Muchos viñedos centenarios están bajo el más absoluto abandono. El bosque avanza y convierte en celulosa una de las tradiciones más arraigadas del campo chileno. ¿Cómo agregarle valor a esas rústicas parras? ¿Cómo rentabilizar la viticultura de la frontera sur de Chile?
A pesar de los cientos de litros de tinto y guindado, el frío cala los huesos en El Oriente. Es una noche sin estrellas. La tenue luz de las brasas, donde sólo minutos antes se asaba una vaquilla entera, ilumina los rostros de las parejas -algunos son apenas unos niños-, que bailan una sentida cueca, levantando polvo y recuerdos de tiempos mejores, cuando las uvas sabían más dulces.
En este fundo de la comuna de Retiro, distante algunos kilómetros de Parral, se respira chilenidad, pero también cierto desencanto. Antiguamente los viñedos pintaban de verde este paisaje viril y agreste, convirtiendo el ritual de la cosecha en una fiesta popular. Hoy los paños lucen secos y resquebrajados por un tiempo que no perdona. Las uvas se marcharon de Retiro quizás para siempre.
Estos suelos de rulo y tosca, hidratados durante siglos con el sudor de su gente, se inundan para producir arroz. Sólo El Oriente, el fundo más austral de Portal del Alto, intenta profundizar su relación con una tierra donde la viticultura era mucho más que un negocio: una forma de vida.
La tosca se encuentra a un metro de profundidad e impide que las raíces de las parras exploren nuevas capas, estrellándose una y otra vez contra su destino. En algunas zonas, incluso, la tosca se eleva hasta la superficie para burlarse del viticultor. Alejandro Hernández, el enólogo y profesor, pero sobre todo el hombre de rulo, se encoge de hombros con resignación, apuntando hacia unas parras que sufren de un subdesarrollo crónico, tercermundista, sin escapatoria.
Nos sumergimos en una calicata que parece una gruta, pero que en lugar de llevarnos ante la presencia de la virgen, nos transporta hacia un pasado acuoso, salino, inasible. Bajo la tosca, a unos cinco metros de profundidad, podemos apreciar una fina arena y vestigios de moluscos. Aquella zona del valle central, donde emergen espinos y sauces llorones, fue fondo marino hace miles de miles de años.
Los viñedos del El Oriente muestran orgullosos sus frutos. “Son uvas muy sanas y con una rica acidez natural”, explica Hernández, mientras caminamos entre las hileras, masticando esas pepas que se resisten a volverse crocantes. Los vinos del sur son frescos, frutosos, pero recios. Requieren algunos años más en botella para moderar su carácter, o bien, (con)fundirse con otros vinos nortinos para poder ver antes la luz de los mercados.
Trasponemos un arco de sarmientos de País, esa rústica cepa con que nos conquistaron los españoles, para adentrarnos en un viñedo muy peculiar, único, que nos recuerda de dónde vinimos. Entre parras que crecen con casi entera libertad, desafiando las órdenes del viticultor, cubriendo el horizonte con sus hojas multicolores, asoma una extraño ser que mide más de 36 metros de largo, enroscado, amenazante, como una culebra gigante.
“¡Es un monstruo!”, exclama Olly Smith, el wine writer británico que conduce el documental “Descorchando el Sur”, mientras el equipo del cineasta Silvio Caiozzi apenas puede salir de su asombro. Esta parra de País, sin embargo, no es un monstruo, sino una sobreviviente. Con sus troncos leñosos, y brotes que intentan tocar el cielo, se ha mantenido impertérrita durante más de un siglo, regalando su fruta con la misma generosidad que durante sus tiempos mozos.
El profesor decidió injertar con Carmenère estos tesoros prefiloxéricos de País durante la temporada 2003-2004. Ya cuentan cinco cosechas y sus uvas se embotellan bajo la marca Portal del Alto, ensamblando la tradición vitícola española y francesa, el pasado y el futuro de una actividad que se niega a morir a pesar de los cuadros de sequía y de los violentos vaivenes del mercado.
¿INJERTAR O NO INJERTAR?
Según Alejandro Hernández, quien mantiene una relación amorosa con estas tierras desde que recibió su primera palmada, afirma que una de las alternativas para rentabilizar esos viejos viñedos de País es aprovechar sus añosas pero nobles raíces, e injertarlos con cepas nobles o internacionales.
“En esta zona el calor alcanza para la Carmenère, pero también funcionaría injertando otras cepas como Syrah, Pinot noir, Chardonnay o Riesling. Habría que proteger un poco más el racimo, no más. La País tiene un muy buen sistema radicular. Imagínate, son plantas del siglo XIX, rústicas y genéticamente muy fuertes”, dice.
Las parras de El Oriente fueron injertadas mediante el sistema T leñoso, es decir, introduciendo una yema en algún punto del tronco. A diferencia del tradicional sistema de púa, en este caso no es necesario cortar el tronco, sino que puede conservarse toda la estructura de la planta, haciendo del proceso una alternativa mucho más rápida y barata.
“El problema es que el sistema T leñoso se realiza entre 15 días antes y después de la floración, y no antes de la brotación como el de púa. Estamos hablando de noviembre, por lo tanto las parras no aprovechan las últimas lluvias de primavera: un recurso muy importante en una región donde abundan las plantaciones de secano”, explica.
Para la enóloga Adriana Cerda, quien desarrolla en Cauquenes su proyecto familiar Meli Mahuida, es necesario tener mucho cuidado con la injertación. “No he tenido una muy buena experiencia. Ojo con eso. Tienes que armonizar el vigor del portainjerto y la variedad. Puedes llegar a producir un vino mejor, no lo discuto, pero cosas grandes no creo. El desarrollo de la zona lo veo mucho más de la mano con la posibilidad de establecer riego por goteo”, afirma.
La enóloga, quien en el último tiempo se ha distanciado de las asesorías para concentrarse en sus tres hijos y en ese pedacito de Carignan que le arranca suspiros, dice haber encontrado su lugar en estas meteorizadas tierras del ex fundo Peumal. “Siento que soy de acá, que siempre he sido de acá. Algunos me encuentran medio loca, pero percibo una conexión espiritual con las energías que me regala este paisaje”, explica.
Sobre esos suelos degradados, entre trigales, maizales y ciruelos, sus viejas y queridas parras de Carignan crecen con sinigual equilibrio. Sin embargo, según la enóloga, el fenómeno de cambio climático, que amenaza con fuertes y cada vez más recurrentes cuadros de sequía durante el otoño, hace imperiosa la necesidad de un sistema de riego tecnificado para un desarrollo a mayor escala.
ACCIONES CONCRETAS
De acuerdo a Renán Cancino, un viticultor que conoce como la palma de su mano la región del Maule, los injertos sobre variedades rústicas son una excelente opción para los viticultores más modestos, quienes muchas veces pierden toda su producción debido a la escasa demanda de uvas genéricas, ya que resulta más viable económicamente quedarse de brazos cruzados que animarse a cortar la fruta.
“Tengo muy claro el camino que hay que tomar para cambiarle la cara al barrio: aquí existe un gran potencial de calidad, pero lamentablemente subsiste un problema de mentalidad. Un excelente productor como Jaime Benavente, por ejemplo, tiene toda una ladera plantada con País de cabeza y al lado un Carignan realmente mortal. Los productores tienen que optar por esas cepas más rentables, pero cuesta un mundo convencerlos”, explica.
Muchos de estos viticultores de secano, especialmente de la zona de Cauquenes, han convivido desde siempre con este rústico paisaje de País, por lo tanto arrancar o injertar sus plantas es como dejar de ser un poco ellos mismos. Sin embargo, los números son demasiado elocuentes. La producción de una hectárea de Carignan puede transarse en alrededor de $ 2 millones. En otras palabras, estamos multiplicando por siete o más los resultados de la País.
Un productor como Jaime Ollé, por nombrar otro caso, decidió injertar sus parras de País en los 80 -mediante el sistema de púa alcanzó un 96% de prendimiento- y hoy se ha convertido en uno de los principales proveedores de aquellas bodegas que han revivido y posicionado el Carignan en las grandes ligas, cosechando sus remozados cuarteles con rendimientos de alrededor de $ 400 por kilo de uva.
De acuerdo al viticultor, sólo la cooperativa Lomas de Cauquenes reúne más de 1.500 hectáreas de lomas con un enorme potencial cualitativo. Sin duda es un lugar que ofrece muchas opciones. La inversión en injertos asciende a $ 1 millón 500 mil por hectárea y los costos de mantención son muy bajos. Los campesinos dominan a la perfección los manejos de sus parras de cabeza. La principal preocupación es que se “apolven” las plantas -ataques de oídio-, pero con unas pasados de azufre se soluciona el problema.
“Hoy existen algunos proyectos para fomentar la zona, como el llamado “Terroir de Cauquenes” emprendido por el INIA, pero resultaría mucho más sencillo y efectivo subsidiar a los productores para que reconviertan sus parras de País. Es un lugar con muchas posibilidades y la injertación ha demostrado que es una de las mejores”, sostiene.
Andrés Sánchez, enólogo de Gillmore y socio de la consultora Vita Vitis junto al italiano Maurizio Castelli, no le convence demasiado la estrategia de subsidiar a los pequeños productores, pues primero es necesario crear la demanda y después realizar los esfuerzos de inversión. Es más cauto. A pesar del éxito de sus tintos de Loncomilla, donde cepas como el Cabernet franc o el despreciado Merlot han alcanzado una altura considerable, explica que se trata de proyectos muy focalizados y de pequeñas producciones.
El enólogo, quien próximamente debutará con un Hacedor de Mundos Carignan 2006, se inclina por crear una apelación controlada que aglutine estos antiguos, pero impresionantes viñedos de lomas. Actualmente las viñas grandes sólo compran fruta de la zona para mejorar las mezclas de sus tintos, sumando una rica y natural acidez, pero no ayudan a que estos lugares se hagan un nombre.
La idea es producir un vino que nazca de estas pobres y sinuosas lomas cauqueninas, construyendo, a diferencia del proyecto del INIA, una denominación muy delimitada, donde las vegas- -o zonas con menos potencial de calidad- queden afuera. Podría ser un vino en base a Carignan con un porcentaje acotado de otra variedad para darle una mayor estructura o frescor. Algo parecido a Morelino di Scansano, una denominación de la Maremma en base a Sangiovese, cuyos productores hoy venden sus vinos a € 12 en restaurantes. “No hay un valle en Chile que haya hecho algo parecido”, explica entusiasmado.
FRESCA Y NATURAL
Con el fenómeno de cambio climático que acecha al mundo, tanto en los campos como en las aulas, ya son muchas las viñas que merodean la zona, buscando una viticultura de temperaturas más moderadas. Algunas de ellas ya han consumando millonarias inversiones. Concha y Toro y Undurraga, en Cauquenes, y Córpora, en Bío Bío, son los casos más emblemáticos. Sin embargo, existen viñas más focalizadas como Männle, Chillán o Casanueva que han logrado auspiciosos resultados.
“La gente ya no le tiene miedo a cosechar tarde. Antes, si no se cortaba la fruta a finales de abril, simplemente no se podía entrar a la viña por las lluvias. La costumbre de cosechar antes de Semana Santa ya se perdió”, dice el enólogo Claudio Barría, explicando una de las principales patitas del salto cualitativo que han experimentado los vinos de nuestra frontera sur.
Si bien hay inversionistas, sobre todo extranjeros, interesados en cepajes “autóctonos” como Cinsault e Italia, encontramos zonas muy atractivas para variedades nobles de ciclo corto. Es el caso de Guaralihue, una zona de lomas ubicada a sólo 20 kilómetros del mar. “Allí tengo 4,5 hectáreas de Pinot noir de seis años en espaldera que me han dado muy buenas uvas. El viñedo está plantado con exposiciones poniente y oriente. La poniente me entrega fruta más fresca y vigorosa. Este año incluso tuve que irrigar la viña. Fue una locura regar con un tarrito planta por planta, pero valió la pena”, explica.
El sur de Chile poco a poco se ha ido despoblando. Muchos viñedos hoy lucen bajo el más completo abandono. “Esta cosecha afortunadamente se pagó entre $ 80 y $ 100 por kilo de Cargadora e Italia. La gente lo agradece porque al menos pudieron cortar la fruta”, dice Barría. El bosque avanza con prepotencia y la gente se ve obligada a dejar sus tierras. “Hace 10 años atrás existían tres equipos de fútbol en la localidad de Huaro. Hoy no alcanza ni para uno”, se quejan algunos productores que por nada del mundo entregarán sus tierras a las forestales. Ellos año a año venden sus uvas a las grandes viñas o envasan sus propios vinos que distribuyen de pueblo en pueblo.
Barría, sin embargo, está muy optimista con el futuro de la región y de esta vitivinicultura colmada de identidad, augurándole un gran futuro al establecimiento de cepajes nobles. El Pinot noir y algunas cepas blancas se adaptan muy bien en las zonas más costeras como Guaralihue; el Merlot y Syrah, en los alrededores de Chillán; y el Cabernet sauvignon, en los sectores más cálidos como Portezuelo. “Si el País sale bueno ahí, imagínate el Cabernet”, exclama.
También ve como una alternativa muy interesante trabajar con aquellas viejas parras de Italia para la producción de un vino base para espumosos. Este segmento ha crecido mucho en los últimos años y esta cepa blanca -cosechada a 11º- es una excelente opción debido a su riqueza aromática y estructura.
Aunque no descarta la posibilidad de injertar estas añosos cepas, asegura que el futuro está en nuevas plantaciones en espaldera que apunten a niveles superiores. “En el sur existen muchas ventajes comparativas: la tierra es más barata; la disponibilidad de agua es mayor, salvo algunos sectores de Cauquenes; la fruta es más fresca, más moderna de acuerdo a lo que piden hoy los mercados y, sobre todo, más sana. Los campesinos sólo podan y pasan el azadón dos veces por año. Prácticamente no se azufra. Es una viticultura muy natural”, sostiene.
AL PIE DEL CAÑÓN
Volvemos a Retiro, a esta tierra de tosca y esfuerzo, donde compartimos un asado para celebrar la vendimia. Entre aromas de guindas, membrillos y uvas, los trabajadores, un grupo de estudiantes de agronomía, un gringo loco y un equipo de cineastas que intenta descorchar el Sur, aplauden, ríen y cantan al unísono. Seguramente todos recordarán esta fiesta donde terminaron abrazos con lo más profundo del alma campesina.
Pero el futuro es incierto: no sabemos si se concretarán nuevas inversiones en la zona, si conviene injertar o tender riego tecnificado, pero estamos seguros que aquí se cosechan mucho más que uvas. El viento sopla fuerte y la gente espera buenas nuevas. Algo que surja y vaya en rescate de estas tradiciones que moldearon no sólo la personalidad del hombre de campo, sino sentó las bases de un sector productivo que le ha dado prestigio a un país entero.
jueves, 28 de agosto de 2008
viernes, 13 de junio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
Pirata soy yo
El oculista me confirmó lo que temía: sufro de un adelgazamiento crónico de la córnea de mi ojo izquierdo. "Es un caso entre 50 mil mil", me dice con una gracia única. "Quizás tengas que recurrir a un transplante". ¿Cómo será andar por la vida con una córnea ajena? ¿Seguiré encontrando rica a mi mujer? ¿Podré ver las cosas desde otro punto de vista? ¿Seguiré siendo tan huevón como siempre?
Si se logra afirmar la córnea, algo poco probable, por cierto, tendré que usar anteojos para corregir el astigmatismo. "¿Y si uso un monóculo?", le pregunto al doctor. "¿O si mejor nos olvidamos de ese ojo, de bonos y reembolsos, de operaciones y contraoperaciones, y optamos por un coqueto parche estilo pirata?
No hay para qué esperar: ya me siento un pirata y comienzo a bajar música compulsivamente: Yazoo, Erasure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Eurythmics... Discos power, de macho, ideales para afrontar este momento. "Sweet dreams (are made of this)", comienzo a tararear. Y también de lo otro.
Si se logra afirmar la córnea, algo poco probable, por cierto, tendré que usar anteojos para corregir el astigmatismo. "¿Y si uso un monóculo?", le pregunto al doctor. "¿O si mejor nos olvidamos de ese ojo, de bonos y reembolsos, de operaciones y contraoperaciones, y optamos por un coqueto parche estilo pirata?
No hay para qué esperar: ya me siento un pirata y comienzo a bajar música compulsivamente: Yazoo, Erasure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Eurythmics... Discos power, de macho, ideales para afrontar este momento. "Sweet dreams (are made of this)", comienzo a tararear. Y también de lo otro.
miércoles, 11 de junio de 2008
Viudo por una noche
Mi mujer está en Temuco, y yo, en esta fría tarde en Providencia, en pijamas de franela, abrazado a una estufa, viendo un capítulo repetido de Los Simpsons. Se suponía que saldría a comer afuera. A pegarme por último un liguriazo. Algo corto pero efectivo, como un pisco sour a la vena, escuchar por enésima vez el inspirador (e inspirado) cedé de la Carmencita Corena del mítico Cinzano y ensayar caritas frente a un espejo junto a la manada de figurines de la tevé que visita el bar cada noche. Pero estoy hecho una vieja. Una vieja culiá, como diría un amigo. Terminé preparando una ensalada de hojas verdes con tiritas de jamón serrano y huevos de codorniz, y la hice acompañar por un sauvignon blanc 2007 de Quintay recién lanzado al mercado...
No me dan muchas ganas de beber sauvignon blanc en otoño, sobre todo al atardecer, a la hora de los bocinazos, pero abrí este vino pensando en mi ensalada de soltero, en esos sabores ácidos y agrios, en la soledad de una larga noche, perdido en la inmensidad de las dos plazas, haciéndole el amor al scaldasonno. Y me gustó el vino. Es tremendamente vegetal (partí disparado a oler mis hojitas de tomate que cuelgan del balcón), fresco, pero controlado. En el contexto de Casablanca, podríamos tacharlo de salvaje, pero un salvaje en un cautiverio feliz. Tiene buena estructura y profundidad en boca. Es alegre, muy alegre, tanto que me animé a apagar el televisor y poner un cedé de Nirvana. ¡Se armó la fiesta!
No me dan muchas ganas de beber sauvignon blanc en otoño, sobre todo al atardecer, a la hora de los bocinazos, pero abrí este vino pensando en mi ensalada de soltero, en esos sabores ácidos y agrios, en la soledad de una larga noche, perdido en la inmensidad de las dos plazas, haciéndole el amor al scaldasonno. Y me gustó el vino. Es tremendamente vegetal (partí disparado a oler mis hojitas de tomate que cuelgan del balcón), fresco, pero controlado. En el contexto de Casablanca, podríamos tacharlo de salvaje, pero un salvaje en un cautiverio feliz. Tiene buena estructura y profundidad en boca. Es alegre, muy alegre, tanto que me animé a apagar el televisor y poner un cedé de Nirvana. ¡Se armó la fiesta!
martes, 11 de marzo de 2008
Vinos en Osorno: Ordeñando las parras
Christian Sotomayor, el director de exportaciones de Valdivieso, levantó un viñedo a orillas del río Pilmaiquén. Entre vacas lecheras, y la incredulidad de los campesinos, cosechó sus primeras uvas en 2007.
No son las bajas temperaturas. Tampoco las lluvias que se dejan caer durante la cosecha. Ni menos el oídio que arrasó con su primera producción hace dos años. Lo más complicado ha sido convencer a los campesinos locales que la vid no es el árbol pringado del campo, sino una variedad noble y que puede ser rentable.
Christian Sotomayor, director de exportaciones de Valdivieso, y su primo agrónomo Alejandro Herbach, se aventuraron con un jardín de variedades en los suaves lomajes del fundo Los Castaños. Era 2002 y el panorama lechero no se anunciaba muy halagüeño. La idea de convertir algo de leche en vino no sólo tenía ciertos ribetes bíblicos, sino que era una buena alternativa para rentabilizar esas tierras.
Nada hacía presagiar que en unos pocos años el precio del litro de leche alcanzaría cifras históricas. Tampoco que un foco de oídio retrasaría un poco las cosas. “¿Oiga, patrón, la uvas están medio negritas?, anunció uno de los trabajadores del campo en 2006. “Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Bote esos granos, no más”, respondió Sotomayor. “Patrón, es que son todos”.
Emplazada en la ribera del Pilmaiquén, esta primera etapa del proyecto cuenta con 1,4 hectáreas de Sauvignon blanc, Chardonnay, Pinot blanc, Pinot noir e incluso unas estacas de Pinot meunier. El paisaje es inspirador. Y muy osornino. Las vacas se pasean entre las hileras, rumiando por la intromisión de estas excéntricas lianas, mientras las cepas francesas, ya recuperadas del impacto inicial, comienzan a dar sus primeros frutos.
“Nos ha costado mucho sacar el proyecto adelante. A la gente hay que explicarles que la planta es la vaca y los racimos los terneros”, afirma con humor Alfredo Pizarro, gerente agrícola de Valdivieso y compadre de Sotomayor, quien es el encargado de supervisar el manejo del viñedo.
Los osorninos todavía no tienen el conocimiento y la sensibilidad para manejar con propiedad el viñedo. Es por eso que para las labores de poda y amarre viajan trabajadores de la zona central, más acostumbrados a lidiar con los humores de las vides.
“Hemos tenido que aplicar los manejos por calendario para subsanar ese problema y la cosa está funcionando. Los racimos son pequeños y no tenemos problemas de corrimiento. Hay una especial preferencia por el Chardonnay y el Pinot blanc. El Pinot noir estuvo por las cuerdas, pero creo que tiene mucho potencial”, explica Christian Sotomayor.
Ya existía una experiencia similar en Osorno, emprendida hace algunos años por el agricultor Luis Momberg, pero el proceso de este nuevo emprendimiento ha sido novedoso y muy enriquecedor desde el punto de vista profesional.
De acuerdo a Alfredo Pizarro, no se pueden replicar las cosas que se realizan más al norte, pues las condiciones son muy diferentes. Es preciso iluminar y ventilar mucho los racimos para que maduren y evitar lo más posible los ataques de oídio. “En 2007 cosechamos a fines de abril con máximas que se empinaban por los 17º C. Cortamos la fruta con lluvia e hicimos una gran fiesta”, relata.
A pesar de las dudas que despiertan estos primeros proyectos vitivinícolas entre los osorninos, incluso en su propio socio Alejandro Herbach, Sotomayor está optimista por el futuro de su apuesta sureña. Esta primera cosecha, que alcanzó para unas 1.200 botellas, da para organizar una pequeña celebración con los amigos.
El director de exportaciones de Valdivieso, quien también es agrónomo de profesión, opina que existen buenos argumentos para jugársela por esta viticultura más extrema. Compara las condiciones climáticas de esta zona con las del norte de Francia y más precisamente con las de Nueva Zelanda. Es por eso que estudia la introducción de 15 nuevas hectáreas, en su gran mayoría de Sauvignon blanc.
El viñedo está ubicado sobre terrazas aluviales, laderas con orientación norte, con suelos trumados que producen un aumento de la temperatura. Hay que ver lo que pasará. Ver cómo se adapta la planta a las condiciones de luz de la zona. “Hoy la leche es oro, pero creo que con el Sauvignon blanc existe una muy buena oportunidad. Hay que emular un poco lo que hacen los neocelandeses más que los europeos. Creo que por ahí va la cosa”, afirma.
Y la cosa, a pesar del estupor de las vacas, parece ir en serio...
No son las bajas temperaturas. Tampoco las lluvias que se dejan caer durante la cosecha. Ni menos el oídio que arrasó con su primera producción hace dos años. Lo más complicado ha sido convencer a los campesinos locales que la vid no es el árbol pringado del campo, sino una variedad noble y que puede ser rentable.
Christian Sotomayor, director de exportaciones de Valdivieso, y su primo agrónomo Alejandro Herbach, se aventuraron con un jardín de variedades en los suaves lomajes del fundo Los Castaños. Era 2002 y el panorama lechero no se anunciaba muy halagüeño. La idea de convertir algo de leche en vino no sólo tenía ciertos ribetes bíblicos, sino que era una buena alternativa para rentabilizar esas tierras.
Nada hacía presagiar que en unos pocos años el precio del litro de leche alcanzaría cifras históricas. Tampoco que un foco de oídio retrasaría un poco las cosas. “¿Oiga, patrón, la uvas están medio negritas?, anunció uno de los trabajadores del campo en 2006. “Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Bote esos granos, no más”, respondió Sotomayor. “Patrón, es que son todos”.
Emplazada en la ribera del Pilmaiquén, esta primera etapa del proyecto cuenta con 1,4 hectáreas de Sauvignon blanc, Chardonnay, Pinot blanc, Pinot noir e incluso unas estacas de Pinot meunier. El paisaje es inspirador. Y muy osornino. Las vacas se pasean entre las hileras, rumiando por la intromisión de estas excéntricas lianas, mientras las cepas francesas, ya recuperadas del impacto inicial, comienzan a dar sus primeros frutos.
“Nos ha costado mucho sacar el proyecto adelante. A la gente hay que explicarles que la planta es la vaca y los racimos los terneros”, afirma con humor Alfredo Pizarro, gerente agrícola de Valdivieso y compadre de Sotomayor, quien es el encargado de supervisar el manejo del viñedo.
Los osorninos todavía no tienen el conocimiento y la sensibilidad para manejar con propiedad el viñedo. Es por eso que para las labores de poda y amarre viajan trabajadores de la zona central, más acostumbrados a lidiar con los humores de las vides.
“Hemos tenido que aplicar los manejos por calendario para subsanar ese problema y la cosa está funcionando. Los racimos son pequeños y no tenemos problemas de corrimiento. Hay una especial preferencia por el Chardonnay y el Pinot blanc. El Pinot noir estuvo por las cuerdas, pero creo que tiene mucho potencial”, explica Christian Sotomayor.
Ya existía una experiencia similar en Osorno, emprendida hace algunos años por el agricultor Luis Momberg, pero el proceso de este nuevo emprendimiento ha sido novedoso y muy enriquecedor desde el punto de vista profesional.
De acuerdo a Alfredo Pizarro, no se pueden replicar las cosas que se realizan más al norte, pues las condiciones son muy diferentes. Es preciso iluminar y ventilar mucho los racimos para que maduren y evitar lo más posible los ataques de oídio. “En 2007 cosechamos a fines de abril con máximas que se empinaban por los 17º C. Cortamos la fruta con lluvia e hicimos una gran fiesta”, relata.
A pesar de las dudas que despiertan estos primeros proyectos vitivinícolas entre los osorninos, incluso en su propio socio Alejandro Herbach, Sotomayor está optimista por el futuro de su apuesta sureña. Esta primera cosecha, que alcanzó para unas 1.200 botellas, da para organizar una pequeña celebración con los amigos.
El director de exportaciones de Valdivieso, quien también es agrónomo de profesión, opina que existen buenos argumentos para jugársela por esta viticultura más extrema. Compara las condiciones climáticas de esta zona con las del norte de Francia y más precisamente con las de Nueva Zelanda. Es por eso que estudia la introducción de 15 nuevas hectáreas, en su gran mayoría de Sauvignon blanc.
El viñedo está ubicado sobre terrazas aluviales, laderas con orientación norte, con suelos trumados que producen un aumento de la temperatura. Hay que ver lo que pasará. Ver cómo se adapta la planta a las condiciones de luz de la zona. “Hoy la leche es oro, pero creo que con el Sauvignon blanc existe una muy buena oportunidad. Hay que emular un poco lo que hacen los neocelandeses más que los europeos. Creo que por ahí va la cosa”, afirma.
Y la cosa, a pesar del estupor de las vacas, parece ir en serio...
martes, 9 de octubre de 2007
Maule despierta
Hace unos años el título de este reportaje hubiera sido “Maule, despierta”. Así, con una coma entremedio. Pero sus viñas ya despertaron y comienzan a embotellar sus mejores atributos, demostrando que la frontera sur de la vitivinicultura chilena es mucho más que graneles y buenas intenciones. Es un valle que despierta emociones.
“¿Qué es lo que diferencia a Maule de otros valles de Chile?”, le pregunto de sopetón a Philippe Debrus, enólogo y socio de Viña Botalcura. “El tamaño”, me contesta al instante, como si estuviera concursando en “¿Quién merece ser millonario?”.
Aunque la respuesta no es definitiva, pues son muchos más los aspectos que distinguen al valle, el tamaño sí importa, y mucho. La región del Maule soporta más de 50 mil hectáreas de vides para vinificación, casi la mitad del total de la superficie en Chile. Si excluimos el Valle de Curicó, y nos concentramos en Talca, Linares y Cauquenes, contamos más de 34 mil hectáreas. Inmenso, ¿verdad?
Maule es grande, tan grande que caben hasta dudas. Su enorme extensión territorial, y una inquieta geografía, permiten el cultivo de una gran variedad de cepajes con potencial de calidad, desde Sauvignon blanc hasta el más tardío Carmenère. Basta montar la camioneta y recorrer sus ondulados campos para dar de seguro con el mesoclima y suelo precisos.
“Los grandes vinos nacen en pequeños cuarteles de características muy especiales. En el Maule, entonces, tienes muchas más posibilidades de encontrar esos lugares y hacer ese tipo de vinos”, sostiene Ignacio Conca, enólogo de Viña Terranoble.
Después del Cabernet sauvignon, que supera las 16 mil hectáreas, la variedad más plantada en el valle es la País. Esta cepa rústica y profundamente religiosa, protagonista del ritual de las misas coloniales, suma nada menos que 8 mil hectáreas y produce gran parte del volumen que colma cajas, garrafas y damajuanas.
La historia del Maule se encuentra enraizada con la País, afectiva y socialmente, pero su futuro se halla en otra parte. Cada vez son más las viñas que apuestan por cepas nobles o internacionales, pero los cambios han sido paulatinos, muy paulatinos.
“El barrio lo está haciendo mejor, pero todavía no da el paso decisivo”, afirma Renán Cancino, un viticultor que conoce la región como la palma de su mano, o quizás mejor. Desde su punto de vista, todavía falta mucho, demasiado por hacer, sobre todo en la búsqueda de los lugares más apropiados para el desarrollo de cada variedad.
La gran mayoría de las plantaciones está circunscrita en la llamada depresión intermedia. Una zona de buenas condiciones agronómicas, tan buenas que impiden que las vides sufran el estrés suficiente para entregar lo mejor de sí mismas. “Las cosas se daban tan fáciles que no había inversión alguna”, explica Ignacio Conca.
Según el enólogo de Terranoble, ése y no otro es el principal argumento para el establecimiento de los primeros viñedos en la zona hace 500 años. Como entonces las plantaciones eran de rulo o sencillamente no eran –el riego tecnificado se implementó muchísimo más tarde–, sólo en zonas más lluviosas como Maule era posible la viticultura, pues las “parras no viven con menos de 600 a 800 mm al año”.
Antaño los agricultores simplemente plantaban y luego volvían a cosechar. No había manejo agronómico. Los rendimientos se regulaban en forma natural, ya sea por inclemencias climáticas como sequías y heladas, o bien, por la intervención de plagas y enfermedades. El éxito de la vendimia se pesaba y no degustaba.
“Lamentablemente lo que nos identifica son las cooperativas que pagan a sus productores por kilos”, se queja Cristián Cremaschi, subgerente general de Viña Cremaschi Furlotti, quien explica que la mentalidad centralista del país ha concentrado las inversiones en los alrededores de la capital, perjudicando el desarrollo de una zona como Maule que reúne todos los atributos para jugar un papel estelar.
Recordemos que hasta hace algunos años, antes de la construcción de las autopistas concesionadas, viajar al Maule era un suplicio. La vida perfectamente podía transcurrir o terminar detrás de un camión.
Las explicaciones del letargo maulino son variopintas, pero nadie, absolutamente nadie duda de su gran potencial vitivinícola. “¿Pero quién está dispuesto a invertir?”, se pregunta Renán Cancino.
AIRE FRESCO
Uno de las primeras señales de un lento despertar fue la llegada de la californiana Kendall-Jackson y la construcción de su bodega en Talca. Viña Calina no sólo fue un espaldarazo para Maule como denominación de origen, sino que demostró que se pueden hacer vinos de gran alcance en el camino a Las Rastras.
El establecimiento de VIA Wines y su gran apuesta por San Rafael es otro de los hitos. Aunque es una empresa que suma predios en distintos valles de Chile, siguiendo el modelo de negocios de Concha y Toro, su principal bodega y fundo se encuentra en Chilcas, un lugar que se ha transformado en una marca y emblema de la viña.
Con la llegada de la transnacional española O. Fournier en Loncomilla, y el ambicioso proyecto de Miguel Torres en Empedrado –el precoz Priorato chileno–, el Maule recibe una nueva bocanada de aire fresco. Estas nuevas inversiones justifican y refuerzan el tremendo esfuerzo de reconversión de sus viñas tradicionales.
“Maule tiene potencial para hacer vinos de excelente calidad. Y no lo digo yo, sino que lo demuestran los hechos. En la pasada Vinexpo arrasamos con las medallas”, afirma Cristián Cremaschi.
Efectivamente, las viñas maulinas conquistaron nueve de los veinte máximos trofeos que obtuvo Chile en Citadelles du Vin, destacando especialmente El Aromo y Cremaschi Furlotti. Esta exitosa participación no sólo se sustenta en la calidad de sus terroirs, sino en una decisión estratégica de competir en los segmentos de mayor valor, invirtiendo fuertemente en los viñedos y bodegas.
Aún así cuesta abrazar al Maule. Para eso hay que tener los brazos muy largos. Con un promedio de 250 kilómetros de ancho, sobresale en el mapa como uno de los valles menos finos del país. La tarea de caracterizar su oferta de vinos es complicada, casi tanto como lograr un nivel de calidad homogéneo.
“El Maule no ha sabido buscar su camino. Hay que lograr una calidad media estable. Plantar de acuerdo a las necesidades y al vino que el país está haciendo”, explica Ignacio Conca.
De acuerdo a Renán Cancino, el gran vinificador del valle es Concha y Toro, que se concentra principalmente en Pencahue y San Clemente, pero sólo “cosas muy puntuales deben sobrepasar la línea de Casillero del Diablo”.
¿PAGANDO POR EL TRAJE?
En un intenso recorrido por el valle en compañía del enólogo Claudio Barría, otro buen vecino de la zona, degusté muchas cepas y de todos los niveles de precio. Sin contar el secano de Cauquenes, que es un mundo completamente aparte, las distintas zonas maulinas comienzan a mostrar un saludable grado de especialización.
Me gustaron mucho los Sauvignon blanc de San Clemente. Este rincón, que recibe una mayor influencia de la Cordillera de Los Andes, produce varietales que poco y nada tienen que envidiarles a sus pares de otros valles. Hay que esperarlos un poco, pero una vez que abren en la copa se muestran extremadamente aromáticos. “Sí, cuesta que abran. No son de concurso”, se ríe Ignacio Conca.
Aunque no tienen esa nerviosa acidez y las notas especiadas y herbales de las zonas costeras, seducen con una mineralidad muy sureña que refresca el paladar. Incluso, según me cuentan, algunas viñas de Casablanca no se hacen problemas para comprar su fruta, pagando alrededor de un dólar por kilo.
“Algunos Sauvignon blanc del Maule compiten en calidad con los de Casablanca, pero lamentablemente es un asunto de mercado. A veces se paga el traje”, explica Philippe Debrus.
Existen viñas que quieren convertirse en un referente de esta cepa, como es el caso de Casas Patronales, que ha desplegado un gran trabajo en el viñedo, alejándose de los Sauvignonasse para abrazar los clones 1 y 242. Los resultados ya están en la copa, pero siento que aún penan, en especial en los departamentos comerciales, esas notas “neozelandesas” que supuestamente tanto valoran los mercados internacionales.
A medida que nos vamos alejando de Los Andes, deteniéndonos en los alrededores de Talca, comienzan a sobresalir las plantaciones de Carmenère. La cepa que tiene noche y concurso en el Maule, ha progresado muchísimo en el último tiempo.
“Los rendimientos son naturalmente bajos. No pasamos de 8 mil kilos por hectárea. El problema no son los taninos, sino las notas vegetales. En nuestros Carmenère no vas a encontrar mermeladas, pero sí muchos minerales. No son tan obvios como en las zonas más cálidas. Los maulinos tienen otro ritmo”, explica Ignacio Conca.
Así es. Su fruta es fresca, directa y franca, generalmente sin la mermelada que tanto abunda más al norte, sus taninos son sabrosos y bastante gentiles, pero no pueden abstraerse de su lado verde: esas notas herbáceas que asoman en nariz y que deberían ser un complemento y no la esencia de su carácter.
Para Philippe Debrus, sencillamente la discusión sobre el Carmenère está mal enfocada. Como buen francés, acostumbrado a otras madureces, plantea que la cepa tiene muchas oportunidades en mesoclimas más fríos como los del Maule.
“Hay una tendencia hacia los Carmenère cálidos, pero creo que eso es un error. No es necesario cambiar los aromas intrínsecos de la variedad. No vale la pena. Menos por una tendencia o moda. En climas más frescos funciona mejor, pero hay que tener paciencia y un poco de suerte”, comenta.
Junto a la enóloga Marcela Chandía y el gerente general de Calina Víctor Baeza, degustamos cuatro muestras de distintos cuarteles de su fundo ubicado a orillas del río Lircay. Los Carmenère fueron mostrando sus distintos atributos, desde un estilo delicado y marcado por las especias dulces, hasta una bomba de frutos rojos que llena la boca sin mezquindades.
En suelos profundos, franco arenoso-arcillosos, y con un trabajo preciosista, como lo describe Baeza, es posible vinificar Carmenère frutosos, frescos y elegantes, sin esas notas de sobremadurez que barren los límites entre las distintas variedades, pero sin eliminar tampoco esa nota especiada que aparece y desaparece con distintos niveles de intensidad, dependiendo de los rendimientos y las características de la añada.
A CRUZAR EL RIO
En la antesala del secano interior se encuentran zonas como Pencahue, tal vez la más cálida del barrio, donde en la actualidad se está plantando mucho Syrah. Sus tintos no son precisamente santos de mi devoción, pues tienden a madurar con demasiada premura. Prefiero otras rincones como Villa Alegre y especialmente Melozal, donde logran una mayor estructura, jugosidad y equilibrio.
Pero quizás el rasgo más distintivo del Maule es la persistencia de antiquísimos viñedos de secano, donde cepas como Carignan, Malbec o Nebbiolo comienzan a ser “redescubiertas” y valoradas. Viñas nortinas como De Martino, Odjfell y Morandé hace mucho rato que llegaron al barrio, específicamente detrás de estos verdaderos patrimonios vitícolas que regalan vinos complejos, concentrados y diferentes.
El secano interior, sin embargo, también se candidatea como un excelente lugar para plantar Cabernet sauvignon, aunque se trata de una cepa que no concita el mismo nivel de consenso. Mientras para Ignacio Conca no es la más rutilante del valle, pues cuesta mucho madurarla, incluso más que la Carmenère, para Rodrigo González, enólogo de Cremaschi Furlotti, simplemente es la estrella.
Degustamos Cabernet sauvignon frescos y minerales de San Clemente, pero sin la estructura y carnosidad de otros valles, y también unos caldos oscuros y concentrados de Cauquenes. Pienso que la cepa sí tiene futuro en el Maule, pero aún se halla en una etapa de búsqueda, intentando encontrar una personalidad más definida y consistente.
“En el secano interior puedes cosechar un Cabernet sauvignon con 25º Brix y pH de 3,5 entre marzo y abril. Los viñedos se equilibran naturalmente. ¿Por qué no tener rulo, entonces? No hay que descartar un buen lugar si no hay agua. Por algo muchos andan merodeando por ahí”, apunta Renán Cancino.
Maule se encuentra en una etapa crucial. Sus viñas poco a poco comienzan a despercudirse y mostrar el real valor del valle. Pero todavía falta mucho. Me llama profundamente la atención que las plantaciones se concentren en la zona media. Con excepción de Ribera del Lago en Colbún, el proyecto personal del enólogo de VIA Wines Rafael Tirado, no existen viñedos en la precordillera.
“Nadie se quiere arriesgar”, afirma Renán Cancino.
Cuando pregunto el porqué nadie se ha atrevido en las alturas, aunque sea con un proyecto experimental, la actitud más recurrente es encogerse de hombros. Algunos se aventuran a decir que el problema son las heladas, pero nadie dispone de datos fidedignos que comprueben la imposibilidad de acercarse un poco más a Los Andes.
“No puedes tener seis variedades en un mismo campo. No todas se van a dar bien. Puedes tener seis hijos inteligentes, pero debes tenerlos en ‘lugares’ diferentes. Todavía nos falta mucho por descubrir en el Maule”, dice Manuel José Henríquez, subgerente comercial de Viña El Aromo.
Tampoco se encuentran viñedos cercanos a la costa. El Centro Experimental del INIA Cauquenes desarrolló un proyecto en Chanco, cuyos resultados dimos a conocer hace poco más de un año. Recuerdo un Pinot noir muy interesante, pero salvo Miguel Torres en el Empedrado, nadie ha hecho un ademán de arrimarse al océano.
Estoy seguro que con un trabajo serio a nivel vitícola, Maule puede lograr calidad y consistencia en todas sus líneas, pero si quiere realmente destacarse y hacer ruido en el mundo, debe intensificar su relación con sus cepas autóctonas, esas parras centenarias que sueltan jugos que parecen pócimas encantadoras. Además debe cruzar el río. Atreverse con zonas más extremas, donde sus viñas profundicen las diferencias y desarrollen nuevos umbrales cualitativos.
Los productores locales vivieron muchos años de la generosidad y riqueza agrícola de la franja media del valle, pero ya es hora de que asuman nuevos riesgos y hagan del Maule un valle aún más grande y diverso.
“¿Qué es lo que diferencia a Maule de otros valles de Chile?”, le pregunto de sopetón a Philippe Debrus, enólogo y socio de Viña Botalcura. “El tamaño”, me contesta al instante, como si estuviera concursando en “¿Quién merece ser millonario?”.
Aunque la respuesta no es definitiva, pues son muchos más los aspectos que distinguen al valle, el tamaño sí importa, y mucho. La región del Maule soporta más de 50 mil hectáreas de vides para vinificación, casi la mitad del total de la superficie en Chile. Si excluimos el Valle de Curicó, y nos concentramos en Talca, Linares y Cauquenes, contamos más de 34 mil hectáreas. Inmenso, ¿verdad?
Maule es grande, tan grande que caben hasta dudas. Su enorme extensión territorial, y una inquieta geografía, permiten el cultivo de una gran variedad de cepajes con potencial de calidad, desde Sauvignon blanc hasta el más tardío Carmenère. Basta montar la camioneta y recorrer sus ondulados campos para dar de seguro con el mesoclima y suelo precisos.
“Los grandes vinos nacen en pequeños cuarteles de características muy especiales. En el Maule, entonces, tienes muchas más posibilidades de encontrar esos lugares y hacer ese tipo de vinos”, sostiene Ignacio Conca, enólogo de Viña Terranoble.
Después del Cabernet sauvignon, que supera las 16 mil hectáreas, la variedad más plantada en el valle es la País. Esta cepa rústica y profundamente religiosa, protagonista del ritual de las misas coloniales, suma nada menos que 8 mil hectáreas y produce gran parte del volumen que colma cajas, garrafas y damajuanas.
La historia del Maule se encuentra enraizada con la País, afectiva y socialmente, pero su futuro se halla en otra parte. Cada vez son más las viñas que apuestan por cepas nobles o internacionales, pero los cambios han sido paulatinos, muy paulatinos.
“El barrio lo está haciendo mejor, pero todavía no da el paso decisivo”, afirma Renán Cancino, un viticultor que conoce la región como la palma de su mano, o quizás mejor. Desde su punto de vista, todavía falta mucho, demasiado por hacer, sobre todo en la búsqueda de los lugares más apropiados para el desarrollo de cada variedad.
La gran mayoría de las plantaciones está circunscrita en la llamada depresión intermedia. Una zona de buenas condiciones agronómicas, tan buenas que impiden que las vides sufran el estrés suficiente para entregar lo mejor de sí mismas. “Las cosas se daban tan fáciles que no había inversión alguna”, explica Ignacio Conca.
Según el enólogo de Terranoble, ése y no otro es el principal argumento para el establecimiento de los primeros viñedos en la zona hace 500 años. Como entonces las plantaciones eran de rulo o sencillamente no eran –el riego tecnificado se implementó muchísimo más tarde–, sólo en zonas más lluviosas como Maule era posible la viticultura, pues las “parras no viven con menos de 600 a 800 mm al año”.
Antaño los agricultores simplemente plantaban y luego volvían a cosechar. No había manejo agronómico. Los rendimientos se regulaban en forma natural, ya sea por inclemencias climáticas como sequías y heladas, o bien, por la intervención de plagas y enfermedades. El éxito de la vendimia se pesaba y no degustaba.
“Lamentablemente lo que nos identifica son las cooperativas que pagan a sus productores por kilos”, se queja Cristián Cremaschi, subgerente general de Viña Cremaschi Furlotti, quien explica que la mentalidad centralista del país ha concentrado las inversiones en los alrededores de la capital, perjudicando el desarrollo de una zona como Maule que reúne todos los atributos para jugar un papel estelar.
Recordemos que hasta hace algunos años, antes de la construcción de las autopistas concesionadas, viajar al Maule era un suplicio. La vida perfectamente podía transcurrir o terminar detrás de un camión.
Las explicaciones del letargo maulino son variopintas, pero nadie, absolutamente nadie duda de su gran potencial vitivinícola. “¿Pero quién está dispuesto a invertir?”, se pregunta Renán Cancino.
AIRE FRESCO
Uno de las primeras señales de un lento despertar fue la llegada de la californiana Kendall-Jackson y la construcción de su bodega en Talca. Viña Calina no sólo fue un espaldarazo para Maule como denominación de origen, sino que demostró que se pueden hacer vinos de gran alcance en el camino a Las Rastras.
El establecimiento de VIA Wines y su gran apuesta por San Rafael es otro de los hitos. Aunque es una empresa que suma predios en distintos valles de Chile, siguiendo el modelo de negocios de Concha y Toro, su principal bodega y fundo se encuentra en Chilcas, un lugar que se ha transformado en una marca y emblema de la viña.
Con la llegada de la transnacional española O. Fournier en Loncomilla, y el ambicioso proyecto de Miguel Torres en Empedrado –el precoz Priorato chileno–, el Maule recibe una nueva bocanada de aire fresco. Estas nuevas inversiones justifican y refuerzan el tremendo esfuerzo de reconversión de sus viñas tradicionales.
“Maule tiene potencial para hacer vinos de excelente calidad. Y no lo digo yo, sino que lo demuestran los hechos. En la pasada Vinexpo arrasamos con las medallas”, afirma Cristián Cremaschi.
Efectivamente, las viñas maulinas conquistaron nueve de los veinte máximos trofeos que obtuvo Chile en Citadelles du Vin, destacando especialmente El Aromo y Cremaschi Furlotti. Esta exitosa participación no sólo se sustenta en la calidad de sus terroirs, sino en una decisión estratégica de competir en los segmentos de mayor valor, invirtiendo fuertemente en los viñedos y bodegas.
Aún así cuesta abrazar al Maule. Para eso hay que tener los brazos muy largos. Con un promedio de 250 kilómetros de ancho, sobresale en el mapa como uno de los valles menos finos del país. La tarea de caracterizar su oferta de vinos es complicada, casi tanto como lograr un nivel de calidad homogéneo.
“El Maule no ha sabido buscar su camino. Hay que lograr una calidad media estable. Plantar de acuerdo a las necesidades y al vino que el país está haciendo”, explica Ignacio Conca.
De acuerdo a Renán Cancino, el gran vinificador del valle es Concha y Toro, que se concentra principalmente en Pencahue y San Clemente, pero sólo “cosas muy puntuales deben sobrepasar la línea de Casillero del Diablo”.
¿PAGANDO POR EL TRAJE?
En un intenso recorrido por el valle en compañía del enólogo Claudio Barría, otro buen vecino de la zona, degusté muchas cepas y de todos los niveles de precio. Sin contar el secano de Cauquenes, que es un mundo completamente aparte, las distintas zonas maulinas comienzan a mostrar un saludable grado de especialización.
Me gustaron mucho los Sauvignon blanc de San Clemente. Este rincón, que recibe una mayor influencia de la Cordillera de Los Andes, produce varietales que poco y nada tienen que envidiarles a sus pares de otros valles. Hay que esperarlos un poco, pero una vez que abren en la copa se muestran extremadamente aromáticos. “Sí, cuesta que abran. No son de concurso”, se ríe Ignacio Conca.
Aunque no tienen esa nerviosa acidez y las notas especiadas y herbales de las zonas costeras, seducen con una mineralidad muy sureña que refresca el paladar. Incluso, según me cuentan, algunas viñas de Casablanca no se hacen problemas para comprar su fruta, pagando alrededor de un dólar por kilo.
“Algunos Sauvignon blanc del Maule compiten en calidad con los de Casablanca, pero lamentablemente es un asunto de mercado. A veces se paga el traje”, explica Philippe Debrus.
Existen viñas que quieren convertirse en un referente de esta cepa, como es el caso de Casas Patronales, que ha desplegado un gran trabajo en el viñedo, alejándose de los Sauvignonasse para abrazar los clones 1 y 242. Los resultados ya están en la copa, pero siento que aún penan, en especial en los departamentos comerciales, esas notas “neozelandesas” que supuestamente tanto valoran los mercados internacionales.
A medida que nos vamos alejando de Los Andes, deteniéndonos en los alrededores de Talca, comienzan a sobresalir las plantaciones de Carmenère. La cepa que tiene noche y concurso en el Maule, ha progresado muchísimo en el último tiempo.
“Los rendimientos son naturalmente bajos. No pasamos de 8 mil kilos por hectárea. El problema no son los taninos, sino las notas vegetales. En nuestros Carmenère no vas a encontrar mermeladas, pero sí muchos minerales. No son tan obvios como en las zonas más cálidas. Los maulinos tienen otro ritmo”, explica Ignacio Conca.
Así es. Su fruta es fresca, directa y franca, generalmente sin la mermelada que tanto abunda más al norte, sus taninos son sabrosos y bastante gentiles, pero no pueden abstraerse de su lado verde: esas notas herbáceas que asoman en nariz y que deberían ser un complemento y no la esencia de su carácter.
Para Philippe Debrus, sencillamente la discusión sobre el Carmenère está mal enfocada. Como buen francés, acostumbrado a otras madureces, plantea que la cepa tiene muchas oportunidades en mesoclimas más fríos como los del Maule.
“Hay una tendencia hacia los Carmenère cálidos, pero creo que eso es un error. No es necesario cambiar los aromas intrínsecos de la variedad. No vale la pena. Menos por una tendencia o moda. En climas más frescos funciona mejor, pero hay que tener paciencia y un poco de suerte”, comenta.
Junto a la enóloga Marcela Chandía y el gerente general de Calina Víctor Baeza, degustamos cuatro muestras de distintos cuarteles de su fundo ubicado a orillas del río Lircay. Los Carmenère fueron mostrando sus distintos atributos, desde un estilo delicado y marcado por las especias dulces, hasta una bomba de frutos rojos que llena la boca sin mezquindades.
En suelos profundos, franco arenoso-arcillosos, y con un trabajo preciosista, como lo describe Baeza, es posible vinificar Carmenère frutosos, frescos y elegantes, sin esas notas de sobremadurez que barren los límites entre las distintas variedades, pero sin eliminar tampoco esa nota especiada que aparece y desaparece con distintos niveles de intensidad, dependiendo de los rendimientos y las características de la añada.
A CRUZAR EL RIO
En la antesala del secano interior se encuentran zonas como Pencahue, tal vez la más cálida del barrio, donde en la actualidad se está plantando mucho Syrah. Sus tintos no son precisamente santos de mi devoción, pues tienden a madurar con demasiada premura. Prefiero otras rincones como Villa Alegre y especialmente Melozal, donde logran una mayor estructura, jugosidad y equilibrio.
Pero quizás el rasgo más distintivo del Maule es la persistencia de antiquísimos viñedos de secano, donde cepas como Carignan, Malbec o Nebbiolo comienzan a ser “redescubiertas” y valoradas. Viñas nortinas como De Martino, Odjfell y Morandé hace mucho rato que llegaron al barrio, específicamente detrás de estos verdaderos patrimonios vitícolas que regalan vinos complejos, concentrados y diferentes.
El secano interior, sin embargo, también se candidatea como un excelente lugar para plantar Cabernet sauvignon, aunque se trata de una cepa que no concita el mismo nivel de consenso. Mientras para Ignacio Conca no es la más rutilante del valle, pues cuesta mucho madurarla, incluso más que la Carmenère, para Rodrigo González, enólogo de Cremaschi Furlotti, simplemente es la estrella.
Degustamos Cabernet sauvignon frescos y minerales de San Clemente, pero sin la estructura y carnosidad de otros valles, y también unos caldos oscuros y concentrados de Cauquenes. Pienso que la cepa sí tiene futuro en el Maule, pero aún se halla en una etapa de búsqueda, intentando encontrar una personalidad más definida y consistente.
“En el secano interior puedes cosechar un Cabernet sauvignon con 25º Brix y pH de 3,5 entre marzo y abril. Los viñedos se equilibran naturalmente. ¿Por qué no tener rulo, entonces? No hay que descartar un buen lugar si no hay agua. Por algo muchos andan merodeando por ahí”, apunta Renán Cancino.
Maule se encuentra en una etapa crucial. Sus viñas poco a poco comienzan a despercudirse y mostrar el real valor del valle. Pero todavía falta mucho. Me llama profundamente la atención que las plantaciones se concentren en la zona media. Con excepción de Ribera del Lago en Colbún, el proyecto personal del enólogo de VIA Wines Rafael Tirado, no existen viñedos en la precordillera.
“Nadie se quiere arriesgar”, afirma Renán Cancino.
Cuando pregunto el porqué nadie se ha atrevido en las alturas, aunque sea con un proyecto experimental, la actitud más recurrente es encogerse de hombros. Algunos se aventuran a decir que el problema son las heladas, pero nadie dispone de datos fidedignos que comprueben la imposibilidad de acercarse un poco más a Los Andes.
“No puedes tener seis variedades en un mismo campo. No todas se van a dar bien. Puedes tener seis hijos inteligentes, pero debes tenerlos en ‘lugares’ diferentes. Todavía nos falta mucho por descubrir en el Maule”, dice Manuel José Henríquez, subgerente comercial de Viña El Aromo.
Tampoco se encuentran viñedos cercanos a la costa. El Centro Experimental del INIA Cauquenes desarrolló un proyecto en Chanco, cuyos resultados dimos a conocer hace poco más de un año. Recuerdo un Pinot noir muy interesante, pero salvo Miguel Torres en el Empedrado, nadie ha hecho un ademán de arrimarse al océano.
Estoy seguro que con un trabajo serio a nivel vitícola, Maule puede lograr calidad y consistencia en todas sus líneas, pero si quiere realmente destacarse y hacer ruido en el mundo, debe intensificar su relación con sus cepas autóctonas, esas parras centenarias que sueltan jugos que parecen pócimas encantadoras. Además debe cruzar el río. Atreverse con zonas más extremas, donde sus viñas profundicen las diferencias y desarrollen nuevos umbrales cualitativos.
Los productores locales vivieron muchos años de la generosidad y riqueza agrícola de la franja media del valle, pero ya es hora de que asuman nuevos riesgos y hagan del Maule un valle aún más grande y diverso.
viernes, 25 de mayo de 2007
Los siete mosqueteros del Alto Cachapoal
“Uno para todos y todos para uno”, proclaman los enólogos de Alto Cachapoal. En la búsqueda de su cepa emblemática, aquella que reflejara todo el potencial de su terroir, descubrieron que lo mejor aún está por venir: una mezcla tinta que integre las mejores barricas de las bodegas y que comprometa la creatividad de sus enólogos.
No es fácil hablar de terroir en Chile. Tampoco identificar algún origen con una cepa determinada. Si no se trata de zonas muy extremas, como pueden ser algunos bordes más costeros o australes, los valles chilenos aceptan de buena gana un gran abanico de variedades. Aunque una misma denominación puede producir con relativo éxito cepas tan disímiles como Chardonnay, Syrah y Cabernet sauvignon, no necesariamente podremos inferir que estas tierras son las más aptas para su desarrollo. Muchas veces el portafolio de productos de una viña obedece a criterios comerciales y no técnicos, dejando en un segundo plano la búsqueda de un ideal de calidad.
El ejercicio cualitativo planteado por siete viñas de Alto Cachapoal es inédito. Y atrevido, por decir lo menos. De la mano del sommelier español Pascual Ibáñez, y después de meses de discusiones, estudios y talleres, los enólogos de Altaïr, Anakena, Gracia, Porta, Casas del Toqui, Château Los Boldos y Lagar de Bezana, se atrevieron a postular aquellas cepas que mejor los representan. “El proceso fue muy interesante. Al buscar aspectos comunes, las cepas que se expresaran mejor en el valle, descubrimos que existe un carácter distintivo: una especie de terroir”, afirma Gonzalo Pérez, enólogo de Anakena.
Y junto con descubrir aquellos rasgos integradores, también fueron sufriendo las primeras bajas. Merlot y Chardonnay, descartados. Fueron las cepas que menos adeptos encontraron en el valle, incluso más de algún enólogo dijo estar dispuesto a reemplazar sus hectáreas por otras variedades. Sencillamente no se adaptan bien y, en el caso del Merlot, sufre sus ya consabidos y crónicos problemas de deshidratación.
“El Merlot no se ha adaptado muy bien en ninguna parte de Chile, pero para colmo el nuestro está plantado en el lugar más cálido del campo. Son vinos sin mucha fruta y estructura. Hemos pensado en arrancarlo. En nuestra mezcla el Cabernet sauvignon es la columna vertebral; el Cabernet franc aporta fruta y carácter; el Carmenère, notas especiadas y una calidad espectacular de taninos... ¿Y el Merlot? No nos aporta mucho. Esa es la verdad”, opina Ana María Cumsille, enóloga de Altaïr.
Si bien perviven algunas excepciones, como el Merlot Vielles Vignes de Château Los Boldos, no es una cepa que profundice su relación con el valle. De acuerdo a Gonzalo Pérez, puede andar bien en algunos sectores específicos, pero para eso es imprescindible trabajar con plantas clonales. “Lo ideal es que las raíces no fueran de Merlot, sino de algún portainjerto. Es una cepa con un crecimiento radicular muy superficial, por lo tanto requiere asentarse muy bien en el suelo para lograr una adecuada expresión varietal”, apunta.
Con el Carmenère, sin embargo, los juicios no son tan categóricos. Si bien cuenta con grandes defensores, como Ana María Cumsille, la mayoría de los enólogos coincide en que cuesta mucho madurarlo. “Nosotros sacamos un Carmenère súper bueno para nuestra línea Single Vineyard, pero tiene sus bemoles. Es una cepa que aquí tiene techo. Quizás sirva como parte de una mezcla, pero no como nuestra cepa emblemática. En otros sectores de Cachapoal, como Las Cabras o Peumo, logra mucho más consistencia y un carácter más definido”, explica Gonzalo Pérez.
Aunque existen algunos buenos ejemplos de Sauvignon blanc, y sobre todo promisorios resultados con el Viognier, una cepa blanca de corazón negro, sin lugar a dudas Alto Cachapoal es una zona de tintos. La influencia cordillerana, que marca la personalidad de sus vinos, permite madurar las cepas con mucha parsimonia, logrando un gran equilibrio entre alcohol y acidez. Al margen de su composición varietal, Ibáñez plantea que existen ciertas características comunes entre los vinos más sobresalientes del valle, como buenos colores, pHs bajos, fruta fresca y taninos elegantes. “Y ahí creemos puede estar la clave de nuestra búsqueda”, nos adelanta el sommelier.
Si bien el Cabernet sauvignon es la cepa más consolidada, en un comienzo la mayoría de los enólogos postuló al Syrah como cepa emblemática, tanto por razones de producción como de marketing. “Quizás tendríamos una ventaja comparativa, pues la cepa es relativamente nueva en el país. Tiene cualidades para desarrollarse bien en Alto Cachapoal y es una excelente alternativa frente a la vinificación masiva y generalizada de Cabernet. Hasta el momento ningún valle se ha atrevido en transformarla en su bandera. Su calidad insinúa un gran potencial, pero faltan años de cultivo y manejo para conocer su verdadera evolución”, explica el autor del estudio.
Aunque el Syrah cuenta con muy buenos exponentes, e insinúa un futuro esplendor en el valle, todavía es muy temprano para emitir juicios concluyentes. La juventud de sus parras atenta contra una mayor estructura, pero las condiciones climáticas del valle, que lo posicionan como una zona intermedia entre los cálidos Aconcagua o Apalta y los climas costeros como Casablanca o Limarí, concentran expectativas y abren un interesante nicho donde atributos como sus notas florales, frutos frescos y cuerpos más estilizados que musculosos son muy valorados.
SU MAJESTAD CABERNET
El Cabernet sauvignon, aunque no representa una novedad en términos comerciales, continúa imponiéndose en el valle, reinando con autoridad, criterio y elegancia. Para algunos enólogos, Alto Cachapoal es una zona fronteriza, que no siempre deja madurar a esta cepa con propiedad, pero cuando el clima da su venia, los resultados son realmente superlativos. “Los mejores vinos nacen a partir de Cabernet o de sus mezclas. Son elegantes, frescos y con una expresión no alcohólica. Puede que una temporada sea más calurosa que otra, pero siempre su acidez se mantiene imperturbable. En Alto Cachapoal el Cabernet logra un equilibrio impresionante”, comenta Ana María Cumsille.
De acuerdo a Ana Salomó, enóloga de Porta y Gracia, sin duda Cabernet y Syrah son las cepas que mejor se adaptan en el valle, pero también es necesario precisar ciertas diferencias de manejo en los viñedos que apuntan a distintos segmentos de precio. Si se mantienen cargas bajísimas, como es el caso de los cuarteles de Altaïr o de las antiguas parras de Grand Cru de Château Los Boldos, obviamente costará mucho menos lograr un óptimo nivel de maduración. Sin embargo, si se trabaja con cargas mayores, el panorama puede cambiar, y mucho. “Estamos en una zona límite para madurar el Cabernet. El Syrah, en cambio, con rendimientos de hasta 12 toneladas por hectárea igual madurará sin problemas”, explica.
En un país sobrepoblado de Cabernet sauvignon, y donde la cepa ha alcanzado grandes alturas cualitativas, inmediatamente surgen las siempre odiosas comparaciones. De acuerdo a Ibáñez, los enólogos de Alto Cachapoal, en oposición al carácter maduro de Colchagua, se sienten más identificados con los vinos de Alto Maipo, pero con algunas diferencias. “Es la variedad más consolidada en Chile y también en Alto Cachapoal. También la más demandada y competitiva del país. Es por eso que es importante establecer diferencias claras entre los Cabernet de Alto Cachapoal y el resto del país Y una de las más importantes es su fruta. Definitivamente sus pHs son más bajos que en Maipo y Colchagua”, afirma.
Según la enóloga de Altaïr, tanto Alto Cachapoal como Alto Maipo son excelentes para tintos, y en especial para Cabernet, pero tienen una tipicidad distinta. “Hacer más de los mismo es una lata. Este valle es menos explotado en términos de marketing, pero se para sin problemas frente al Alto Maipo. Sus vinos no son mejores ni peores, sino diferentes. Altaïr, por ejemplo, no es el prototipo de un vino de concurso. No se caracteriza por ser una mezcla demasiado potente y concentrada, sino sus atributos van por otro lado. Es un estilo más elegante y sofisticado”, sostiene.
LA UNIÓN HACE LA FUERZA
Después de la última etapa del estudio, donde los enólogos cataron a ciegas los 18 vinos finalistas, las conclusiones nos acercan más al hallazgo de un carácter único y distintivo, pero al mismo tiempo nos alejan del objetivo de establecer una cepa emblemática. Resulta bastante decidor que entre los cinco vinos mejor evaluados se encuentran cuatro Cabernet sauvignon -o mezclas donde funciona como la cepa preponderante- y tan sólo un Syrah.
Ibáñez plantea que si la elección estuviera basada en las clasificaciones de la gran cata final, sin discusión alguna el Cabernet sauvignon llevaría la delantera. Según el sommelier, tiene a su favor una acumulada experiencia en el manejo, suele provenir de viñedos más antiguos y existe una mayor producción y demanda. Sin embargo, la Syrah, la segunda variedad en puntuaciones y cantidad de muestras, es una ilusión que irrumpe con fuerza y una juventud arrolladora.
“Ostia, creo se corre un riesgo altísimo en ir por una cepa emblemática. ¿Cómo podemos asociarnos, por ejemplo, con Cabernet sauvignon si el Maipo y otros valles del mundo llevan años y años en eso? La verdad es que sudé la gota gorda. Tenía miedo, pero la solución a la que estamos llegando me parece novedosa. Olvidémonos de la cepa emblemática. Mejor pensemos en aquellas características que unen y distinguen a los vinos del valle”, explica el sommelier.
Al margen de la calidad, que por supuesto no es un asunto menor, los grandes vinos siempre suelen asociarse a un lugar específico. “Y no pocas veces el origen pesa más que el vino en sí”, apunta Ibáñez, poniendo como ejemplo el comportamiento sublime del Pinot noir en la Borgoña o los vinos especiales de Champagne, Jerez y Oporto. Todos ellos, qué duda cabe, son productos únicos y aferrados con fuerza a su origen.
Junto al establecimiento de una personalidad que distingue a Alto Cachapoal, también surgió la propuesta de producir un vino de colección: una mezcla tinta que integre las mejores barricas de las bodegas de la zona y que comprometa la creatividad de sus enólogos. Se trata de un proyecto aún en debate -sólo está lanzada la idea-, pero que podría embotellar las cualidades de un valle que necesita diferenciarse de sus pares y mostrar al mundo su potencial.
“Es un camino súper interesante, pero con ciertas complicaciones. Pero lo bueno nunca ha sido fácil. La búsqueda de un vino con sentido de terroir es una idea muy atractiva y que pondrá a prueba la creatividad de los enólogos. Me imagino un vino con mucha fruta negra, cassis, notas de violeta, goloso, elegante, jugoso, largo y persistente. Una mezcla principalmente de Cabernet y Syrah... Y una gotita de Viognier tampoco le vendría mal.”, dice Gonzalo Pérez. “Sí, con algo de Viognier, pero también de Granache. Mientras más componentes, mejor. Así el vino es más diverso y complejo”, agrega Ana Salomó. “No hay dos enólogos que piensen igual. Imagínate la locura. Creo que sería una experiencia increíble y juntos lograríamos un tremendo vino”, asegura Ana María Cumsille.
RASGOS COMUNES
A primera vista, y también al segundo y tercer sorbo, se advierten ciertas características comunes entre los vinos de Alto Cachapoal que marcan una diferencia, forjando una personalidad distintiva que va más allá de la elección de una cepa emblemática.
• Vinos con pHs relativamente bajos.
• Colores vivos sin necesidad de mucha maceración.
• Fruta fresca sin llegar a la sobremaduración.
• Equilibrio y compensación entre alcohol y acidez.
• Tintos algo duros en su juventud.
• Mayor potencial de envejecimiento comparado con otras zonas.
CEPAS GANADORAS
Aunque la idea original era encontrar una cepa que interpretara mejor las características de Alto Cachapoal, no se pudieron alcanzar juicios concluyentes. Existe consenso en descartar ciertas cepas, mientras dos de ellas corren como grandes favoritas.
• Si bien no tan perfumado como en otras zonas, los Sauvignon blanc son de buen cuerpo y untuosidad.
• Aunque sólo Anakena y Gracia producen esta cepa, el Viognier es el blanco mejor evaluado del valle.
• Existen pocas posibilidades para el Carmenère, a menos que los rendimientos sean muy bajos.
• Nadie quiso apostar por el Merlot y el Chardonnay.
• El Syrah insinúa un tremendo potencial, situándose más cerca de un estilo francés que australiano.
• El Cabernet sauvignon es la mejor cepa del valle en cuanto a cantidad y calidad.
No es fácil hablar de terroir en Chile. Tampoco identificar algún origen con una cepa determinada. Si no se trata de zonas muy extremas, como pueden ser algunos bordes más costeros o australes, los valles chilenos aceptan de buena gana un gran abanico de variedades. Aunque una misma denominación puede producir con relativo éxito cepas tan disímiles como Chardonnay, Syrah y Cabernet sauvignon, no necesariamente podremos inferir que estas tierras son las más aptas para su desarrollo. Muchas veces el portafolio de productos de una viña obedece a criterios comerciales y no técnicos, dejando en un segundo plano la búsqueda de un ideal de calidad.
El ejercicio cualitativo planteado por siete viñas de Alto Cachapoal es inédito. Y atrevido, por decir lo menos. De la mano del sommelier español Pascual Ibáñez, y después de meses de discusiones, estudios y talleres, los enólogos de Altaïr, Anakena, Gracia, Porta, Casas del Toqui, Château Los Boldos y Lagar de Bezana, se atrevieron a postular aquellas cepas que mejor los representan. “El proceso fue muy interesante. Al buscar aspectos comunes, las cepas que se expresaran mejor en el valle, descubrimos que existe un carácter distintivo: una especie de terroir”, afirma Gonzalo Pérez, enólogo de Anakena.
Y junto con descubrir aquellos rasgos integradores, también fueron sufriendo las primeras bajas. Merlot y Chardonnay, descartados. Fueron las cepas que menos adeptos encontraron en el valle, incluso más de algún enólogo dijo estar dispuesto a reemplazar sus hectáreas por otras variedades. Sencillamente no se adaptan bien y, en el caso del Merlot, sufre sus ya consabidos y crónicos problemas de deshidratación.
“El Merlot no se ha adaptado muy bien en ninguna parte de Chile, pero para colmo el nuestro está plantado en el lugar más cálido del campo. Son vinos sin mucha fruta y estructura. Hemos pensado en arrancarlo. En nuestra mezcla el Cabernet sauvignon es la columna vertebral; el Cabernet franc aporta fruta y carácter; el Carmenère, notas especiadas y una calidad espectacular de taninos... ¿Y el Merlot? No nos aporta mucho. Esa es la verdad”, opina Ana María Cumsille, enóloga de Altaïr.
Si bien perviven algunas excepciones, como el Merlot Vielles Vignes de Château Los Boldos, no es una cepa que profundice su relación con el valle. De acuerdo a Gonzalo Pérez, puede andar bien en algunos sectores específicos, pero para eso es imprescindible trabajar con plantas clonales. “Lo ideal es que las raíces no fueran de Merlot, sino de algún portainjerto. Es una cepa con un crecimiento radicular muy superficial, por lo tanto requiere asentarse muy bien en el suelo para lograr una adecuada expresión varietal”, apunta.
Con el Carmenère, sin embargo, los juicios no son tan categóricos. Si bien cuenta con grandes defensores, como Ana María Cumsille, la mayoría de los enólogos coincide en que cuesta mucho madurarlo. “Nosotros sacamos un Carmenère súper bueno para nuestra línea Single Vineyard, pero tiene sus bemoles. Es una cepa que aquí tiene techo. Quizás sirva como parte de una mezcla, pero no como nuestra cepa emblemática. En otros sectores de Cachapoal, como Las Cabras o Peumo, logra mucho más consistencia y un carácter más definido”, explica Gonzalo Pérez.
Aunque existen algunos buenos ejemplos de Sauvignon blanc, y sobre todo promisorios resultados con el Viognier, una cepa blanca de corazón negro, sin lugar a dudas Alto Cachapoal es una zona de tintos. La influencia cordillerana, que marca la personalidad de sus vinos, permite madurar las cepas con mucha parsimonia, logrando un gran equilibrio entre alcohol y acidez. Al margen de su composición varietal, Ibáñez plantea que existen ciertas características comunes entre los vinos más sobresalientes del valle, como buenos colores, pHs bajos, fruta fresca y taninos elegantes. “Y ahí creemos puede estar la clave de nuestra búsqueda”, nos adelanta el sommelier.
Si bien el Cabernet sauvignon es la cepa más consolidada, en un comienzo la mayoría de los enólogos postuló al Syrah como cepa emblemática, tanto por razones de producción como de marketing. “Quizás tendríamos una ventaja comparativa, pues la cepa es relativamente nueva en el país. Tiene cualidades para desarrollarse bien en Alto Cachapoal y es una excelente alternativa frente a la vinificación masiva y generalizada de Cabernet. Hasta el momento ningún valle se ha atrevido en transformarla en su bandera. Su calidad insinúa un gran potencial, pero faltan años de cultivo y manejo para conocer su verdadera evolución”, explica el autor del estudio.
Aunque el Syrah cuenta con muy buenos exponentes, e insinúa un futuro esplendor en el valle, todavía es muy temprano para emitir juicios concluyentes. La juventud de sus parras atenta contra una mayor estructura, pero las condiciones climáticas del valle, que lo posicionan como una zona intermedia entre los cálidos Aconcagua o Apalta y los climas costeros como Casablanca o Limarí, concentran expectativas y abren un interesante nicho donde atributos como sus notas florales, frutos frescos y cuerpos más estilizados que musculosos son muy valorados.
SU MAJESTAD CABERNET
El Cabernet sauvignon, aunque no representa una novedad en términos comerciales, continúa imponiéndose en el valle, reinando con autoridad, criterio y elegancia. Para algunos enólogos, Alto Cachapoal es una zona fronteriza, que no siempre deja madurar a esta cepa con propiedad, pero cuando el clima da su venia, los resultados son realmente superlativos. “Los mejores vinos nacen a partir de Cabernet o de sus mezclas. Son elegantes, frescos y con una expresión no alcohólica. Puede que una temporada sea más calurosa que otra, pero siempre su acidez se mantiene imperturbable. En Alto Cachapoal el Cabernet logra un equilibrio impresionante”, comenta Ana María Cumsille.
De acuerdo a Ana Salomó, enóloga de Porta y Gracia, sin duda Cabernet y Syrah son las cepas que mejor se adaptan en el valle, pero también es necesario precisar ciertas diferencias de manejo en los viñedos que apuntan a distintos segmentos de precio. Si se mantienen cargas bajísimas, como es el caso de los cuarteles de Altaïr o de las antiguas parras de Grand Cru de Château Los Boldos, obviamente costará mucho menos lograr un óptimo nivel de maduración. Sin embargo, si se trabaja con cargas mayores, el panorama puede cambiar, y mucho. “Estamos en una zona límite para madurar el Cabernet. El Syrah, en cambio, con rendimientos de hasta 12 toneladas por hectárea igual madurará sin problemas”, explica.
En un país sobrepoblado de Cabernet sauvignon, y donde la cepa ha alcanzado grandes alturas cualitativas, inmediatamente surgen las siempre odiosas comparaciones. De acuerdo a Ibáñez, los enólogos de Alto Cachapoal, en oposición al carácter maduro de Colchagua, se sienten más identificados con los vinos de Alto Maipo, pero con algunas diferencias. “Es la variedad más consolidada en Chile y también en Alto Cachapoal. También la más demandada y competitiva del país. Es por eso que es importante establecer diferencias claras entre los Cabernet de Alto Cachapoal y el resto del país Y una de las más importantes es su fruta. Definitivamente sus pHs son más bajos que en Maipo y Colchagua”, afirma.
Según la enóloga de Altaïr, tanto Alto Cachapoal como Alto Maipo son excelentes para tintos, y en especial para Cabernet, pero tienen una tipicidad distinta. “Hacer más de los mismo es una lata. Este valle es menos explotado en términos de marketing, pero se para sin problemas frente al Alto Maipo. Sus vinos no son mejores ni peores, sino diferentes. Altaïr, por ejemplo, no es el prototipo de un vino de concurso. No se caracteriza por ser una mezcla demasiado potente y concentrada, sino sus atributos van por otro lado. Es un estilo más elegante y sofisticado”, sostiene.
LA UNIÓN HACE LA FUERZA
Después de la última etapa del estudio, donde los enólogos cataron a ciegas los 18 vinos finalistas, las conclusiones nos acercan más al hallazgo de un carácter único y distintivo, pero al mismo tiempo nos alejan del objetivo de establecer una cepa emblemática. Resulta bastante decidor que entre los cinco vinos mejor evaluados se encuentran cuatro Cabernet sauvignon -o mezclas donde funciona como la cepa preponderante- y tan sólo un Syrah.
Ibáñez plantea que si la elección estuviera basada en las clasificaciones de la gran cata final, sin discusión alguna el Cabernet sauvignon llevaría la delantera. Según el sommelier, tiene a su favor una acumulada experiencia en el manejo, suele provenir de viñedos más antiguos y existe una mayor producción y demanda. Sin embargo, la Syrah, la segunda variedad en puntuaciones y cantidad de muestras, es una ilusión que irrumpe con fuerza y una juventud arrolladora.
“Ostia, creo se corre un riesgo altísimo en ir por una cepa emblemática. ¿Cómo podemos asociarnos, por ejemplo, con Cabernet sauvignon si el Maipo y otros valles del mundo llevan años y años en eso? La verdad es que sudé la gota gorda. Tenía miedo, pero la solución a la que estamos llegando me parece novedosa. Olvidémonos de la cepa emblemática. Mejor pensemos en aquellas características que unen y distinguen a los vinos del valle”, explica el sommelier.
Al margen de la calidad, que por supuesto no es un asunto menor, los grandes vinos siempre suelen asociarse a un lugar específico. “Y no pocas veces el origen pesa más que el vino en sí”, apunta Ibáñez, poniendo como ejemplo el comportamiento sublime del Pinot noir en la Borgoña o los vinos especiales de Champagne, Jerez y Oporto. Todos ellos, qué duda cabe, son productos únicos y aferrados con fuerza a su origen.
Junto al establecimiento de una personalidad que distingue a Alto Cachapoal, también surgió la propuesta de producir un vino de colección: una mezcla tinta que integre las mejores barricas de las bodegas de la zona y que comprometa la creatividad de sus enólogos. Se trata de un proyecto aún en debate -sólo está lanzada la idea-, pero que podría embotellar las cualidades de un valle que necesita diferenciarse de sus pares y mostrar al mundo su potencial.
“Es un camino súper interesante, pero con ciertas complicaciones. Pero lo bueno nunca ha sido fácil. La búsqueda de un vino con sentido de terroir es una idea muy atractiva y que pondrá a prueba la creatividad de los enólogos. Me imagino un vino con mucha fruta negra, cassis, notas de violeta, goloso, elegante, jugoso, largo y persistente. Una mezcla principalmente de Cabernet y Syrah... Y una gotita de Viognier tampoco le vendría mal.”, dice Gonzalo Pérez. “Sí, con algo de Viognier, pero también de Granache. Mientras más componentes, mejor. Así el vino es más diverso y complejo”, agrega Ana Salomó. “No hay dos enólogos que piensen igual. Imagínate la locura. Creo que sería una experiencia increíble y juntos lograríamos un tremendo vino”, asegura Ana María Cumsille.
RASGOS COMUNES
A primera vista, y también al segundo y tercer sorbo, se advierten ciertas características comunes entre los vinos de Alto Cachapoal que marcan una diferencia, forjando una personalidad distintiva que va más allá de la elección de una cepa emblemática.
• Vinos con pHs relativamente bajos.
• Colores vivos sin necesidad de mucha maceración.
• Fruta fresca sin llegar a la sobremaduración.
• Equilibrio y compensación entre alcohol y acidez.
• Tintos algo duros en su juventud.
• Mayor potencial de envejecimiento comparado con otras zonas.
CEPAS GANADORAS
Aunque la idea original era encontrar una cepa que interpretara mejor las características de Alto Cachapoal, no se pudieron alcanzar juicios concluyentes. Existe consenso en descartar ciertas cepas, mientras dos de ellas corren como grandes favoritas.
• Si bien no tan perfumado como en otras zonas, los Sauvignon blanc son de buen cuerpo y untuosidad.
• Aunque sólo Anakena y Gracia producen esta cepa, el Viognier es el blanco mejor evaluado del valle.
• Existen pocas posibilidades para el Carmenère, a menos que los rendimientos sean muy bajos.
• Nadie quiso apostar por el Merlot y el Chardonnay.
• El Syrah insinúa un tremendo potencial, situándose más cerca de un estilo francés que australiano.
• El Cabernet sauvignon es la mejor cepa del valle en cuanto a cantidad y calidad.
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