Finalmente caté el último día del concurso Vinalies Catad'Or. Me tocó en la misma comisión que mi querida amiga española Isabel Mijares y, como nunca antes, dije nunca antes, nos llevamos bastante bien, coincidiendo en muchos puntaje.
Este año, a diferencia de las otras versiones, se adaptó el estilo Vinalies. Es decir, el catador ya no es un ser solitario que sólo debe responderle a su conciencia, sino los vinos se catan y discuten grupalmente.
Lo que encontré último es que, con la excepción de Isabel, los presidentes de mesa fueron todos franchutes. Esto no tiene nombre. Cuando voy a un concurso en Francia, la mayoría de los presidentes son franceses. Lo mismo pasa en España y en Tumbuctú.
¿Acaso los chilenos tenemos la nariz atrofiada?
Está bien que Catad'Or se haya unido con Vinalies, pero tiene que ser una alianza equitativa. No puede ser que el concurso de los enólogos franceses imponga todos sus términos.
No fui a la premiación en señal de protesta.
miércoles, 15 de julio de 2009
jueves, 9 de julio de 2009
El chasco
Hoy me levanté más temprano que nunca. A las 8 AM ya estaba en pie, listo dispuesto y para participar como jurado en el Vinalies Catad'Or América Latina 2009.
Llegué al Hyatt de Santiago y me encontré con una verdadera invasión de franceses. No los conté, pero me pareció que eran más en número que los catadores chilenos.
Con razón somos tan afrancesados. Nos gusta el vin y el canard. Y creemos que el mundo gira en torno nuestro.
Este año Vinalies, el concurso organizado por la asociación de enólogos franchutes, impuso sus términos en esta sociedad con Cata'Or. No sólo los franceses son presidentes de comisión, sino además impusieron su metodología.
Ahora se cata en una mesa redonda, donde se discuten las cualidades y defectos de los vinos, sobre todos los que están al borde de una medalla.
Cuando ya estaba dispuesto a sentarme, se acerca Isabel Saíz, la dueña del concurso, y me informa que hubo un error y que me toca catar mañana. "Igual me imagino que tienes muchas cosas que hacer esta mañana", me dice.
Salí algo malhumurado y en venganza me comí todas las galletas del coffee break. Me duele el estómago, pero se me va a pasar cuando salgan los catadores y tengan que mascar lauchas.
Llegué al Hyatt de Santiago y me encontré con una verdadera invasión de franceses. No los conté, pero me pareció que eran más en número que los catadores chilenos.
Con razón somos tan afrancesados. Nos gusta el vin y el canard. Y creemos que el mundo gira en torno nuestro.
Este año Vinalies, el concurso organizado por la asociación de enólogos franchutes, impuso sus términos en esta sociedad con Cata'Or. No sólo los franceses son presidentes de comisión, sino además impusieron su metodología.
Ahora se cata en una mesa redonda, donde se discuten las cualidades y defectos de los vinos, sobre todos los que están al borde de una medalla.
Cuando ya estaba dispuesto a sentarme, se acerca Isabel Saíz, la dueña del concurso, y me informa que hubo un error y que me toca catar mañana. "Igual me imagino que tienes muchas cosas que hacer esta mañana", me dice.
Salí algo malhumurado y en venganza me comí todas las galletas del coffee break. Me duele el estómago, pero se me va a pasar cuando salgan los catadores y tengan que mascar lauchas.
jueves, 4 de junio de 2009
Colchagua, arriba
Cada vez son más las viñas que se atreven a cruzar la carretera en busca de frescura, tanto para sus tintos como blancos. La cordillera es el nuevo hot spot de la tradicional Colchagua.
El paisaje es agreste. Entre espinos, arbustos y pastizales, pasean sin apuro un puñado de vacas. Se respira quietud. Incluso cierta languidez. Sólo el viento, que comienza a soplar con fuerza durante la tarde, rompe repentinamente la calma en Los Lingues. Ya entrada la noche, cuando el sol ya descansa detrás de la Cordillera de la Costa, se escucha, a lo lejos, un estruendo. Dos jóvenes aprietan el gatillo de sus escopetas y expulsan un racimo de perdigones.
“Alcancé a conocer el campo antes de que fuera plantado. Un campo re’ lindo donde íbamos a conejear. Años después, cuando aún estaba en la universidad, trabajé en la viña y participé de los estudios y la plantación de los viñedos de Los Lingues”, cuenta José Ignacio Maturana, enólogo de Viña Casa Silva.
Sondearon muchos otros predios, pero finalmente la familia Silva (José Ignacio es muy amigo de Gonzalo Silva, su otrora compañero de caza) se inclinó por estas tierras compuestas por un crisol de suelos y con una Cordillera de Los Andes que parece venirse encima. Sin duda: querían algo especial.
A estas alturas de Chile, los cordones de ambas cordilleras están muy próximos, formando una especie de embudo por donde se cuelan los fríos vientos sureño y cordillerano. Estas diferencias de presión no sólo convierten Los Lingues en una zona muy ventosa, sino que hacen que las temperaturas máximas durante el verano alcancen niveles soportables para el ser humano, pero sobre todo para que las parras regalen una fruta más fresca que al interior de Colchagua.
De acuerdo a Maturana, Viña Casa Silva cuenta en este pequeño valle con un jardín de variedades, pero son el Cabernet sauvignon, el Petit verdot y especialmente el Carmenère las cepas que alcanzan las mayores alturas. También producen un Viognier más que interesante, pero Los Lingues siempre fue pensado en función de cepajes tintos.
“Es un lugar con muy buena radiación, pero sin golpes de sol y donde llueve muy poco en comparación con el resto de Colchagua. Diría que es una zona cálida, pero con temperaturas moderadas y una muy amplitud térmica entre el día y la noche”, explica el enólogo.
Además de los efectos del clima, los suelos son muy especiales. Los Lingues es un verdadero rompecabezas. Simplemente se pueden encontrar todas las composiciones y texturas, desde suelos aptos para plantaciones de choclos y otras especies de gran rendimiento, hasta para viñedos que producen vinos de alta gama.
Ignacio Conca, enólogo de TerraNoble (la viña posee 30 hectáreas en Los Lingues), es tajante y afirma que no todos los suelos son aptos para producir vino. “En algunos sectores hay arcilla para hacer cacharritos”, se ríe.
Debido a la heterogeneidad de los suelos, Conca ha debido dividir, por ejemplo, sus 20 hectáreas de Cabernet sauvignon en 5 cuarteles con 15 lotes distintos de cosecha. “¡Y pasan nada menos que 3 semanas entre que se corta la fruta del primer lote y el último!”, exclama el enólogo.
Algo muy similar le ocurre a Maturana. Sus 160 hectáreas se pueden (y deben) manejar como un chiche para lograr buenos niveles de calidad. De hecho, el comentado proyecto Microterroir, que dio vida al gran Carmenère del mismo nombre, divide el campo en un sinnúmero de pequeños sectores de formas irregulares que pueden alcanzar apenas 0,2 hectáreas. Cada bloque, cada pieza, es manejada en forma independiente para lograr una madurez homogénea de sus uvas y altos estándares cualitativos.
En términos gruesos son suelos de precordillera de mucha piedra, profundos y de buen drenaje. Las raíces de las parras tienen espacio para explorar y extraer agua y minerales. “Estas condiciones son básicas para producir un buenos Carmenère. Buenos Cabernet sauvignon, en cambio, puedes encontrar en muchos lugares. Es menos regodeón. No es tan exigente”, sostiene el enólogo.
Maturana explica que en Los Lingues se logra todo naturalmente y la fruta se corta 15 días antes que el promedio de Colchagua. “¿Qué nos lleva a esto?”, se pregunta el enólogo. Y se responde: “Nos interesa que la variedad se exprese en toda su magnitud. No queremos compotas ni pasas. Queremos entregar en el vino esa nota vegetal, pero elegante, queremos que no haya dudas de que es un Carmenère”.
Para Ignacio Conca, definitivamente se trata de una zona de tintos. “He visto algunos Sauvignon blanc y no pasa nada”, sentencia, y dice que las cepas que alcanzan un mejor nivel son lejos el Carmenère y Petit verdot.
“El Cabernet sauvignon puede estar más complicado porque los suelos te pueden jugar una mala pasada. El Carmenère, en cambio, es intenso y frutal, mientras que el Petit verdot es realmente sorprendente. Nunca he probado una fruta más clara y rica que lo que se da en Los Lingues. Es redondo, con buen color, buena acidez y mucha fruta”, asegura.
Algunos kilómetros más al sur, de Chimbarongo hacia la cordillera, las temperaturas promedio aún son más bajas y dan margen para la producción de vinos blancos. Allí Viñedos Emiliana posee un campo propio ubicado a 3 kilómetros de la carretera, donde hay plantado Sauvignon blanc, Viognier, Marsanne y Chardonnay.
“Contamos allí con un suelo muy aluvial, franjeado por zonas arenosas y pedregosas, por lo tanto el tema de la cosecha es muy complicado. Pero, a pesar de estos retos que nos impone el terreno, producimos vinos con notas minerales y de acidez muy fresca, que le dan un muy buen equilibrio en la profundidad de la boca”, dice César Morales, enólogo de Viñedos Emiliana.
Esta viña, que se ha especializado en vinos orgánicos y biodinámicos, también trabaja otro campo muy próximo al otro, a 8 kilómetros de la carretera, perteneciente a sus socios estratégicos de la agrícola Viconto. Aunque está plantado con Gewürztraminer, Sauvignon blanc, Chardonnay y Pinot noir, Morales sueña con el Côte du Rhône y en emular una mezcla colchagüina de Marsanne-Viognier.
“El problema es que en una empresa grande o mediana como la nuestra, que vende 900 mil cajas al año, cuesta mucho hacer líneas o vinos de bajas producciones. Es una lucha constante con el departamento comercial. Hoy estoy peleando para sacar una mezcla de Marsanne-Viognier. Vamos a ver cómo me va. Este año la voy a testear en Suecia”, explica.
A estas empresas también les cuesta atreverse con cepajes tintos en condiciones un poco más extremas como la de estos dos campos, pues privilegian una producción consistente año a año. “Había Cabernet sauvignon y Carmenère, pero estaban mal posicionados. Costaba mucho llegar a madurez. Ahora, cuando lo hacían, los vinos eran realmente increíbles (sólo en 2003 lograron madurar apropiadamente). La verdad es que podríamos haber dejado algo, pero comercialmente era difícil”, explica el enólogo.
Pero si de alturas se trata, Morales revela que también están trabajando en un campo en Puerta Negra, ubicado a 23 kilómetros de San Fernando, camino a las Termas del Flaco. Aunque el campo está en primer año de producción, el enólogo afirma que tiene un potencial muy importante, especialmente para Pinot noir, Viognier, Sauvignon blanc y Chardonnay. “¿Y tintos?”, le pregunto, intuyendo la respuesta. “Tengo un Malbec que pienso mezclar con Carmenère, pero la verdad es que es muy poco”.
Otro que anda merodeando por la zona es Marcelo Gallardo, enólogo de Los Vascos. Precisamente en el sector de La Sierra, un poco antes de Chimbarongo y a 2,5 kilómetros de la carretera, compra Sauvignon blanc y Chardonnay.
“Es una alternativa mucho mejor que Casablanca porque compramos a un mucho mejor precio y mantenemos la denominación Colchagua (el Sauvignon blanc de Casablanca se vende entre US$ 1,2 a US$ 1,5 el kilo en años normales, mientras que el de La Sierra, por ejemplo, se equilibra por lo US$ 0,7)”, afirma el enólogo.
Sin embargo, las diferencias no son sólo de precio. Debido a la gran radiación solar que ilumina los viñedos, ubicados nada menos que a 700 metros sobre el nivel del mar, el Sauvignon blanc colchagüino posee notas de mandarina, de fruta más madura, sin los aromas vegetales que se dan en Casablanca.
“El Chardonnay, en cambio, es más austero en nariz, pero la boca es mucho más cremosa, golosa y envolvente. Este año, por ejemplo, el Chardonnay de Casablanca está súper diluido, así es que usaremos el de Colchagua para potenciar sus bocas”, dice Gallardo.
Lamentablemente, cuando ganas en algo, siempre pierdes por otro lado. Así al menos es en el campo de la enología. A pesar de que estos vinos son más golosos, y en el caso del Chardonnay llenan ese paladar medio que en Casablanca se siente algo agujereado, los blancos de Colchagua no tienen la acidez y vivacidad de los del valle costero.
Las diferencias de acidez total casi alcanzan un gramo (en enología es un abismo). Es por eso que el enólogo de Los Vascos ocupa este vino para potenciar sus mezclas de Casablanca y Leyda, conservando el mayor frescor de la costa, pero llenando la boca de la fruta y viscosidad cordillerana. “Podría atreverme a hacer un Chardonnay solo de Colchagua, pero en el caso del Sauvignon blanc no puedo. Esta cepa sigue siendo de Casablanca”, sostiene.
- ¿Y tintos? -me animo a preguntar nuevamente.
- Con los tintos no pasa mucho. En laderas con buena exposición el Syrah se adapta bien. Estamos haciendo ensayos. Pero los Cabernet sauvignon y Carmenère no andan muy bien. Son difíciles de manejar. Las acideces son muy desequilibradas”, opina.
Donde habían sólo espinos y alguno que otro matorral con ínfulas de árbol, el paisaje de Alto Colchagua (o Colchagua Andes, como le gusta llamarle Gallardo) está cambiando dramáticamente, tiñéndose con el verde de los viñedos. Colchagua crece y se ensancha desde la cordillera al mar. Sus viñateros buscan refrescar sus vinos y, al parecer, lo están logrando.
El paisaje es agreste. Entre espinos, arbustos y pastizales, pasean sin apuro un puñado de vacas. Se respira quietud. Incluso cierta languidez. Sólo el viento, que comienza a soplar con fuerza durante la tarde, rompe repentinamente la calma en Los Lingues. Ya entrada la noche, cuando el sol ya descansa detrás de la Cordillera de la Costa, se escucha, a lo lejos, un estruendo. Dos jóvenes aprietan el gatillo de sus escopetas y expulsan un racimo de perdigones.
“Alcancé a conocer el campo antes de que fuera plantado. Un campo re’ lindo donde íbamos a conejear. Años después, cuando aún estaba en la universidad, trabajé en la viña y participé de los estudios y la plantación de los viñedos de Los Lingues”, cuenta José Ignacio Maturana, enólogo de Viña Casa Silva.
Sondearon muchos otros predios, pero finalmente la familia Silva (José Ignacio es muy amigo de Gonzalo Silva, su otrora compañero de caza) se inclinó por estas tierras compuestas por un crisol de suelos y con una Cordillera de Los Andes que parece venirse encima. Sin duda: querían algo especial.
A estas alturas de Chile, los cordones de ambas cordilleras están muy próximos, formando una especie de embudo por donde se cuelan los fríos vientos sureño y cordillerano. Estas diferencias de presión no sólo convierten Los Lingues en una zona muy ventosa, sino que hacen que las temperaturas máximas durante el verano alcancen niveles soportables para el ser humano, pero sobre todo para que las parras regalen una fruta más fresca que al interior de Colchagua.
De acuerdo a Maturana, Viña Casa Silva cuenta en este pequeño valle con un jardín de variedades, pero son el Cabernet sauvignon, el Petit verdot y especialmente el Carmenère las cepas que alcanzan las mayores alturas. También producen un Viognier más que interesante, pero Los Lingues siempre fue pensado en función de cepajes tintos.
“Es un lugar con muy buena radiación, pero sin golpes de sol y donde llueve muy poco en comparación con el resto de Colchagua. Diría que es una zona cálida, pero con temperaturas moderadas y una muy amplitud térmica entre el día y la noche”, explica el enólogo.
Además de los efectos del clima, los suelos son muy especiales. Los Lingues es un verdadero rompecabezas. Simplemente se pueden encontrar todas las composiciones y texturas, desde suelos aptos para plantaciones de choclos y otras especies de gran rendimiento, hasta para viñedos que producen vinos de alta gama.
Ignacio Conca, enólogo de TerraNoble (la viña posee 30 hectáreas en Los Lingues), es tajante y afirma que no todos los suelos son aptos para producir vino. “En algunos sectores hay arcilla para hacer cacharritos”, se ríe.
Debido a la heterogeneidad de los suelos, Conca ha debido dividir, por ejemplo, sus 20 hectáreas de Cabernet sauvignon en 5 cuarteles con 15 lotes distintos de cosecha. “¡Y pasan nada menos que 3 semanas entre que se corta la fruta del primer lote y el último!”, exclama el enólogo.
Algo muy similar le ocurre a Maturana. Sus 160 hectáreas se pueden (y deben) manejar como un chiche para lograr buenos niveles de calidad. De hecho, el comentado proyecto Microterroir, que dio vida al gran Carmenère del mismo nombre, divide el campo en un sinnúmero de pequeños sectores de formas irregulares que pueden alcanzar apenas 0,2 hectáreas. Cada bloque, cada pieza, es manejada en forma independiente para lograr una madurez homogénea de sus uvas y altos estándares cualitativos.
En términos gruesos son suelos de precordillera de mucha piedra, profundos y de buen drenaje. Las raíces de las parras tienen espacio para explorar y extraer agua y minerales. “Estas condiciones son básicas para producir un buenos Carmenère. Buenos Cabernet sauvignon, en cambio, puedes encontrar en muchos lugares. Es menos regodeón. No es tan exigente”, sostiene el enólogo.
Maturana explica que en Los Lingues se logra todo naturalmente y la fruta se corta 15 días antes que el promedio de Colchagua. “¿Qué nos lleva a esto?”, se pregunta el enólogo. Y se responde: “Nos interesa que la variedad se exprese en toda su magnitud. No queremos compotas ni pasas. Queremos entregar en el vino esa nota vegetal, pero elegante, queremos que no haya dudas de que es un Carmenère”.
Para Ignacio Conca, definitivamente se trata de una zona de tintos. “He visto algunos Sauvignon blanc y no pasa nada”, sentencia, y dice que las cepas que alcanzan un mejor nivel son lejos el Carmenère y Petit verdot.
“El Cabernet sauvignon puede estar más complicado porque los suelos te pueden jugar una mala pasada. El Carmenère, en cambio, es intenso y frutal, mientras que el Petit verdot es realmente sorprendente. Nunca he probado una fruta más clara y rica que lo que se da en Los Lingues. Es redondo, con buen color, buena acidez y mucha fruta”, asegura.
Algunos kilómetros más al sur, de Chimbarongo hacia la cordillera, las temperaturas promedio aún son más bajas y dan margen para la producción de vinos blancos. Allí Viñedos Emiliana posee un campo propio ubicado a 3 kilómetros de la carretera, donde hay plantado Sauvignon blanc, Viognier, Marsanne y Chardonnay.
“Contamos allí con un suelo muy aluvial, franjeado por zonas arenosas y pedregosas, por lo tanto el tema de la cosecha es muy complicado. Pero, a pesar de estos retos que nos impone el terreno, producimos vinos con notas minerales y de acidez muy fresca, que le dan un muy buen equilibrio en la profundidad de la boca”, dice César Morales, enólogo de Viñedos Emiliana.
Esta viña, que se ha especializado en vinos orgánicos y biodinámicos, también trabaja otro campo muy próximo al otro, a 8 kilómetros de la carretera, perteneciente a sus socios estratégicos de la agrícola Viconto. Aunque está plantado con Gewürztraminer, Sauvignon blanc, Chardonnay y Pinot noir, Morales sueña con el Côte du Rhône y en emular una mezcla colchagüina de Marsanne-Viognier.
“El problema es que en una empresa grande o mediana como la nuestra, que vende 900 mil cajas al año, cuesta mucho hacer líneas o vinos de bajas producciones. Es una lucha constante con el departamento comercial. Hoy estoy peleando para sacar una mezcla de Marsanne-Viognier. Vamos a ver cómo me va. Este año la voy a testear en Suecia”, explica.
A estas empresas también les cuesta atreverse con cepajes tintos en condiciones un poco más extremas como la de estos dos campos, pues privilegian una producción consistente año a año. “Había Cabernet sauvignon y Carmenère, pero estaban mal posicionados. Costaba mucho llegar a madurez. Ahora, cuando lo hacían, los vinos eran realmente increíbles (sólo en 2003 lograron madurar apropiadamente). La verdad es que podríamos haber dejado algo, pero comercialmente era difícil”, explica el enólogo.
Pero si de alturas se trata, Morales revela que también están trabajando en un campo en Puerta Negra, ubicado a 23 kilómetros de San Fernando, camino a las Termas del Flaco. Aunque el campo está en primer año de producción, el enólogo afirma que tiene un potencial muy importante, especialmente para Pinot noir, Viognier, Sauvignon blanc y Chardonnay. “¿Y tintos?”, le pregunto, intuyendo la respuesta. “Tengo un Malbec que pienso mezclar con Carmenère, pero la verdad es que es muy poco”.
Otro que anda merodeando por la zona es Marcelo Gallardo, enólogo de Los Vascos. Precisamente en el sector de La Sierra, un poco antes de Chimbarongo y a 2,5 kilómetros de la carretera, compra Sauvignon blanc y Chardonnay.
“Es una alternativa mucho mejor que Casablanca porque compramos a un mucho mejor precio y mantenemos la denominación Colchagua (el Sauvignon blanc de Casablanca se vende entre US$ 1,2 a US$ 1,5 el kilo en años normales, mientras que el de La Sierra, por ejemplo, se equilibra por lo US$ 0,7)”, afirma el enólogo.
Sin embargo, las diferencias no son sólo de precio. Debido a la gran radiación solar que ilumina los viñedos, ubicados nada menos que a 700 metros sobre el nivel del mar, el Sauvignon blanc colchagüino posee notas de mandarina, de fruta más madura, sin los aromas vegetales que se dan en Casablanca.
“El Chardonnay, en cambio, es más austero en nariz, pero la boca es mucho más cremosa, golosa y envolvente. Este año, por ejemplo, el Chardonnay de Casablanca está súper diluido, así es que usaremos el de Colchagua para potenciar sus bocas”, dice Gallardo.
Lamentablemente, cuando ganas en algo, siempre pierdes por otro lado. Así al menos es en el campo de la enología. A pesar de que estos vinos son más golosos, y en el caso del Chardonnay llenan ese paladar medio que en Casablanca se siente algo agujereado, los blancos de Colchagua no tienen la acidez y vivacidad de los del valle costero.
Las diferencias de acidez total casi alcanzan un gramo (en enología es un abismo). Es por eso que el enólogo de Los Vascos ocupa este vino para potenciar sus mezclas de Casablanca y Leyda, conservando el mayor frescor de la costa, pero llenando la boca de la fruta y viscosidad cordillerana. “Podría atreverme a hacer un Chardonnay solo de Colchagua, pero en el caso del Sauvignon blanc no puedo. Esta cepa sigue siendo de Casablanca”, sostiene.
- ¿Y tintos? -me animo a preguntar nuevamente.
- Con los tintos no pasa mucho. En laderas con buena exposición el Syrah se adapta bien. Estamos haciendo ensayos. Pero los Cabernet sauvignon y Carmenère no andan muy bien. Son difíciles de manejar. Las acideces son muy desequilibradas”, opina.
Donde habían sólo espinos y alguno que otro matorral con ínfulas de árbol, el paisaje de Alto Colchagua (o Colchagua Andes, como le gusta llamarle Gallardo) está cambiando dramáticamente, tiñéndose con el verde de los viñedos. Colchagua crece y se ensancha desde la cordillera al mar. Sus viñateros buscan refrescar sus vinos y, al parecer, lo están logrando.
lunes, 4 de mayo de 2009
Priviet
Rusia es un universo aparte. Un universo caótico, agresivo, en ciernes. Tomar un taxi es toda una aventura. El precio de la carrera depende de las estrellas de tu hotel o de la expresión de tu cara (cara de pájaro o avispa). Todos los rusos son potenciales taxistas. Sólo hay que levantar el dedo pulgar, como que no quiere la cosa, y un auto, desde un destartalado Lada hasta un Mercedes, se detendrá como por arte de magia. Y hay que negociar. Negociar en serio. Una misma carrera te puede costar desde 300 hasta 1.200 rublos.
Es por eso que las viñas chilenas deben sí o sí contratar seguros para exportar a Rusia. Sus habitantes beben, y mucho. Sin embargo, les cuesta meterse la mano al bolsillo, donde, con mucha frecuencia, sólo se encuentran telarañas. En Rusia se ha hecho sentir la crisis, aumentando aún más la brecha entre multimillonarios hombres de negocios y obreros (el nivel de sofisticación de algunos de sus centros comerciales o restoranes es asombroso y genera un dramático contraste con la dura realidad que vive la mayoría de los rusos). Aún así, es un mercado con muchísimo potencial y, como dicen los viñateros, “algún día tiene que explotar, y hay que estar ahí”.
Después de tomar un taxi desde el Kremlin, donde alojaba la presidenta con su hijo, llegué al Hotel President para la Muestra y Cata de ProChile. Me sorprendió ver una galería con los retratos de las figuras ilustres que se han hospedado ahí, desde Hugo Chávez hasta Richard Nixon, pasando por el Che Guevara y Fidel Castro. También me sorprendió de sobremanera la gran convocatoria que generó este evento. A pesar de los vientos de crisis que soplan, y que despeinan incluso a los pelados, asistieron nada menos que 43 viñas, desde Limarí hasta el Maule, desde Malvilla hasta el Alto Maipo, mostrando casi todo el espectro de vinos que vende (y a veces regala) nuestra industria vitivinícola.
Además el evento ofrecía un rico ensamblaje entre las llamadas viñas grandes y las boutique. A miles de kilómetros de Chile, y a diferencia de lo que muchas veces ocurre en nuestro país, se respiraba un aire cálido y de camaradería, donde los grandes cooperaban con los chicos y viceversa, sin anteponer sus intereses particulares (incluyendo las actividades extraprogramáticas). Esto es posible gracias al subsidio de ProChile a las viñas con retornos más modestos (la institución asume el 100% de los costos de los pasajes para las empresas que facturan menos de US$ 500 mil anuales, y el 70% para las que facturan entre esa cifra y US$ 1 millón).
Los visitantes a la muestra, entre periodistas, importadores, distribuidores y algunos prominentes sapos, colmaron uno de los salones del President. Los representantes de las viñas tuvieron mucho trabajo, especialmente para comunicarse, pero, en términos generales, quedaron muy contentos. Como dicen los enólogos hoy en día, no es necesario hablar, sino dejar que el vino se exprese. Incluso recibieron la visita de la presidenta. Bachelet se paseó alrededor del salón saludando de mano a los viñateros (sólo los que se encontraban en la isla que se formaba al centro del salón quedaron con la mano estirada). No quiso aceptar ni un sorbo de vino. “Tengo que trabajar”, dijo. Unas horas después se entrevistó con Putin, quien, a esas alturas, de seguro tenía varios vodkas encima.
En San Petersburgo, en cambio, el evento fue bastante distinto. Las instalaciones del Hotel Sokos eran más modernas, las copas más finas, y el público más refinado, sociable y cariñoso, especialmente sus monumentales mujeres (no le tienen nada que envidiar a las chilenas). Junto con catar las líneas de las distintas viñas, una consistente y representativa muestra de nuestro universo de vinos, me entretuve viendo las caras de nuestros representantes. Paradójicamente eran los chilenos los que estaban boquiabiertos y no lo catadores rusos. “Pero hay que estar”, repetían con una voz afectada, mientras llenaban una y otra vez las copas de vino, ya extrañando, seguramente, a sus esposas e hijos.
Después de regatear alrededor de 15 minutos, tomé un taxi para el aeropuerto. Y adiós a mis últimos rublos.
Es por eso que las viñas chilenas deben sí o sí contratar seguros para exportar a Rusia. Sus habitantes beben, y mucho. Sin embargo, les cuesta meterse la mano al bolsillo, donde, con mucha frecuencia, sólo se encuentran telarañas. En Rusia se ha hecho sentir la crisis, aumentando aún más la brecha entre multimillonarios hombres de negocios y obreros (el nivel de sofisticación de algunos de sus centros comerciales o restoranes es asombroso y genera un dramático contraste con la dura realidad que vive la mayoría de los rusos). Aún así, es un mercado con muchísimo potencial y, como dicen los viñateros, “algún día tiene que explotar, y hay que estar ahí”.
Después de tomar un taxi desde el Kremlin, donde alojaba la presidenta con su hijo, llegué al Hotel President para la Muestra y Cata de ProChile. Me sorprendió ver una galería con los retratos de las figuras ilustres que se han hospedado ahí, desde Hugo Chávez hasta Richard Nixon, pasando por el Che Guevara y Fidel Castro. También me sorprendió de sobremanera la gran convocatoria que generó este evento. A pesar de los vientos de crisis que soplan, y que despeinan incluso a los pelados, asistieron nada menos que 43 viñas, desde Limarí hasta el Maule, desde Malvilla hasta el Alto Maipo, mostrando casi todo el espectro de vinos que vende (y a veces regala) nuestra industria vitivinícola.
Además el evento ofrecía un rico ensamblaje entre las llamadas viñas grandes y las boutique. A miles de kilómetros de Chile, y a diferencia de lo que muchas veces ocurre en nuestro país, se respiraba un aire cálido y de camaradería, donde los grandes cooperaban con los chicos y viceversa, sin anteponer sus intereses particulares (incluyendo las actividades extraprogramáticas). Esto es posible gracias al subsidio de ProChile a las viñas con retornos más modestos (la institución asume el 100% de los costos de los pasajes para las empresas que facturan menos de US$ 500 mil anuales, y el 70% para las que facturan entre esa cifra y US$ 1 millón).
Los visitantes a la muestra, entre periodistas, importadores, distribuidores y algunos prominentes sapos, colmaron uno de los salones del President. Los representantes de las viñas tuvieron mucho trabajo, especialmente para comunicarse, pero, en términos generales, quedaron muy contentos. Como dicen los enólogos hoy en día, no es necesario hablar, sino dejar que el vino se exprese. Incluso recibieron la visita de la presidenta. Bachelet se paseó alrededor del salón saludando de mano a los viñateros (sólo los que se encontraban en la isla que se formaba al centro del salón quedaron con la mano estirada). No quiso aceptar ni un sorbo de vino. “Tengo que trabajar”, dijo. Unas horas después se entrevistó con Putin, quien, a esas alturas, de seguro tenía varios vodkas encima.
En San Petersburgo, en cambio, el evento fue bastante distinto. Las instalaciones del Hotel Sokos eran más modernas, las copas más finas, y el público más refinado, sociable y cariñoso, especialmente sus monumentales mujeres (no le tienen nada que envidiar a las chilenas). Junto con catar las líneas de las distintas viñas, una consistente y representativa muestra de nuestro universo de vinos, me entretuve viendo las caras de nuestros representantes. Paradójicamente eran los chilenos los que estaban boquiabiertos y no lo catadores rusos. “Pero hay que estar”, repetían con una voz afectada, mientras llenaban una y otra vez las copas de vino, ya extrañando, seguramente, a sus esposas e hijos.
Después de regatear alrededor de 15 minutos, tomé un taxi para el aeropuerto. Y adiós a mis últimos rublos.
miércoles, 22 de abril de 2009
Los mejores, según los cronistas
Los mejores, según los cronistas
Más de 200 personas asistieron al restaurante Emilio (nada menos), donde el Círculo de Cronistas Gastronómicos de Chile premió a los personajes más destacados de 2008 en los ámbitos de la gastronomía, el vino y la restauración. La ceremonia, que se realiza desde 1995, distinguió este año a 10 categorías. Fue una velada que fundió emociones, espíritu de camaradería y más de una sorpresa.
Soy miembro de la asociación. Sin embargo, a diferencia de mis pares, no estoy al día con las cuotas gremiales, por lo tanto no tenía derecho a voto y participar en la elección. Esta vergonzosa situación, sin embargo, me permite analizar los premios con cierta distancia y contarles quién es quién entre los personajes más importantes del año pasado.
Premio Especial Rosita Robinovitch
Jorge Coco Pacheco
El Coco, como los llaman sus cercanos, fue un pionero en la gastronomía chilena. Uno de los primeros en poner en el lugar que le corresponde lo mejor de nuestra gastronomía (pescados y mariscos) y de mostrar al mundo que la cocina chilena sí existe, participando en las primeras giras de chefs al extranjero. Aunque muchos dudan de su capacidad como cocinero, Jorge es un hombre de familia, de esfuerzo y con una tremenda visión. Ha sabido posicionar su marca y cautivar una fiel clientela, y enseñar a las nuevas generaciones que los cocineros sí pueden transformarse en exitosos empresarios gastronómicos. El Coco sin duda merecía este premio hace muchos años. Es una lástima que se le otorgue el mismo año en que se incendió su restaurante en La Concepción, pues esto puede generar ciertas suspicacias. ¿Dónde está Coco, ahora? Trabajando, como siempre, preparando su contraataque.
Chef del Año
Giancarlo Mazzarelli, chef propietario del restaurante Puerto Fuy
No hay duda alguna: Giancarlo Mazzarelli comanda la nueva generación de chefs emprendedores. Su propuesta en Puerto Fuy de alguna manera revolucionó la escena gastronómica chilena, ensamblando productos chilenos de gran calidad con una técnica moderna y vanguardista. Aunque su restaurante no es precisamente barato (más de alguna vez he quedado con la sensación de que he pagado de más), y siento en su sala un cierto tufillo snob (que contrasta con la personalidad relajada del chef), Mazzarrelli ha sabido imponer un sello, un estilo que proyecta seguridad e innovación.
Chef Revelación del Año
Benjamín Cienfuegos, chef propietario del restaurante Cienfuegos
Aprecio que decidiera instalarse más abajo de plaza Italia, en el corazón de Bellavista, en un barrio que iba cuesta abajo en ofertas gastronómicas de calidad. Aprecio también la audacia de mezclar su propuesta culinaria y arte (impresionante el mural de Gonzalo Cienfuegos). Y la arquitectura y decoración del restaurante (¡mi señora muere por esas lámparas!). Cienfuegos sin duda aporta. Sin embargo, su cocina me deja con gusto a poco. Son muy interesantes sus redefiniciones de platos criollos, como las prietas y caldillos de congrio (además sus postres en base a chocolate son una delicia), pero le falta firmeza, decisión… ¡Sazón! Aunque las revelaciones son revelaciones (buenas o malas), creo que Cienfuegos es un chef con mucho futuro, pero aún Benjamín para este premio.
Trayectoria Gastronómica
Guillermo Rodríguez, presidente de la asociación Les Toques Blanche y creador y propietario del proyecto Espacio Gastronómico
Es uno de los actores más importantes de la escena gastronómica chilena. A la cabeza de Les Toques Blanche, ha sabido hacer justicia con la tradición gastronómica chilena, rescatando productos maravillosos (cordero patagónico, merkén, miel de ulmo, etc) y culturas despreciadas por estos tiempos. Su contribución es realmente enorme. Sin embargo, en los últimos años una serie de compromisos con el oficialismo (demasiados giras, demasiadas cenas presidenciales), hizo que su mano fuera perdiendo presencia en el restaurante Bristol del Hotel San Francisco (hoy a cargo de talentosísimo Áxel Manríquez). Cuando pensábamos que se estaba quedando dormido en los laureles, la apertura de sus espacios gastronómicos, lo ha revitalizado y puesto nuevamente en primera fila. Este premio era una tremenda y antigua deuda (que quizás provocó cierto distanciamiento entre el chef y los cronistas), una deuda que por fin fue saldada.
Trayectoria Vitivinícola
Mario Geisse, director técnico y enólogo de Viña Casa Silva
Un enólogo de reconocida trayectoria, mateo y quitado de bulla (al menos públicamente), quizás dueño de una de las narices más agudas de Chile. A cargo del departamento enológico de Casa Silva, se ha convertido en el rey de las mezclas, creando vinos de taninos dulces y suaves, que seducen al primer sorbo a los consumidores. Además es un enólogo que se ha jugado por la Carmenère (una cepa mirada en menos por muchos próceres de la enología chilena), entablando una relación seria, analizando su díscolo comportamiento en el campo, buscando los lugares más apropiados para su desenvolvimiento, creando algunos de sus mejores exponentes (Casa Silva Microterroir, Casa Silva Gran Reserva, Doña Dominga). Un premio más que merecido.
Cocina Extranjera Destacada
Restaurante Majestic, especializado en la cocina del norte de la India
Cada vez que se habla de los buenos y pocos restaurantes de Santiago Centro, suenan los nombres de Ambrosía, Da Carla y en el último tiempo Ópera. Sin embargo, el Majestic siempre ha estado ahí con sus sabores especiados, su recargado y mágico ambiente, su admirable consistencia (no intenten ir sin reserva). Sólo un reparo: este restaurante tiene merecimientos para haber sido reconocido en una categoría más global y no sólo en el segmento de la cocina extranjera.
Excelencia en el Servicio
Julio Sepúlveda, actual maître del restaurante Sakura
El servicio es un ámbito muy importante de la gastronomía y que no ha avanzado con la misma celeridad que la cocina. A veces pienso que el 10% de propina es un exceso. Un acto de filantropía. Esta actividad necesita con urgencia profesionalizarse. Julio Sepúlveda, sin embargo, es todo un ejemplo. Es un maître humilde, pero orgulloso de su profesión. Talentoso, y con un increíble hambre de aprender.
Personalidad Vitivinícola Destacada
Eduardo Chadwick, presidente del directorio de Viña Errázuriz
Hizo cumbre en el Aconcagua (al segundo intento). Y por nada del mundo volvería a hacerlo. Este empresario vitivinícola de muy bajo perfil, trabajólico, inteligente y visionario, ha sabido posicionar a Errázuriz en lo más alto. A pesar de estos tiempos de crisis, no ha detenido su plan de inversiones, que incluyen una bodega premium y nuevas plantaciones. Continúa con sus emblemáticos desafíos, donde sus mejores vinos retan en una cata a ciegas a los máximos exponentes de Francia e Italia. Aunque me sabe sospechoso cuando un gremio premia a grandes empresarios, Chadwick es una de las figuras relevantes de la escena vitivinícola, un hombre que se niega, pese a la coyuntura favorable, a invertir en otros países como lo han hecho sus pares. “Me he pasado tanto tiempo explicando al mundo la calidad de los vinos chilenos, que no podría hacer lo mismo con vinos argentinos o de otros países”, ha repetido.
Acontecimiento Gastronómico del Año
Mercado Paula Gourmet, feria realizada en octubre de 2008 en el Parque Bicentenario de Santiago
Es un muy buen proyecto, pero creo que aún sólo eso.
Acontecimiento Vitivinícola del Año
Elección de Clos Apalta 2005 de Casa Lapostolle como Vino N° 1 del Mundo en el ranking 2008 de la revista norteamericana Wine Spectator
Simplemente no me parece. Si bien los puntajes de Wine Spectator tienen relevancia mundial, definitivamente no huelen bien (catan con la etiqueta a la vista). Nosotros, como profesionales del vino y la gastronomía, debemos velar siempre por la transparencia y el profesionalismo, y no respaldar un medio que genera una suerte de monopolio de la crítica y de la publicidad (sin duda un círculo poco virtuoso que amenaza la sobrevivencia de otros medios, de otros puntos de vista) y que genera tantas dudas (recordemos que el año pasado premiaron a un restaurante que no existe). Por cierto, Clos Apalta 2005 es un tremendo vino.
Más de 200 personas asistieron al restaurante Emilio (nada menos), donde el Círculo de Cronistas Gastronómicos de Chile premió a los personajes más destacados de 2008 en los ámbitos de la gastronomía, el vino y la restauración. La ceremonia, que se realiza desde 1995, distinguió este año a 10 categorías. Fue una velada que fundió emociones, espíritu de camaradería y más de una sorpresa.
Soy miembro de la asociación. Sin embargo, a diferencia de mis pares, no estoy al día con las cuotas gremiales, por lo tanto no tenía derecho a voto y participar en la elección. Esta vergonzosa situación, sin embargo, me permite analizar los premios con cierta distancia y contarles quién es quién entre los personajes más importantes del año pasado.
Premio Especial Rosita Robinovitch
Jorge Coco Pacheco
El Coco, como los llaman sus cercanos, fue un pionero en la gastronomía chilena. Uno de los primeros en poner en el lugar que le corresponde lo mejor de nuestra gastronomía (pescados y mariscos) y de mostrar al mundo que la cocina chilena sí existe, participando en las primeras giras de chefs al extranjero. Aunque muchos dudan de su capacidad como cocinero, Jorge es un hombre de familia, de esfuerzo y con una tremenda visión. Ha sabido posicionar su marca y cautivar una fiel clientela, y enseñar a las nuevas generaciones que los cocineros sí pueden transformarse en exitosos empresarios gastronómicos. El Coco sin duda merecía este premio hace muchos años. Es una lástima que se le otorgue el mismo año en que se incendió su restaurante en La Concepción, pues esto puede generar ciertas suspicacias. ¿Dónde está Coco, ahora? Trabajando, como siempre, preparando su contraataque.
Chef del Año
Giancarlo Mazzarelli, chef propietario del restaurante Puerto Fuy
No hay duda alguna: Giancarlo Mazzarelli comanda la nueva generación de chefs emprendedores. Su propuesta en Puerto Fuy de alguna manera revolucionó la escena gastronómica chilena, ensamblando productos chilenos de gran calidad con una técnica moderna y vanguardista. Aunque su restaurante no es precisamente barato (más de alguna vez he quedado con la sensación de que he pagado de más), y siento en su sala un cierto tufillo snob (que contrasta con la personalidad relajada del chef), Mazzarrelli ha sabido imponer un sello, un estilo que proyecta seguridad e innovación.
Chef Revelación del Año
Benjamín Cienfuegos, chef propietario del restaurante Cienfuegos
Aprecio que decidiera instalarse más abajo de plaza Italia, en el corazón de Bellavista, en un barrio que iba cuesta abajo en ofertas gastronómicas de calidad. Aprecio también la audacia de mezclar su propuesta culinaria y arte (impresionante el mural de Gonzalo Cienfuegos). Y la arquitectura y decoración del restaurante (¡mi señora muere por esas lámparas!). Cienfuegos sin duda aporta. Sin embargo, su cocina me deja con gusto a poco. Son muy interesantes sus redefiniciones de platos criollos, como las prietas y caldillos de congrio (además sus postres en base a chocolate son una delicia), pero le falta firmeza, decisión… ¡Sazón! Aunque las revelaciones son revelaciones (buenas o malas), creo que Cienfuegos es un chef con mucho futuro, pero aún Benjamín para este premio.
Trayectoria Gastronómica
Guillermo Rodríguez, presidente de la asociación Les Toques Blanche y creador y propietario del proyecto Espacio Gastronómico
Es uno de los actores más importantes de la escena gastronómica chilena. A la cabeza de Les Toques Blanche, ha sabido hacer justicia con la tradición gastronómica chilena, rescatando productos maravillosos (cordero patagónico, merkén, miel de ulmo, etc) y culturas despreciadas por estos tiempos. Su contribución es realmente enorme. Sin embargo, en los últimos años una serie de compromisos con el oficialismo (demasiados giras, demasiadas cenas presidenciales), hizo que su mano fuera perdiendo presencia en el restaurante Bristol del Hotel San Francisco (hoy a cargo de talentosísimo Áxel Manríquez). Cuando pensábamos que se estaba quedando dormido en los laureles, la apertura de sus espacios gastronómicos, lo ha revitalizado y puesto nuevamente en primera fila. Este premio era una tremenda y antigua deuda (que quizás provocó cierto distanciamiento entre el chef y los cronistas), una deuda que por fin fue saldada.
Trayectoria Vitivinícola
Mario Geisse, director técnico y enólogo de Viña Casa Silva
Un enólogo de reconocida trayectoria, mateo y quitado de bulla (al menos públicamente), quizás dueño de una de las narices más agudas de Chile. A cargo del departamento enológico de Casa Silva, se ha convertido en el rey de las mezclas, creando vinos de taninos dulces y suaves, que seducen al primer sorbo a los consumidores. Además es un enólogo que se ha jugado por la Carmenère (una cepa mirada en menos por muchos próceres de la enología chilena), entablando una relación seria, analizando su díscolo comportamiento en el campo, buscando los lugares más apropiados para su desenvolvimiento, creando algunos de sus mejores exponentes (Casa Silva Microterroir, Casa Silva Gran Reserva, Doña Dominga). Un premio más que merecido.
Cocina Extranjera Destacada
Restaurante Majestic, especializado en la cocina del norte de la India
Cada vez que se habla de los buenos y pocos restaurantes de Santiago Centro, suenan los nombres de Ambrosía, Da Carla y en el último tiempo Ópera. Sin embargo, el Majestic siempre ha estado ahí con sus sabores especiados, su recargado y mágico ambiente, su admirable consistencia (no intenten ir sin reserva). Sólo un reparo: este restaurante tiene merecimientos para haber sido reconocido en una categoría más global y no sólo en el segmento de la cocina extranjera.
Excelencia en el Servicio
Julio Sepúlveda, actual maître del restaurante Sakura
El servicio es un ámbito muy importante de la gastronomía y que no ha avanzado con la misma celeridad que la cocina. A veces pienso que el 10% de propina es un exceso. Un acto de filantropía. Esta actividad necesita con urgencia profesionalizarse. Julio Sepúlveda, sin embargo, es todo un ejemplo. Es un maître humilde, pero orgulloso de su profesión. Talentoso, y con un increíble hambre de aprender.
Personalidad Vitivinícola Destacada
Eduardo Chadwick, presidente del directorio de Viña Errázuriz
Hizo cumbre en el Aconcagua (al segundo intento). Y por nada del mundo volvería a hacerlo. Este empresario vitivinícola de muy bajo perfil, trabajólico, inteligente y visionario, ha sabido posicionar a Errázuriz en lo más alto. A pesar de estos tiempos de crisis, no ha detenido su plan de inversiones, que incluyen una bodega premium y nuevas plantaciones. Continúa con sus emblemáticos desafíos, donde sus mejores vinos retan en una cata a ciegas a los máximos exponentes de Francia e Italia. Aunque me sabe sospechoso cuando un gremio premia a grandes empresarios, Chadwick es una de las figuras relevantes de la escena vitivinícola, un hombre que se niega, pese a la coyuntura favorable, a invertir en otros países como lo han hecho sus pares. “Me he pasado tanto tiempo explicando al mundo la calidad de los vinos chilenos, que no podría hacer lo mismo con vinos argentinos o de otros países”, ha repetido.
Acontecimiento Gastronómico del Año
Mercado Paula Gourmet, feria realizada en octubre de 2008 en el Parque Bicentenario de Santiago
Es un muy buen proyecto, pero creo que aún sólo eso.
Acontecimiento Vitivinícola del Año
Elección de Clos Apalta 2005 de Casa Lapostolle como Vino N° 1 del Mundo en el ranking 2008 de la revista norteamericana Wine Spectator
Simplemente no me parece. Si bien los puntajes de Wine Spectator tienen relevancia mundial, definitivamente no huelen bien (catan con la etiqueta a la vista). Nosotros, como profesionales del vino y la gastronomía, debemos velar siempre por la transparencia y el profesionalismo, y no respaldar un medio que genera una suerte de monopolio de la crítica y de la publicidad (sin duda un círculo poco virtuoso que amenaza la sobrevivencia de otros medios, de otros puntos de vista) y que genera tantas dudas (recordemos que el año pasado premiaron a un restaurante que no existe). Por cierto, Clos Apalta 2005 es un tremendo vino.
lunes, 5 de enero de 2009
martes, 14 de octubre de 2008
Cena documental
Ayer grabamos una cena-debate para el documental "Descorchando el sur" de Silvio Caiozzi. La cosa era en el nuevo Espacio Gastronómico de Guillermo Rodríguez. Después de más de una hora de espera, y un pisco sour en el cuerpo, nos sentamos a la mesa un grupo de periodistas, chefs y sommeliers para hacer como que discutíamos del presente y futuro de los vinos y gastronomía chilenos.
Mi amigo Héctor Riquelme, una de las narices más agudas e inquietas de Chile, no aguantó la espera. "Prefiero estar con mi familia", dijo y se fue caminando por Tegualda. La cena estuvo animada, pero un tanto discursiva. Para quedar en la edición final del documental había que abrir la boca y algunos se lo tomaron muy en serio.
Discutí con Ricardo Grellet, elegido el mejor sommelier de Chile este año, acerca de la necesidad de que los valles chilenos comiencen a especializarse de acuerdo a sus reales aptitudes vitícolas. "Hay que sincerar la cuestión. Es la única manera de alcanzar nuevos umbrales de calidad", repetía ante la mirada escéptica de Ricardo, quien prefería mantener el status quo y la libertad de los enólogos para producir lo que se les plazca. "Libertino", le grité, mientras aún digería un trozo de plateada.
Además de Ricardo, participaron de la cena el periodista Alejandro Jiménez, los chefs Guillermo Rodríguez, Allan Kallens y Alvaro Barrientos, y el wine writer británico y conductor de "Descorchando..." Olly Smith. Con el gringo quedamos de ir a comer al Ana María durante su próxima visita. Total, paga Caiozzi. Eso espero.
Mi amigo Héctor Riquelme, una de las narices más agudas e inquietas de Chile, no aguantó la espera. "Prefiero estar con mi familia", dijo y se fue caminando por Tegualda. La cena estuvo animada, pero un tanto discursiva. Para quedar en la edición final del documental había que abrir la boca y algunos se lo tomaron muy en serio.
Discutí con Ricardo Grellet, elegido el mejor sommelier de Chile este año, acerca de la necesidad de que los valles chilenos comiencen a especializarse de acuerdo a sus reales aptitudes vitícolas. "Hay que sincerar la cuestión. Es la única manera de alcanzar nuevos umbrales de calidad", repetía ante la mirada escéptica de Ricardo, quien prefería mantener el status quo y la libertad de los enólogos para producir lo que se les plazca. "Libertino", le grité, mientras aún digería un trozo de plateada.
Además de Ricardo, participaron de la cena el periodista Alejandro Jiménez, los chefs Guillermo Rodríguez, Allan Kallens y Alvaro Barrientos, y el wine writer británico y conductor de "Descorchando..." Olly Smith. Con el gringo quedamos de ir a comer al Ana María durante su próxima visita. Total, paga Caiozzi. Eso espero.
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