca experiencia con Sauvignon Blanc en Malleco. Todos estaban con Chardonnay. Dándole un poco la vuelta, nuestra idea fue más que hacer un Sauvignon Blanc, y formar parte de una categoría que está muy estigmatizada, fue embotellar un vino del sur”, explica.
El objetivo del enólogo fue desmarcarse completamente de su excelente Chardonnay precordillerano de San Juan, en el autodenominado Muy Alto Maipo. Sus vinos del sur, que se visten con la marca Quino, han sorprendido por su jugosidad y estructura, pero por sobre todo por un carácter único, que se diferencia de sus pares costinos para inaugurar, probablemente, una nueva y promisoria categoría.
Tanto su mezcla Quino Blanc, compuesto de Sauvignon Blanc y en menor medida de Riesling, como su Little Quino Sauvignon Blanc, son vinos fermentados en barricas. Mientras en 2012, debido a las altas temperaturas de la temporada, el Sauvignon Blanc desarrolló notas más tropicales, la más templada cosecha 2014 mostró todo su potencial: una nariz muy floral y emergentes notas cítricas, refrescantes, que se casan con la madera y profundizan en el paladar. Ambos vinos están en el límite de lo permitido. Sus uvas pueden alcanzar 11,5º de alcohol probable cosechadas en las últimas semanas de abril, pero aún así tienen la suficiente energía y estructura para llenar la boca de sabores.
El gran desafío de William Fèvre Chile en Malleco es sortear las heladas. En la temporada 2013 sufrieron nada menos que 18 eventos y prácticamente perdieron toda su fruta. A diferencia de Sol de Sol, que está emplazado en una zona de suaves lomajes, en estas partes más planas las heladas y el intenso viento sur representan una gran amenaza. Durante este otoño, que se ha caracterizado por las altas temperaturas en la zona central, en Malleco ya se han dejado caer tres heladas.
Sin embargo, Cristián Aliaga está muy entusiasmado con el enorme potencial de esta zona. La cosecha 2014 suma ocho barricas, muchas de ellas nuevas, y los resultados son más que alentadores. “Todo ha cuadrado súper bien. A pesar de su bajo alcohol, estos vinos, en especial los que provienen del clon 242, tienen la estructura para soportar muy bien la madera. Ya lo quiero envasar. No hoy, sino ayer”, se ríe el enólogo.
PODER DE LA PRENSA
El matrimonio enológico García & Schwaderer disfruta la comida y en su portafolio de vinos ese aspecto de sus vidas se nota y agradece. Sus vinos están diseñados para comer, preocupándose desde un inicio en el desarrollo de propuestas no sólo aromáticas, sino con bocas llenas y bien estructuradas. Es por eso que no rehúyen de la madera con el Sauvignon Blanc y en su línea Marina ofrecen una versión Barrel Fermented.
Al contrario de lo que muchos temen, que estos vinos son complicados de comercializar, el éxito de Marina Barrel Fermented ha sido inmediato. En 2013 vendieron 50 cajas a Brasil, mientras que en 2014 ya suman 200 cajas y han ampliado sus mercados, distribuyéndolas también en Bélgica y Chile.
Sus uvas provenientes de Casablanca son vinificadas en barricas de acero inoxidable con duelas en su interior. Las duelas cuentan con un tostado a muy baja temperatura y por largo tiempo, por lo tanto los tres meses de guarda del vino no se traducen en notas de madera en nariz, sino que permiten construir de gran forma su boca.
Según Felipe García, la elaboración de estos vinos más gastronómicos involucra varios aspectos, donde el uso de madera es sólo uno de ellos:
• La utilización de dos tipos de levadura en el proceso de inoculación (Torulaspora delbrueckii y la tradicional Saccharomyces cerevisiae). Cuando el mosto alcanza los 10º de alcohol, las Torulaspora mueren y las Saccharomyces terminan el trabajo. De esta forma, la fermentación es más prolongada y menos agresiva, facilitando el desarrollo de tioles, que puede ser 10 veces mayor que con las inoculaciones clásicas.
• En el proceso de fermentación es imprescindible una nutrición específica para el desarrollo de las levaduras.
• El uso de barricas permite mejorar la cantidad de borra (NTU-150). Si se fermenta demasiado turbio en una cuba de acero inoxidable se pueden generar reducciones. En las barricas no pasa eso porque su columna es mucho más ancha.
• El aporte de la madera, que en este caso no es en términos aromáticos, mejora la textura y amplitud de los vinos en boca.
• El trabajo de prensa es fundamental, pues confiere textura, peso y amargor. Muchos enólogos no lo entienden o rehúyen de él, pero, según García, el amargor es vital para darle largueza al vino.
Para el enólogo, la principal crítica que se le hace a los Sauvignon Blanc chilenos, especialmente en Inglaterra, es su falta de estructura. “Dicen que sólo son vinos para aperitivo. Limpios, con grandes narices, pero sin mucho peso. ¡Para mí lo fundamental es la boca! Desde que comenzamos con Marina en 2006 alcanzábamos vinos de 13,5º grados de alcohol. Hoy logramos graduaciones de 12,5º, pero al mismo tiempo con mucho más textura y cuerpo. Sin duda es un vino más técnico. Quizás para el experto, para el conocedor. Pero a nosotros nos tiene muy felices. Puedo decir que ha sido uno de nuestros mayores logros en estos años”, sostiene.
TREMENDA OPORTUNIDAD
Grant Phelps, el enólogo de Casas del Bosque, libra una muy personal batalla contra los vinos de su país de origen. “Los Sauvignon Blanc de Nueva Zelanda son un desastre (Nota de la redacción: el término utilizado por el enólogo ha sido cambiado para facilitar las labores de traducción). Algunos de ellos, unos pocos, son interesantes en nariz, pero no te puedes sentar con un plato. Rápidamente tenemos que cambiar el vino cuando estamos en la mesa. Los aromas de espárrago y pipí de gato dominan el vino y pelean con el plato”, afirma .
Phelps lleva ya seis años trabajando con esta cepa en barricas. Hoy cuenta con 400 barricas que atraviesan todas sus líneas de Sauvignon Blanc: Reserva (8%), Gran Reserva (78%) y Pequeñas Producciones (98%). Todas ellas son viejas, las más nuevas son de segundo uso, porque el objetivo es diferenciarse de la oferta neozelandesa, haciendo vinos más complejos, amplios y eminentemente gastronómicos.
Pero tampoco basta con el uso de barricas. El manejo es mucho más integral. Primero cosechan en la noche, cuando los granos alcanzan temperaturas de -1 a -3 grados, posibilitando maceraciones muy largas que pueden extenderse entre siete y once días. Después comienza el proceso de fermentación en un ambiente muy fresco, para terminar la transformación del azúcar en alcohol en barricas, donde la temperatura puede subir a 22 o 23 grados.
“Si quieres Sauvignon Blanc más frutosos, tienes que fermentar a bajas temperaturas. Nosotros llegamos hasta 6,5º C en las cubas. ¡Es una locura! El proceso dura como tres semanas y media. Así las levaduras se estresan y comienzan a producir esteres con esas notas a sudor que me fascinan. Los estados volátiles no se evaporan como en las fermentaciones tradicionales, sino llegan a la botella en estado líquido y luego explotan en las copas”, explica.
El enólogo recuerda una visita al valle de Loire en plena vendimia. Mientras paseaba por las bodegas sentía las intensas notas de Sauvignon Blanc que llenaban todos los rincones, pero luego en la botella los aromas eran más bien neutros. En Casas del Bosque vive el proceso contrario. En plena etapa de fermentación la nave prácticamente huele a nada. El objetivo es que el vino alcance su máxima expresión cuando realmente importa, cuando se descorcha la botella.
“Una fermentación en barrica es mala idea si quieres hacer vinos más afilados. La gracia de la barrica es que logras texturas exquisitas y aromas mucho más complejos. Puedes perder algo de esos aromas primarios de la fruta, pero aparecen la roca y la mineralidad de los suelos. Chile tiene una gran oportunidad para llenar el tremendo hoyo que deja Nueva Zelanda. Lamentablemente muchos están obsesionados con los aromas. Tratan de imitar ese estilo y no se la juegan por hacer algo diferente, algo mucho mejor”, concluye.
NOBLE CRIANZA
En la precordillera de Cachapoal, en la zona de Coya, nace uno de los Sauvignon Blanc más interesantes que he probado. Se trata de Calyptra Gran Reserva 2007. Un vino fermentado en barricas, a la antigua, que no sólo es capaz de conservar todo el frescor de sus uvas orgánicas, sino además desarrollar una asombrosa textura y una multiplicidad de capas aromáticas y gustativas. Según su enólogo Francois Massoc, hoy este vino es cuando mejor se degusta, pero lamentablemente sólo quedan unas pocas decenas de botellas.
Esta decisión enológica de producir Sauvignon Blanc fermentado en barricas también se ha traducido en un éxito comercial. Hoy sus vinos se exportan sobre los US$ 200 la caja y se agotan con mucha prontitud. “Pero existe el prejuicio. Las viñas chilenas piensan que no se puede vender caro. No se tienen fe. No saben vender sobre US$ 50 la caja. Prefieren seguir el estilo de Nueva Zelanda, que vende mucho, pero cada vez menos”, afirma el enólogo.
Massoc ya había realizado ensayos con uvas de Leyda con muy buenos resultados, pero sin duda la estructura frutal que logra en Coya le permite profundizar en su estilo, incluso ir subiendo año a año el porcentaje de barricas nuevas, llegando a un 20% en la cosecha 2011.
“Con la oxigenación de la barrica el vino se vuelve más resistente a la oxidación y, por lo tanto, mucho más longevo. Además los taninos y la crianza con las lías protegen los precursores aromáticos y lo vuelves un vino mucho más intelectual, más completo, más rico. Sacrificamos un poco la intensidad aromática, pero ganamos muchísimo en boca”, explica.
Pero, como bien dice Massoc, no se trata sólo de fermentar en barricas. Las viñas hay que cultivarlas pensando en vinos de guarda. Además hay trabajar las prensas y hacer toda una planificación en la bodega. Pero todos estos manejos valen más que la pena. Este nicho de vinos más ambiciosos, más multidimensionales, ofrece un montón de oportunidades de mercado. De una vez por todas hay que hacer los esfuerzos para vender más y sobre todo mejor. Los nuevos consumidores piden blancos con boca. Blancos para comer.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
10 íconos que se desmarcan del Cabernet
Hace un década era impensable que una botella que no fuera Cabernet Sauvignon superara la barrera de los US$ 100. Hoy muchas viñas desafían a su majestad con nuevas propuestas que se alejan del canon bordelés para proyectarse con una identidad más fresca e innovadora, quizás más representativa del Nuevo Mundo.
Todos quieren estar ahí. Pero sólo algunos pueden. Trasponer la barrera de los US$ 100 por una botella es un desafío de marca mayor, sobre todo para un país que históricamente se ha caracterizado por sus vinos buenos, bonitos y baratos. Primero, es imprescindible encontrar (o inventar) un concepto enológico. Puede ser un vino con sentido de origen, que resuma y exalte un lugar de condiciones privilegiadas. Segundo, tiene que ser capaz de absorber una cuantiosa inversión, tanto en manejos vitícolas (cuando el viñedo no está en perfecto equilibrio, las cosechas en verde son intensas para lograr un adecuado nivel de concentración), como de insumos enológicos, preferentemente barricas nuevas de los mejores bosques franceses, y pesadas botellas de vidrio, más apropiadas para el entrenamiento de fisiculturistas que para catadores o consumidores. Tercero, y quizás lo más importante, contar con la credibilidad suficiente para lanzarse a esta aventura sin caer al vacío. No cualquier viña puede convencer a un mercado más bien conservador, dispuesto a pagar en oro los emblemas bordeleses o borgoñones, pero escéptico cuando el producto proviene del fin del mundo.
Entonces, ¿para qué tomarse tantas molestias? La decisión de “producir” un vino ícono (o súper ícono, la nueva categoría inaugurada por Taita de Montes) no es sólo comercial, sino transita por los pedregosos caminos del marketing. Levantar la mano en este segmento, ineludible para toda bodega con aspiraciones (a veces, delirios de grandeza), nace de la necesidad de demostrar que no hay techos para su vitivinicultura, que se pueden parar de tú a tú con los emblemas franceses e italianos. Muchos afirman que estos vinos no se venden. Están hechos para las narices de los críticos. Sus entintados pulgares en alto, traducidos a puntajes que deberían sobrepasar los 95 puntos para no caer en la ignominia, pueden atizar el despliegue de la caballería, la que finalmente hace caja, la que gana la guerra, compuesta por los clásicos Cabernet Sauvignon y Sauvignon Blanc de US$ 10 o incluso menos.
Hace alguna década era impensable que un ícono chileno no fuera un Cabernet Sauvignon o al menos una mezcla bordelesa. La mayoría de estos vinos provenían de Maipo Alto, como Don Melchor, Domus Aurea, Viñedo Chadwick, Santa Rita Reserva Especial o Lota de Cousiño Macul. Sin embargo, el tablero se ha desordenado (o diversificado, como nos gusta decir). Hoy no es raro tropezar con un Carmenère sobre US$ 100, quizás el segmento donde más brilla y convence esta cepa, pero también con otras propuestas y variedades que hasta entonces se mantenían ocultas o no habían alcanzado suficiente masa crítica, como ensamblajes donde predomina el Syrah, Cabernet Franc, Pinot Noir y Carignan. Estos nuevos vinos, que antaño estaban estacionados en el subsuelo, hoy suben a grandes zancadas, enriqueciendo la iconografía chilena, agregando nuevas y en algunos casos emocionantes notas a un portafolio hasta entonces bitonal y aburrido.
El próximo paso de esta nueva generación de vinos íconos (por llamarlos de alguna manera) es seguir profundizando en nuevas propuestas, descubriendo nuevos y asombrosos lugares, pero por sobre todo ganando en estatura. Un vino de estas características no puede nacer en el departamento de marketing, sino debe tener un nivel calidad incuestionable y consistente en el tiempo, sentido de origen y, sobre todo, coherencia entre el producto final y el objetivo enológico-comercial. Ya no basta con producir vinos hiperconcentrados y guardarlos durante 24 meses en flamantes robles franceses, sino contar un buen cuento. Una historia atractiva y convincente.
Casa Silva Altura 2008
Si hay una viña que se ha jugado por el Carmenère, es Casa Silva. A través de su proyecto Microterroir en Los Lingues, ha logrado sacar lo mejor de esta cepa. Con una proporción similar de Carmenère y Cabernet Sauvignon, y aportes de Petit Verdot y de su fresco Syrah de Lolol, es una exhibición de fruta roja, dulce y jugosa, que ha sabido madurar con sabiduría durante 3 años en botella. Un vino que representa el alma de Colchagua… A la altura de la categoría.
Concha y Toro Carmín de Peumo 2011
Fue una de las primeras viñas en tomarse en serio el Carmenère, tanto que supo poner en el mapa a Peumo, esta pequeña localidad que se levanta junto al río Rapel. Proveniente del ya legendario cuartel 32, su Carmenère regala notas de arándanos, pimienta y grafito. Con aportes de Cabernet Franc de Puente Alto y Cabernet Sauvignon de sus viejas parras de Pirque, el vino se muestra firme, altivo, pero extremadamente suave. Carmín es más que un ícono de la cepa. Es un ícono de la elegancia.
Cono Sur Ocio 2011
Parecía un despropósito lanzar un ícono de una cepa con tan poca tradición en Chile. Pero Cono Sur fue arrojado y metódico. Aprovechando materiales antiguos de su fundo en Chimbarongo, su equipo enológico, y con la asesoría del borgoñón Martin Prieur, logró especializarse en esta cepa y convertirse en uno de sus más grandes productores en el mundo. Proveniente de sus campos casablanquinos El Triángulo y Campo Lindo, Ocio es un mole de flores, cerezas y ciruelas. Un Pinot Noir que no se va con chicas.
Emiliana Gê 2010
Esta mezcla tinta es el primer vino biodinámico de Latinoamérica. Pero no sólo eso. Además representa de muy buena forma la filosofía de la viña y los suelos graníticos del pie de monte de su fundo Los Robles. Su base es el Carmenère, pero muy bien apuntalado con Syrah y Cabernet Sauvignon. Con notas de frutos negros, pimienta y chocolate, el vino se siente voluptuoso, firme y en extremo goloso. Un colchagüino que mira las estrellas, pero con los pies bien puestos en la tierra.
Errázuriz La Cumbre 2011
Errázuriz fue pionera en el cultivo de Syrah. También en lanzar un ícono de esta cepa. Siempre de sus clásicos cuarteles de Panquehue –Max V y Don Maximiano–, pero esta vez con un aporte de Manzanar, perteneciente a la D.O. Aconcagua Costa, este vino se caracteriza por su gran estructura y fuerza frutal. Con notas de violetas, arándanos y especias dulces, y empujado por el frescor de la temporada 2011, este Syrah regala profundidad y exuberancia.
Maquis Franco 2010
En la confluencia del río Tinguiririca y el estero Chimbarongo, en el corazón de Colchagua, esta joven viña sorprende con una cepa poco explotada, confundida entre los componentes de mezcla, pero con un tremendo potencial en Chile. De los mejores retazos de su viñedo en el fundo Maquis, este Cabernet Franc conquista con sus notas de frutos negros, pero por sobre todo por su carácter herbal, especiado y austero. Es un Cabernet Franc con mucha tipicidad. Puro y francamente fresco.
Matetic 2010
Con su ya legendario EQ 2001, esta viña inauguró la categoría Syrah de clima frío. Un vino que desconcertó a muchos, pero maravilló a unos pocos pero influyentes, obligándolos a profundizar en el desafío de embotellar un tinto del mar. Con Matetic Syrah dieron un paso más allá. De las partes más planas de su fundo El Rosario, donde se acumula la niebla costera, nace este ícono de violetas, pimienta y mineralidad. Un sanantonino que es pura potencia y frescor.
Viu Manent Viu 1 2010
Era arriesgado identificarse tanto con un emblema trasandino, pero Viu Manent no podía desaprovechar el potencial de sus viñedos centenarios de Malbec en San Carlos de Cunaco. Invariablemente del cuartel Nº 4, este vino nace para convertirse en un ícono y hacer escuela, empujando la producción de Malbec de diferentes lares y estilos. Con la profundidad de sus frutos negros, perfumes de violetas y especias dulces, sumado a un cuerpo firme y atlético, Viu 1 deja el tango para bailar una cueca chora.
Montes Purple Angel 2011
Abriéndose paso entre los icónicos Montes M Cabernet Sauvignon y Folly Syrah, después de mucha meditación y ensayo, irrumpió este Carmenère de Colchagua. La fórmula fue combinar en partes iguales la madurez y sedosidad de Apalta, y la fresca personalidad de Marchigüe, abrochando la mezcla con un porcentaje de Petit Verdot. El resultado: elocuentes notas de moras y frambuesas, pimienta rosada, clavo de olor y una buena dosis de chocolate bitter. Un ángel que llegó con cierta timidez, pero que finalmente desplegó sus alas púrpuras para volar a gran altura.
Odjfell 2005
Fue una de las primeros viñas en visualizar el enorme potencial de los viñedos antiguos de Carignan del secano maulino. Y supo interpretar el carácter del rulo como pocas. Odjfell 2005 resume toda la filosofía de su equipo. Una viticultura sustentable, respeto por la tipicidad de la uva y elaboración de vinos frescos y profundos. Con notas de frambuesas, cerezas y moras, y una acidez alegre y punzante, este Carignan de Tres Esquinas está próximo a cumplir una década, pero aún tiene muchísimo que celebrar.
Todos quieren estar ahí. Pero sólo algunos pueden. Trasponer la barrera de los US$ 100 por una botella es un desafío de marca mayor, sobre todo para un país que históricamente se ha caracterizado por sus vinos buenos, bonitos y baratos. Primero, es imprescindible encontrar (o inventar) un concepto enológico. Puede ser un vino con sentido de origen, que resuma y exalte un lugar de condiciones privilegiadas. Segundo, tiene que ser capaz de absorber una cuantiosa inversión, tanto en manejos vitícolas (cuando el viñedo no está en perfecto equilibrio, las cosechas en verde son intensas para lograr un adecuado nivel de concentración), como de insumos enológicos, preferentemente barricas nuevas de los mejores bosques franceses, y pesadas botellas de vidrio, más apropiadas para el entrenamiento de fisiculturistas que para catadores o consumidores. Tercero, y quizás lo más importante, contar con la credibilidad suficiente para lanzarse a esta aventura sin caer al vacío. No cualquier viña puede convencer a un mercado más bien conservador, dispuesto a pagar en oro los emblemas bordeleses o borgoñones, pero escéptico cuando el producto proviene del fin del mundo.
Entonces, ¿para qué tomarse tantas molestias? La decisión de “producir” un vino ícono (o súper ícono, la nueva categoría inaugurada por Taita de Montes) no es sólo comercial, sino transita por los pedregosos caminos del marketing. Levantar la mano en este segmento, ineludible para toda bodega con aspiraciones (a veces, delirios de grandeza), nace de la necesidad de demostrar que no hay techos para su vitivinicultura, que se pueden parar de tú a tú con los emblemas franceses e italianos. Muchos afirman que estos vinos no se venden. Están hechos para las narices de los críticos. Sus entintados pulgares en alto, traducidos a puntajes que deberían sobrepasar los 95 puntos para no caer en la ignominia, pueden atizar el despliegue de la caballería, la que finalmente hace caja, la que gana la guerra, compuesta por los clásicos Cabernet Sauvignon y Sauvignon Blanc de US$ 10 o incluso menos.
Hace alguna década era impensable que un ícono chileno no fuera un Cabernet Sauvignon o al menos una mezcla bordelesa. La mayoría de estos vinos provenían de Maipo Alto, como Don Melchor, Domus Aurea, Viñedo Chadwick, Santa Rita Reserva Especial o Lota de Cousiño Macul. Sin embargo, el tablero se ha desordenado (o diversificado, como nos gusta decir). Hoy no es raro tropezar con un Carmenère sobre US$ 100, quizás el segmento donde más brilla y convence esta cepa, pero también con otras propuestas y variedades que hasta entonces se mantenían ocultas o no habían alcanzado suficiente masa crítica, como ensamblajes donde predomina el Syrah, Cabernet Franc, Pinot Noir y Carignan. Estos nuevos vinos, que antaño estaban estacionados en el subsuelo, hoy suben a grandes zancadas, enriqueciendo la iconografía chilena, agregando nuevas y en algunos casos emocionantes notas a un portafolio hasta entonces bitonal y aburrido.
El próximo paso de esta nueva generación de vinos íconos (por llamarlos de alguna manera) es seguir profundizando en nuevas propuestas, descubriendo nuevos y asombrosos lugares, pero por sobre todo ganando en estatura. Un vino de estas características no puede nacer en el departamento de marketing, sino debe tener un nivel calidad incuestionable y consistente en el tiempo, sentido de origen y, sobre todo, coherencia entre el producto final y el objetivo enológico-comercial. Ya no basta con producir vinos hiperconcentrados y guardarlos durante 24 meses en flamantes robles franceses, sino contar un buen cuento. Una historia atractiva y convincente.
Casa Silva Altura 2008
Si hay una viña que se ha jugado por el Carmenère, es Casa Silva. A través de su proyecto Microterroir en Los Lingues, ha logrado sacar lo mejor de esta cepa. Con una proporción similar de Carmenère y Cabernet Sauvignon, y aportes de Petit Verdot y de su fresco Syrah de Lolol, es una exhibición de fruta roja, dulce y jugosa, que ha sabido madurar con sabiduría durante 3 años en botella. Un vino que representa el alma de Colchagua… A la altura de la categoría.
Concha y Toro Carmín de Peumo 2011
Fue una de las primeras viñas en tomarse en serio el Carmenère, tanto que supo poner en el mapa a Peumo, esta pequeña localidad que se levanta junto al río Rapel. Proveniente del ya legendario cuartel 32, su Carmenère regala notas de arándanos, pimienta y grafito. Con aportes de Cabernet Franc de Puente Alto y Cabernet Sauvignon de sus viejas parras de Pirque, el vino se muestra firme, altivo, pero extremadamente suave. Carmín es más que un ícono de la cepa. Es un ícono de la elegancia.
Cono Sur Ocio 2011
Parecía un despropósito lanzar un ícono de una cepa con tan poca tradición en Chile. Pero Cono Sur fue arrojado y metódico. Aprovechando materiales antiguos de su fundo en Chimbarongo, su equipo enológico, y con la asesoría del borgoñón Martin Prieur, logró especializarse en esta cepa y convertirse en uno de sus más grandes productores en el mundo. Proveniente de sus campos casablanquinos El Triángulo y Campo Lindo, Ocio es un mole de flores, cerezas y ciruelas. Un Pinot Noir que no se va con chicas.
Emiliana Gê 2010
Esta mezcla tinta es el primer vino biodinámico de Latinoamérica. Pero no sólo eso. Además representa de muy buena forma la filosofía de la viña y los suelos graníticos del pie de monte de su fundo Los Robles. Su base es el Carmenère, pero muy bien apuntalado con Syrah y Cabernet Sauvignon. Con notas de frutos negros, pimienta y chocolate, el vino se siente voluptuoso, firme y en extremo goloso. Un colchagüino que mira las estrellas, pero con los pies bien puestos en la tierra.
Errázuriz La Cumbre 2011
Errázuriz fue pionera en el cultivo de Syrah. También en lanzar un ícono de esta cepa. Siempre de sus clásicos cuarteles de Panquehue –Max V y Don Maximiano–, pero esta vez con un aporte de Manzanar, perteneciente a la D.O. Aconcagua Costa, este vino se caracteriza por su gran estructura y fuerza frutal. Con notas de violetas, arándanos y especias dulces, y empujado por el frescor de la temporada 2011, este Syrah regala profundidad y exuberancia.
Maquis Franco 2010
En la confluencia del río Tinguiririca y el estero Chimbarongo, en el corazón de Colchagua, esta joven viña sorprende con una cepa poco explotada, confundida entre los componentes de mezcla, pero con un tremendo potencial en Chile. De los mejores retazos de su viñedo en el fundo Maquis, este Cabernet Franc conquista con sus notas de frutos negros, pero por sobre todo por su carácter herbal, especiado y austero. Es un Cabernet Franc con mucha tipicidad. Puro y francamente fresco.
Matetic 2010
Con su ya legendario EQ 2001, esta viña inauguró la categoría Syrah de clima frío. Un vino que desconcertó a muchos, pero maravilló a unos pocos pero influyentes, obligándolos a profundizar en el desafío de embotellar un tinto del mar. Con Matetic Syrah dieron un paso más allá. De las partes más planas de su fundo El Rosario, donde se acumula la niebla costera, nace este ícono de violetas, pimienta y mineralidad. Un sanantonino que es pura potencia y frescor.
Viu Manent Viu 1 2010
Era arriesgado identificarse tanto con un emblema trasandino, pero Viu Manent no podía desaprovechar el potencial de sus viñedos centenarios de Malbec en San Carlos de Cunaco. Invariablemente del cuartel Nº 4, este vino nace para convertirse en un ícono y hacer escuela, empujando la producción de Malbec de diferentes lares y estilos. Con la profundidad de sus frutos negros, perfumes de violetas y especias dulces, sumado a un cuerpo firme y atlético, Viu 1 deja el tango para bailar una cueca chora.
Montes Purple Angel 2011
Abriéndose paso entre los icónicos Montes M Cabernet Sauvignon y Folly Syrah, después de mucha meditación y ensayo, irrumpió este Carmenère de Colchagua. La fórmula fue combinar en partes iguales la madurez y sedosidad de Apalta, y la fresca personalidad de Marchigüe, abrochando la mezcla con un porcentaje de Petit Verdot. El resultado: elocuentes notas de moras y frambuesas, pimienta rosada, clavo de olor y una buena dosis de chocolate bitter. Un ángel que llegó con cierta timidez, pero que finalmente desplegó sus alas púrpuras para volar a gran altura.
Odjfell 2005
Fue una de las primeros viñas en visualizar el enorme potencial de los viñedos antiguos de Carignan del secano maulino. Y supo interpretar el carácter del rulo como pocas. Odjfell 2005 resume toda la filosofía de su equipo. Una viticultura sustentable, respeto por la tipicidad de la uva y elaboración de vinos frescos y profundos. Con notas de frambuesas, cerezas y moras, y una acidez alegre y punzante, este Carignan de Tres Esquinas está próximo a cumplir una década, pero aún tiene muchísimo que celebrar.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Carmenère: Del ocaso al amanecer
Cuando se cumplen 20 años del redescubrimiento del Carmenère en Chile, aún la cepa provoca múltiples discusiones en cuanto a su consistencia y potencial comercial. Hoy el Carmenère parece no estar dentro de las prioridades de una industria que ha apostado por la diversidad como bandera, pero hay un grupo de viñas que está disponible para llevar la cepa al lugar que merece. A un lugar estelar.
Recabarren gesticula y corrige el rebelde mechón de pelo que cae sobre su frente. Se pone de pie y desaparece. Vuelve sonriente a la sala de degustación. Respira extasiado las notas que arrancan de una copa teñida de carmín. “Con el Carmenère me vuelvo loco”, exclama, intentando explicar su entusiasmo. Bebe un sorbo y escupe con elegancia y precisión, como si estuviera trasegando. “¿Y qué te parece?”, pregunta ansioso. “Me parece”, respondo con una fingida frialdad, pero la verdad es que Carmín de Peumo 2007 ha evolucionado con asombrosa sapiencia. Esta cosecha tan promocionada, histórica, como la proclamó Concha y Toro, por fin comienza a mostrar todos sus atributos, esa madurez voluptuosa, envolvente y sedosa, pero acompañada por una acidez que refresca y levanta su fruta, haciéndola profundizar en el paladar, dejándonos un recuerdo imborrable.
Ignacio Recabarren, el ya mítico enólogo de Concha y Toro, cree a pie firme en el potencial de calidad del Carmenère. Cuando describe cómo sus jugos llenan los estanques durante vendimia inmediatamente comenzamos a salivar. Esa pureza, ese carácter varietal, esa efusividad de sabores frutales y especiados, es lo que pretende transmitir a través de sus vinos, especialmente a través de su línea Terrunyo. “Estamos haciendo une pequeña revolución”, asegura. Degustamos la cosecha 2013, aún en bodega, aún esperando su mejor momento para salir al mercado, y sentimos la vibración de su fruta sin interferencias o disfraces. Con sólo 6 meses en barricas, pero con un cuerpo firme, estilizado y suave, el vino nos invita al mismísimo origen de esta cepa bordelesa, a un nuevo redescubrimiento, a proyectarse con una renovada dimensión, a protagonizar un nuevo amanecer.
A pesar de que el Carmenère puede alcanzar increíbles alturas, como Carmín de Peumo de Concha y Toro, Microterroir de Los Lingues de Casa Silva, Kai de Errázuriz, Pehuén de Santa Rita o Purple Angel de Montes, la cepa no ha bailado con la bonita durante los últimos años. El entusiasmo de las viñas chilenas se ha moderado o lisa y llanamente sufre una crisis de expectativas. Desde recibir el estatus de cepa emblemática a finales de los 90, y desatar una verdadera fiebre de nuevas plantaciones, hoy el Carmenère vive tiempos complicados. Cierta confusión o incertidumbre a nivel de industria pone en duda su futuro.
Según Andrés Lavados, gerente general de Santa Rita, Chile cometió el error de inundar el mercado con vinos de bajo precio y dudosa calidad, cuando todavía no se aprendía a manejar de forma correcta la cepa, de comprender sus humores, de encontrar los lugares más apropiados para su cultivo. La industria parecía cegada por el exitismo y se apresuraron en demasía las cosas. No se le dio el tiempo que requería para presentarla en sociedad como corresponde. “Han pasado recién 20 años desde su redescubrimiento en Chile, cuando el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot la identificó en viña Carmen. La verdad, es triste lo que ha pasado y habla muy mal de nuestra forma de hacer las cosas. Partimos mal, es cierto, pero aún podemos cambiar su destino. Es una cepa que tiene un relato fantástico y la tenemos que cuidar entre todos”, sostiene.
Aunque hoy Chile se promociona en el mundo como un país productor de vinos diversos y de calidad, empujando con fuerza los tintos de clima frío, los cepajes tradicionales de secano y especialidades como las mezclas mediterráneas, el Carmenère continúa siendo una cepa importante en la estrategia global de Wines of Chile. De acuerdo con Claudio Cilvetti, su gerente general, la industria ha sido injusta con el Carmenère. “Aunque es un lugar común decirlo, no podemos olvidar que el negocio del vino es de largo plazo. En el caso del Carmenère, hemos cometido errores. ¡Hemos sido superficiales! Pasamos del éxito de su redescubrimiento al fracaso en sólo algunos años. No hemos sabido respetar sus procesos. La hemos plantado en lugares insólitos. Recién estamos comprendiendo su comportamiento y no podemos desecharla. Cuando se hace bien, el Carmenère entrega tremendos vinos y es un excelente componente de mezcla. No ha muerto. Tenemos que darle tiempo. Es nuestra cepa emblemática y diferenciadora y tenemos que empujarla”, explica.
Para Matías Rivera, gerente general de Aresti, hay ser cautos y sensatos a la hora de focalizar los esfuerzos como industria. No desconoce que ha sido una cepa importante para la vitivinicultura chilena de los últimos 20 años, pero afirma que el Cabernet Sauvignon es y seguirá siendo el actor principal. “Es el buque insignia, pero necesita apoyo. Necesita a otros jugadores en el partido. No podemos depender de una sola cepa. Abrir el portafolio es sano y clave para el éxito comercial de los países. Más es mejor, al menos en este caso. Recordemos que hace 20 años la oferta de Chile se reducía a Cabernet, Chardonnay y Merlot. Hoy la industria no se sostendría con esos tres cepajes. El portafolio tiene que ser diverso y atractivo. Dentro de esa oferta, el Carmenère es una cepa diferenciadora, pero no emblemática. Tiene un bonito relato, pero es difícil de explicar como vino”, sentencia.
De acuerdo con Ben Gordon, gerente de exportaciones de Estampa, Chile tiene que tener confianza en el Carmenère, creerse más el cuento, no cambiar el rumbo porque las ventas se han puesto difíciles en ciertos mercados. “El concepto de diversidad está muy bien, pero hay que tener cuidado. ¡Cuesta comunicarlo! Muchas viñas han perdido el foco, no encuentran su camino. Y eso es peligroso a nivel de industria. Necesitamos mostrar cierta especialidad con una oferta más seria y consistente. No se puede cambiar de estrategia cada 2 ó 3 años. Eso confunde mucho a los mercados y a los escritores de vino”, advierte.
LA GRAN CELEBRACIÓN
No ha sido fácil vender Carmenère, al menos recibir los retornos esperados, principalmente por la mala imagen que dejaron esos primeros vinos a principios de los 90, cuando aún los productores no sabían manejar los altos compuestos pirazínicos de la cepa. Según Mario Pablo Silva, director ejecutivo de Casa Silva, el Carmenère fue el emblema de la sobremadurez y de la madera para tapar esas pirazinas. Sin embargo, en los últimos dos años ha cambiado mucho esa percepción entre los líderes de opinión del mundo del vino. “Como Casa Silva o Vinos de Colchagua, hemos hecho catas en Estados Unidos, Inglaterra y Brasil, y todas ellas han sido un tremendo éxito. Los asistentes han quedado encantados con su historia y la calidad de sus vinos”, asegura.
Para él es fundamental contar bien la historia del Carmenère. “Esta cepa, que en Chile fue considerada durante décadas como un clon tardío de Merlot, desapareció de Burdeos después de la plaga de la filoxera. ¿Por qué? Porque no funcionó bien con portainjertos y necesitaba de un terroir bien particular. Hoy en Chile la sabemos manejar. Sabemos que necesita suelos con buen drenaje y mucha aireación alrededor del racimo para evitar la deshidratación. Sabemos que no es necesario esperar hasta mayo para cosechar sus uvas. Sabemos que podemos hacer muy buenos vinos, maduros, atractivos, sin alcoholes demasiado altos”, explica.
Si bien es una cepa que entrega sus mejores versiones en los segmentos altos de precio o como componente de mezcla, pues es muy difícil producir buenos vinos con rendimientos altos, como ocurre con el Syrah o Sauvignon Blanc, puede ser consistente y rentable en todos los niveles de precio con un manejo adecuado. “Cuando comencemos a preocuparnos en serio, Chile no sólo va a sobresalir por sus íconos en base a Carmenère, sino vendrá una nueva oleada de vinos varietales excelentes”, asegura Ben Gordon.
De acuerdo con el representante de Estampa, el Carmenère es fundamental para Chile y especialmente para Colchagua. Para Estampa es la cepa tinta más importante de su portafolio. Para eso han venido trabajando hace 8 años con el consultor italiano Attilio Pagli, buscando los mejores rincones de su campo en Marchigüe, afinando sus manejo para dar con vinos de clase mundial. “Ha sido interesante cómo ha evolucionando la cepa. Hace 5 años había un desequilibrio muy grande. ¡Se vendió mucho vino verde! Pero hoy el Carmenère tiene el estilo que la gente está buscando. A diferencia del Cabernet Sauvignon, tiene taninos suaves y una rica acidez, cierta amabilidad que encaja muy bien con el concepto de drinkability, además de la capacidad de producir íconos como nuestro LaCruz”, explica.
Según Gordon, existen mercados donde las cosas han sido más fáciles. “Los norteamericanos han perdonado más los errores y hoy aceptan muy bien el Carmenère, sobre todo por su sedosidad, por esas cualidades muy distintas a los Cabernet de California. En Reino Unido, por otro lado, es más complicado. A los ingleses les cuesta mucho olvidar. Sin embargo, hay que ser perseverantes. Sus vinos pueden ser más importantes que el Cabernet. “El Cabernet es una cepa que ha estado siempre en la mente de los consumidores. No la vamos a deponer a nivel de ventas, pero sí en la construcción de una imagen más distintiva y atractiva”, explica.
Para Andrés Lavados, Chile está desaprovechando una gran oportunidad. Es una cepa que cuesta vender, es verdad, pero sería un error garrafal esconderla. “Tenemos que empujarla. Es una cepa que tiene un relato fantástico y puede entregar grandes vinos, especialmente en los segmentos sobre los US$ 35 la caja. La industria no está alineada, pero estamos dispuestos a empujar el carro. Nosotros estamos en una etapa de construir. Dennos la oportunidad para defender la cepa. El Carmenère tiene un relato poderoso. Tiene que seguir siendo nuestra bandera”, afirma.
El próximo 24 de noviembre es el vigésimo aniversario del redescubrimiento del Carmenère. ¿Habrá un minuto de silencio o una fiesta a nivel de industria? Lavados no tiene dudas y hace un llamado para dejar los pies sobre la pista de baile.
SICOANALIZANDO AL CARMENÈRE
En el marco del concurso “Carmenère al Mundo” se produjo un intenso debate sobre el presente y futuro de la cepa. Aunque muchos vinos mostraron un nivel superlativo, como los ganadores Microterroir de Los Lingues de Casa Silva (categoría Carmenère Puro) y Vértice de Ventisquero (categoría Mezcla en base a Carmenère), la diversidad de estilos y de niveles cualitativos aún desconcierta. Siguen apareciendo vinos muy simplones, fenólicos y con aromas sobrepasados por las pirazinas. Otros, muy desbalanceados en la utilización de la madera, como un recurso para estructurar los vinos y disfrazar los verdores típicos cuando las uvas no alcanzan una buena madurez fenólica. De acuerdo con el gerente general de Aresti Matías Rivera, si hay 10 personas, hay 20 opiniones distintas sobre cómo debería ser un buen Carmenère. Pero una cosa está clara. Cuando la cepa está plantada en el lugar apropiado, y el equipo enológico es capaz de satisfacer sus caprichos, los vinos no sólo alcanzan una excelente calidad, sino tienen la capacidad de emocionar con su textura aterciopelada y multiplicidad de capas gustativas.
Recabarren gesticula y corrige el rebelde mechón de pelo que cae sobre su frente. Se pone de pie y desaparece. Vuelve sonriente a la sala de degustación. Respira extasiado las notas que arrancan de una copa teñida de carmín. “Con el Carmenère me vuelvo loco”, exclama, intentando explicar su entusiasmo. Bebe un sorbo y escupe con elegancia y precisión, como si estuviera trasegando. “¿Y qué te parece?”, pregunta ansioso. “Me parece”, respondo con una fingida frialdad, pero la verdad es que Carmín de Peumo 2007 ha evolucionado con asombrosa sapiencia. Esta cosecha tan promocionada, histórica, como la proclamó Concha y Toro, por fin comienza a mostrar todos sus atributos, esa madurez voluptuosa, envolvente y sedosa, pero acompañada por una acidez que refresca y levanta su fruta, haciéndola profundizar en el paladar, dejándonos un recuerdo imborrable.
Ignacio Recabarren, el ya mítico enólogo de Concha y Toro, cree a pie firme en el potencial de calidad del Carmenère. Cuando describe cómo sus jugos llenan los estanques durante vendimia inmediatamente comenzamos a salivar. Esa pureza, ese carácter varietal, esa efusividad de sabores frutales y especiados, es lo que pretende transmitir a través de sus vinos, especialmente a través de su línea Terrunyo. “Estamos haciendo une pequeña revolución”, asegura. Degustamos la cosecha 2013, aún en bodega, aún esperando su mejor momento para salir al mercado, y sentimos la vibración de su fruta sin interferencias o disfraces. Con sólo 6 meses en barricas, pero con un cuerpo firme, estilizado y suave, el vino nos invita al mismísimo origen de esta cepa bordelesa, a un nuevo redescubrimiento, a proyectarse con una renovada dimensión, a protagonizar un nuevo amanecer.
A pesar de que el Carmenère puede alcanzar increíbles alturas, como Carmín de Peumo de Concha y Toro, Microterroir de Los Lingues de Casa Silva, Kai de Errázuriz, Pehuén de Santa Rita o Purple Angel de Montes, la cepa no ha bailado con la bonita durante los últimos años. El entusiasmo de las viñas chilenas se ha moderado o lisa y llanamente sufre una crisis de expectativas. Desde recibir el estatus de cepa emblemática a finales de los 90, y desatar una verdadera fiebre de nuevas plantaciones, hoy el Carmenère vive tiempos complicados. Cierta confusión o incertidumbre a nivel de industria pone en duda su futuro.
Según Andrés Lavados, gerente general de Santa Rita, Chile cometió el error de inundar el mercado con vinos de bajo precio y dudosa calidad, cuando todavía no se aprendía a manejar de forma correcta la cepa, de comprender sus humores, de encontrar los lugares más apropiados para su cultivo. La industria parecía cegada por el exitismo y se apresuraron en demasía las cosas. No se le dio el tiempo que requería para presentarla en sociedad como corresponde. “Han pasado recién 20 años desde su redescubrimiento en Chile, cuando el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot la identificó en viña Carmen. La verdad, es triste lo que ha pasado y habla muy mal de nuestra forma de hacer las cosas. Partimos mal, es cierto, pero aún podemos cambiar su destino. Es una cepa que tiene un relato fantástico y la tenemos que cuidar entre todos”, sostiene.
Aunque hoy Chile se promociona en el mundo como un país productor de vinos diversos y de calidad, empujando con fuerza los tintos de clima frío, los cepajes tradicionales de secano y especialidades como las mezclas mediterráneas, el Carmenère continúa siendo una cepa importante en la estrategia global de Wines of Chile. De acuerdo con Claudio Cilvetti, su gerente general, la industria ha sido injusta con el Carmenère. “Aunque es un lugar común decirlo, no podemos olvidar que el negocio del vino es de largo plazo. En el caso del Carmenère, hemos cometido errores. ¡Hemos sido superficiales! Pasamos del éxito de su redescubrimiento al fracaso en sólo algunos años. No hemos sabido respetar sus procesos. La hemos plantado en lugares insólitos. Recién estamos comprendiendo su comportamiento y no podemos desecharla. Cuando se hace bien, el Carmenère entrega tremendos vinos y es un excelente componente de mezcla. No ha muerto. Tenemos que darle tiempo. Es nuestra cepa emblemática y diferenciadora y tenemos que empujarla”, explica.
Para Matías Rivera, gerente general de Aresti, hay ser cautos y sensatos a la hora de focalizar los esfuerzos como industria. No desconoce que ha sido una cepa importante para la vitivinicultura chilena de los últimos 20 años, pero afirma que el Cabernet Sauvignon es y seguirá siendo el actor principal. “Es el buque insignia, pero necesita apoyo. Necesita a otros jugadores en el partido. No podemos depender de una sola cepa. Abrir el portafolio es sano y clave para el éxito comercial de los países. Más es mejor, al menos en este caso. Recordemos que hace 20 años la oferta de Chile se reducía a Cabernet, Chardonnay y Merlot. Hoy la industria no se sostendría con esos tres cepajes. El portafolio tiene que ser diverso y atractivo. Dentro de esa oferta, el Carmenère es una cepa diferenciadora, pero no emblemática. Tiene un bonito relato, pero es difícil de explicar como vino”, sentencia.
De acuerdo con Ben Gordon, gerente de exportaciones de Estampa, Chile tiene que tener confianza en el Carmenère, creerse más el cuento, no cambiar el rumbo porque las ventas se han puesto difíciles en ciertos mercados. “El concepto de diversidad está muy bien, pero hay que tener cuidado. ¡Cuesta comunicarlo! Muchas viñas han perdido el foco, no encuentran su camino. Y eso es peligroso a nivel de industria. Necesitamos mostrar cierta especialidad con una oferta más seria y consistente. No se puede cambiar de estrategia cada 2 ó 3 años. Eso confunde mucho a los mercados y a los escritores de vino”, advierte.
LA GRAN CELEBRACIÓN
No ha sido fácil vender Carmenère, al menos recibir los retornos esperados, principalmente por la mala imagen que dejaron esos primeros vinos a principios de los 90, cuando aún los productores no sabían manejar los altos compuestos pirazínicos de la cepa. Según Mario Pablo Silva, director ejecutivo de Casa Silva, el Carmenère fue el emblema de la sobremadurez y de la madera para tapar esas pirazinas. Sin embargo, en los últimos dos años ha cambiado mucho esa percepción entre los líderes de opinión del mundo del vino. “Como Casa Silva o Vinos de Colchagua, hemos hecho catas en Estados Unidos, Inglaterra y Brasil, y todas ellas han sido un tremendo éxito. Los asistentes han quedado encantados con su historia y la calidad de sus vinos”, asegura.
Para él es fundamental contar bien la historia del Carmenère. “Esta cepa, que en Chile fue considerada durante décadas como un clon tardío de Merlot, desapareció de Burdeos después de la plaga de la filoxera. ¿Por qué? Porque no funcionó bien con portainjertos y necesitaba de un terroir bien particular. Hoy en Chile la sabemos manejar. Sabemos que necesita suelos con buen drenaje y mucha aireación alrededor del racimo para evitar la deshidratación. Sabemos que no es necesario esperar hasta mayo para cosechar sus uvas. Sabemos que podemos hacer muy buenos vinos, maduros, atractivos, sin alcoholes demasiado altos”, explica.
Si bien es una cepa que entrega sus mejores versiones en los segmentos altos de precio o como componente de mezcla, pues es muy difícil producir buenos vinos con rendimientos altos, como ocurre con el Syrah o Sauvignon Blanc, puede ser consistente y rentable en todos los niveles de precio con un manejo adecuado. “Cuando comencemos a preocuparnos en serio, Chile no sólo va a sobresalir por sus íconos en base a Carmenère, sino vendrá una nueva oleada de vinos varietales excelentes”, asegura Ben Gordon.
De acuerdo con el representante de Estampa, el Carmenère es fundamental para Chile y especialmente para Colchagua. Para Estampa es la cepa tinta más importante de su portafolio. Para eso han venido trabajando hace 8 años con el consultor italiano Attilio Pagli, buscando los mejores rincones de su campo en Marchigüe, afinando sus manejo para dar con vinos de clase mundial. “Ha sido interesante cómo ha evolucionando la cepa. Hace 5 años había un desequilibrio muy grande. ¡Se vendió mucho vino verde! Pero hoy el Carmenère tiene el estilo que la gente está buscando. A diferencia del Cabernet Sauvignon, tiene taninos suaves y una rica acidez, cierta amabilidad que encaja muy bien con el concepto de drinkability, además de la capacidad de producir íconos como nuestro LaCruz”, explica.
Según Gordon, existen mercados donde las cosas han sido más fáciles. “Los norteamericanos han perdonado más los errores y hoy aceptan muy bien el Carmenère, sobre todo por su sedosidad, por esas cualidades muy distintas a los Cabernet de California. En Reino Unido, por otro lado, es más complicado. A los ingleses les cuesta mucho olvidar. Sin embargo, hay que ser perseverantes. Sus vinos pueden ser más importantes que el Cabernet. “El Cabernet es una cepa que ha estado siempre en la mente de los consumidores. No la vamos a deponer a nivel de ventas, pero sí en la construcción de una imagen más distintiva y atractiva”, explica.
Para Andrés Lavados, Chile está desaprovechando una gran oportunidad. Es una cepa que cuesta vender, es verdad, pero sería un error garrafal esconderla. “Tenemos que empujarla. Es una cepa que tiene un relato fantástico y puede entregar grandes vinos, especialmente en los segmentos sobre los US$ 35 la caja. La industria no está alineada, pero estamos dispuestos a empujar el carro. Nosotros estamos en una etapa de construir. Dennos la oportunidad para defender la cepa. El Carmenère tiene un relato poderoso. Tiene que seguir siendo nuestra bandera”, afirma.
El próximo 24 de noviembre es el vigésimo aniversario del redescubrimiento del Carmenère. ¿Habrá un minuto de silencio o una fiesta a nivel de industria? Lavados no tiene dudas y hace un llamado para dejar los pies sobre la pista de baile.
SICOANALIZANDO AL CARMENÈRE
En el marco del concurso “Carmenère al Mundo” se produjo un intenso debate sobre el presente y futuro de la cepa. Aunque muchos vinos mostraron un nivel superlativo, como los ganadores Microterroir de Los Lingues de Casa Silva (categoría Carmenère Puro) y Vértice de Ventisquero (categoría Mezcla en base a Carmenère), la diversidad de estilos y de niveles cualitativos aún desconcierta. Siguen apareciendo vinos muy simplones, fenólicos y con aromas sobrepasados por las pirazinas. Otros, muy desbalanceados en la utilización de la madera, como un recurso para estructurar los vinos y disfrazar los verdores típicos cuando las uvas no alcanzan una buena madurez fenólica. De acuerdo con el gerente general de Aresti Matías Rivera, si hay 10 personas, hay 20 opiniones distintas sobre cómo debería ser un buen Carmenère. Pero una cosa está clara. Cuando la cepa está plantada en el lugar apropiado, y el equipo enológico es capaz de satisfacer sus caprichos, los vinos no sólo alcanzan una excelente calidad, sino tienen la capacidad de emocionar con su textura aterciopelada y multiplicidad de capas gustativas.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
10 Riesling que sacan chispas
Aún es una categoría incipiente, pero el Riesling chileno promete un futuro esplendor. Empujado principalmente por la brisa marina, comienza a forjar una personalidad propia, chispeante y extrovertida.
Con el Riesling ocurre un fenómeno extraño. Es una de las cepas blancas predilectas de los críticos, sino la favorita, pero prefiere mantenerse como un laureado actor secundario. Es como el Salinger de la vitivinicultura. Un mito. Una especie que rehúye las masas. Por más elogios, por más centímetros cuadrados en la prensa especializada, por más que se esfuercen los alemanes, austríacos y franceses, continúa como un secreto a voces entre los entendidos, como si experimentara pudor, como si odiara las luces del estrellato.
Esta personalidad ermitaña, potenciada por la atomización de la actividad vitícola del norte de Europa, ha permitido que su calidad intrínseca se haya mantenido más o menos estable a lo largo de los siglos, evitando, al menos, que los productores caigan en la tentación de aplicar una estrategia basada en el volumen. Por otra parte, los actores que se inician con la cepa, privilegian las pequeñas producciones y vinos que se posicionen en segmentos más interesantes de precio.
En la última década ha experimentado un pequeño boom entre los productores del Nuevo Mundo, desarrollando una personalidad tan atractiva como dual: mientras algunos intentan emular el carácter alemán, esa mezcla única de fineza y potencia, otros han optado por entregarse al terroir y mostrar un estilo más propio, más de la casa.
El Riesling es una cepa muy versátil y camaleónica. No sólo es capaz de reflejar con suma pureza las características de un lugar, sino además desarrollar los más disímiles estilos, desde vinos dulces y exuberantes, hasta secos y de afiladas acideces. La clave está en el azúcar. Esta cepa es propensa a la botrytis –su racimo es muy apretado–, por lo tanto es muy sensible a los humores de la temporada y, en más de alguna ocasión, termina doblándole la mano al enólogo.
En el Nuevo Mundo se ha privilegiado un estilo más bien seco, como los exponentes de los valles australianos de Clare y Eden, los neozelandeses de Waipara, los norteamericanos de Washington y Finger Lakes, y los chilenos de Casablanca, San Antonio y Leyda. Muchos de ellos sorprenden por su mineralidad y exquisita acidez cítrica. No sabemos aún si evolucionarán tan bien como los emblemas de Rheingau o Wachau, que pueden guardarse durante décadas, pero sí emocionan por su carácter, fineza y profundidad de sabores.
En Chile hay poco Riesling, pero de una sorprendente calidad. Si bien a lo largo de la costa chilena ha mostrado sus mejores atributos, existen algunos muy buenos representantes precordilleranos y de la frontera sur. Aunque los export managers se quejan amargamente, explicando cómo les cuesta vender una botella, con el Riesling no hay vuelta atrás. Arrancarlo del portafolio no es una decisión comercial. ¡Es un sacrilegio!
Cono Sur Single Vineyard Block 23 Riesling 2012
Fue una de las primeras viñas chilenas en atreverse con el Riesling. Y para eso eligió nada menos que el Valle del Biobío. En esos suelos de arcillas oscuras, que le confieren un rico toque mineral a los vinos, nace este Riesling con mucho carácter y estructura. Aunque la cálida cosecha 2012 marca su estilo, conserva esas atractivas notas cítricas y florales y, sobre todo, esa untuosa jugosidad que desde siempre lo ha caracterizado. Es un Riesling con cuerpo. Para masticarlo.
Casa Marín Miramar Riesling 2012
Costó establecer los viñedos tan cerca del mar, pero el esfuerzo valió la pena. Este Riesling de Lo Abarca regala mucho dulzor, pero con una acidez firme que pone las cosas en orden. Sus notas florales, cítricas y minerales, sumado a un cuerpo fino y atlético, conforman un vino que tiene mucho tiempo para evolucionar y seguir creciendo en complejidad de sabores.
Meli Riesling 2011
Es todo un sobreviviente, quizás una curiosidad que bien vale la pena probar. Proveniente de parras plantadas a finales de la década del 40 en el secano de Loncomilla, este Riesling transita por el lado más maduro de la cepa. Notas de manzanas y especias dulces. Sabroso y equilibrado. No es una versión de libro, pero se deja querer a través de su encantadora rusticidad.
Concha y Toro Terrunyo Riesling 2013
Templanza, llamaban los griegos al encuentro del justo medio. Y era considerada la mayor de las virtudes. En este caso, un vino que logra un asombroso equilibrio entre sabores florales y cítricos, entre fineza y potencia, entre exuberancia y sobriedad. Proveniente de Casablanca, este Riesling es el mejor ejemplo de lo que se puede lograr con esta cepa en Chile.
Apaltagua Reserva Riesling 2013
Proveniente de Río Claro, en la precordillera de Curicó, este Riesling seduce con su franqueza, jugosidad y madurez frutal. Notas de pomelos rosados, cestas de lima, manzanas y blanquillos. Un Riesling que habla de la versatilidad de la cepa y su gran poder de adaptación. De un estilo más simple, quizás más voluptuoso. Es todo un caramelo.
Cousiño Macul Isidora Riesling 2012
A muchos sorprende por su bajo precio, pero precisamente eso habla de su impresionante calidad. De la precordillera del Maipo, este Riesling irrumpe con sus notas de azahares y limas, pero después envuelve nuestro paladar con sus ricos tonos amielados. Un vino de textura sedosa, profundo y goloso, a pesar de que prácticamente no tiene azúcar residual.
Matetic Corralillo Riesling 2013
Nacido en los suelos graníticos del viñedo Santo Tomás, en el Casablanca más costero, este Riesling es pura expresión de flores y frutos amarillos. Si bien en nariz se siente maduro, ligeramente dulce, es un vino seco y con una acidez vibrante, tanto así que nos deja un retrogusto salino que nos recuerda su origen costero.
Chocalán Malvilla Riesling 2012
A sólo 5 kilómetros del mar, en la zona de Malvilla, este Riesling exhibe una rica combinación de sabores cítricos y tropicales, atravesados por trazos minerales y de flores blancas. Es un vino que regala una punzante acidez, delineando una personalidad locuaz. Es un vino maduro, pero bien apuntalado por su acidez.
Leyda Neblina Single Vineyard Riesling 2012
Proveniente de las laderas de Leyda, este Riesling sorprende por sus elocuentes sabores y gran estructura. Notas de cestas de naranja, manzana y especias dulces. También ciertos tonos amielados. Es un vino cremoso y elegante. Maduro, pero con una chispeante acidez.
Undurraga TH Riesling 2012
Flores, cestas de pomelo rosado, manzanas verdes y frutos tropicales. Mucha expresión frutal, madurez y cierto dulzor, pero muy bien apoyados por la acidez que brinda su origen costero. Proveniente de un viñedo próximo a Las Brisas de Santo Domingo, este vino n
Con el Riesling ocurre un fenómeno extraño. Es una de las cepas blancas predilectas de los críticos, sino la favorita, pero prefiere mantenerse como un laureado actor secundario. Es como el Salinger de la vitivinicultura. Un mito. Una especie que rehúye las masas. Por más elogios, por más centímetros cuadrados en la prensa especializada, por más que se esfuercen los alemanes, austríacos y franceses, continúa como un secreto a voces entre los entendidos, como si experimentara pudor, como si odiara las luces del estrellato.
Esta personalidad ermitaña, potenciada por la atomización de la actividad vitícola del norte de Europa, ha permitido que su calidad intrínseca se haya mantenido más o menos estable a lo largo de los siglos, evitando, al menos, que los productores caigan en la tentación de aplicar una estrategia basada en el volumen. Por otra parte, los actores que se inician con la cepa, privilegian las pequeñas producciones y vinos que se posicionen en segmentos más interesantes de precio.
En la última década ha experimentado un pequeño boom entre los productores del Nuevo Mundo, desarrollando una personalidad tan atractiva como dual: mientras algunos intentan emular el carácter alemán, esa mezcla única de fineza y potencia, otros han optado por entregarse al terroir y mostrar un estilo más propio, más de la casa.
El Riesling es una cepa muy versátil y camaleónica. No sólo es capaz de reflejar con suma pureza las características de un lugar, sino además desarrollar los más disímiles estilos, desde vinos dulces y exuberantes, hasta secos y de afiladas acideces. La clave está en el azúcar. Esta cepa es propensa a la botrytis –su racimo es muy apretado–, por lo tanto es muy sensible a los humores de la temporada y, en más de alguna ocasión, termina doblándole la mano al enólogo.
En el Nuevo Mundo se ha privilegiado un estilo más bien seco, como los exponentes de los valles australianos de Clare y Eden, los neozelandeses de Waipara, los norteamericanos de Washington y Finger Lakes, y los chilenos de Casablanca, San Antonio y Leyda. Muchos de ellos sorprenden por su mineralidad y exquisita acidez cítrica. No sabemos aún si evolucionarán tan bien como los emblemas de Rheingau o Wachau, que pueden guardarse durante décadas, pero sí emocionan por su carácter, fineza y profundidad de sabores.
En Chile hay poco Riesling, pero de una sorprendente calidad. Si bien a lo largo de la costa chilena ha mostrado sus mejores atributos, existen algunos muy buenos representantes precordilleranos y de la frontera sur. Aunque los export managers se quejan amargamente, explicando cómo les cuesta vender una botella, con el Riesling no hay vuelta atrás. Arrancarlo del portafolio no es una decisión comercial. ¡Es un sacrilegio!
Cono Sur Single Vineyard Block 23 Riesling 2012
Fue una de las primeras viñas chilenas en atreverse con el Riesling. Y para eso eligió nada menos que el Valle del Biobío. En esos suelos de arcillas oscuras, que le confieren un rico toque mineral a los vinos, nace este Riesling con mucho carácter y estructura. Aunque la cálida cosecha 2012 marca su estilo, conserva esas atractivas notas cítricas y florales y, sobre todo, esa untuosa jugosidad que desde siempre lo ha caracterizado. Es un Riesling con cuerpo. Para masticarlo.
Casa Marín Miramar Riesling 2012
Costó establecer los viñedos tan cerca del mar, pero el esfuerzo valió la pena. Este Riesling de Lo Abarca regala mucho dulzor, pero con una acidez firme que pone las cosas en orden. Sus notas florales, cítricas y minerales, sumado a un cuerpo fino y atlético, conforman un vino que tiene mucho tiempo para evolucionar y seguir creciendo en complejidad de sabores.
Meli Riesling 2011
Es todo un sobreviviente, quizás una curiosidad que bien vale la pena probar. Proveniente de parras plantadas a finales de la década del 40 en el secano de Loncomilla, este Riesling transita por el lado más maduro de la cepa. Notas de manzanas y especias dulces. Sabroso y equilibrado. No es una versión de libro, pero se deja querer a través de su encantadora rusticidad.
Concha y Toro Terrunyo Riesling 2013
Templanza, llamaban los griegos al encuentro del justo medio. Y era considerada la mayor de las virtudes. En este caso, un vino que logra un asombroso equilibrio entre sabores florales y cítricos, entre fineza y potencia, entre exuberancia y sobriedad. Proveniente de Casablanca, este Riesling es el mejor ejemplo de lo que se puede lograr con esta cepa en Chile.
Apaltagua Reserva Riesling 2013
Proveniente de Río Claro, en la precordillera de Curicó, este Riesling seduce con su franqueza, jugosidad y madurez frutal. Notas de pomelos rosados, cestas de lima, manzanas y blanquillos. Un Riesling que habla de la versatilidad de la cepa y su gran poder de adaptación. De un estilo más simple, quizás más voluptuoso. Es todo un caramelo.
Cousiño Macul Isidora Riesling 2012
A muchos sorprende por su bajo precio, pero precisamente eso habla de su impresionante calidad. De la precordillera del Maipo, este Riesling irrumpe con sus notas de azahares y limas, pero después envuelve nuestro paladar con sus ricos tonos amielados. Un vino de textura sedosa, profundo y goloso, a pesar de que prácticamente no tiene azúcar residual.
Matetic Corralillo Riesling 2013
Nacido en los suelos graníticos del viñedo Santo Tomás, en el Casablanca más costero, este Riesling es pura expresión de flores y frutos amarillos. Si bien en nariz se siente maduro, ligeramente dulce, es un vino seco y con una acidez vibrante, tanto así que nos deja un retrogusto salino que nos recuerda su origen costero.
Chocalán Malvilla Riesling 2012
A sólo 5 kilómetros del mar, en la zona de Malvilla, este Riesling exhibe una rica combinación de sabores cítricos y tropicales, atravesados por trazos minerales y de flores blancas. Es un vino que regala una punzante acidez, delineando una personalidad locuaz. Es un vino maduro, pero bien apuntalado por su acidez.
Leyda Neblina Single Vineyard Riesling 2012
Proveniente de las laderas de Leyda, este Riesling sorprende por sus elocuentes sabores y gran estructura. Notas de cestas de naranja, manzana y especias dulces. También ciertos tonos amielados. Es un vino cremoso y elegante. Maduro, pero con una chispeante acidez.
Undurraga TH Riesling 2012
Flores, cestas de pomelo rosado, manzanas verdes y frutos tropicales. Mucha expresión frutal, madurez y cierto dulzor, pero muy bien apoyados por la acidez que brinda su origen costero. Proveniente de un viñedo próximo a Las Brisas de Santo Domingo, este vino n
miércoles, 10 de septiembre de 2014
La nueva y despeinada estrategia de Wines of Chile
Chile hoy está posicionado, junto a la mayoría de los países del Nuevo Mundo, en un nicho que ya no admite mayores posibilidades de crecimiento. Es por eso que Wines of Chile ha dado un golpe de timón para refocalizar sus esfuerzos, mostrando un estilo más natural y cercano, más lúdico y aventurero.
El objetivo de convertirse en el productor número uno de vinos premium, sustentables y diversos del Nuevo Mundo, alcanzando ventas de vino embotellado por US$ 3.000 millones anuales y a un precio promedio de US$ 37 por caja, como se autoimpuso en el ambicioso Plan Estratégico 2020, ya parece una quimera. Si bien el segmento de vinos premium muestra su mejor performance en los últimos años, el ritmo de crecimiento no es suficiente. Chile necesita apurar el paso, pero sobre todo “despeinarse” a la hora de comunicar sus atributos. Necesita introducir una dosis de locura. A mostrarse más suelto y relajado. A dejar esa extrema formalidad para proyectar una imagen más dinámica e innovadora.
“Para este nuevo cargo en Wines of Chile -vicepresidente y principal responsable de la promoción internacional-, tuve que despeinarme un poco, incluso mi señora me compró unos pantalones rojos”, dice con humor el enólogo Aurelio Montes.
Este cambio no es sólo de vestiduras, sino involucra todo una revolución en términos de actitud. La forma en que el rubro vitivinícola se muestra al mundo, que hace ya unos lustros el británico Tim Atkin describió como un Volvo -seguro, pero aburrido-, necesitaba ser superada. Hoy el portafolio es mucho más diverso y emocionante, como un jeep 4X4 que va internándose por los senderos de la alta montaña o por los suaves lomajes de la costa, descubriendo nuevos valles y cepajes. La irrupción de vinos de clima frío, el rescate del patrimonio de vides antiguas del secano interior y las nuevas plantaciones en la Patagonia, han cambiado para siempre la forma de enfrentar el negocio del vino. El siguiente paso -quizás el más difícil- es cambiar la imagen. Cambiar los números.
“A nosotros nos pagan el sueldo los Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Sauvignon Blanc. Ésa es una verdad más grande que una catedral. Estos vinos representan una muy buena carta de presentación. Nos mantienen en primera plana. Pero, en definitiva, si queremos cambiar la percepción de los consumidores hacia nuestra vinos, tenemos que mostrar cosas más innovadoras: mostrar lo entretenido para vender lo importante”, explica Montes.
Para Mario Pablo Silva, gerente general de Casa Silva, la imagen de Chile en el exterior no posee atributos negativos, sino es un papel en blanco. Esta ausencia de una imagen-país nítida implica un gran desafío por delante, pero también una oportunidad que no se puede desaprovechar. “A diferencia de los argentinos, quienes son los reyes del marketing, nosotros somos más grises, más fríos, muy de corbata. Sin embargo, esa imagen que proyectamos no fue del todo negativa, pues nos ayudó a construir las bases de un país serio. Un país que para muchos es aún un misterio. Un país aún por descubrir”, señala.
Andrés Lavados, gerente general de Santa Rita, va más allá y afirma que la marca Chile está muy maltratada. “Históricamente hemos cometido el error de vender sólo vinos. Hoy tenemos que ser capaces de vender historias. Por ejemplo, nuestro Carmenère es una cepa con un relato fantástico, pero hemos sido incapaces de comunicarlo con fuerza y decisión. Hoy se están dando los primeros pasos. Por fin estamos entendiendo que el mundo del vino está relacionado con el entretenimiento. Podemos vender buenas historias, podemos vender emociones, sin dejar de ser un país serio y confiable a la hora de hacer negocios”, explica.
PSICOTERAPIA CHILENSIS
Claudio Cilveti, gerente general de Wines of Chile, admite que se han cometido muchos errores y que la percepción de marca-país es muy blanda. Explica que en los últimos años el posicionamiento se ha enfrentado desde el punto de vista de la gestión y no de la emoción. “Seamos honestos: somos un poco fomes. En un concurso de baile saldríamos últimos (sonríe). Nos hemos dedicado a trabajar, pero no hemos logrado transmitir lo que somos a los consumidores. Hoy crecemos sólo porque tenemos un tremendo producto, pero ¿cómo estaríamos si, además de buenos proveedores, fuéramos sexies?”, se pregunta.
Para romper con ese status quo, Wines of Chile encargó a la consultora Ipsos un estudio de posicionamiento para USA que partió con la siguiente interrogante: How can we best leverage the equity of Chile to influence consumer choice of wine and and put Chilean wines on the map? Los resultados de ese trabajo recién se han dado a conocer a las viñas chilenas y entregan valiosas pistas para entender dónde Chile está parado en el concierto internacional y en cuáles nichos se siente más cómodo y goza de mayores oportunidades de crecimiento.
Primero el estudio estableció dónde están posicionados los vinos chilenos en el corazón de los norteamericanos (“Attitudinal Equity of Brands”). Y los resultados no fueron tan sorpresivos. Chile se posicionó en el séptimo lugar con el 4,9% de las preferencias, detrás de USA (38,0%), Italia (14,3%), Francia (12,3%), Australia (7,7%), España (5,9%) y Alemania (5,5%). Si bien estos resultados no son del todo positivos, sí establecieron ciertos atributos importantes asociados a la marca Chile: vinos con una muy buena relación precio / calidad, con un carácter especiado e inusual; personalidad aventurera, exótica y no convencional; beneficios emocionales conectados a nuevas experiencias y horizontes; y una imagen-país asociada a montañas, comida exótica y, curiosamente, a carnaval.
Sin embargo, los más relevante del estudio fue la identificación de cuatro clusters de países y las motivaciones de los consumidores para elegir sus vinos: nuevas experiencias, espíritu aventurero, sabores inusuales y buen precio en relación a la calidad, donde están muy bien posicionados Chile, Argentina, Sudáfrica y en menor medida Nueva Zelanda, Alemania y España; sofisticación, tradición, lujo e historia, donde están los inamovibles Francia e Italia; celebración, espíritu libre y relajo, donde monopoliza las preferencias Australia; y por último, cotidianeidad, cercanía y good value, donde se instala cómodamente USA, los locales.
Cilveti explica que es imposible, al menos un despropósito, competir en la categoría del lujo y los conocedores donde están Francia e Italia. Tampoco resulta conveniente instalarse detrás de la actitud de celebración de Australia, “pues no es parte de nuestra idiosincrasia, además que representa un nicho muy pequeño”. Ni menos quedarse donde ya estamos. “No vamos a pelear donde todos se están sacando los ojos”, advierte. La mejor forma de crecer es tomarse el cluster de la cercanía y de la cotidianeidad, aquella instancia que agrega valor a los pequeños momentos íntimos del día a día, cuando comemos junto a la familia o bebemos una copa como recompensa de un arduo día de trabajo. “Este cluster representa un espacio muy interesante y que está francamente inexplotado en términos de marketing. Ahí queremos crecer. Ahí queremos no sólo ubicarnos, sino convertirnos en un referente”, anuncia el gerente de Wines of Chile.
TODOS A BORDO
Bajo la siguiente esencia de marca -“Experience wine in an honest, genuine way; where wine functions as an authentic and sincere proposition to enhance everyday life-, Chile inicia una nueva etapa en términos de estrategia de promoción. Pero antes tiene la difícil misión de alinear a los departamentos de marketing de las viñas y llegar lo más lejos posible con el modesto presupuesto que manejan como gremio. Para la campaña de difusión en USA, por ejemplo, el presupuesto sería entre US$ 800 mil y US$ 1,5 millones. “Lamentablemente cuando llega la hora de abrir la billetera los programas se cortan”, dice con humor y resignación Cilveti.
Esta bocanada de aire fresco, que aún encuentra cierta resistencia en algunos sectores más conservadores, comienza a cambiar un poco el panorama. A crear un ambiente menos insular o claustrofóbico. A comunicar una propuesta más disruptiva y que genera emociones. Los nuevos formatos para las degustaciones (mesas redondas en lugar de mesones que parecían desolados islotes) y catas temáticas, donde se incluyen vinos de terroir y muchas veces producciones artesanales, sin duda han sido iniciativas que apuntan a esta dirección, dibujando la imagen de un sector más diverso e inclusivo.
Según Marcelo Retamal, enólogo de De Martino e invitado especial del comité de marketing conformado además por Isabel Guilisasti (Concha y Toro), Eduardo Chadwick (Errázuriz), Agustín Huneeus (Veramonte) y el ya citado Aurelio Montes (Montes), había que mostrar un Chile diferente, cambiar el esquema y transparentar las invitaciones a periodistas especializados, haciendo que ellos armen sus propios programas con entera libertad, sin presiones o interferencias.
“Hoy es parte de la estrategia incluir a movimientos que no forman parte de Wines of Chile, como MOVI (Movimiento de Viñateros Independientes) y VIGNO (Vignadores de Carignan). Tenemos que estar todos alienados detrás de los objetivos. Tenemos que remar todos para el mismo lado. No podemos mostrar sólo el líquido. Los periodistas o líderes de opinión vienen a ver personas. Y detrás de esas personas están los vinos. Es complicado. Porque todos quieren ver a Montes o Chadwick, pero las viñas tienen que entender. Tener capacidad de autocrítica. Hay viñas con un tremendo proyecto, pero con una comunicación pésima”, explica.
Esta actitud más aventurera, más despeinada, ya comenzó en USA con la llamada “Wine Bar War”, donde compitieron cuatro grupos de connotados sommeliers en la construcción de un wine bar con vinos chilenos. Fue una especie de reality show, que no sólo involucró talento y conocimiento para confeccionar la carta más atractiva, sino además mucho espíritu lúdico y habilidades decorativas. “I think that my perception of how Wines of Chile is approaching the market is changing. A program like this shows me that Wines of Chile is looking to create positive associations between Chilean wine as a category and consumers, rather than just educating or marketing in a traditional sense”, apuntó la sommelier Morgan Harris.
Pero las actividades de promoción de este año tendrán su punto cúlmine en noviembre, cuando suelte amarras el Magical Mystery Tour. En esta travesía, capitaneada por Aurelio Montes y Marcelo Retamal, una veintena de escritores de vino de Estados Unidos y Canadá navegarán por la Patagonia a bordo del Australis. Durante cuatro días, en los cuales compartirán con los enólogos de las viñas chilenas, se realizará una serie de catas temáticas, entre ellas de Cabernet Sauvignon, blancos y Pinot Noir de clima frío, tintos mediterráneos y vinos que representan esta nueva e innovadora escena vitivinícola.
“En el barco se subirán sólo enólogos. Los export managers o comerciales quedarán abajo. No es fácil tomar este tipo de decisiones, pero creemos que es el camino más conveniente. Queremos crear relaciones a nivel personal, que las comunicaciones sean más naturales, sin que se note un esfuerzo de venta por detrás. Los enólogos chilenos, si bien no son los mejores presentadores del mundo, son bien entretenidos. Siempre terminan las reuniones con las patas en la piscina (se ríe). Seguramente vamos a seguir vendiendo Cabernet Sauvignon, pero lo periodistas tienen que ver cosas nuevas”, afirma Marcelo Retamal.
“No vamos a jugar a ser hippies, porque no lo somos. Tampoco somos los reyes de las fiestas electrónicas. Pero sí nos gustan las actividades al aire libre, el turismo sustentable, como salir de excursión o hacer pesca deportiva en la Patagonia”, dice Mario Pablo Silva. “Tenemos que encontrar una forma muy nuestra de mostrarnos. Nosotros no nos entretenemos bailando como los brasileros, sino que con una buen asado y conversación. Hay que reconocerlo: nosotros no inventamos la alegría, pero somos bastante más cool de lo que creemos”, agrega Andrés Lavados.
El objetivo de convertirse en el productor número uno de vinos premium, sustentables y diversos del Nuevo Mundo, alcanzando ventas de vino embotellado por US$ 3.000 millones anuales y a un precio promedio de US$ 37 por caja, como se autoimpuso en el ambicioso Plan Estratégico 2020, ya parece una quimera. Si bien el segmento de vinos premium muestra su mejor performance en los últimos años, el ritmo de crecimiento no es suficiente. Chile necesita apurar el paso, pero sobre todo “despeinarse” a la hora de comunicar sus atributos. Necesita introducir una dosis de locura. A mostrarse más suelto y relajado. A dejar esa extrema formalidad para proyectar una imagen más dinámica e innovadora.
“Para este nuevo cargo en Wines of Chile -vicepresidente y principal responsable de la promoción internacional-, tuve que despeinarme un poco, incluso mi señora me compró unos pantalones rojos”, dice con humor el enólogo Aurelio Montes.
Este cambio no es sólo de vestiduras, sino involucra todo una revolución en términos de actitud. La forma en que el rubro vitivinícola se muestra al mundo, que hace ya unos lustros el británico Tim Atkin describió como un Volvo -seguro, pero aburrido-, necesitaba ser superada. Hoy el portafolio es mucho más diverso y emocionante, como un jeep 4X4 que va internándose por los senderos de la alta montaña o por los suaves lomajes de la costa, descubriendo nuevos valles y cepajes. La irrupción de vinos de clima frío, el rescate del patrimonio de vides antiguas del secano interior y las nuevas plantaciones en la Patagonia, han cambiado para siempre la forma de enfrentar el negocio del vino. El siguiente paso -quizás el más difícil- es cambiar la imagen. Cambiar los números.
“A nosotros nos pagan el sueldo los Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Sauvignon Blanc. Ésa es una verdad más grande que una catedral. Estos vinos representan una muy buena carta de presentación. Nos mantienen en primera plana. Pero, en definitiva, si queremos cambiar la percepción de los consumidores hacia nuestra vinos, tenemos que mostrar cosas más innovadoras: mostrar lo entretenido para vender lo importante”, explica Montes.
Para Mario Pablo Silva, gerente general de Casa Silva, la imagen de Chile en el exterior no posee atributos negativos, sino es un papel en blanco. Esta ausencia de una imagen-país nítida implica un gran desafío por delante, pero también una oportunidad que no se puede desaprovechar. “A diferencia de los argentinos, quienes son los reyes del marketing, nosotros somos más grises, más fríos, muy de corbata. Sin embargo, esa imagen que proyectamos no fue del todo negativa, pues nos ayudó a construir las bases de un país serio. Un país que para muchos es aún un misterio. Un país aún por descubrir”, señala.
Andrés Lavados, gerente general de Santa Rita, va más allá y afirma que la marca Chile está muy maltratada. “Históricamente hemos cometido el error de vender sólo vinos. Hoy tenemos que ser capaces de vender historias. Por ejemplo, nuestro Carmenère es una cepa con un relato fantástico, pero hemos sido incapaces de comunicarlo con fuerza y decisión. Hoy se están dando los primeros pasos. Por fin estamos entendiendo que el mundo del vino está relacionado con el entretenimiento. Podemos vender buenas historias, podemos vender emociones, sin dejar de ser un país serio y confiable a la hora de hacer negocios”, explica.
PSICOTERAPIA CHILENSIS
Claudio Cilveti, gerente general de Wines of Chile, admite que se han cometido muchos errores y que la percepción de marca-país es muy blanda. Explica que en los últimos años el posicionamiento se ha enfrentado desde el punto de vista de la gestión y no de la emoción. “Seamos honestos: somos un poco fomes. En un concurso de baile saldríamos últimos (sonríe). Nos hemos dedicado a trabajar, pero no hemos logrado transmitir lo que somos a los consumidores. Hoy crecemos sólo porque tenemos un tremendo producto, pero ¿cómo estaríamos si, además de buenos proveedores, fuéramos sexies?”, se pregunta.
Para romper con ese status quo, Wines of Chile encargó a la consultora Ipsos un estudio de posicionamiento para USA que partió con la siguiente interrogante: How can we best leverage the equity of Chile to influence consumer choice of wine and and put Chilean wines on the map? Los resultados de ese trabajo recién se han dado a conocer a las viñas chilenas y entregan valiosas pistas para entender dónde Chile está parado en el concierto internacional y en cuáles nichos se siente más cómodo y goza de mayores oportunidades de crecimiento.
Primero el estudio estableció dónde están posicionados los vinos chilenos en el corazón de los norteamericanos (“Attitudinal Equity of Brands”). Y los resultados no fueron tan sorpresivos. Chile se posicionó en el séptimo lugar con el 4,9% de las preferencias, detrás de USA (38,0%), Italia (14,3%), Francia (12,3%), Australia (7,7%), España (5,9%) y Alemania (5,5%). Si bien estos resultados no son del todo positivos, sí establecieron ciertos atributos importantes asociados a la marca Chile: vinos con una muy buena relación precio / calidad, con un carácter especiado e inusual; personalidad aventurera, exótica y no convencional; beneficios emocionales conectados a nuevas experiencias y horizontes; y una imagen-país asociada a montañas, comida exótica y, curiosamente, a carnaval.
Sin embargo, los más relevante del estudio fue la identificación de cuatro clusters de países y las motivaciones de los consumidores para elegir sus vinos: nuevas experiencias, espíritu aventurero, sabores inusuales y buen precio en relación a la calidad, donde están muy bien posicionados Chile, Argentina, Sudáfrica y en menor medida Nueva Zelanda, Alemania y España; sofisticación, tradición, lujo e historia, donde están los inamovibles Francia e Italia; celebración, espíritu libre y relajo, donde monopoliza las preferencias Australia; y por último, cotidianeidad, cercanía y good value, donde se instala cómodamente USA, los locales.
Cilveti explica que es imposible, al menos un despropósito, competir en la categoría del lujo y los conocedores donde están Francia e Italia. Tampoco resulta conveniente instalarse detrás de la actitud de celebración de Australia, “pues no es parte de nuestra idiosincrasia, además que representa un nicho muy pequeño”. Ni menos quedarse donde ya estamos. “No vamos a pelear donde todos se están sacando los ojos”, advierte. La mejor forma de crecer es tomarse el cluster de la cercanía y de la cotidianeidad, aquella instancia que agrega valor a los pequeños momentos íntimos del día a día, cuando comemos junto a la familia o bebemos una copa como recompensa de un arduo día de trabajo. “Este cluster representa un espacio muy interesante y que está francamente inexplotado en términos de marketing. Ahí queremos crecer. Ahí queremos no sólo ubicarnos, sino convertirnos en un referente”, anuncia el gerente de Wines of Chile.
TODOS A BORDO
Bajo la siguiente esencia de marca -“Experience wine in an honest, genuine way; where wine functions as an authentic and sincere proposition to enhance everyday life-, Chile inicia una nueva etapa en términos de estrategia de promoción. Pero antes tiene la difícil misión de alinear a los departamentos de marketing de las viñas y llegar lo más lejos posible con el modesto presupuesto que manejan como gremio. Para la campaña de difusión en USA, por ejemplo, el presupuesto sería entre US$ 800 mil y US$ 1,5 millones. “Lamentablemente cuando llega la hora de abrir la billetera los programas se cortan”, dice con humor y resignación Cilveti.
Esta bocanada de aire fresco, que aún encuentra cierta resistencia en algunos sectores más conservadores, comienza a cambiar un poco el panorama. A crear un ambiente menos insular o claustrofóbico. A comunicar una propuesta más disruptiva y que genera emociones. Los nuevos formatos para las degustaciones (mesas redondas en lugar de mesones que parecían desolados islotes) y catas temáticas, donde se incluyen vinos de terroir y muchas veces producciones artesanales, sin duda han sido iniciativas que apuntan a esta dirección, dibujando la imagen de un sector más diverso e inclusivo.
Según Marcelo Retamal, enólogo de De Martino e invitado especial del comité de marketing conformado además por Isabel Guilisasti (Concha y Toro), Eduardo Chadwick (Errázuriz), Agustín Huneeus (Veramonte) y el ya citado Aurelio Montes (Montes), había que mostrar un Chile diferente, cambiar el esquema y transparentar las invitaciones a periodistas especializados, haciendo que ellos armen sus propios programas con entera libertad, sin presiones o interferencias.
“Hoy es parte de la estrategia incluir a movimientos que no forman parte de Wines of Chile, como MOVI (Movimiento de Viñateros Independientes) y VIGNO (Vignadores de Carignan). Tenemos que estar todos alienados detrás de los objetivos. Tenemos que remar todos para el mismo lado. No podemos mostrar sólo el líquido. Los periodistas o líderes de opinión vienen a ver personas. Y detrás de esas personas están los vinos. Es complicado. Porque todos quieren ver a Montes o Chadwick, pero las viñas tienen que entender. Tener capacidad de autocrítica. Hay viñas con un tremendo proyecto, pero con una comunicación pésima”, explica.
Esta actitud más aventurera, más despeinada, ya comenzó en USA con la llamada “Wine Bar War”, donde compitieron cuatro grupos de connotados sommeliers en la construcción de un wine bar con vinos chilenos. Fue una especie de reality show, que no sólo involucró talento y conocimiento para confeccionar la carta más atractiva, sino además mucho espíritu lúdico y habilidades decorativas. “I think that my perception of how Wines of Chile is approaching the market is changing. A program like this shows me that Wines of Chile is looking to create positive associations between Chilean wine as a category and consumers, rather than just educating or marketing in a traditional sense”, apuntó la sommelier Morgan Harris.
Pero las actividades de promoción de este año tendrán su punto cúlmine en noviembre, cuando suelte amarras el Magical Mystery Tour. En esta travesía, capitaneada por Aurelio Montes y Marcelo Retamal, una veintena de escritores de vino de Estados Unidos y Canadá navegarán por la Patagonia a bordo del Australis. Durante cuatro días, en los cuales compartirán con los enólogos de las viñas chilenas, se realizará una serie de catas temáticas, entre ellas de Cabernet Sauvignon, blancos y Pinot Noir de clima frío, tintos mediterráneos y vinos que representan esta nueva e innovadora escena vitivinícola.
“En el barco se subirán sólo enólogos. Los export managers o comerciales quedarán abajo. No es fácil tomar este tipo de decisiones, pero creemos que es el camino más conveniente. Queremos crear relaciones a nivel personal, que las comunicaciones sean más naturales, sin que se note un esfuerzo de venta por detrás. Los enólogos chilenos, si bien no son los mejores presentadores del mundo, son bien entretenidos. Siempre terminan las reuniones con las patas en la piscina (se ríe). Seguramente vamos a seguir vendiendo Cabernet Sauvignon, pero lo periodistas tienen que ver cosas nuevas”, afirma Marcelo Retamal.
“No vamos a jugar a ser hippies, porque no lo somos. Tampoco somos los reyes de las fiestas electrónicas. Pero sí nos gustan las actividades al aire libre, el turismo sustentable, como salir de excursión o hacer pesca deportiva en la Patagonia”, dice Mario Pablo Silva. “Tenemos que encontrar una forma muy nuestra de mostrarnos. Nosotros no nos entretenemos bailando como los brasileros, sino que con una buen asado y conversación. Hay que reconocerlo: nosotros no inventamos la alegría, pero somos bastante más cool de lo que creemos”, agrega Andrés Lavados.
jueves, 28 de agosto de 2014
La fiebre de los puntajes
Esta vez el informe de The Wine Advocate provocó más sonrisas que dolores estomacales, pero las cuentas no son tan alegres como parecen. ¿Le conviene a Chile tomar tan a pecho los vaticinios de los gurúes de la crítica? ¿Son los puntajes un mal (in) necesario?
Perdón, pero tengo que partir así: no me gustan los puntajes. Tampoco creo en ellos. Por muy avezado que sea el catador, por más experiencia que tenga en el mundo del vino, son sólo una radiografía del momento, un instante, efímero, pasajero, como un tren que pasa dejando una imagen difuminada. Son una burda reducción de un universo complejo, prácticamente inabarcable, que reúne variables imposibles de cuantificar, sobre todo cuando se cata a ciegas, sin contexto, sin un rostro detrás del vino, sin sentir la vibración de su viñedo, solo ante este líquido viscoso que se balancea en una copa, exudando aromas lejanos que tratamos de reconocer a través de nuestros propios recuerdos.
En la apreciación del vino influyen muchas variables. La técnica y experiencia del catador son fundamentales, por supuesto, pero también su estado de ánimo y el contexto en el que se desenvuelve la degustación. No es lo mismo catar en un ambiente prístino de laboratorio que en un quincho rodeado de viñas y cantos de pájaros. No es lo mismo catar a primera hora de la mañana que después de un regado cordero al palo. No es lo mismo catar en solitario que en un panel donde se debate, compara y polemiza. No es lo mismo catar 15 minutos con un enólogo que pasar toda la tarde con el dueño de una viña, dando vueltas en helicóptero, mirando el negocio desde arriba. No, no puede ser lo mismo.
Tampoco los puntajes reflejan sólo la opinión honesta y cristalina de un catador. Responden a la línea editorial del medio al cual pertenecen (y en algunos casos de sus compromisos comerciales). Hay medios más enfocados al mercado del lujo, donde un modesto Cinsault del Itata simplemente no encuentra escala posible. Algunos tienen como referentes los grandes clásicos franceses, y los vinos de otros lares, especialmente los del fin del mundo, tienen que pelear contra prejuicios, fantasmas y mitos. Y los nunca bien ponderados bloggies, aunque gozan de mayor independencia y a veces incluso arrojo, lamentablemente aún su influencia es tan precaria como sus recursos para viajar y apilar muestras.
Los puntajes, especialmente la escala de las 100 unidades, han provocado consecuencias contradictorias. Por un lado, han acercado el mundo del vino a una masa que mantenía distancia con este lenguaje de taninos y ésteres, ataviado con candelabros y señoriales retratos, pero, por otro lado, han impuesto una visión simplista y en ciertos casos totalizadora. Unos pocos medios, que han sido visionarios y sagaces al imponer un exitoso modelo comercial en una actividad que antaño era un lúdico pasatiempo, han hecho sentir sus preferencias por ciertos estilos de vino y de alguna forma han influenciado su mismísima elaboración, convirtiendo un producto único e irrepetible en un simple commodity. Este proceso de estandarización, donde los vinos batallan en las góndolas por imagen y precio, ha terminado por distanciar el vino de su propia naturaleza.
CONSAGRACIÓN DEL CARIGNAN
La visita de Luis Gutiérrez, quien ensayaba su primer informe sobre Chile para The Wine Advocate de Robert Parker Jr., dejó una muy buena sensación de boca. No sólo hubo un cambio de estilo en la relación con los productores chilenos, un trato más distendido y coloquial, más relajado, si se quiere, sino además los puntajes dejaron contentos (al menos satisfechos) a moros y cristianos. Después del terremoto que provocó el británico Neal Martin, su antecesor en esta complicada e incomprendida pega, los puntajes y apreciaciones de Gutiérrez generaron más suspiros de alivio que tiritones.
“Neal Martin es un degustador de un gran nivel y con mucha experiencia, pero fue demasiado franco y directo con los chilenos. En una semana nos sacó una radiografía rápida, limpia, seca y que nadie quería escuchar. Para nosotros fue una pérdida, porque siempre nos fue bien con él. Con Luis Gutiérrez es diferente. Es español y entiende mejor nuestra cultura. Además es un gozador. Le gusta tomar, comer y conversar”, cuenta Marcelo Retamal, quien obtuvo 95 puntos con Vigno Single Vineyard La Aguada Carignan 2011, encabezando el ranking chileno en el último informe de The Wine Advocate.
Retamal dice que todos los premios son importantes, pero éste tiene un especial significado. “De alguna manera reafirma y valida nuestra declaración de principios, la decisión que tomamos como viña en 2011: desechar las barricas para vinificar en fudres, cosechar más temprano para hacer vinos más bajos en alcohol y destacar lo más posible la tipicidad de nuestros viñedos y uvas”.
Sin embargo, este reporte también valida una cepa que durante décadas estuvo olvidada, diluida en graneles, garrafas y cartones, elevando el secano maulino a lo más alto del podio. Según Derek Mossman, viñatero de Garage Wine Co., la clave del informe es que destruye lo que él llama algunos techos de reticencia. “Los críticos casi siempre han tenido ciertos lugares predilectos que puntean muy arriba, como es el caso de Puente Alto. Ahora se rompió ese esquema. Los puntajes que lograron De Martino y muchos otros Carignan (incluido el suyo) demuestran que las variedades mediterráneas tienen tanto o más potencial que las afrancesadas, ésas que los chilenos siempre han considerado nobles”, afirma.
Para Marcelo Retamal, una de las principales lecturas del informe (al menos, subliminal), es que detrás de los vinos mejor punteados siempre hay una cara reconocible. “El pH de los vinos, la maceración carbónica y la barrica francesa son sólo anécdotas. Los proyectos de Pablo Morandé (Bodegas RE) y Francois Massoc (Aristos, Clos de Fous y Calyptra) recibieron altísimos puntajes porque sus vinos se identifican con ellos. Cuando los críticos ven personas y no empresas cambia la cosa. Es un factor muy relevante”, sostiene.
Francois Massoc opina que las descripciones de los vinos son muy atractivas y detalladas. A diferencia de otros escritores, quienes crucifican los vinos con 80 y tantos puntos, las reseñas de Gutiérrez motivan, invitan a probar, generan curiosidad y expectativa. Además destaca los proyectos nuevos, a escala humana, pero sin dejar a la deriva las grandes compañías. “Les busca también la cosa bonita”, sonríe. “Pero lo más importante es que Chile ya no es sólo Maipo Alto y Cabernet Sauvignon, sino el informe valora otras cepas como la País. Puede que estos vinos no saquen 95 puntos, pero los pone ahí, entre los grandes”.
Los resultados publicados por The Wine Advocate, sin embargo, no dan para bailar cueca toda la noche. De acuerdo con el enólogo de De Martino, si los comparamos con los de Argentina, las cuentas no son tan alegres. “Con 94 puntos o más, fueron calificados más de 30 vinos argentinos contra 7 chilenos. ¡Fue una paliza! ¿Cuál es la razón? La mayoría de los altos puntajes de Argentina correspondió a Catena Zapata y Gran Enemigo de Alejandro Vigil. Nuevamente lo mismo: hay una persona, una cara visible detrás de estos proyectos”, explica.
La lectura que hace Retamal es que Chile una vez más salió a vender Cabernet Sauvignon porque “es la cepa que paga la cuenta de la luz y porque corresponde a la tradición de los aristócratas que en su tiempo querían ser como Château Margaux. Pero, cuando viene un periodista de este calibre, en pleno verano, cuando caen los patos asados, no le hacen mucho sentido esos vinos. Espera variedades que se adapten mejor a nuestras condiciones climáticas, como pueden ser las mediterráneas y en este caso un Carignan de viñedo viejo y de secano”.
CREERSE EL CUENTO
Para Francois Massoc, es imprescindible mantener siempre la templanza. Después de la publicación de sus puntajes, muchos colegas lo han contactado para preguntarle cómo hace los trasiegos, los remontajes, mientras él se pregunta: “¿Por qué me llaman ahora si nunca antes les habían gustado mis vinos? Así es que no me queda otra que tomarme esto con humildad. No hay que creerse el cuento. Tampoco va con mi carácter. Quien lo hace está sonado. Ha entendido nada. El puntaje no es el juicio final ni mucho menos. Es sólo un indicador, una opinión. Sólo hay que leer los comentarios para mejorar”, explica.
Retamal dice que existe una sobreestimación de los puntajes. “La gente todavía cree que sirven para vender, pero fundamentalmente lo que hacen es crear o posicionar la marca. Los puntajes validan a los enólogos frente al directorio de la empresa, porque no basta con que yo encuentre rico mi vino, sino de alguna forma necesito que alguien lo sostenga”, afirma. “Yo mando mis vinos cuando ya casi no me quedan. Me interesa que el crítico me respalde, pero no ese lote, no esa cosecha en particular, sino el proyecto”, agrega Derek Mossman.
En las últimas décadas muchas viñas han bailado con fruición el monocorde ritmo de los puntajes, llegando al absurdo de producir distintas versiones de un mismo vino para satisfacer paladares que parecen irreconciliables, como son los estadounidenses y británicos. En vez de proyectar el estilo o la filosofía de la casa, en vez de exaltar las características únicas de un viñedo, en vez de construir una identidad propia y distintiva, han preferido intentar satisfacer un supuesto gusto o preferencia de una cierta parte de la crítica.
“Ciertas viñas, las que pueden, explotan comunicacionalmente sus puntajes, pero nada de esto tiene mucho sentido si se transforma en el único argumento de venta. A veces es tanta la sobrevaloración de los puntajes de Wine Spectator o Parker, que incluso han echado a colegas por no alcanzar los números que los dueños esperaban”, dice Massoc. “Tampoco puedes ajustar el estilo de tus vinos al gusto de un catador. Es ridículo cambiar tus vinos por los puntos. Los críticos no quieren eso. Las viñas tienen que tener confianza en su campo, en su productor, en su estilo. Tienen que creerse más el cuento”.
Esta verdadera obsesión por los puntos no sólo ha provocado un cierta monotonía de la oferta, restándole frescura y emoción al portafolio chileno, sino además ha distraído a los productores de lo fundamental: elaborar un buen vino, que refleje fielmente lo que son (o lo que quieren llegar a ser) y buscar en el mundo personas que lo aprecien y disfruten. Tan simple, tan complicado como eso.
Perdón, pero tengo que partir así: no me gustan los puntajes. Tampoco creo en ellos. Por muy avezado que sea el catador, por más experiencia que tenga en el mundo del vino, son sólo una radiografía del momento, un instante, efímero, pasajero, como un tren que pasa dejando una imagen difuminada. Son una burda reducción de un universo complejo, prácticamente inabarcable, que reúne variables imposibles de cuantificar, sobre todo cuando se cata a ciegas, sin contexto, sin un rostro detrás del vino, sin sentir la vibración de su viñedo, solo ante este líquido viscoso que se balancea en una copa, exudando aromas lejanos que tratamos de reconocer a través de nuestros propios recuerdos.
En la apreciación del vino influyen muchas variables. La técnica y experiencia del catador son fundamentales, por supuesto, pero también su estado de ánimo y el contexto en el que se desenvuelve la degustación. No es lo mismo catar en un ambiente prístino de laboratorio que en un quincho rodeado de viñas y cantos de pájaros. No es lo mismo catar a primera hora de la mañana que después de un regado cordero al palo. No es lo mismo catar en solitario que en un panel donde se debate, compara y polemiza. No es lo mismo catar 15 minutos con un enólogo que pasar toda la tarde con el dueño de una viña, dando vueltas en helicóptero, mirando el negocio desde arriba. No, no puede ser lo mismo.
Tampoco los puntajes reflejan sólo la opinión honesta y cristalina de un catador. Responden a la línea editorial del medio al cual pertenecen (y en algunos casos de sus compromisos comerciales). Hay medios más enfocados al mercado del lujo, donde un modesto Cinsault del Itata simplemente no encuentra escala posible. Algunos tienen como referentes los grandes clásicos franceses, y los vinos de otros lares, especialmente los del fin del mundo, tienen que pelear contra prejuicios, fantasmas y mitos. Y los nunca bien ponderados bloggies, aunque gozan de mayor independencia y a veces incluso arrojo, lamentablemente aún su influencia es tan precaria como sus recursos para viajar y apilar muestras.
Los puntajes, especialmente la escala de las 100 unidades, han provocado consecuencias contradictorias. Por un lado, han acercado el mundo del vino a una masa que mantenía distancia con este lenguaje de taninos y ésteres, ataviado con candelabros y señoriales retratos, pero, por otro lado, han impuesto una visión simplista y en ciertos casos totalizadora. Unos pocos medios, que han sido visionarios y sagaces al imponer un exitoso modelo comercial en una actividad que antaño era un lúdico pasatiempo, han hecho sentir sus preferencias por ciertos estilos de vino y de alguna forma han influenciado su mismísima elaboración, convirtiendo un producto único e irrepetible en un simple commodity. Este proceso de estandarización, donde los vinos batallan en las góndolas por imagen y precio, ha terminado por distanciar el vino de su propia naturaleza.
CONSAGRACIÓN DEL CARIGNAN
La visita de Luis Gutiérrez, quien ensayaba su primer informe sobre Chile para The Wine Advocate de Robert Parker Jr., dejó una muy buena sensación de boca. No sólo hubo un cambio de estilo en la relación con los productores chilenos, un trato más distendido y coloquial, más relajado, si se quiere, sino además los puntajes dejaron contentos (al menos satisfechos) a moros y cristianos. Después del terremoto que provocó el británico Neal Martin, su antecesor en esta complicada e incomprendida pega, los puntajes y apreciaciones de Gutiérrez generaron más suspiros de alivio que tiritones.
“Neal Martin es un degustador de un gran nivel y con mucha experiencia, pero fue demasiado franco y directo con los chilenos. En una semana nos sacó una radiografía rápida, limpia, seca y que nadie quería escuchar. Para nosotros fue una pérdida, porque siempre nos fue bien con él. Con Luis Gutiérrez es diferente. Es español y entiende mejor nuestra cultura. Además es un gozador. Le gusta tomar, comer y conversar”, cuenta Marcelo Retamal, quien obtuvo 95 puntos con Vigno Single Vineyard La Aguada Carignan 2011, encabezando el ranking chileno en el último informe de The Wine Advocate.
Retamal dice que todos los premios son importantes, pero éste tiene un especial significado. “De alguna manera reafirma y valida nuestra declaración de principios, la decisión que tomamos como viña en 2011: desechar las barricas para vinificar en fudres, cosechar más temprano para hacer vinos más bajos en alcohol y destacar lo más posible la tipicidad de nuestros viñedos y uvas”.
Sin embargo, este reporte también valida una cepa que durante décadas estuvo olvidada, diluida en graneles, garrafas y cartones, elevando el secano maulino a lo más alto del podio. Según Derek Mossman, viñatero de Garage Wine Co., la clave del informe es que destruye lo que él llama algunos techos de reticencia. “Los críticos casi siempre han tenido ciertos lugares predilectos que puntean muy arriba, como es el caso de Puente Alto. Ahora se rompió ese esquema. Los puntajes que lograron De Martino y muchos otros Carignan (incluido el suyo) demuestran que las variedades mediterráneas tienen tanto o más potencial que las afrancesadas, ésas que los chilenos siempre han considerado nobles”, afirma.
Para Marcelo Retamal, una de las principales lecturas del informe (al menos, subliminal), es que detrás de los vinos mejor punteados siempre hay una cara reconocible. “El pH de los vinos, la maceración carbónica y la barrica francesa son sólo anécdotas. Los proyectos de Pablo Morandé (Bodegas RE) y Francois Massoc (Aristos, Clos de Fous y Calyptra) recibieron altísimos puntajes porque sus vinos se identifican con ellos. Cuando los críticos ven personas y no empresas cambia la cosa. Es un factor muy relevante”, sostiene.
Francois Massoc opina que las descripciones de los vinos son muy atractivas y detalladas. A diferencia de otros escritores, quienes crucifican los vinos con 80 y tantos puntos, las reseñas de Gutiérrez motivan, invitan a probar, generan curiosidad y expectativa. Además destaca los proyectos nuevos, a escala humana, pero sin dejar a la deriva las grandes compañías. “Les busca también la cosa bonita”, sonríe. “Pero lo más importante es que Chile ya no es sólo Maipo Alto y Cabernet Sauvignon, sino el informe valora otras cepas como la País. Puede que estos vinos no saquen 95 puntos, pero los pone ahí, entre los grandes”.
Los resultados publicados por The Wine Advocate, sin embargo, no dan para bailar cueca toda la noche. De acuerdo con el enólogo de De Martino, si los comparamos con los de Argentina, las cuentas no son tan alegres. “Con 94 puntos o más, fueron calificados más de 30 vinos argentinos contra 7 chilenos. ¡Fue una paliza! ¿Cuál es la razón? La mayoría de los altos puntajes de Argentina correspondió a Catena Zapata y Gran Enemigo de Alejandro Vigil. Nuevamente lo mismo: hay una persona, una cara visible detrás de estos proyectos”, explica.
La lectura que hace Retamal es que Chile una vez más salió a vender Cabernet Sauvignon porque “es la cepa que paga la cuenta de la luz y porque corresponde a la tradición de los aristócratas que en su tiempo querían ser como Château Margaux. Pero, cuando viene un periodista de este calibre, en pleno verano, cuando caen los patos asados, no le hacen mucho sentido esos vinos. Espera variedades que se adapten mejor a nuestras condiciones climáticas, como pueden ser las mediterráneas y en este caso un Carignan de viñedo viejo y de secano”.
CREERSE EL CUENTO
Para Francois Massoc, es imprescindible mantener siempre la templanza. Después de la publicación de sus puntajes, muchos colegas lo han contactado para preguntarle cómo hace los trasiegos, los remontajes, mientras él se pregunta: “¿Por qué me llaman ahora si nunca antes les habían gustado mis vinos? Así es que no me queda otra que tomarme esto con humildad. No hay que creerse el cuento. Tampoco va con mi carácter. Quien lo hace está sonado. Ha entendido nada. El puntaje no es el juicio final ni mucho menos. Es sólo un indicador, una opinión. Sólo hay que leer los comentarios para mejorar”, explica.
Retamal dice que existe una sobreestimación de los puntajes. “La gente todavía cree que sirven para vender, pero fundamentalmente lo que hacen es crear o posicionar la marca. Los puntajes validan a los enólogos frente al directorio de la empresa, porque no basta con que yo encuentre rico mi vino, sino de alguna forma necesito que alguien lo sostenga”, afirma. “Yo mando mis vinos cuando ya casi no me quedan. Me interesa que el crítico me respalde, pero no ese lote, no esa cosecha en particular, sino el proyecto”, agrega Derek Mossman.
En las últimas décadas muchas viñas han bailado con fruición el monocorde ritmo de los puntajes, llegando al absurdo de producir distintas versiones de un mismo vino para satisfacer paladares que parecen irreconciliables, como son los estadounidenses y británicos. En vez de proyectar el estilo o la filosofía de la casa, en vez de exaltar las características únicas de un viñedo, en vez de construir una identidad propia y distintiva, han preferido intentar satisfacer un supuesto gusto o preferencia de una cierta parte de la crítica.
“Ciertas viñas, las que pueden, explotan comunicacionalmente sus puntajes, pero nada de esto tiene mucho sentido si se transforma en el único argumento de venta. A veces es tanta la sobrevaloración de los puntajes de Wine Spectator o Parker, que incluso han echado a colegas por no alcanzar los números que los dueños esperaban”, dice Massoc. “Tampoco puedes ajustar el estilo de tus vinos al gusto de un catador. Es ridículo cambiar tus vinos por los puntos. Los críticos no quieren eso. Las viñas tienen que tener confianza en su campo, en su productor, en su estilo. Tienen que creerse más el cuento”.
Esta verdadera obsesión por los puntos no sólo ha provocado un cierta monotonía de la oferta, restándole frescura y emoción al portafolio chileno, sino además ha distraído a los productores de lo fundamental: elaborar un buen vino, que refleje fielmente lo que son (o lo que quieren llegar a ser) y buscar en el mundo personas que lo aprecien y disfruten. Tan simple, tan complicado como eso.
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